Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [37]

3.3. Seudo Macario/Simeón (380-430)

Bajo el nombre de Macario el Grande o Macario el Egipcio (+ 390) -para distinguirlo del otro Macario denominado «el Alejandrino»-, «el santo monje de gran corazón, han llegado hasta nosotros diversas colecciones de homilías y discursos espirituales, nacidos en otro ambiente, en otro contexto, y que estuvieron a punto de perderse a causa de las sospechas que rodeaban a su autor»[1].

El análisis de dichos textos ha conducido a colocar su origen no en Egipto, sino en Siria, Mesopotamia o Asia Menor.

El idioma del autor de tales escritos es el griego, «aunque contaminado con latinismos y “aramismos”. Además, algunas expresiones y varios temas espirituales, inducen a suponer contactos con el monacato basiliano» (p. 10).

En 1920, L. Villecourt aportó un argumento nuevo y fundamental para localizar al Seudo Macario: la fuerte semejanza entre diversos textos del corpus macariano y algunas proposiciones mesalianas varias veces condenadas entre fines del siglo IV y primeros decenios del siglo V.

«El movimiento mesaliano (= euchita en griego = orante, hombre de oración), originario de la Mesopotamia, había ganado rápidamente las Iglesias y los monasterios del Asia y el Ponto, difundiéndose en Capadocia, en Armenia y en particular por las provincias de Licaonia y Panfilia. Egipto fue alcanzado solo marginalmente» (p. 10).

En el concilio de Éfeso de 431, dos obispos: Valeriano de Iconio y Anfiloquio de Side, presentaron un escrito denominado Asceticón, que en su opinión representaba el manifiesto espiritual del movimiento mesaliano, solicitando una condena explícita.

«Ahora bien, aquel texto objeto de anatema en Éfeso parece que estaba compuesto por una colección de homilías llegadas hasta nosotros bajo el nombre de Macario. Su autor debería identificarse, según algunos estudiosos, con Simeón de Mesopotamia, recordado por las fuentes como jefe del movimiento mesaliano» (p. 13).

Nos encontramos, por tanto, ante un autor del que sabemos poco, cuya identificación es imprecisa, a quien se le atribuyen escritos sospechosos de herejía, pero que a pesar de ello tuvieron gran influencia en la espiritualidad oriental. Este personaje, llamado por unos Seudo Macario y por otros Simeón de Mesopotamia, desarrolló su actividad literaria seguramente en la segunda mitad del siglo IV y en los primeros decenios de la centuria siguiente.

 

Los mesalianos

El apelativo siríaco, y la correspondiente traducción griega de euchitas, hace referencia a la principal acusación que les formulaban sus adversarios: el lugar preeminente que concedían los mesalianos a la oración, poniendo así en peligro, a juicio de sus oponentes, «el precioso equilibrio del ora et labora, con detrimento del trabajo y de un concreto ejercicio de la caridad, bajo el pretexto de querer practicar una oración incesante o de buscar exaltantes emociones espirituales» (p. 18). Por esta última causa, en el concilio de Éfeso, a los mesalianos se los llamaba también “entusiastas”.

Los mesalianos eran, pues, en cierto modo «un movimiento de protesta», si se me permite expresarme así, contra una Iglesia y una jerarquía consideradas por ellos, no siempre sin motivo, «infieles al evangelio» (p. 18).

Evidentemente se trató de una protesta de carácter eminentemente espiritual -o espiritualista si se prefiere-.

Por las características recién señaladas no resulta sencillo definir las líneas fundamentales del mesalianismo. Se trata de un movimiento de «contornos inciertos y difícilmente definibles». «Es una herejía, afirmaba J. Gribomont, sfuggente que nunca se organizó en una secta, en torno a una doctrina, con miembros y jefes que se hayan impuesto» (p. 14).

Las fuentes que tenemos nos ofrecen una sistematización de las tesis mesalianas tal como fueron denunciadas y condenadas por los adversarios. Lo cual hace delicada y ardua la tarea de volver a alcanzar, por encima de los tonos polémicos, de las acusaciones de desórdenes en el campo moral, de las exageraciones, los principios inspiradores del mesalianismo (p. 14).

Sin embargo, es necesario resaltar dos elementos fundamentales de sus enseñanzas:

a) la absoluta preeminencia concedida a la oración: «es solo la oración ferviente y asidua la que libera al corazón del pecado y lo dispone a recibir el Espíritu» (p. 15);

b) «una fuerte acentuación de la experiencia espiritual descripta con imágenes nupciales: el Espíritu recrea al hombre, hace de él un espiritual (término con el que se autodefinían los mesalianos) y lo colma con sus dones: el carisma del discernimiento, el don de revelaciones y visiones, la contemplación de la santa Trinidad» (p. 15).

Es claro que estos dos aspectos fácilmente podían deslizarse hacia actitudes o comportamientos extremos y erróneos.

