Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [5]

La oración de los cristianos

ORÍGENES: SOBRE LA ORACIÓN[1]

Capítulo 31. Disposición y compostura previas

1. Al concluir este tratado de oración, no me parece fuera de lugar hablar brevemente sobre la disposición y postura que uno debe guardar al hacer la oración: el lugar de oración, en qué dirección situarse, tiempo apto y especial para la oración, y cosa por el estilo. La disposición se refiere al alma, la postura al cuerpo. Así Pablo, como queda dicho al principio del tratado, describe la disposición diciendo que debemos orar “sin ira ni querellas”; la postura queda expresada con estas palabras: “Elevando hacia el cielo las manos” (1 Tm 2,8). Me hace pensar que esto está tomado de los Salmos donde habla del “alzar de mis manos como oblación de la tarde” (Sal 140 [141],2). Referente al lugar, dice Pablo: “Quiero que los hombres oren en todo lugar” (1 Tm 2,8). Con respecto a la dirección se dice en el libro de la Sabiduría: “Con ello les enseñabas que debían adelantarse al sol para darte gracias y recurrir a ti al rayar el día” (Sb 16,28).

2. Me parece que inmediatamente antes de la oración hay que prepararse recogiéndose un poquito con lo cual estará el alma más atenta y diligente durante todo ese tiempo. Debe desechar cualquier tentación y pensamientos que distraigan. Dense cuenta, en cuanto les sea posible, de la majestad a quien se acercan, pensando lo impío que es estar en su presencia sin reverencia, perezosamente y con menosprecio. En ese tiempo olvídese de todas las cosas. Ha de entrar en oración de esta manera: extienda el alma, si fuere posible, en vez de las manos; en vez de los ojos, fije en Dios la mente; en vez de estar de pie, levante del suelo la razón y así la mantenga delante del Señor. De quien parezca haberle injuriado aparte su indignación tan lejos como quiera que Dios retire su enojo contra él. Si ha hecho mal o pecado contra muchas personas o tiene idea de haber obrado contra la propia conciencia.

Muchas y diferentes pueden ser las posturas del cuerpo, pero has de proferir entre todas la de brazos extendidos y mirada levantada, porque de esta manera el cuerpo viene a ser imagen de las características que el alma ha de tener en la oración. Quiero decir que se prefiera esta posición cuando haya alguna circunstancia que lo impida. En determinadas circunstancias se puede orar sentado, por ejemplo, si las piernas no aguantan, debido a alguna enfermedad de consideración. Se puede orar estando acostado cuando hay fiebre o alguna otra enfermedad. Depende de las circunstancias. Por ejemplo, si viajamos por mar, o si no podemos dejar el trabajo para acudir a la oración formal. Entonces podemos orar como si aparentemente no estuviésemos haciéndolo.

3. Uno debe ponerse de rodillas cuando va a hablar de sus pecados ante Dio, pues suplica le sean perdonados. Entendamos que, como dice san Pablo, esta postura es símbolo de la “actitud humilde ante el Padre de quien toma nombre toda la familia en el cielo y en la tierra” (Ef 3,14-15). Se entiende esto como genuflexión espiritual porque todo lo que existe adora a Dios en el nombre de Jesús a quien están sometidos todas las cosas. Parece decirlo el apóstol en estos términos: “Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos y en la tierra y en los abismos” (Flp 2,10). No parece que los cuerpos celestes tengan rodillas, pues son de forma esférica según han demostrado los que investigan seriamente estos temas. Quien no admita esto, aceptará en cambio que cada miembro tiene su función propia, pues todo ha sido creado por alguna razón. Así, pues, se encontrará en este dilema: o dice que Dios ha dado inútilmente miembros a los cuerpos celestes o dice que también los órganos internos cumplen sus funciones en los cuerpos celestes. Es absurdo decir que son como estatuas, con apariencia de seres humanos por fuera, pero por dentro no se les parecen nada. Son estas ocurrencias a propósito del “doblar la rodilla” del texto: “Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos como en la tierra y en los abismos” (Flp 2,10). El profeta dice lo mismo: “Ante mí se doblará toda rodilla” (Is 45,23).

4. Con respecto al lugar sepamos que ora bien en todas partes la persona que ora bien. Pues “en todo lugar se ofrece incienso a mi nombre... dice el Señor” (Ml 1,11). Y “quiero que los hombres oran en todo lugar” (1 Tm 2,8). Pero todos pueden, si se me permite la expresión, tener un lugar santo para la oración en el propio hogar, donde puedan recogerse tranquilamente y sin distracción. Inspecciónese bien este recinto para evitar cualquier cosa impropia del lugar de oración o que sea fuera de lo razonable. Si algo hubiere indigno, Dios retiraría su mirada tanto de las personas como del lugar de la oración. Al reflexionar sobre este lugar sugiero una idea que puede parecer dura pero no despreciable para quien considere despacio. Se trata del lugar donde la vida se haga vida matrimonial, legítimamente por supuesto, pero remitida según la expresión del apóstol: “por concesión, por mandato”. Cabe preguntarse si este sería lugar santo y puro a los ojos de Dios. Porque si a uno le resulta imposible sacar tiempo para orar como es debido, a no ser que “de común acuerdo” lo dispongan (1 Co 7,5) lo mismo se puede decir del lugar.

