Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [36]

3.2. Gregorio de Nisa (+ 394)

Enseñanza sobre la vida cristiana (De instituto christiano) [conclusión]

 

Caín y Abel                   consagrar al Señor lo mejor de nosotros mismos

80. Acuérdense de esto con frecuencia: que Abel ofreció un sacrificio al Señor de las primicias de las ovejas y de su grasa; Caín, en cambio, de los frutos de la tierra, pero no de las primicias de esos frutos. Por esta razón dice: Y miró Dios a los sacrificios de Abel, pero no prestó atención a las ofrendas de Caín (Gn 4,4. 5). ¿Cuál es la enseñanza de esta narración? Se puede aprender que es agradable a Dios todo lo que se le ofrece con temor y fe, y no lo que se hace ostentosamente, sin amor. Tampoco Abraham habría recibido de Melquisedec en modo alguno la bendición, si no hubiese ofrecido las primicias y las partes principales al sacerdote de Dios (cf. Hb 7,4; Gn 14,18). Llama partes principales y primicias del botín al alma misma y a la mente; nos exhorta así para que no presentemos mezquinamente a Dios alabanzas y oraciones, ni ofrezcamos al Señor cualquier cosa, sino que le consagramos la parte mejor del alma, más, aún que le entreguemos toda el alma con todo amor y deseo, con el fin de que, alimentados con la gracia del Espíritu y recibiendo la fuerza de Cristo, corramos con presteza la carrera de la salvación. Realizaremos un combate por la justicia ligero y gozoso, pues el mismo Dios vendrá a socorrernos en el afán del esfuerzo, realizando a través de nosotros las obras de la justicia[1].

 

Crecimiento armónico de las virtudes                la oración las encabeza

81. Y esto es suficiente sobre este asunto. En cuanto a las diversas partes de la virtud[2], no puede decirse a cuál se debe considerar la más importante, y a cuál se deba uno dedicar con preferencia a las otras; cuál deba ser la segunda, y cuál es el orden de las demás, una detrás de otra. Pues son de igual dignidad, y unas por medio de otras conducen hasta la cumbre a quienes las cultivan. Pues la sencillez abre camino a la obediencia; la obediencia a la fe; ésta a la esperanza, y la esperanza a la justicia; la justicia al servicio, y el servicio a la humildad. La mansedumbre, tomada de la humildad, lleva hasta la alegría; la alegría a la caridad; ésta a la oración. Así las virtudes, adheridas unas a otras, se adhieren a quien las posee y lo llevan hasta el vértice mismo de lo deseado, de igual forma que, en el terreno contrario, la maldad conduce a sus seguidores hasta la iniquidad extrema a causa de la unión que tiene un vicio con otro.

82. Por nuestra parte, hemos de perseverar mucho más en la oración (cf. Rm 12,12). A la cabeza del coro de las virtudes se encuentra la oración; por medio de ella pedimos a Dios las demás virtudes; quien persevera en la oración, entra en comunión con Dios y se une a Él por medio de la santidad mística, la energía espiritual y un afecto inenarrable. Tomando entonces al Espíritu como guía y aliado, se enciende en amor de Dios, hierve en deseos, sin hallar hartura en la oración[3]. Más aún, arde siempre en el amor del bien, refrescando el alma con el mismo deseo, conforme se ha dicho: Los que me comen tendrán más hambre, y los que me beben tendrán más sed (Si 24,29). Y en otro lugar: Diste alegría a mi corazón (Sal 4,7). Y el Señor: El Reino de los cielos está dentro de ustedes (Lc 17,21).

 

El reino interior            la verdadera alegría

83. ¿A qué llama reino dentro de nosotros? ¿A qué otra cosa, sino al gozo de arriba, que nace en las almas por el Espíritu? Este gozo es como una imagen, arras, indicio de la alegría eterna que gozarán las almas de los santos en el más allá que esperamos. Para salvarnos y comunicarnos los bienes espirituales y sus propios carismas, el Señor nos consuela de todas nuestras aflicciones con la fuerza del Espíritu. Pues dice: Él nos consuela en toda nuestra aflicción, para que nosotros podamos consolar a quienes estén afligidos con toda clase de aflicción (2 Co 1,4). Y también: Mi corazón y mi carne se han regocijado en Dios viviente (Sal 83 [84],3). Y también: Mi alma se llenará como de médula y de grosura (Sal 62 [63],6). Por medio de estas metáforas, da a entender el gozo y el consuelo que vienen del Espíritu.

