Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [53]

LA VIDA MONÁSTICA EN OCCIDENTE EN LOS SIGLOS IV AL VI

Breve visión de conjunto

1. Tres factores distintos, pero mancomunados por el Espíritu de Dios, parecen haberse reunido para impulsar el desarrollo del monacato cristiano de Occidente: “la continuación y lógico desarrollo de la vida ascética practicada (en Occidente) por vírgenes y continentes desde la más remota antigüedad”, que se prolongó -en el siglo IV- “en algunos ascetas de los países latinos que empezaron a vivir más separados del mundo y se convirtieron en anacoretas, o en el caso del cenobitismo, se agruparon en comunidades más o menos compactas y organizadas”. En segundo lugar, debe mencionarse el influjo notable que ejerció el monacato oriental, sobre todo el de Egipto, “sobre la génesis y primer desarrollo”[1] de la vida monástica de Occidente. Por último, y tal vez éste sea el factor decisivo, hay que mencionar el esfuerzo de hombres y mujeres santos/as e inteligentes, que supieron adaptar las formas monásticas del Oriente a las necesidades de la cultura occidental.

2. “En Roma conocí varios monasterios en los que presidían aquellos que de entre sus miembros sobresalían en modestia, prudencia y ciencia divina; viviendo en caridad, santidad y libertad cristianas. Para no ser carga uno del otro, según la costumbre de Oriente y austeridad del apóstol Pablo, se sustentaban con el trabajo de sus manos. También era increíble el ayuno que muchos practicaban rigurosamente... (Pero) a nadie se le obliga a austeridades que no pueda soportar, ni se le impone nada que rehúse hacer, ni lo desprecian los demás por su incapacidad para imitar lo que otros hacen... Todo su esfuerzo lo ponen no en abstenerse de ciertos alimentos sino en dominar la concupiscencia y conservar el amor de los hermanos...”[2].

3. San Jerónimo fue el primer gran “propagandista” latino de la vida monástica oriental. Gran parte de su vida la pasó en Oriente, instalándose definitivamente en Belén, donde se dedicó con especial ahínco a traducir las Escrituras al latín.

4. “Lee con frecuencia las divinas Escrituras, mejor aún: que nunca tus manos dejen el sagrado texto (sacra lectio). Estudia lo que debes enseñar. Adhiérete a la palabra de la fe, conforme a la doctrina, para que tus exhortaciones reposen sobre la sana doctrina... Permanece en lo que has aprendido, en lo que se te ha confiado, sabiendo de quién lo has aprendido (2 Tm 3,14), siempre preparado para dar satisfacción a quien te pida razón de la esperanza que habita en ti. Que tus obras no cubran de vergüenza lo que dices... Sé sumiso a tu obispo, considéralo como el padre de tu alma; amar es (propio) de los hijos, temer es (propio) de los esclavos”[3].

5. San Martín de Tours (+ 397) fue como el “san Antonio de Occidente”, al menos según el parecer de su biógrafo, Sulpicio Severo. El ejemplo de Martín contribuyó notablemente a la difusión de la vida monástica en la Galia.

6. «Acostumbrado Martín a comer pescado los días de Pascua pregunta un poco antes de la hora de comer si estaba preparado. Entonces el diácono Catón, a quien correspondía la administración del monasterio, ducho asimismo en la pesca, dice que no se le ha presentado en todo el día una presa y que otros pescadores que solían vender, nada han podido hacer. “Ve -dice (Martín)- lanza tu red, la presa se te presentará”. Teníamos junto al río... una choza. Marchamos todos, como en un día de fiesta, a ver al pescador, pendiente la esperanza de todos que no habían de ser vanos los intentos con que se buscaba un pez para uso de Martín, bajo los auspicios de Martín. Al primer lanzamiento sacó el diácono un enorme lucio... Martín, verdadero discípulo de Cristo, emulador de los milagros realizados por el Salvador -milagros que llevó a cabo para ejemplo de sus santos- mostraba que Cristo actuaba en él, y dando gloria a su santo en todo lugar, acumulaba sobre un hombre los dones de distintas gracias»[4].