Únicamente algunos pocos obispos clarividentes, entre los que sobresalieron singularmente Basilio de Cesarea y su hermano Gregorio de Nisa, se dieron cuenta de la importancia de este movimiento e intentaron conducirlo hacia el camino recto. Comprendieron que en su base había verdaderas e importantes inquietudes espirituales; y que podían sanearse, o mejor evangelizarse, algunas de las intuiciones fundamentales de los mesalianos.

Este ejemplo no tuvo una acogida favorable en el resto del episcopado y los mesalianos acabaron por ser condenados en bloque.

 

Las homilías del Seudo Macario

«El corpus seudo macariano comprende una centena de textos de género diverso -homilías, tratados, cartas, discursos, diálogos- ordenados y transmitidos en griego en cuatro colecciones, que al menos en parte se sobreponen» (pp. 26-27).

La primera colección comprende 64 logoi, que fueron editados por W. Jaeger (Leiden, 1954), H. Berthold (Berlin, 1973) y R. Staats (Göttingen, 1984).

La segunda colección contiene 50 homilías, fueron editadas por H. Dörries, E. Klosterman y M. Kroeger (Berlin, 1964).

La tercera colección abarca 43 logoi. Fue editada por E. Klosterman y H. Berthold (Berlin, 1961). El P. V. Desprez la tradujo al francés en la colección «Sources Chrétiennes», vol. 275 (Paris, 1980).

Finalmente, la cuarta colección comprende 26 logoi y no ha sido editada por separado, pues se encuentra íntegramente en la primera colección.

«La segunda colección es el fruto de un atento trabajo de selección que ha eliminado los textos que mostraban tonos polémicos frente a la institución eclesial, ha buscado evitar expresiones que podían prestarse a la acusación de mesalianismo y ha custodiado celosamente todo lo que contribuía a la edificación espiritual. El redactor, probablemente un monje del Monte Athos en la época del renacimiento de la mística bizantina de los siglos X-XI, que tuvo a Simeón el Nuevo Teólogo entre sus máximos representantes, trabaja sobre colecciones ya existentes, probablemente las colecciones tercera y cuarta, efectuando una selección para no escandalizar la conciencia eclesial de sus contemporáneos, reúne fragmentos de textos diversos transformándolos en homilías, pero respetando la sustancia del material que tenía a mano.

«Las homilías conservan los rasgos propios del estilo oral; nacieron como catequesis de un padre espiritual, de un «anciano» en la vida espiritual, que transmite a sus discípulos la propia experiencia en simplicidad y verdad… Se trata simplemente de exhortaciones espirituales que recuerdan las catequesis de Pacomio…, o las Conferencias de Casiano.

«Algunos textos tienen el estilo de las “preguntas-respuestas” típico de los grupos monásticos tanto en Egipto como en Capadocia: un discípulo pregunta, el padre espiritual responde. Pero indudablemente las Homilías no tienen el carácter práctico de las “preguntas-respuestas” del Asceticón basiliano; la intención del Seudo Macario es simplemente ofrecer un alimento espiritual para la vida interior, levantándose con extremo vigor contra la temible y siempre recurrente insidia de la hipocresía religiosa. De esta preocupación nace la insistencia en la necesidad de una experiencia espiritual profunda, de una vida de fe verdadera, real: “Esto es lo único necesario: que cada uno tenga en el alma un tesoro y en las profundidades del corazón la vida, es decir el Señor” [Homilías (= Hom.) 3,3]» (pp. 27-29).

Aunque la segunda colección de las homilías no es una obra «de primera mano», no por ello carece de importancia o es menor su valor. Por el contrario, se trata de la colección más antigua y difundida en la tradición cristiana. «Volvemos a encontrar diversos temas propios del Seudo Macario en la doctrina espiritual de Diadoco de Foticea, de Simeón el Nuevo Teólogo y de Gregorio Palamas; en ámbito siríaco Dadiso Qatraya e Isaac de Nínive citan las Homilías en sus escritos. En el mundo eslavo lo utilizan Nilo Sorskij, Serafín de Sarov, Teófano el Recluso y, en tiempos más recientes, Silvano del Monte Athos. En Occidente las Homilías, cuyo autor es recordado como “christianae pietatis cultor” (cultivador de la piedad cristiana), fueron editadas y traducidas al latín por primera vez en 1559, y recomendadas a los fieles como lectura espiritual. Pero el Seudo Macario fue particularmente amado y estimado en las Iglesias de la reforma, al punto de ser considerado “el gran santo del pietismo luterano”» (p. 30).

 


[1] Spirito e fuoco. Omelie spirituali. Pseudo-Macario. (Collezione II). Introduzione, traduzione e note a cura di Lisa Cremaschi, Magnano. Comunità di Bose, Ed. Qiqajon, 1995, p. 9 (Padri Orientali); las referencias entre paréntesis que se indican en adelante envían a esta obra; cf. Vincent Desprez, art. Macaire (Pseudo-Macaire; Macaire-Syméon), en Dictionnaire de Spiritualité T. 10, Paris, Beauchesne, 1977, cols. 20-43.