 

La oración                    orar con perseverancia

84. Ahora que ya se ha explicado cuál es el objetivo de la piedad que debe ser propuesto a quienes han elegido llevar una vida grata a Dios -que no es otro que la purificación del alma y la inhabitación del Espíritu Santo por el progreso de las buenas obras-, que cada uno de ustedes prepare su alma en la forma que se ha mostrado, y la llene de amor divino; que se entregue a sí mismo a la oración y al ayuno conforme a su voluntad, acordándose de aquel que exhorta a orar asiduamente (1 Ts 5,17) y a perseverar en la oración (Rm 12,12); y acordándose también de la palabra que dijo el Señor: ¿Cuánto más no hará Dios justicia a quienes claman a Él día y noche? (Lc 18,7) se advierte que dijo la parábola para mostrar que es necesario orar siempre y no desfallecer (Lc 18,1).

85. Y que el esfuerzo en la oración trae grandes dones y que el mismo Espíritu habita en las almas, lo muestra claramente el Apóstol por las cosas a que nos exhorta, diciendo: Por toda clase de oraciones y súplicas, orando en todo tiempo en el Espíritu y, para esto, vigilando con toda perseverancia y súplica (Ef 6,18). Si alguno de los hermanos se entrega a esta parte de las virtudes, me refiero a la parte de la oración, cultiva un hermoso tesoro y está enamorado de un bien grandísimo. Sólo que cada uno haga esto con una conciencia atenta y recta, sin divagar voluntariamente con el pensamiento, ni como quien paga una deuda contraída por necesidad, sino cumpliendo el amor y deseo del alma y mostrando a todos los buenos frutos de la constancia. Es necesario también que los demás se alegren con éste y le faciliten su perseverancia en la oración, de forma que lleguen a ser también partícipes de sus buenos frutos, puesto que, gozándose con él, se han hecho aliados de esta vida.

86. El mismo Señor dará a los que le preguntan cómo se ha de orar, conforme a lo que está dicho: “El da la oración al que reza”. Así pues, es necesario orar, y aquel que persevera en la oración -que es una obra de tanta importancia-, debe saber empeñarse con gran cuidado y mucho esfuerzo en este combate. Pues los grandes premios requieren grandes trabajos, cuánto más que el mal rodea a estos tales, acechando y sitiando por todas partes, intentando hacer zozobrar el esfuerzo. De aquí vienen el sueño y el decaimiento del cuerpo; y de aquí la molicie del alma, la tristeza, la negligencia, la impaciencia y las demás pasiones y obras del mal con las que perece el alma, se divide en partes y, finalmente, deserta entregándose a su enemigo.

87. Por esta razón es necesario que la razón gobierne el alma como timonel prudente, que no detiene su pensamiento en el viento desfavorable, ni se deja llevar por sus olas, sino que mirando derechamente al puerto que está arriba, restituye el alma intacta a Dios, que la ha confiado y la reclama. No se trata de ponerse de rodillas, ni de postrarse como aquellos que se tienden para orar -cosa importante y grata para la Escritura-, mientras que su pensamiento yerra lejos de Dios, sino de entregar toda el alma a la oración, junto con el cuerpo[4], apartando cualquier distracción en los pensamientos y cualquier idea injusta. Es necesario que los superiores vengan en ayuda de una persona así y, con todo empeño y mediante correcciones, alimenten en quien reza el deseo de lo que espera, y purifiquen perfectamente su alma.

 

El fruto de las virtudes              la luz del alma

88. El fruto de las virtudes de aquellos que rezan así, se hace patente no sólo a quien progresa, sino a los que conviven con él, y es útil a los todavía jóvenes y a quienes tienen necesidad de enseñanza, pues les anima y estimula a la imitación de las cosas que ven.