7. San Agustín, el gran doctor de la Iglesia latina, fue quien puso las bases para un monacato profundamente occidental, si es posible decirlo así. Privilegió la vida comunitaria, la importancia de la formación intelectual y espiritual, la necesidad de que los monjes estén al servicio de la Iglesia local.

8. “Cuando canten y salmodien en sus corazones al Señor, para que las voces del corazón no disuenen, háganlo todo para gloria de Dios, que obra todo en todos. Y sean fervientes de espíritu, para que su alma sea alabada en el Señor. Esta es la actividad del camino recto: tener los ojos siempre puestos en el Señor, porque él libra de la trampa nuestros pies. Tal acción no se debilita en la acción, ni se enfría en el ocio, no es turbulenta ni floja; ni audaz; ni precipitada ni lánguida. Hagan esto, y el Dios de la paz estará con ustedes”[5].

9. “No deben tener nada superfluo, nada que sea un peso poseer, nada que ate, nada que sea un impedimento. Para que se cumpla más auténticamente en este tiempo y en los siervos de Dios aquello del Apóstol: Como quienes nada tienen y todo lo poseen (2 Co 6,10). No tengas nada que puedas llamar tuyo, y todas las cosas serán tuyas; si te adhieres a una parte, pierdes la totalidad pues para ti lo suficiente es lo mismo, venga de la riqueza o de la pobreza”[6].

10. San Honorato y la comunidad de la isla de Lérins, representan otro intento de “inculturar” la vida monástica en Occidente. Muchos de los monjes que allí moraban, después fueron elegidos para servir a la Iglesia en el ministerio del episcopado (incluido el mismo fundador, Honorato). En Lérins se implantó una disciplina rigurosa, de carácter cenobítico; con un marcado acento en la figura del superior. Se le asignó especial relieve a la obediencia, al trabajo manual, a la oración y al silencio.

11. “Que los hermanos vivan unánimes con alegría en una casa; pero determinamos, con la ayuda de Dios, cómo mantener con recto ordenamiento esta unanimidad y alegría. Queremos que uno presida sobre todos y que nadie se desvíe hacia la izquierda de su consejo o mandato, sino que lo obedezcan con toda alegría como si fuesen órdenes del Señor... Los que obrando de este modo desean vivir unánimes, deben tener en cuenta que por la obediencia Abraham agradó a Dios y fue llamado amigo de Dios. Por la obediencia, los mismos apóstoles merecieron ser testigos del Señor entre los pueblos y las tribus. También nuestro Señor descendiendo de las regiones superiores a las inferiores dice: No vine a hacer mi voluntad sino la de Aquel que me envió (Jn 6,38-39)... El que preside debe mostrarse tal como indica el Apóstol: Sean un modelo para los creyentes (1 Ts 1,7), es decir, por sus cualidades de piedad y verdad sobrenatural, elevar el alma de los hermanos de las realidades terrenas a las celestiales... El que preside tiene que discernir cómo debe demostrar a cada uno su afecto paternal. Debe tener equidad, sin olvidar lo que dice el Señor: La medida con que midan se usará con ustedes (Mt 7,2)...”[7].

12. Juan Casiano (+ hacia 435) es el “teórico” del monacato occidental. Con sus obras: Instituciones y Conferencias (o Colaciones), puso los fundamentos para una nueva espiritualidad cristiana occidental.

