Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [48]

4.5. Las monjas y los monjes “occidentales” en Tierra Santa

Melania la Anciana[1]

Pertenecía a una familia senatorial ligada a España. Hija de Antonio Macelino, cónsul en 431, y pariente de Paulino de Nola. Nació a mediados del siglo IV. Siendo entregada en matrimonio todavía muy joven a Valerio Máximo, prefecto de Roma en 361-362, y pagano. De la unión nacieron tres hijos, pero en menos de un año perdió a su esposo y a dos de sus hijos.

Entonces, a pesar de la tenaz oposición de su familia, dejó su patria y a su hijo Publicola y partió hacia Oriente en el invierno del 372. Desembarcando en Alejandría para visitar luego Nitria, donde ofreció grandes donaciones; recibiendo de los monjes lecciones de modestia y humildad, junto con algunos modestos regalos.

Durante la persecución del antiniceno Valente protegió a los monjes, los oculto, los alimentó y los escoltó hasta Diocesarea en Palestina. Aunque ella fue arrestada, impresionó a los jueces por su coraje y el gran prestigio de su familia.

Al retornar la paz, Melania se estableció en Jerusalén, donde residiría por más de veinticinco años. Allí fundó un monasterio, asociando a Rufino, a quien había encontrado en Egipto, según el testimonio de Jerónimo. También allí recibió a peregrinos y clérigos extranjeros, entre quienes se debe mencionar a Evagrio Póntico, Paladio y Silvano.

Distribuía con generosidad las riquezas que recibía de su familia. En tanto que ella vivía muy austeramente, leyendo a Orígenes y a los Capadocios. Siempre pronta a intervenir en las controversias eclesiales de su época.

Regresó a Italia al inicio del año 400, tal vez para ayudar a su nieta, Melania la Joven, a consagrarse a Dios. Tendría en esta época, Melania la Mayor, unos sesenta años.

Fue recibida en Nápoles con gran pompa por su familia. De esa ciudad pasó a Nola, donde asombró a Paulino por su privaciones y oraciones. Este, por su parte, le transmitió la Vida de san Martín. Es posible que en la ocasión le haya hecho entrega de varios regalos y también una auténtica reliquia de la cruz, que ella había recibido de manos del obispo Juan de Jerusalén.

Ya en Roma trató de apartar a su familia de los honores y las riquezas, pero no se debió a su intervención la conversión de Aproniano. Tampoco parece que estuviera presente en la ciudad cuando llegó Paladio (404/05), ya que fue hospedado por Melania la Joven; y su abuela tampoco participó de las fiestas en honor de san Félix de Nola (14.01.407).

En fecha poco segura, tal vez poco antes de 408, partió para África, posiblemente haciendo una escala previa en Sicilia. Durante su viaje supo de la muerte de su hijo, lamentando que no hubiera abandonado los fastos senatoriales. Murió poco después de su retorno a Jerusalén, en fecha que desconocemos.

Ningún escrito de Melania la Mayor nos ha quedado, ni siquiera de su correspondencia con Evagrio. Pero debe señalarse:

1) la fuerte repercusión que tuvo su partida en la aristocracia romana;

2) fue la primera de las célebres peregrinas occidentales a Tierra Santa, antes que Egeria, Paula, Fabiola, Eustoquia, Silvania y otras;

3) la importancia de su fundación monástica; aunque ignoramos su localización precisa y la fecha exacta de su fundación (¿374-378?). El monasterio de Rufino sí sabemos que estaba sobre el Monte de los Olivos. No es seguro, por tanto, que la fundación de Melania fuera la primera proveniente de Occidente en Palestina. Nada sabemos sobre el modo de reclutamiento de las cincuenta vírgenes que habitaban allí. Igualmente, desconocemos la forma en que estaba organizada esa comunidad, sobre la hospitalidad que ofrecían a numerosos peregrinos;

4) muy pocas noticias tenemos asimismo de la ascesis y de las actividades intelectuales de Melania, de sus lecturas, de sus posibles tareas copiando manuscritos; ni estamos bien informados sobre su libertad de movimiento, ni sobre su género de vida y su ideal monástico.