89. El fruto de una oración sincera es la sencillez, la caridad, la humildad, la constancia, la inocencia y muchas otras cosas parecidas, que el trabajo de quien se esfuerza en la oración hace germinar ya en esta vida, antes de los frutos eternos.

90. La oración se adorna con estos frutos; privada de ellos, se torna inútil el esfuerzo. Y no sólo la oración, sino todo el camino de la filosofía, si produce tal fruto, es verdaderamente camino de justicia y conduce al buen fin. Por el contrario, privada de estas cosas, no queda más que un nombre vacío, parecido a las vírgenes necias que, cuando hizo falta, no tuvieron aceite en la boda (cf. Mt 25,1). Ellas no tenían en sus almas la luz -fruto de la virtud-, ni la lámpara del Espíritu en su pensamiento. De ahí que, por haberse extinguido su virtud antes de que llegase el esposo, la Escritura las llame necias con razón; por esto también excluyó a estas desgraciadas de la “boda de arriba”. Y por no estar presente en ellas la virtud del Espíritu, no se les tomó en cuenta el esfuerzo de la virginidad. Y esto es totalmente justo.

91. Pues, ¿cuál es la utilidad del cultivo de una viña, si no vienen los frutos por los que el agricultor soporta los trabajos? ¿Cuál es la ventaja del ayuno, de la oración y de la vigilia, si no aparecen la paz, el gozo, la caridad y los demás frutos de la gracia del Espíritu que enumera el santo Apóstol[5]? ¿Acaso el amante de la alegría “'de arriba” no soporta todo trabajo para obtener estos frutos por los que se atrae el Espíritu y. participando por consiguiente de la gracia, da frutos y disfruta con gozo de su tierra labrada, cultivada por la gracia del Espíritu en su propia humildad y en el cuidado puesto en las buenas obras?

92. Por esta razón, es necesario que los trabajos de la oración, del ayuno y de las demás obras se soporten con mucha alegría, caridad y esperanza; es necesario creer que las flores de estos trabajos -y sus frutos-, provienen de la virtud del Espíritu. Pero si alguien se atribuye a sí mismo estas cosas, y tocio lo atribuye a sus esfuerzos, en este hombre nacen, en vez de aquellos frutos sin tacha, la arrogancia y el orgullo. Estas pasiones, extendiéndose como putrefacción en las almas de quienes no las resisten, corrompen y hacen inútiles sus trabajos.

93. ¿Qué debe hacer, pues, aquel que vive para Dios y para su esperanza? Soportar con alegría los combates en favor de la virtud. Y, por otra parte, atribuir a Él la liberación del alma de las pasiones y la subida hacia la cima de las virtudes, así como la esperanza de la perfección; y creer en su amor al hombre[6].

 

La bondad del alma                  casa del Señor

94. Pertrechado de esta forma, y gozando de la gracia de Aquel en quien ha creído, él corre sin fatiga, desdeñando la perversidad del enemigo en cuanto que. por la gracia de Cristo, ya no le pertenece y ha sido librado de sus propias pasiones.

95. Quienes, por negligencia en el bien, han introducido las pasiones perversas en su propia naturaleza y gastan su vida en ellas, fácilmente consiguen con alegría una especie de placer natural acomodado su manera de ser, y recolectan, como fruto, la ambición, la envidia, la impureza y las restantes partes de la maldad que se nos opone. De igual forma, los obreros de Cristo y de la verdad, por su fe y sus trabajos en favor de la virtud, reciben por la gracia del Espíritu los bienes que están por encima de su naturaleza; cosechan con alegría indecible y ponen en práctica sin fatiga el amor sencillo y recto, la fe inconmovible, la paz firme, la bondad verdadera y todas las demás cosas por las que el alma, hecha mejor que ella misma y más poderosa que la maldad del enemigo, se ofrece a sí misma como mansión pura al Espíritu adorado y santo del cual recibe la paz inmortal de Cristo; por esta paz, el alma se une y se adhiere al Señor.

