Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [46]

4.4. La “Escuela” de Gaza

Doroteo de Gaza[1]

Gracias a la correspondencia entre Doroteo y los ancianos reclusos Barsanufio y Juan, es como podemos llegar a enterarnos de los detalles de su vida: de su noviciado, de sus tentaciones y pruebas diversas.

Así, sabemos que al ingresar al monasterio y distribuir los bienes que poseía, su falta de salud le obligó a reservarse algo para sus necesidades. Pasados los meses iniciales de su nueva vida volvieron a acosarle las inclinaciones y pasiones que tenía en el mundo, sobre todo señala la lujuria, quitándole la paz a su alma, atormentándole con múltiples pensamientos que no podía controlar, y llevándolo al borde de la desesperación. Llegó a concebir como única solución para sus tentaciones huir del monasterio.

Más adelante cayó presa de la tristeza y la depresión, de la cual fue librado en forma milagrosa por la oración de su padre espiritual.

En todo esto Doroteo nos cuenta que fue progresando gracias a un cada vez mayor abandono a las enseñanzas de los dos Ancianos y de abba Séridos, al punto de llegar a preocuparse por no ser asaltado por ninguna tribulación. Esta experiencia de la filiación espiritual será fundamental para Doroteo. Barsanufio y Juan le trazaron un camino muy claro: la renuncia a sí mismo en todas las cosas a través de la obediencia y, sobre todo, de la humildad.

La docilidad de Doroteo a los ancianos y a abba Séridos fue el motivo por el cual le confiaron diversos cargos de responsabilidad en el monasterio: la enfermería (construida con el financiamiento de un hermano de Doroteo) fue ocasión para Doroteo de un gran crecimiento en la caridad y pureza de espíritu. También estuvo a cargo de la hospedería, la que le exigió una atención sin horarios. Pero más allá de esas ocupaciones, Doroteo se convirtió muy rápidamente en objeto de las confidencias de los hermanos, quienes se dirigían a él para contarle sus problemas y tentaciones.

A lo largo de su obra, Doroteo recuerda episodios y personas de la comunidad de abba Séridos, donde vemos convivir la santidad llevada a su máximo grado de inocencia, la falta total de sensibilidad y las fijaciones de personas claramente desequilibradas.

 

Doroteo en la enfermería: el joven Dositeo

Pero fue en la enfermería donde Doroteo vivió uno de los acontecimientos más determinantes de su vida. Abba Séridos le encargó el cuidado espiritual de un joven paje del general de la región, quien acababa de convertirse con ocasión de una visita a Tierra Santa, y que sólo sabía decir “quiero salvarme”. Se llamaba Dositeo. Doroteo, después de consultar a Barsanufio recibe esta respuesta del Anciano: Acéptalo ya que es por medio de ti que Dios lo salvará.

El joven, vestido todavía de militar, era de aspecto delicado y gracioso, y como no podía entregarse a trabajos duros ni a grandes austeridades, bajo la guía de Doroteo puso todo su empeño en combatir la voluntad propia en las pequeñas cosas, en desprenderse de todo, en ejercitar la humildad, la obediencia, la mansedumbre y la paciencia, la caridad fraterna, y en vivir en el recuerdo continuo de Dios y en la oración. Por esta constante docilidad a los más humildes deberes de la vida cotidiana, en un lapso de cinco años llegó a la santidad. Una santidad desprovista de dones extraordinarios pero muy auténtica, tal como lo revelan las circunstancias que rodearon su prematura muerte.

Atacado por la tuberculosis lo vemos soportar los últimos meses de vida con una paciencia heroica. Imposibilitado hasta de recitar la oración de Jesús, en forma de jaculatoria continua, se mantiene sencillamente en la presencia de Dios. Recurre a Barsanufto para pedir que oren por el perdón de sus pecados y recibe en respuesta que todo le ha sido perdonado; desde su infancia hasta el día de hoy. Pide entonces permiso al Gran Anciano para poder morir, pero éste le aconseja la paciencia. Unos días después se lo pide de nuevo y recibe el consentimiento del anciano: ¡Ve en paz! Ve junto a la Santa Trinidad e intercede por nosotros. Y Dositeo se fue en paz.

Tiempo después, un venerable monje que estaba de paso por el monasterio de Seriaos tuvo una visión donde contempló a Dositeo en medio de los Santos Padres a los que había sido asemejado por la perfección de su obediencia. Tal como lo había predicho el Gran Anciano, Dositeo se había salvado por medio de Doroteo.

 

El deseo de la soledad y la lucha interior

Después de esto, Doroteo fue encargado de la atención directa de abba Juan, llamado “el Profeta”, al que asistió hasta su muerte.

