Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [49]

4.5. Las monjas y los monjes “occidentales” en Tierra Santa

Rufino de Aquileya

Tiranio Rufino nació hacia 345 en Iulia Concordia, pequeña ciudad entre Altinum y Aquileya, con toda probabilidad en el seno de una buena familia, según el testimonio de Paladio:

«A su lado (de Melania la Anciana) vivió también el nobilísimo Rufino, italiano, natural de Aquileia, hombre dotado de una firmeza de carácter y de una tenacidad muy semejante a ella. Éste fue elevado más tarde al sacerdocio. Difícilmente podría hallarse en este siglo otro varón más erudito y al mismo tiempo más modesto que éste»[1].

Entre 358/360 y 366/368, Rufino residió en Roma cursando los estudios latinos normales de gramática y retórica; allí adquirió un sólido conocimiento de los autores latinos clásicos. Amigo de Jerónimo (+ 419), formó parte con él del grupo ascético que alrededor de 370 buscaba recrear en Concordia, su patria, la vida monástica e intelectual de Oriente.

En su Apología contra Jerónimo (401), Rufino declara que recibió el bautismo en Aquileya contando con poco más de treinta años, o sea, en 371 o 372:

«Estuve viviendo en el monasterio, donde, junto a los demás que conocía, teniendo unos treinta años, fui regenerado por el Bautismo, y recibí el sello de la fe por las manos de aquellos santos hombres, Cromacio, Jovino y Eusebio, todos ellos nuevos obispos, altamente estimados en la Iglesia de Dios, el primero de los cuales había sido presbítero de la Iglesia bajo Valeriano, de feliz memoria, el segundo archidiácono, el tercero diácono y mi padre espiritual, mi maestro sobre el Credo y los artículos de la fe»[2].

Junto a Jerónimo y Rufino también convivían Bonoso y Heliodoro, agrupados en torno a Valeriano (368?-388), obispo de Aquileya.

Entre los autores latinos estudiados por Rufino, merecen especial atención Cipriano de Cartago (+ 258), a quien consideraba como el mártir por excelencia y Tertuliano (+ después 220), cuyas obras habían llegado a sus manos por medio de un compatriota suyo, Pablo de Concordia. Conoció también el De synodis y el Tractatus super Psalmos de Hilario de Poitiers (+ 367), gracias a una copia que Jerónimo le había enviado desde Tréveris.

El grupo ascético de Aquileya duró de 368 a 373, año en que se disolvió aparatosamente debido a ciertas riñas y malentendidos. Con el propósito de abrazar la vida monástica, al igual que Jerónimo, embarcó rumbo a Oriente, pero tomando la dirección de Egipto, y arribó a Alejandría en la primavera de 373 o un poco más tarde; permaneció por varios años (hasta 380) en tierras egipcias, ocupado en diversas actividades.

A la muerte de Atanasio en 373, éste había designado a Pedro, su hermano, como sucesor en la sede alejandrina, pero el obispo arriano Lucio (+ después 380) se abalanzó sobre él obligándolo a huir:

«En aquel mismo período de tiempo Atanasio, en el cuadragésimo sexto año de su episcopado (373), después de muchas luchas y numerosas coronas de paciencia, reposó en paz: interrogado sobre quién debía sucederle, él designó a Pedro, partícipe y compañero de sus tribulaciones. Pero Lucio, obispo de la facción arriana, inmediatamente se precipitó sobre él, como hace un lobo sobre una oveja. Pedro rápidamente se embarcó en una nave para refugiarse en Roma»[3].

Rufino describe la crueldad y encarnizamiento con que se perseguía a los católicos, a los monjes y sobre todo a las vírgenes, hasta convertir a Alejandría en un desierto:

«Y ahora Lucio, casi como si se le hubiera sustraído el blanco a su crueldad, se ensañó con mayor ferocidad hacia los demás y recurrió a acciones tan sanguinarias que parecía que tampoco conservaba la apariencia de religión. Desde su ingreso cometió actos graves y deshonestos contra las vírgenes y contra aquellos que hacían profesión de castidad en la Iglesia, como no se recordaba se hubieran hecho en ninguna de las persecuciones de los paganos. Después de haber provocado la fuga y el exilio de los ciudadanos, después de haber cometido estragos, torturas e incendios con los cuales intentó herir a gente sin número, dirigió las armas de su furor contra los monasterios. Devastó los eremitorios y declaró la guerra a cuantos se habían procurado la paz»[4].

En Egipto, Rufino conoció a Melania la Anciana, quien había arribado allí antes que él, y en aquella difícil situación se ocupaba en asistir a los confesores. En tierras egipcias Rufino permaneció por espacio de ocho años, repartidos en dos períodos: seis años y, tras un breve intervalo, otros dos.