 

La participación del alma en la Pasión de Cristo             en Cristo

96. Y cuando el alma ha recibido la gracia del Espíritu y se ha adherido al Señor hecha un sólo espíritu con Él, cumple con facilidad las obras de la virtud, que le es ya familiar, y ni siquiera tiene que luchar contra el enemigo, por encontrarse más fuerte que sus maquinaciones. Y lo que es más grande que todo esto: toma sobre sí misma los padecimientos del Salvador, y se deleita en ellos más que se deleitan los amadores de esta vida en las muestras de honor, gloria y dominio que reciben de los hombres[7].

97. El cristiano que, por su buen comportamiento y por el don del Espíritu, ha avanzado hasta la medida de la edad del conocimiento (cf. Ef 4,13), una vez que ha recibido la gracia, tiene por gloria, felicidad y gozo mayor que todos los placeres el ser odiado a causa de Cristo, ser perseguido, padecer toda clase de ultrajes e infamias a causa de su fe en Dios. Y como él tiene una esperanza total en la resurrección y los bienes venideros, toda injuria, los azotes, las persecuciones y los demás padecimientos, hasta la cruz, todo se le convierte en felicidad, descanso y prenda de los tesoros celestiales.

98. Pues dice: Bienaventurados serán, cuando los insulten y persigan todos los hombres y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque será grande su recompensa en los cielos (Mt 5,11-12; cf. Lc 6,22-23). Y el Apóstol: Y no sólo esto, sino que nos gloriamos en las aflicciones (Rm 5, 3). Y en otro lugar: De muy buena gana me gloriaré en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por esta razón, me complazco en las debilidades, en las injurias, en las necesidades, en las cárceles, pues cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Co 12,9-10). Y de nuevo: Como servidores de Dios, con mucha paciencia (2 Co 6,4).

99. En efecto, la misma gracia del Espíritu Santo, que se extiende por toda el alma y que llena esta mansión de felicidad y poder, hace dulces para el alma los padecimientos del Señor con la esperanza de los bienes futuros, alejando la sensación del dolor presente.

 

Ciudadanos del cielo                 por el amor al prójimo

100. Así pues, compórtense como quienes intentan subir hasta el elevado poder y gloria a través de su cooperación con el Espíritu, soportando con alegría todo trabajo y combate, para mostrarse dignos de la inhabitación del Espíritu en ustedes, y de ser coherederos con Cristo, sin dejarse ablandar ni relajar por la negligencia, de forma que ni caigan ustedes, ni se conviertan en causa de pecado para los demás.

101. Si algunos no han alcanzado todavía la intensidad de una oración elevada, ni la presteza y la fuerza requerida para su práctica, y carecen de esta virtud, que según sus fuerzas cumplan la obediencia entre los otros; que sirvan diligentemente; que trabajen con afán, esforzándose con gozo, no por la paga de un honor o a causa de gloria humana; que no se entreguen a estos trabajos con flojedad o negligencia, ni como quienes sirven a cuerpos o almas ajenos, sino como a siervos de Cristo, como a nuestras entrañas, de forma que vuestro trabajo sea presentado ante el Señor puro y libre de engaño. Que nadie ponga como pretexto contra el esfuerzo que exigen las buenas obras que él es incapaz de llevar a cabo aquellas cosas que salvan su alma. Pues Dios no manda a sus servidores nada que no pueda cumplirse, sino que de esta manera mostró para con todos el amor y la bondad de su divinidad tan incontenibles y ricos, como para conceder a cada uno, según su voluntad, el poder hacer el bien, y que ninguno de los que se esfuerzan por salvarse careciese de este poder, ya que dice: En verdad les digo que, si alguien diese un vaso de agua fría en el nombre del discípulo, no perderá su recompensa (Mt 10,42; cf. Mc 9,41). ¿Qué está más al alcance de la mano que cumplir este mandato?

