Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [41]

4.1. San Caritón (+ hacia 350)[1]

Caritón había sido confesor de la fe (es decir que su vida corrió peligro por motivo de ser cristiano) en Iconio, Asia Menor, de donde era originario. Según su biógrafo anónimo, la persecución que sufrió fue aquella de Aurelio (270-275), aunque algunos prefieren pensar que se trató de aquella posterior de Diocleciano (303-304), ya que no se tienen datos ciertos de una persecución ordenada por Aurelio, y además el lapso de tiempo sería muy grande entre el reino de aquel emperador y la inauguración del primer monasterio de Caritón por Macario, obispo de Jerusalén entre 314 y 334, el cual constituye nuestro único dato cronológico seguro.

Después de la persecución fue en peregrinación a Tierra Santa. Según cuenta su biógrafo, cuando se aproximaba a Jerusalén cayó en manos de bandidos, los cuales lo llevaron a su refugio, una gruta en el desierto, la cual se convertiría -después de su milagrosa liberación- en la iglesia de su primer monasterio de Wadi Faran. Este dato no es en absoluto banal. Permite destacar dos características, la primera, la proximidad de dicho monasterio a una ruta de peregrinos. La segunda pasará a ser un rasgo común del monacato palestino, el hecho que su fundación “dependa en gran medida de la presencia de los lugares santos”. Por lo tanto para comprender el nacimiento del monacato en el desierto de Judea, hay que tomar en consideración dicho dato, es decir, el gran atractivo que los lugares santos ejercieron sobre un inmenso número de cristianos de todas partes del Imperio y hasta fuera de él, sobre todo a partir del decreto de Constantino que concedió al cristianismo el derecho de existir en el imperio romano (313).

Caritón fundó sucesivamente tres monasterios a lo largo del siglo IV: Faran (ubicado en el Wadi o torrente Farán, cerca de la actual Anatot, patria de Jeremías; algunos kilómetros al norte de Jerusalén); Duka (hoy día transformado en el famoso Monasterio de la Cuarentena, sobre Jericó); Suka (o “Vieja Laura”, sobre el Wadi Caritón -que ha conservado el nombre del santo-, no lejos del Herodion), todos situados en los límites del desierto de Judea. Algunos de ellos, como Farán y Duka, han vuelto a convertirse en monasterios, y se encuentran habitados hoy en día.

 

4.2. San Hilarión (+ hacia 371)

Acerca de Hilarión existen posiciones encontradas sobre la historicidad del personaje[2]. J. Gribomont se inclina por su inexistencia, afirmando que los únicos testimonios que de él se tienen son los que da Jerónimo[3]. D. Chitty apoya la tesis contraria, basándose en la relación existente entre Hilarión y Epifanio de Chipre, de quien Jerónimo habla en el Prólogo de la obra[4]. De Vogüé, sin entrar en la problemática, da por sentada la historicidad de nuestro personaje[5], de quien se poseen muchos más datos y testimonios de los que da Jerónimo[6]. Finalmente P. Antin, apoyándose en los testimonios de Sozomeno, afirma que es la biografía más verosímil de cuantas escribió Jerónimo[7].

Sus orígenes

Dos notas acerca del joven Hilarión son muy importantes: su origen pagano y su cultura.

Hilarión es presentado como el hijo de una familia pagana, que vive en un ambiente también pagano, en las cercanías de Gaza, en Palestina. Pero no se trata de un paganismo indiferente, sino de una verdadera idolatría, a la que Hilarión opondrá la fe en Cristo y el poder de su Cruz.

Nace en torno al año 261. La buena situación económica de sus padres le permiten comenzar los estudios en Alejandría y, como puntualiza Jerónimo “llegó a ser muy versado en el arte de hablar”[8].

Los comienzos monásticos

Durante su estadía en Alejandría Hilarión oye hablar del gran Antonio. La admiración lo lleva directamente a visitarlo en su retiro, y allí nace la vocación del joven palestino. Cambia sus vestidos y abraza la vida monástica.

Pero para imitar más plenamente el ejemplo de Antonio decide retirarse a su tierra natal de Gaza.

Sus padres ya habían muerto y distribuye todos los bienes entre sus hermanos y los pobres, recordando lo que había dicho el Señor: Quien no haya renunciado a todo lo que posee no puede ser mi discípulo (Lc 14,33)[9].

De este modo comienza la vida ascética pasando veintidós años en la soledad completa, solamente interrumpida por la visita de unos ladrones[10]. Sin embargo, no son años de paz y tranquilidad, sino que son escenario de un violentísimo combate con los demonios.

Aunque Hilarión se esconde en la vasta soledad que rodea la ciudad de Gaza, el demonio descubre inmediatamente la presencia del siervo de Dios y vuelca sobre él todo el poder de su malicia. Para ello el Santo se arma con los mismos instrumentos que Cristo en el desierto: el ayuno, la oración y la salmodia[11].

Lucha contra el paganismo[12]

Pero en su vida ascética juega un rol muy particular la cultura y religiosidad pagana, dominante en la región. La magia y los encantamientos son moneda corriente, provenientes de la vecina provincia de Egipto, pero también de Grecia[13]. Sin embargo, el Santo reconoce en ellos la presencia del antiguo enemigo de Cristo: el diablo.

Hilarión, que ya ha vencido al demonio en su mismo corazón, mediante la ascesis, se transforma en exorcista de los demás. El siervo de Dios tiene el poder de reconocer los vicios y los demonios por los más mínimos detalles y manifestaciones exteriores con que se presentan[14].