En Alejandría escuchó a los maestros más renombrados por su ciencia y santidad, como Serapión (+ después 356) y Pablo el Anciano; sobre todo llegó a ser discípulo asiduo de Dídimo de Alejandría, el Ciego (+ 398 aprox.), mezcla de profeta y vidente, al cual después exaltará por su saber en todos los campos, especialmente en la ciencia de las cosas divinas, y por su asiduidad en la oración y meditación:

«Mientras se difundía en Alejandría, sobre el pueblo y sobre la ciudad, la tétrica y pérfida ofuscación de aquel oscuro doctor (Lucio), el Señor quiso encender en Dídimo como una lámpara resplandeciente de luz divina. De su época y de sus costumbres, porque se cree que él había sido concedido por la bondad divina para mayor gloria de la Iglesia, nos parece necesario recordar al menos algunos hechos (...). No se dejó vencer por las graves dificultades para satisfacer su deseo, porque había oído las palabras del Evangelio: Aquello que es imposible para los hombres, es posible para Dios (Lc 18,27). Lleno entonces de confianza en esta promesa, rogaba continuamente al Señor, no para recobrar la vista de los ojos del cuerpo, sino para recibir la iluminación del alma.

Asociaba también a la plegaria los estudios y el empeño personal, y recurría a una vigilia continua, sin interrupción, no para leer, sino para escuchar, y todo aquello tenía por efecto que cuanto los otros lograban por la vista, a él se lo procuraba el escuchar (...). Es así como Dios lo instruyó, alcanzando en breve un patrimonio de ciencia divina y humana tan grande como para llegar a ser un doctor en la escuela de la Iglesia, plenamente reconocido como tal por el obispo Atanasio y los demás hombres doctos, presentes ahora en la Iglesia de Dios; es más, también en otras disciplinas, como la dialéctica, la geometría, la astronomía y la aritmética, estaba preparado de tal manera que ningún filósofo habría logrado jamás, proponiéndole cualquier cuestión relativa a estas disciplinas, superarlo o ponerlo en aprietos»[5].

Junto a Dídimo, Rufino descubre a Orígenes (+ h. 253-257), y se interesa por algunos problemas teológicos; de hecho, Dídimo compuso una obra sobre la muerte de los niños pequeños como respuesta a algunas de estas cuestiones.

Durante su estadía en Egipto, Rufino tuvo contacto con varios monjes famosos del bajo Egipto: los dos Macarios, cerca de Alejandría; Moisés y Benjamín, en la montaña de Nitria; en el desierto de las Celdas encontró a Pambo y a Heráclides, ambos discípulos del gran Antonio (+ 356). En Escete visitó a Isidoro y en Pispir a otros dos discípulos de Antonio, Poimén y José (ver Historia Eclesiástica II,8). Así trabó conocimiento con las diferentes formas del monacato egipcio y la organización, pero no pasó por la Tebaida, y, en efecto, nada dice sobre el cenobitismo pacomiano.

Por esta misma época Rufino hizo una visita a los monjes de Edesa. Este viaje por la alta Mesopotamia lo realizó entre las dos estadías en Egipto. En Edesa, Rufino fue testigo de la resistencia católica a la política de arrianización del emperador Valente (364-378)[6]. Durante su segunda estadía en Egipto, Rufino conoció a Teófilo, el futuro obispo de Alejandría (+ 412).

En 380 se trasladó a Jerusalén y se retiró al monasterio construido sobre el Monte de los Olivos, del cual llegará a ser el superior; más adelante en esta etapa de su vida recibirá la ordenación sacerdotal. Melania la Anciana se estableció en un monasterio homólogo en el mismo sitio y su relación con Rufino se hizo más sólida aún, llegando éste a ser, según expresión de Paulino de Nola (+ 431) «compañero de Santa Melania en la vida espiritual» (ver Paulino, Ep. 28,5). Paladio en su Historia Lausíaca elogia la hospitalidad ofrecida durante años por los dos monasterios del Monte de los Olivos y el empeño de Rufino y Melania en ayudar a cuantos lo necesitaban a mantenerse firmes en la ortodoxia:

«Ambos dieron hospitalidad durante estos veintisiete años, a los que por un fin piadoso se hallaban de paso en Jerusalén: obispos, monjes y vírgenes. Contribuyeron a porfía a la edificación religiosa de todos los peregrinos e hicieron volver a la unidad de la fe a cuatrocientos solitarios que vivían adheridos al cisma de Paulino. Así también convirtieron e introdujeron en el seno de la Iglesia a todos los herejes pneumatomáticos, al par que obsequiaban a los clérigos de los aledaños con donativos y alimentos»[7].

En Palestina, Rufino estableció buenas relaciones con los obispos de Jerusalén. Sacó provecho de las enseñanzas de Cirilo de Jerusalén (+ 387), y de la relación excelente entablada con el obispo Juan (387-417), quien lo ordenó sacerdote entre 390 y 394.