Paladio en su Historia Lausíaca nos dice[2]:

«La muy venerable Melania fue española de origen, luego romana. Era hija del ex cónsul Marcelino y esposa de un alto magistrado, del cual no recuerdo ahora nada a ciencia cierta.

Viuda a los veintidós años, mereció la gracia del amor divino, y a ocultas, por serle imposible hacerlo públicamente, pues gobernaba Valente el imperio, hizo nombrar un tutor para su hijo. Embarcó luego sus muebles en un navío y zarpó a toda prisa para Alejandría, acompañada de jóvenes y damas de la alta sociedad. Allí vendió sus bienes materiales, y después de reducirlo a oro se internó en la montaña de Nitria. Visitó a los padres Pambo, Tarcisio, Serapión el Grande, Pafnucio de Escete, Isidoro el Confesor y obispo de Hermópolis, y Dióscoro.

Convivió con ellos medio año, al mismo tiempo que daba una gira por el desierto, visitando a todos los santos. Pero después de esto, el gobernador (lit.: augustal) de Alejandría desterró a Isidoro, Pissimio, Pafnucio y Pambo, así como a Ammonio, Parotes y a doce obispos y a otros tantos presbíteros, y les obligó a ir a Palestina, cerca de Diocesarea. Melania les siguió, asistiéndoles con sus propios recursos.

Como estaba prohibido tener quien cuidase de ellos, según se decía…, Melania se vistió con la túnica de un joven esclavo y de esta manera les llevaba lo que necesitaban.

El gobernador de Palestina se enteró de ello, y queriendo enriquecerse, se imaginó que la iba a atemorizar. La hizo detener y encerrar en una prisión, ignorando que era libre, pero ella declaró: “Soy hija de fulano de tal e hija de tal, pero soy esclava de Cristo. No te sorprenda la vileza de mi apariencia externa, pues puedo realzarme a mí misma, si quiero, y no tendrás entonces ganas de amedrentarme ni arrebatarme nada de lo que me pertenece. Te advierto esto para que no cometas el error por ignorancia; porque con aquellos que no comprenden, hay que usar la petulancia de un milano”. Entonces el juez, conociendo las razones que la asistían, trató de sincerarse y le hizo acatamiento; en consecuencia, ordenó que sin ser estorbada pudiera visitar a los santos.

Cuando éstos fueron llamados de nuevo y pudiendo regresar del exilio, fundó un monasterio en Jerusalén. Allí vivió veintisiete años en un convento que tenía y en el que habitaban cincuenta vírgenes.

A su lado vivió también el muy noble Rufino, italiano, natural de Aquileya, hombre dotado de una firmeza de carácter y de una tenacidad muy semejante a la de ella. Este fue elevado más tarde al sacerdocio. Difícilmente podría hallarse en este siglo otro varón más erudito y al mismo tiempo más modesto que éste.

Ambos dieron hospitalidad, durante esos veintisiete años, a los que por un fin piadoso se hallaban de paso en Jerusalén: obispos, monjes y vírgenes.

Contribuyeron con empeño a la edificación religiosa de todos los peregrinos e hicieron volver a la unidad de la fe a cuatrocientos solitarios que vivían adheridos al cisma de Paulino.

Así también convirtieron e introdujeron en el seno de la Iglesia a todos los herejes pneumatomáticos, a la par que obsequiaban a los clérigos de los aledaños con donativos y alimentos. De esta suerte llegaron a su fin dando un testimonio inequívoco de su religión y su acendrada caridad».

 


[1] Cf. Nicole Moine, art. Mélanie l’Ancienne en Dictionnaire de Spiritualité t. 10, Paris, Beauchesne, 1979, cols. 955-960.

[2] Cap. 46; trad. de Luis E. Sansegundo Valls, El mundo de los padres del desierto. La Historia Lausíaca, Sevilla, Apostolado Mariano, 1991, pp. 162-163. Ver también el cap. 54, pp. 179-181.