Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [44]

4.4. La “Escuela” de Gaza

 

Isaías de Escete o de Gaza[1]

Entre los muchos monjes llamados Isaías que habitaron los desiertos egipcios hubo uno que escribió un Asceticon muy leído en el Oriente. Su autor parece haber conocido a algunos de los ancianos más venerables de Escete: Or, Agatón, Poimén, Sisoes, Anoub, Cronios, etc. En base a esta comprobación se ha dicho que el abad Isaías, autor del Asceticon, vivió en Egipto durante la primera mitad del siglo V. Este es el único dato indiscutido de la vida del abad Isaías. Todos los demás aspectos de su existencia son objeto de controversia entre los estudiosos. Así, siguiendo la tesis lanzada por K. Krüger, algunos sostienen que Isaías de Scetis e Isaías de Gaza son una misma persona. Se trataría, pues, de un único Isaías que habría pasado de Egipto (¿Escete?), donde aún se encontraba en el año 431, a Palestina, muriendo cerca de Gaza en el año 491 sin haber adherido al concilio de Calcedonia. Este monje monofisita habría tenido un discípulo, también de origen egipcio, que compartía su misma fe herética, llamado Pedro. La vida siríaca de Isaías de Gaza atribuye a su héroe una serie de escritos sobre temas ascéticos y monásticos. Con algunas variantes de no poca monta esta posición ha sido aceptada por casi todos los críticos. R. Draguet, por su parte, en una obra publicada en el año 1968 ha defendido otra tesis. Según él, Isaías de Scetis no puede identificarse con su homónimo de Gaza, porque ya en el año 400 aquel era un hombre anciano. Por tanto, el autor del Asceticon sería Isaías de Escete, del cual también poseemos once apotegmas y que habría muerto en la primera mitad del siglo V. Por último, Dom L. Regnault ha propuesto algo así como una tercera posición: “Ese joven monje Isaías que vivió en Scetis en la primera mitad del siglo V, ¿no podría ser el mismo Isaías, monje palestinense, que murió en el año 488, y fue autor de los logoi?”. Y más adelante formula otra pregunta: “(Esta posición) ¿no se encuentra confirmada y justificada por los trabajos de R. Draguet que ha restituido sólida y, según parece, definitivamente la obra a Isaías de Escete, sin que Isaías de Gaza haya sido por ello totalmente despojado?”. La cuestión aún no está resuelta y por eso resulta imposible presentar una biografía detallada del abad Isaías. Si nos ceñimos a la tesis común entre los estudiosos según la cual Isaías de Gaza y de Escete son una misma persona los datos cronológicos más seguros serían: vivió en escete en la primera mitad del siglo V, luego pasó a Gaza donde murió entre los años 488‑490 siendo ya un anciano de más de cien años (siempre y cuando se acepte la suposición de R. Draguet según la cual en la primera mitad del siglo V Isaías era ya un hombre maduro) y tuvo un discípulo llamado Pedro que desempeñó un papel importante en la transmisión de las enseñanzas de su maestro.

 

Su obra

Una lectura atenta de los veintinueve Logoi del abad Isaías permite comprobar la variedad de los temas tratados, la falta de un nexo o relación entre cada uno de ellos y la desigual longitud de los distintos Logoi. Esto quiere decir que la mayoría de estos discursos son compilaciones de diversas fuentes, conglomerados de sentencias y exhortaciones en los que es difícil reconocer el núcleo primitivo. La “heterogeneidad” del corpus isaianum obliga a pensar en una pluralidad de autores o de redactores. Lo más lógico es suponer, como lo hace Dom Regnault, que Isaías no hizo más que cumplir con sus funciones de padre y, director espiritual de un grupo de discípulos, ya fuera oralmente o por escrito, y que fueron estos últimos quienes organizaron un Asceticon. Así, gracias a Pedro, especialmente, y a otros seguidores del abad Isaías tenemos acceso a las enseñanzas de uno de los monjes más interesantes del monacato primitivo.

La doctrina contenida en los diversos logoi revela una inspiración primariamente bíblica; la Escritura es citada con mucha frecuencia y hay algunos discursos que no son más que un conglomerado, de citas escriturísticas. También merece destacarse la influencia que han ejercido en su obra los “Dichos de los Padres del Desierto” y Evagrio el Póntico. No menos notable es la presencia de algunos rasgos que tienen su origen en las homilías del Pseudo-Macario. Asimismo R. Draguet ha mostrado la existencia de ciertas semejanzas entre las Reglas y las Vidas de Pacomio y varios logoi del abad Isaías. Es, por tanto, indudable que el Asceticon es heredero de la tradición semianacorética y cenobítica de origen egipcio.

Si bien toda la doctrina del abad Isaías está estrechamente ligada a la mejor tradición monástica, sobre todo a la literatura apotegmática, sería muy injusto no reconocer su gran originalidad. Al igual que los Apotegmas el Asceticon está dirigido ante todo a la formación de los candidatos a la vida monástica. Pero en los discursos del abad Isaías se nota una delicadeza, un manifiesto deseo pedagógico y un interés por la recta formación de los discípulos que no encontramos tan claramente formulados en los Apotegmas. En los logoi que reúnen sentencias y exhortaciones de carácter práctico, el lector descubre con asombro y alegría la jornada de estos ermitaños que vivían junto a Isaías. Con elegancia y sentido cristiano se abordan los temas más variados y prosaicos, como para mostrarnos que todas las actividades de nuestra vida tienen una finalidad en Dios. A través de los distintos discursos es posible descubrir una preocupación esencial, “un motivo inspirador”: ¿cómo encontrar y mantener la hesyquía, la bienaventurada quietud, indispensable para llegar a una verdadera intimidad con Dios? La práctica de las virtudes, el evitar los vicios, la oración, la lectura espiritual, el trabajo, las relaciones fraternas, la pobreza y todas las demás actividades del monje están ordenadas a la consecución de una verdadera libertad espiritual, que es lo único que puede conducir al asceta a la hesyquía.