 

Exhortación a las obras de misericordia             en el silencio

102. A un vaso de agua fría sigue una recompensa celestial. Considera conmigo la inmensidad de su amor al hombre, pues dice: Cada vez que lo hicieron con uno de éstos, conmigo lo hicieron cf. Mt 25,40). El mandato es pequeño: la recompensa por su cumplimiento es ingente, y será pagada por Dios opulentamente.

103. Por lo tanto. Él no pide nada superior a las fuerzas, sino que ya hagas una cosa pequeña o grande, te sigue una recompensa de acuerdo con tu intención: si es en el nombre y temor de Dios, viene un don resplandeciente e irrevocable; pero si lo haces para ostentación y alabanza de los hombres, oye a Dios, que jura: En verdad les digo, han recibido ya su recompensa (Mt 6,2).

104. Y para que nadie tenga que oír esto, exhorta a sus discípulos y, a través de ellos, nos exhorta a nosotros: Miren que no hagan sus limosnas, oraciones o ayuno ante los hombres: si no, no tendrán recompensa ante su Padre, que está en los cielos (cf. Mt 6,5 ss.). Él exhorta de este modo a volver las espaldas y a huir de estas alabanzas mortales, provenientes de mortales: a huir de la alabanza que se marchita y que nos huye; exhorta a buscar sólo aquella cuya belleza es imposible de decir y cuyo límite es imposible de encontrar[8]. Por medio de esta alabanza, también nosotros podremos glorificar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

Lecturas:

Gregorio de Nisa. Sobre la vida de Moisés, Madrid, Ed. Ciudad Nueva, 1993 (Biblioteca de patrística, 23).

Vida de Macrina en Gregorio de Nisa. Vida de Macrina. Elogio de Basilio, Madrid, Ed. Ciudad Nueva, 1995 (Biblioteca de patrística, 31).

Matrología I, pp. 116-131 (sobre santa Macrina).

 


[1] Vuelve aquí Gregorio a hablar con gran fuerza de la cooperación de la gracia con el esfuerzo humano.

[2] Diversas partes de la virtud: Gregorio destaca vigorosamente la unidad de las virtudes y la necesidad de que estén todas en el sujeto para que pueda decirse con verdad que éste es bueno. De ahí que lo que nosotros llamamos virtudes -justicia, fortaleza, etc.-, él lo llame “partes de la virtud”.

[3] Nos encontramos otra vez con el tema de la epéktasis, esta vez aplicada a lo que sucede en la oración. La acción del Espíritu en el alma -Él nos enseña a orar- hace que el alma ore, y al orar se encienda en amor, y al amar desee orar nuevamente, y así en un ilimitado crescendo. “El gozo (de Dios) que renace continuamente en el alma es el punto de partida de un deseo mayor que, por la misma participación en los bienes, torna nuevamente más intenso al deseo” (Homilía I in Canticum canticorum, PG 44,777 B). El gozo, lejos de producir hartura como en los placeres sensibles, produce por el contrario un deseo más grande.

[4] Entregar el alma a la oración, junto con el cuerpo. Tras poner de relieve que lo más importante en la oración es el amor y la atención del alma. Gregorio, al igual que Orígenes, da importancia a la oración del cuerpo, es decir, a la postura corporal durante la oración.

[5] Cf. Rm 14,17: Ga 5,22. Gregorio subordina aquí el esfuerzo humano -incluso el que se pone en la oración o en los ayunos- a la caridad y. en general, a la docilidad al Espíritu Santo, que actúa en el alma. En efecto, lo verdaderamente importante son los frutos de su gracia en el alma.

[6] Literalmente: “creer en su filanthropía”. Los Santos Padres utilizaron esta palabra preferentemente para designar el amor de Dios a los hombres. Dios tiene como título el de “philanthropos”. Aquel que ama al hombre. Este amor al hombre es la causa de la Encarnación.

[7] El gozo en los padecimientos. La sencillez de las palabras nisenas está mostrando la grandeza mística de este estado del alma.

[8] Se trata, como es obvio, de la absoluta infinitud de Dios. Él está por encima de todo concepto y de toda palabra. Siempre será posible para el alma un mayor progreso hacia Él.