Hacia 385/386 también Jerónimo, después de haber pasado un breve tiempo en Alejandría, donde quiso encontrar a Dídimo el Ciego, se radicó en un monasterio en las inmediaciones de Belén. En este tiempo comenzó la famosa controversia origenista que había de poner término a la amistad que unía a Rufino y Jerónimo. De hecho, en torno a Orígenes, junto a una ilimitada admiración, se iba difundiendo cierta hostilidad tendiente a poner de relieve algunos de sus defectos doctrinales. Rufino permaneció fiel en su admiración por el gran doctor alejandrino, mientras la postura de Jerónimo daba inicio a una oposición bien decidida. Sin embargo, es un hecho cierto que tras las espaldas de Jerónimo y Rufino se agitaban dos personajes importantes: Epifanio (365-403), obispo de Salamina en Chipre, adversario de Orígenes, y Juan, obispo de Jerusalén, admirador del alejandrino. Rufino se puso de parte de Juan, lo cual irritó sobremanera a Epifanio y a Jerónimo, quien lo apremiaba a condenar las tesis origenianas. Ambas partes apelaron a Teófilo de Alejandría el cual los instó a la paz, por lo que, en la Pascua de 397, Rufino y Jerónimo se reconciliaron públicamente, hecho que no fue óbice para que este último despachara un panfleto a Roma dirigido a Pammaquio, donde denigraba a Rufino, quien al poco tiempo retornaría a Occidente.

En este mismo año 397, después de la dolorosa controversia con Jerónimo sobre la traducción de Orígenes y sobre la versión de la Biblia del hebreo o de los LXX, Rufino regresó a Roma y continuó viviendo vida comunitaria, en el monasterio de Pinetum, no lejos de la ciudad eterna. Aquí, interrogado sobre la vida monástica en Oriente, comenzó a traducir las Cuestiones (la mal llamada «Regla») de san Basilio.

Los celosos cristianos de la aristocracia romana se volvieron hacia Rufino, y en este tiempo su ocupación principal consistió en difundir, mediante traducciones, a los Padres Griegos, todavía poco conocidos en Occidente.

Al año siguiente publicó en Roma la versión latina del De Principiis de Orígenes.

Desde 399, Rufino residió en Aquileya, donde lo alcanzó la animosidad de su viejo amigo quien, habiéndose enterado de su traducción de Orígenes, reaccionó enérgicamente. Hacia 400, Rufino se vio obligado a dirigir al papa Anastasio (399-401) su Apología a Anastasio obispo de Roma con el fin de disipar toda duda respecto de su adhesión a doctrinas sospechosas, y en 401 publicaba también su Apología contra Jerónimo, después de la cual tuvo el acierto de no seguir alimentando la controversia.

Luego de la muerte de Teodosio (395), la inseguridad en el Imperio aumentó y ninguna región podía considerarse a cubierto de las repetidas presiones de los bárbaros. Alarico, en 399, después de haber abandonado Iliria, se dirigió hacia Italia septentrional, devastando todo a su paso. Estas visitas asoladoras se repitieron varias veces en el futuro haciendo que todas las ciudades de la zona oriental de Italia vivieran en continua angustia.

En 407, Alarico emprendió, por tercera vez, el intento de invadir Italia. También Aquileya fue testigo de los muchos habitantes de Iliria que optaron por huir para encontrar refugio en Roma. Ante esta amenaza goda también Rufino decidió partir hacia Roma (407/408). En su mente la meta última deseada no era Roma sino Palestina. Poco tiempo después se trasladó al monasterio de Pinetum cercano a Terracina, en la costa del mar Tirreno, y luego siguió hasta Sicilia donde enfermó gravemente y poco después murió.

Los últimos años de Rufino fueron fecundos en diversas traducciones, particularmente de obras y homilías de Orígenes; y también en algunos escritos propios. Su último trabajo, la traducción del Comentario sobre el Cantar de los Cantares de Orígenes, quedó inconcluso al sorprenderlo la muerte en Mesina, entre octubre de 411 y los primeros meses de 412 (otros la sitúan entre 410 y 411).

Al recibir la noticia de la muerte de Rufino, Jerónimo dejó escapar una de sus frases poco piadosas, testigo de las dificultades existentes entre ambos: «¡Por fin yace aplastado este escorpión bajo la tierra de Sicilia: ha dejado de silbar la hidra de muchas cabezas!»[8].

 


[1] Historia Lausíaca 46; trad. de L. Sansegundo Valls en Paladio. El mundo de los Padres del Desierto (La Historia Lausíaca), Madrid, Eds. Studium, 1970, p. 210.

[2] Apología contra Jerónimo I,4: CCL 20 (1961), p. 39.

[3] Rufino, Historia Eclesiástica II,3; traducción en: Rufino. Storia della Chiesa, Roma, Ed. Città Nuova, 1986, pp. 131-132 (Collana di Testi Patristici, 54).

[4] Historia Eclesiástica II,3; trad. cit., p. 132.

[5] Historia Eclesiástica II,7; trad. cit., pp. 140-141.

[6] Ver Historia Eclesiástica II,15.

[7] Historia Lausíaca 46; trad. cit., pp. 210-211.

[8] Comm. in Ezech. Pról. 1.