13. “La renuncia (al mundo) no es otra cosa sino la marca de la cruz y de la mortificación..., porque según la palabra del Apóstol, tú estás crucificado para el mundo, como el mundo lo está para ti (Ga 6,14)... Y nuestra cruz es el temor del Señor... Por este temor los que se ejercitan en el camino de la perfección, adquieren la conversión, la purificación de sus vicios y la práctica de las virtudes. Una vez que ese temor ha penetrado el espíritu del hombre, entonces engendra el desprecio de todas las cosas, el olvido de los parientes y el horror del mundo. Este desprecio y privación de todos los bienes conduce a la humildad... De la humildad procede la mortificación de las (propias) voluntades. Esta mortificación arranca y saca todos los vicios. La expulsión de los vicios permite que las virtudes fructifiquen y se multipliquen. La fecundidad de las virtudes hace adquirir la pureza de corazón. Por la pureza de corazón se posee la perfección de la caridad apostólica”[8].

 

El afianzamiento del monacato en Occidente

14. El siglo VI puede considerarse como “el siglo de oro” de la vida monástica cristiana en Occidente. El período en que el monacato latino se organiza definitivamente, comenzando una expansión por diversas regiones: España y Portugal; Irlanda y Gran Bretaña.

15. “Solo poco a poco..., el Occidente llegó a poseer su floración de monasterios y eremitorios, cuyo conocimiento se hace más precario por la índole misma de tales implantaciones, alejadas y escondidas, como también por la dispersión causada por las sucesivas invasiones bárbaras... Cuando en Occidente el mundo antiguo llega a su término, el movimiento monástico aparece ampliamente difundido y firmemente implantado en las diversas regiones..., aunque si todavía es abundantemente deudor de las tradiciones orientales. Más aun, es justamente esta dependencia y, por tanto, esta relativa homogeneidad de fondo lo que hace difícil establecer, a veces, a qué ámbito geográfico o cultural se debe asignar un determinado texto, no localizado o datado con seguridad. Tan grande es la comunión de ideales y de instituciones existentes entre las diversas regiones... Se va, en resumen, formando una unanimidad en lo que hace a los ideales, las doctrinas, las instituciones, a pesar que las observancias eran -y permanecerán por largo tiempo- muy diversas, hasta que se produzca una afirmación siempre más neta y completa de la Regla de san Benito. Pero entonces estaremos ya en pleno Medioevo y, a este respecto, el Occidente ya podrá recorrer su camino”[9].

16. La organización y estructuración progresivas del monacato latino se advierte, entre otros aspectos importantes, en la proliferación de reglas monásticas, sobre todo en la Galia y en Italia; este fenómeno ya era llamativo en el siglo V, pero -si cabe- ahora se torna más notable[10].

17. En la Galia, durante el siglo VI, el monacato irá adquiriendo cada vez mayor influencia en la vida eclesial. Los obispos monjes, como es el caso de san Cesáreo de Arles (+ 543), entre otros, introdujeron al pueblo fiel en algunas de las prácticas que ellos habían aprendido durante su formación monástica, por ejemplo, la lectura de la palabra de Dios (lectio divina) y la salmodia. Probablemente es desde la Galia que la vida monástica se difundió luego por Irlanda y Gran Bretaña.

18. “Ante todo, aplíquense no sólo por medio de oraciones sino también con santas meditaciones, a hacer suyas las palabras que salmodian en las oraciones; y que el Espíritu Santo, que se hace oír en su boca, también se digne habitar en su corazón. Ciertamente es bueno y muy agradable a Dios que la lengua salmodie fielmente; pero es verdaderamente bueno cuando la lengua está de acuerdo con la vida. Que las palabras y las costumbres concuerden, no suceda que las buenas palabras vengan a dar testimonio contra las malas costumbres, y que nos confunda nuestra misma lengua. Porque si una cosa suena en la boca, y aparece otra en las obras, lo que la lengua parece edificar, empieza a destruirlo la mala conducta”[11].

19. La vida monástica en África, durante la segunda mitad del siglo V y en el siglo VI, se vio seriamente afectada por las invasiones de los bárbaros. Sin embargo, no desapareció la obra que habían realizado personalidades como san Agustín, sus amigos y discípulos. Una buena prueba de ello es la continuidad que se da en varones ilustres como san Fulgencio de Ruspe, un digno discípulo del maestro de Hipona, el cual, en cierto modo, siguió el mismo itinerario: monje - obispo - teólogo de la Iglesia.

