Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [38]

3.3. Seudo Macario/Simeón (380-430)

La doctrina espiritual expuesta en las Homilías de la segunda colección

Como la mayor parte de los «espirituales» del Oriente cristiano, también para el Seudo Macario la base principal de su reflexión es una certeza de nuestra fe:

«Únicamente el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26). Mira que vasto es el cielo y la tierra con sus preciosas criaturas; ¡qué magnificencia! Pero el hombre es más precioso que cualquier otra criatura, porque sólo en él se ha complacido el Señor» (Hom. 15,43).

Esa imagen de Dios en el hombre se expresa principalmente en la libertad que él ha recibido. Y tal imagen no se pierde totalmente ni siquiera después del pecado, por más ofuscado que el ser humano se encuentre:

«Ni siquiera quien es perfecto en el mal, sumergido en el pecado, quien se ha hecho instrumento del demonio y en todo está dominado por él, está obligado por necesidad (a obrar así), sino que posee la libertad para llegar a ser un vaso de elección (Hch 9,14) y de vida» (Hom. 15,40).

La salida de esta ceguera espiritual es posible volviendo a sí mismo -habitare secum dirán los maestros del Occidente latino-, y desde allí, desde lo profundo del corazón, iniciar el camino de regreso:

«El alma tiene necesidad de una lámpara divina, el Espíritu Santo, que vuelva a poner orden en la casa (cf. Lc 15,8-10) envuelta en las tinieblas, tiene necesidad del radiante sol de justicia (cf. Ml 3,20; Lc 1,78-79), que resplandece y surge en el corazón, tiene necesidad de un arma que venza en la guerra. Entonces la viuda que había perdido la dracma, primero encendió la lámpara, después volvió a poner orden en la casa; y como la casa fue puesta en orden y la lámpara encendida, se encontró la dracma sepultada en medio de los desechos, las impurezas y la tierra.

Ahora bien, el alma no está en condiciones, por sí misma, de encontrar y distinguir los propios pensamientos, pero cuando se enciende la lámpara divina, ilumina toda la casa envuelta en las tinieblas, y así el alma ve sus pensamientos, (ve) cómo ellos se encuentran sepultados en la impureza y en el fango del pecado. Sale el sol y el alma ve su propia ruina y comienza a llamar a sus pensamientos mezclados con los desechos y las inmundicias. El alma, en efecto, transgrediendo el mandamiento, perdió la imagen que estaba en ella» (Hom. 11,3-4).

En ningún momento Dios violenta la libertad del hombre, Él «no puede obligar al hombre a amarle», pero le ha mostrado su bondad y paciencia a lo largo de la historia de salvación:

«Misericordioso y bueno, es paciente con cada uno de nosotros, aun viendo cuantas veces tropezamos, espera con paz el momento en que volveremos a entrar en nosotros mismos y dejaremos de tropezar, y recibe con amor y gran alegría a quien se convierte del pecado» (Hom. 4,21).

En el colmo de su amor por el hombre Dios se ha hecho pequeño:

«El Dios, infinito e inaccesible, en su bondad se ha hecho pequeño y, descendiendo de su gloria inalcanzable (cf. 1 Tm 6,16), se revistió de los miembros de este cuerpo se ciñó con él, y cambiando de aspecto por su bondad y su amor por los hombres, asumió un cuerpo…» (Hom. 4,10).

 

Luchar para dejar que Dios nos abra nuevamente a ser imagen suya

¿Cómo puede el hombre responder a este increíble amor de Dios? Entrando en su corazón y luchando para renovar la imagen divina ofuscada pero no definitivamente perdida:

«Mira, las cinco vírgenes sabias fueron vigilantes (cf. Mt 25,1-13) y se apresuraron a lo que era extraño a su naturaleza recogiendo en los vasos de sus corazones el aceite, es decir la gracia del Espíritu que viene de lo alto, y así pudieron entrar con el esposo en la sala de bodas del cielo. Las otras, en cambio, las necias, encerradas en su naturaleza, no velaron ni se dispusieron a recibir en sus vasos el aceite de la alegría (cf. Sal 44,8)» (Hom 4,6).

No hay obstáculo insuperable para la misericordia de Dios, basta con abrirse a su acción en nosotros:

«La hemorroísa, aunque no podía curarse y aunque estaba gravemente enferma, tenía, con todo, los pies para caminar hasta el Señor y, llegando a su lado, recibir la curación (cf. Mc 5,25-34); igualmente aquel ciego, a pesar de que no podía caminar e ir junto al Señor pues no veía, sin embargo, gritó con voz más fuerte que la de los ángeles -decía, en efecto: Hijo de David, ten piedad de mí (Lc 18,39)- y con esa fe obtuvo la curación» (Hom. 20,7).