El abad Isaías predica una ascesis rigurosa, viril: evitar todo tipo de distracciones, examinarse continuamente, abrirse total y francamente al padre espiritual, y sobre todo, practicar la humildad. Todas estas cosas le devolverán al monje la salud perdida por el primer hombre. Se trata, ante todo, de una ascesis “espiritual”, de un control sobre el espíritu pero que también comprende al cuerpo. Uno de los rasgos distintivos de la doctrina del abad Isaías es justamente ese equilibrio constante entre lo corporal y lo espiritual, entre lo humano y lo sobrenatural. Hay que cuidar del cuerpo porque con él vamos a resucitar, pero es necesario impedir que se convierta en un tirano insoportable; hay que custodiar al corazón para evitar que las pasiones se adueñen de él, pero esa vigilancia sólo tiene sentido si conduce a la libertad espiritual, al encuentro con el Señor.

Al igual que en los Apotegmas en el Asceticon la virtud de la humildad desempeña un papel preponderante. Ella es la que debe enseñarle al monje a no estimarse a sí mismo, a no sobre valorarse, a no “medirse”. Ella debe manifestarse especialmente en las relaciones con los hermanos: no buscar el propio provecho, evitar toda disputa, toda murmuración, la envidia, el deseo de enseñar y corregir; he aquí los frutos de la humildad. La renuncia a la voluntad propia, condición indispensable para ser escuchado por Dios, no poner la confianza en las propias fuerzas, pedir incesantemente la ayuda del Señor, la caridad para con todos los hombres, son los signos de que un monje no sólo ha entendido qué es la humildad, sino de que, sobre todo, la “vive”. Está, por tanto, en condiciones de ser un “padre espiritual” porque ha recibido el carisma de la diacrisis, del discernimiento, de la discreción; ya no juzga al hermano, sino que lo escucha, lo ayuda, lo anima, porque “el discernimiento une todas las cosas, las examina y desvirtúa el mal” (16-XV,113). Si pudiéramos entrevistarnos con el abad Isaías y le preguntáramos ¿qué es un monje? tal vez nos diría: “un monje es estas tres cosas: “Discernimiento, humildad y amor”'.

Tan importante como sus recomendaciones prácticas son los principios que las animan. En los logoi 2=IX y 21=XIV Isaías expone en una síntesis magistral el fin de toda la ascesis cristiana: retornar al estado primero que el hombre poseía antes del pecado de Adán y Eva. Pero esto sólo es posible gracias a Cristo que, en su propio cuerpo libre de todo pecado, nos enseñó a reencontrar la salud perdida, por medio de la penitencia, la obediencia a los mandamientos, la supresión de los deseos carnales y, sobre todo, por la humildad. La verdadera ascesis cristiana y monástica debe conducir al hombre a un reencuentro con su Creador, debe devolverle la imagen que por la desobediencia perdieron nuestros primeros padres y que ha sido recuperada para siempre por el nuevo Adán.

Los diversos puntos de la doctrina del abad Isaías que tan brevemente hemos expuesto tal vez no sean de una originalidad deslumbrante. Casi todas esas enseñanzas se pueden encontrar en los Dichos de los Padres del Desierto, en Evagrio Póntico y en muchos otros autores de los primeros siglos. Pero Isaías les ha infundido un espíritu nuevo y un acento personal que revelan una madurez propia del que ha dejado de ser discípulo para convertirse en maestro. Al recorrer el Asceticon se tiene la impresión de que su autor conoce el corazón humano y posee una visión profundamente cristiana de todas las cosas. La discreción, la sobriedad, la delicadeza no están nunca ausentes del corpus isaianum. Vida comunitaria y soledad corporal y espiritual, lo humano y lo sobrenatural coexisten en una maravillosa alianza en la que raras veces se hace sentir la falta de equilibrio. Si a algunos de los monjes antiguos puede reprochárseles su dureza, su sequedad o su despreocupación por los hermanos, a Isaías es imposible hacerle tales cargos. Una y otra vez manifiesta su reprobación respecto de la insensibilidad o la indiferencia frente al dolor, la enfermedad o cualquier otra dificultad que puedan sufrir los hermanos. Primero el otro, después yo; el monje debe procurar ante todo que su hermano alcance la paz y la alegría. Isaías es perfectamente consciente de que toda la vida del cristiano es estéril si no hay crecimiento en el amor, en el servicio. La sencillez y la profundidad de este abad que vivió hace quince siglos y cuya influencia se extendió por todo el Oriente nos permiten decir de él: un hombre de otro tiempo para nuestro tiempo.

 

Lecturas:

Abad Isaías, Selecciones del “Asceticon”, en Cuadernos Monásticos n. 31 (1974), pp. 589-623:

https://www.surco.org/sites/default/files/cuadmon/disponible_disponible-forma-gratuita/cuadernos-monasticos-31-2177.pdf

Abad Isaías, Carta a su discípulo Pedro (Logos 25), en Cuadernos Monásticos n. 185 (2013), pp. 185-213:

https://www.surco.org/sites/default/files/cuadmon/disponible_no/cuadernos-monasticos-185-1019.pdf

 


[1] Se reproduce, sin las notas, la introducción publicada en Cuadernos Monásticos n. 31 (1974), pp. 589 ss. Completar esta noticia con la ofrecida por el P. Fernando Rivas, osb, en: Abad Isaías, Carta a su discípulo Pedro (Logos 25), Cuadernos Monásticos n. 185 (2013), pp. 185-191 (con bibliografía).