Así, sin buscarlo en forma expresa, la gente que solicita el auxilio de Hilarión lo lleva a enfrentarse con la cultura reinante, impregnada de todos esos elementos. Y es aquí donde Jerónimo se deja llevar por su entusiasmo, narrando en forma detallada todo tipo de milagros realizados por su héroe: curaciones, exorcismos, portentos. Jerónimo, que había prometido en el Prólogo hablar de las virtudes de Hilarión cubre la mayor parte de su obra narrando los prodigios que Dios realizó por medio de él.

Pero esto le crea a Hilarión dificultades con la sociedad pagana, particularmente con las autoridades de Gaza[15] que se ven perjudicadas por la victoria cristiana.

Detrás de todos estos relatos, Jerónimo presenta una demonología bien definida y detallada. El demonio puede actuar sobre el hombre, sin embargo el primer paso que debe dar, sin el cual nada puede, es entrar en dominio de su corazón, por medio del pecado y los vicios[16]. Una vez logrado esto, está en condiciones de actuar sobre el mismo cuerpo y bienes del afectado.

Pero, así como el demonio puede actuar en los dos órdenes, físico y espiritual, el poder de Cristo también. En este sentido Jerónimo nos presenta a Hilarión como un segundo Cristo, curando la ceguera con su saliva, rociando caballos con agua bendita, gritando y ordenando a los demonios salir de los posesos, hombres o animales.

De este modo la presencia de Hilarión actúa como un catalizador, poniendo de manifiesto la presencia oculta del diablo, para luego expulsarlo[17].

El carismático y el ermitaño

Sin embargo, este carisma y poder taumatúrgico lo llevan a verse rodeado de hermanos que quieren seguirlo, y gente que necesita su auxilio. Como había dicho el mismo Cristo: No puede ocultarse una ciudad colocada sobre una colina (Mt 5,14)[18].

Así, Hilarión se ve acorralado entre su deseo de una vida solitaria y la insistencia de las multitudes en que los proteja de la acción del demonio. Y su elección es clara y firme: buscar la soledad.

Esta opción por el eremitismo hace que Jerónimo se desinterese por describir la vida u organización de los casi 5.000 hermanos que rodeaban a Hilarión.

De este modo, a partir de los sesenta y tres años, su vida es un continuo vagar buscando alejarse de las multitudes, peregrinando por las tierras de Antonio, en Egipto, y después por Libia, Sicilia, Dalmacia y Chipre.

Finalmente, ya anciano y consumido por la ascesis, Hilarión muere (hacia 371) en su anhelada soledad, ya que su discípulo Hesiquio se encontraba en esos días en Palestina.

 

Lectura:

Vida de Hilarión en Cuadernos Monásticos n. 109 (1994), pp. 236-268:

https://www.surco.org/sites/default/files/cuadmon/disponible_disponible-forma-gratuita/cuadernos-monasticos-109-3938.pdf

 


[1] Cf. http://www.quenotelacuenten.org/apologetica/website/index026e.html?id=5764; Cercare Dio nel deserto. Vita di Caritone, Magnano, Comunità di Bose, Eds. Qiqajon, 1990.

[2] Reproducimos parcialmente la introducción (incluyendo las notas) del P. Fernando Rivas, osb, a la trad. castellana de la Vita, publicada en Cuadernos Monásticos n. 109 (1994), pp. 226-268.

[3] J. Gribomont, Ilarion di Gaza, en “Dizionario Patristico”, vol. II, Roma, 1983, col. 1751.

[4] D. Chitty, The Desert a City, Oxford, 1966, p. 13. Según él, Epifanio, formado en el monacato egipcio, fue, en cierta medida, discípulo de Hilarión. Su monasterio de Besanduce, cerca de Eleuterópolis, a mitad de camino entre Gaza y Jerusalén, pertenece al grupo de Hilarión, y es allí donde se encontraba Epifanio en el momento de ser nombrado obispo de Salamina, Chipre, en el 367. La fuente de esta información es la Historia Eclesiástica de Sozomeno (VI,32,2-3). Del mismo parecer es J. N. D. Kelly, Jerome, London, 1975, p. 173.

[5] A. de Vogüé, La vie du bienheureux Hilarion, en Histoire littéraire du mouvement monastique dans l’antiquité, Paris, 1993, II, pp. 167-168

[6] Por ejemplo, la Historia Eclesiástica de Sozomeno; la Vida de Epifanio, y un apotegma (Vitae Patrum 5,4,15 = Alph. Epifanio 4).

[7] P Antin, Essai sur saint Jerôme, Paris 1951, pp. 129. Se debe tener en cuenta que Sozomeno mismo pertenecía a la región de Gaza.

[8] Vida de Hilarión (=VH) 2.

[9] VH 3.

[10] VH 12.

[11] VH 10.

[12] Dada la importancia de este tema en la VH nos parece fundamental la consulta de F. Thelamon, Païens et chrétiens au IVème siècle, Paris, 1981. Esta obra estudia el tema del paganismo del siglo IV y la respuesta cristiana a la luz de la Historia Eclesiástica de Rufino de Aquileya. En ella pueden verse todas las creencias que pululaban en la época, y la atribución de portentos extraordinarios a estos dioses, divinidades paganas y personajes mitológicos. Como contrapartida, Rufino presenta las “mirabilia Dei” que se manifiestan por medio de los “siervos de Cristo”, que Dios suscita en su Iglesia. Esta parece ser también la tesis que subyace a la obra de Jerónimo que presentamos aquí.

[13] VH 21.

[14] VH 28.

[15] VH 20.

[16] VH 21. Hilarión reprocha a una virgen, que fue “encantada” por un joven para casarse con él, haber dado lugar al demonio por alguna falta oculta de su corazón.

[17] VH 35.

[18] VH 37.