En esa lucha por recuperar en sí la imagen divina, a la obra de la gracia debe responder la del hombre, de modo que poco a poco el mal deje su puesto al amor:

«El campesino cultiva la tierra, pero, aunque trabaja, tiene necesidad de recibir de lo alto lluvias y aguaceros. Si no viene la lluvia de lo alto, de nada sirve que el campesino trabaje la tierra. Así también en las realidades espirituales debemos considerar las cosas bajo un doble aspecto. Es necesario que el hombre por su propia voluntad trabaje la tierra de su corazón y se fatigue, porque Dios exige del hombre esfuerzo, trabajo y cansancio, pero si no aparecen de lo alto las nubes celestiales y la lluvia de la gracia, no sirve de nada que el campesino se fatigue… Pero, ¿cuál es la obra del hombre? Renunciar, salir del mundo, perseverar en la oración, velar, amar a Dios y a los hermanos» (Hom. 26,10. 19).

En esta acción trabajo de equipo entre Dios y el hombre: «Luchar, combatir, dar y recibir golpes es tarea tuya (del hombre), pero erradicar el mal corresponde a Dios» (Hom. 3,4).

El itinerario propuesto por el Seudo Macario presenta, en ciertos pasajes de sus Homilías, algunas semejanzas llamativas con el prólogo de la Regla de san Benito:

«Cuando alguien se aproxima al Señor, entonces ante todo debe obligarse (a hacer) el bien, aunque su corazón no lo quiera, y esperar siempre con fe firme su misericordia; debe obligarse a la caridad, aunque no tenga caridad, obligarse a la bondad, aunque no la tenga; obligarse a tener un corazón compasivo y misericordioso; obligarse a soportar el desprecio, a ser paciente cuando es despreciado…; obligarse a la oración, aunque no tenga la oración espiritual. Y así Dios, viéndolo luchar de este modo y obligarse haciéndose violencia, aunque su corazón no lo quiera, le regala la verdadera oración espiritual, la verdadera caridad, la verdadera paciencia, entrañas de misericordia, la verdadera bondad y, en una palabra, lo colma de los frutos del Espíritu (cf. Ga 5,22)» (Hom. 19,3).

 

El hombre transformado en morada del Señor

La acción de la gracia realiza esta maravilla espiritual que es la inhabitación de Dios en nosotros:

«El alma hecha digna de tener parte en el Espíritu, fuente de su luz, e iluminada por la belleza de la inefable gloria del Señor, que la ha preparado como su trono y morada, se hace toda luz, toda rostro, toda ojos» (Hom. 1,2).

El Señor se presenta como un mendigo que golpea la puerta de nuestra alma para habitar en ella:

«Recibamos, pues, al Dios y Señor, el verdadero médico, el único capaz de curar nuestras almas viniendo (a habitar) entre nosotros, él que ha sufrido tanto por nosotros. Él golpea siempre a la puerta de nuestros corazones (cf. Ap 3,20) para que le abramos, y viene a reposar en nuestras almas para que le lavemos los pies y lo unjamos con perfume (cf. Lc 7,38), y establece en nosotros su morada (cf. Jn 14,33)… Siempre sigue golpeando porque quiere entrar en nosotros» (Hom. 30,9).

Esta presencia del Señor en nuestra alma conduce hacia la alegría espiritual, al gozo más sublime: «El cristianismo es comida y bebida, y cuanto uno más lo gusta, tanto más el corazón queda envuelto por su dulzura» (Hom. 17,13).

No se trata, sin embargo, de un gozo o dulzura egoísta o individualista. Todo lo contrario, «el santo es hombre de comunión»; «confiado en la misericordia de Dios, reza por todos y espera por todos»:

«Los que fueron hechos dignos de convertirse en hijos de Dios (Jn 1,12) y renacer de lo alto, del Espíritu Santo (cf. Jn 3,3-5), llevando en sí mismos a Cristo que los ilumina y les da reposo, son guiados por el Espíritu de muchos y diversos modos, e invisiblemente en su corazón, en el reposo del Espíritu, son movidos por la gracia… A veces, ellos se alegran y exultan de alegría indecible como en un banquete real… Otras veces, lloran y gimen sobre el género humano y, mientras oran por el Adán total, inflamados de amor por todos los hombres, se afligen y lloran. Otras veces, por la acción del Espíritu Santo, arden con tal alegría y amor que, si fuese posible, tomarían a cada hombre en sus entrañas, sin distinguir entre el bueno y el malo. Otras veces, en la humildad del Espíritu, se humillan de tal forma por debajo de todo hombre, que se consideran los últimos de todos e inferiores a todos» (Hom. 18,7-8; p. 50).

 

Lecturas:

Seudo Macario, Nuevas Homilías (Colección III), Madrid, Ed. Ciudad Nueva, 2008 (Col. Biblioteca patrística, 74).

Seudo Macario, Homilías espirituales (ns. 3, 18 y 56); traducción en Cuadernos Monásticos ns. 8 y 9 (1969), pp. 157-174 y 101-111, respectivamente:

https://www.surco.org/sites/default/files/cuadmon/disponible_disponible-forma-gratuita/cuadernos-monasticos-8-1567.pdf;

y:

https://www.surco.org/sites/default/files/cuadmon/disponible_disponible-forma-gratuita/cuadernos-monasticos-9-1575.pdf

Juan M. de la Torre, Literatura cristiana antigua, entornos y contenidos. IV. Desde el constantinismo a la formación de la teología bizantina. Antología de textos, Zamora, Ediciones Monte Casino, 2002, pp. 345-353 (Caminar con los Santos Padres, 4), trad. de algunos textos del Seudo Macario.