Todas estas actividades llevaron a Doroteo al borde de un conflicto interior. Por un lado, el deseo de mantenerse en la oración continua y un sentimiento de compunción, y el deseo de una vida humilde y oculta impedida por el continuo trato con los hermanos que lo venían a consultar, lo llevaron a pensar en la conveniencia de abrazar la vida eremítica. En tres cartas consecutivas abba Juan el Profeta le muestra lo engañoso de sus intenciones de recluirse. La vida contemplativa permanente es para los perfectos, le dice. Para aquellos que todavía no han triunfado sobre si mismos puede ser motivo de orgullo y ruina. El objeto de la vida monástica es crecer en la humildad: En cuanto el hombre crece en humildad, progresa. Encerrarse en la celda no sirve de nada porque allí te encuentras sin aflicciones, y si en forma prematura te encuentras sin preocupaciones el Enemigo te traerá la turbación más que el reposo, para llevarte a decir: hubiese sido mejor no haber nacido. En cuanto a la importunidad de los hombres, los Padres han dicho: “¿Hay algún hombre que al borde de la muerte se ocupe de las amistades de este mundo?”. Los ancianos fueron muy claros con Doroteo. Su vida debería ser una vida mixta, consistente en unir la contemplación y el retiro con las obras de caridad y la obediencia, guardando la humildad en el retiro y la paz en las preocupaciones cotidianas. La caridad fraterna es preferible a los esfuerzos ascéticos de la soledad. El Señor ha dicho: Prefiero la misericordia a los sacrificios. Y los ancianos le repitieron: Inclina tu corazón a la misericordia.

Frente a la inquietud por mantener la oración continua en medio de múltiples actividades, abba Barsanufio le contesta: Muchos oyen hablar continuamente de una ciudad y les sucede que entran en ella sin darse cuenta de que es la ciudad en cuestión. Hermano, estás todo el día en el recuerdo de Dios ¿y no te das cuenta? Porque en efecto, tener un mandato y aplicarse a realizarlo es a la vez sumisión y recuerdo de Dios.

 

La madurez espiritual. Superior de su propio monasterio

Doroteo había llegado a la plena madurez espiritual. Comprende que para alcanzar las altas cumbres de la vida espiritual no es necesario ir al desierto y llevar vida eremítica. La pureza de alma que él buscaba la había alcanzado por el camino firme de la humildad y docilidad a los Ancianos. La continua renuncia al amor de sí mismo y a todas sus pasiones lo habían llevado al amor perfecto hacia todos, Padres y hermanos. Por eso el bienaventurado tenía siempre en su boca esta palabra de los Ancianos, nos dice el recopilador de sus conferencias: “El que ha llegado a desprenderse de la voluntad propia ha llegado al lugar del reposo”. Su continua búsqueda lo llevó a descubrir que todas las pasiones tienen por raíz el amor de sí y que éste está ligado al amargo dulzor de nuestra voluntad; por eso se sirvió de ese remedio enérgico e hizo perecer junto con la raíz todos sus brotes malditos.

Fue así como hacia el año 540, muertos abba Juan y Séridos, Barsanufio se recluyó definitivamente, sin tener más contactos con los monjes. Doroteo funda su propio monasterio, cerca del de Séridos. Es muy probable que en el monasterio de abba Séridos, Doroteo hubiese experimentado cierta oposición, sobre todo de los campeones de la ascesis, que veían su espiritualidad como relajada. Un testimonio de ello nos queda en la Vida de Dositeo, donde se dice que al oír hablar de la santidad del joven Dositeo ya muerto, los hermanos se oponían diciendo que nunca ayunaba ni se levantaba antes de las Vigilias para orar a solas. Y su maestro era Doroteo.

El mismo Doroteo, de salud delicada, debió llevar un régimen de vida que seguramente escandalizaba a muchos por parecerles relajado, y para evitar estos problemas es muy probable que Doroteo haya optado por la fundación de un nuevo monasterio, previa consulta, como fue siempre su modo de obrar. Como superior de este monasterio dirigió a sus hermanos las enseñanzas que nos han llegado bajo el nombre de Conferencias o Instrucciones a sus discípulos.

Doroteo murió el año 565. Y su fiesta se celebra el 5 de junio en el calendario gregoriano; el 18 de junio en calendario juliano; y el 13 de agosto, junto con Dositeo, entre los Ortodoxos.

 


[1] Se reproduce, sin las notas, la noticia biográfica escrita por el P. Fernando Rivas, osb, y publicada en Cuadernos Monásticos n. 86 (1988), pp. 331 ss.; con bibliografía. Cf. Obras de Doroteo de Gaza. Conferencias, cartas, apotegmas. Introducción y notas: Fernando Rivas, osb, Buenos Aires, ECUAM – AGAPE Libros, 2019 (Col. Fontes, 14).