5. El lugar de oración, el sitio donde su reúnen los fieles, tiene probablemente gracia especial para ayudarnos, porque los ángeles acompañan en las asambleas de los fieles. También el poder de nuestro Señor y Salvador las benditas almas de los difuntos y aun de los vivos, aunque esto no sea fácil explicar. Con respecto a los ángeles podemos discurrir de este modo. Si es cierto que “acampa el ángel del Señor en torno a los que le temen y los libra” (Sal 33 [34],8); si es cierto lo que se refiere a Jacob no sólo de sí mismo sino de todos los que confían en Dios cuando dice “el ángel me ha rescatado del mal” (Gn 48,16). Entonces es probable que cuando mucha gente se reúne sólo para alabar a Jesucristo, el ángel de cada uno está en torno a los que le temen al Señor, junto a la persona que le ha sido encomendada. Por consiguiente, cuando se reúnen los santos hay una doble iglesia o asamblea: la de los hombres y la de los ángeles. Refiriéndose a Tobías, dice Rafael que no “hacía más que presentar la oración de Tobías; leía ante la gloria del Señor el memorial” (Tb 12,12). Luego dice lo mismo de Sara, la nuera de Tobías por casarse con el hijo de éste. ¿Qué diríamos pues, cuando en muchas personas en el mismo camino, con el mismo ideal y sentimientos se reúnen formando el cuerpo de Cristo? Refiriéndose al poder del Señor presente en la iglesia, dice Pablo: “En nombre del Señor Jesús, reunidos vosotros y mi espíritu” (1 Co 5,4). Quiere decir que el poder de Jesucristo, el Señor, está con los corintios tanto como los efesios. Si Pablo, todavía en cuerpo mortal, da por supuesto que está presente en espíritu durante las asambleas de los corintios, no debemos desechar la idea de que también las benditas almas de los difuntos acuden a las asambleas con más diligencia aún que los que tienen cuerpo. Por eso, no menosprecien las oraciones comunitarias ya que añaden algo excelente a quienes piadosamente se reúnen.

6. El poder de Jesús, el espíritu de Pablo y de otros parecidos a él, los ángeles del Señor protegen a cada uno de los santos, los acompañan en sus caminos y se reúnen con aquellos que piadosamente se consagran. Por eso hemos de procurar que nadie se haga indigno del ángel santo despreciando a Dios se entregue al diablo por sus pecados e iniquidades. Tal persona, aun cuando no haya muchos que se le parezcan, no escapará por mucho tiempo a la providencia de los ángeles que cumpliendo la voluntad de Dios velan por el bien de la Iglesia. Ellos darán a conocer públicamente los errores de tal persona.

Pero los ángeles no cuidarán de quienes en gran número se reúnen a modo de sociedades de negocios para tratar asuntos materiales. Así lo dice el Señor por Isaías: “Cuando venís a presentaros ante mí ..., al extender vuestras palmas me tapo los ojos para no veros. Aunque menudeen vuestras plegarias yo no oigo” (Is 1,12. 15). Quizás correspondiendo al pueblo santo y a los ángeles buenos antes mencionados existan otras agrupaciones de hombres perversos y ángeles malos. De tal consorcio podrían decir los ángeles santos y hombres piadosos: “No voy a sentarme con los falsos, no ando con hipócritas; odio la asamblea de los malhechores y al lado de los impíos no me siento” (Sal 25 [26],4-5).

7. Por eso creo que los habitantes de Jerusalén y los de toda Judea fueron entregados a sus enemigos. Dios los abandonó porque con sus muchos pecados se habían apartado de la ley. Les negaron los ángeles su protección y los hombres buenos su apoyo. Así grupos enteros quedan abandonados y caen en la tentación. “Aun lo que crían tener se les quita” (Lc 8,18; Mt 13,12; 25,29; Mc 4,25; Lc 19,26). Como la higuera que fue “maldecida y arrancada de raíz” por no dar fruto cuando Jesús tenía hambre (Mt 11,20-21; 21,18-19), se secaron y perdieron la poca vida de fe que tenían.

Me pareció necesario hablar de estas cosas al tratar del lugar de la oración y recomendar que se prefiera hacer en las asambleas de los santos congregados con gran reverencia en la iglesia.

Capítulo 32. Hacia el oriente

Digamos una palabra con respecto a la dirección en que se ha de mirar al hacer oración. Cuatro son los puntos cardinales: norte, sur, este y oeste. Cualquier persona reconoce sin la menor duda que debemos orar mirando al oriente, expresión simbólica del alma que mira al levante de la luz verdadera. Alguna persona, en cambio, prefiere orar sea cualquiera la dirección a que esté orientada la puerta de la casa bajo la idea de que en lugar de mirar a la pared se inspira mejor contemplando el cielo, aunque la puerta no mire al oriente. Lo que es por naturaleza ha de anteponerse a lo arbitrario. Según esto, si alguien desea orar al aire libre ¿tendrá que mirar al oriente y no al occidente? Claro que sí. Es más razonable dirigirse hacia el oriente, por lo cual se procure hacer así en todas partes. Ya es bastante sobre el tema.

Capítulo 33. Fines de la oración: adoración, acción de gracias, perdón, peticiones

1. Creo que debo concluir este tratado de la oración tocando brevemente cuatro puntos de que he hablado en distintos lugares de las santas Escrituras. Todos deberían tenerlos en cuenta. Son éstos: al comenzar debemos dirigir fervorosamente adoración al Padre, por Jesucristo, y el Espíritu santo, glorificados y alabados igualmente con el Padre. Sigue la acción de gracias por los beneficios que todo el mundo recibe, y en particular cada cual por los propios. En tercer lugar, creo que uno debe acusarse sin compasión ante Dios de los propios pecados pidiendo dos cosas: primera que le libre del hábito de pecar, y segunda que le perdone todos los pecados cometidos. Después de esta confesión, a mi parecer, ha de añadirse la petición de grandes y celestes mercedes, para uno mismo en particular y para todo el mundo, empezando por los familiares y amigos más queridos. La oración concluirá con una doxología o alabanza a Dios por Jesucristo en el Espíritu santo.

2. Como dije antes, he hallado estos puntos diseminados a lo largo de la Biblia. Ante todo, la adoración y alabanza se pueden ver en estas palabras del Salmo 104: “¡Alma mía, bendice al Señor! ¡Señor, Dios mío, qué grande eres! Vestido de esplendor y majestad, arropado de luz como de un manto. Tú despliegas los cielos lo mismo que una tienda, levantas las aguas de tus altas moradas; haciendo de las nubes carro tuyo, sobre las alas del viento te deslizas; tomas los mensajeros a los vientos, a las llamas del fuego por ministros. Sobre sus bases asentaste la tierra, inconmovible para siempre jamás. Del océano, cual vestido, la cubriste; sobre los montes persistían las aguas; al increparlas tú emprenden la huida, de tu trueno a la voz se precipitan” (Sal 103 [104],1-7). Casi todo este salmo es una alabanza a Dios Padre. Cada cual puede por sí mismo seleccionar más ejemplos y comprobar con una cuanta frecuencia recurre al tema de la alabanza por todas las Escrituras.

3. Como ejemplo de acción de gracias cito lo que se refiere al libro segundo de Samuel sobre David. Cuando el profeta Natán le dio a conocer las promesas del Señor, lleno de admiración por tantos dones, exclamó David acción de gracias: “¿Quién soy yo, Señor Dios mío, y qué mi casa para que tanto me ames? Yo era insignificante a tus ojos, Señor, y tú anuncias a la casa de tu siervo grandes cosas para el futuro... ¿Qué más puede decirte David, pues conoces a tu siervo? Por amor a mí has realizado tan grandes cosas. Eres grande, Señor, nadie como tú no hay nadie fuera de ti. Según tu corazón has realizado todas estas grandezas dándolas a conocer a tu siervo para que pueda glorificarte, Señor Dios mío” (2 S 7,18. 22 LXX).

4. Ejemplo de confesión son estos textos: “De todas mis rebeldías líbrame” (Sal 38 [39],9). “Que mis culpas sobrepasan mi cabeza como un peso harto grave para mí; mis llagas son hedor y putridez debido a mi locura; encorvado abatido totalmente, sombrío ante todo el día” (Sal 37 [38], 5-7)

5. Un ejemplo de petición es el siguiente: “No me arrebates con los impíos, ni con las agentes del mal” (Sal 27 [28],3).

6. Y habiendo comenzado la oración con himnos de alabanza se termine también glorificado al Padre del universo por Jesucristo en el Espíritu santo, a quien sea dada la gloria por siempre (Rm 16,27; Hb 13,21; Ga 1,5; 2 Tm 4,18).

 


[1] Traducción de Teodoro H. Martín (Salamanca, Ediciones Sígueme, 1991). Texto completo en castellano: http://www.apostoladomariano.com/pdf/854.pdf