20. “La caridad es la fuente y el origen de todos los bienes. Es la más excelente defensa. Es el camino que lleva al cielo. El que camina en la caridad no puede equivocarse ni temer. La caridad dirige, protege, lleva al término. Por eso, hermanos, porque Cristo ha levantado la escalera de la caridad por la que todo cristiano puede llegar al cielo, deben abrazarse fuertemente a esta caridad. Hagan que resplandezca entre ustedes y, progresando en ella, suban juntos”[12].

21. «Al concluir nuestras oraciones, decimos “Por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor”. Y no “por el Espíritu Santo”. Esta práctica de la Iglesia universal no es caprichosa. La causa es el misterio por el cual el hombre Jesucristo es el mediador entre Dios y los hombres. Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec, que por su propia sangre entró en el Santo de los santos, no en el que era solamente una copia, sino en el cielo donde está sentado a la derecha de Dios e intercede por nosotros»[13].

22. La arqueología muestra que, con seguridad, ya había vida monástica en el siglo VI en Irlanda. Pero los datos históricos en torno al comienzo del monacato en Irlanda y Gran Bretaña son escasos. Pareciera que la implantación comenzó antes del siglo VI, pero la plena organización se alcanzó recién en el siglo VII.

23. “Solo desde el siglo VI podemos hablar de un desarrollo del monacato irlandés... Las diversas fundaciones monásticas eran a menudo, independientes entre sí y estaban en armonía con la institución civil, como ciudades bajo la conducción de un abad. Punto de referencia del monacato irlandés fue san Finiano (+ 549), fundador de Clonard; entre sus discípulos estuvieron san Columba (+ 597), fundador de Derry, Durrow, Iona (una isla escocesa, filial de Derry), san Ciarano, fundador de Clonmanoise (en 548) y los dos Brendanos de Clonfert y Birr (primera mitad del siglo VI). En el monasterio de Bangor, fundado por san Comgall (+ 601) se formó san Columbano. Los monasterios femeninos fueron menos numerosos, pero es célebre la fundación de santa Brígida en Kildare (inicios del siglo VI), aquí junto a la comunidad femenina, vivía otra masculina, bajo un obispo, y ambas comunidades se reunían para la misa y el oficio divino. A pesar de la variedad, se puede hablar de un monacato irlandés, caracterizado por una gran austeridad en su disciplina ascética... Junto al estudio de la Sagrada Escritura (presente también en la ascesis lerinense), los monasterios irlandeses muestran un notable compromiso con el trabajo intelectual: se estudiaba especialmente la ciencia del cómputo (para calcular la fecha de las Pascua), la gramática y la retórica... Los monjes irlandeses acogieron los autores profanos con menor desconfianza que los del continente, que habían tenido que combatir con el paganismo greco-romano. Debiendo aprender primero el latín, como medio para conocer la Biblia, los monjes irlandeses pasaron a cultivar la himnografía, la historia, la retórica... Los monasterios se edificaban sobre las islas, en las costas o regiones deshabitadas del interior, y algunos de ellos desarrollaron en su interior escuelas importantes presididas por un ‘hombre de doctrina’, como en Clonmanoise o Clonard. En virtud de su posición aislada, algunos centros monásticos continuaron ejerciendo su función, como lugares de refugio, también en el siglo XII, durante la invasión vikinga”[14].

11. Los inicios de la vida monástica en España y Portugal son tan obscuros como los de Gran Bretaña e Irlanda. Es posible que los predecesores inmediatos de los monasterios de la península ibérica hayan sido los asceterios de vírgenes y célibes. En todo caso, el vocablo monje aparece, por primera vez, en las actas del concilio de Zaragoza (año 380), en un contexto poco favorable. Los representantes más conocidos para nosotros del primer monacato ibérico son la monja Egeria (+ hacia fines del siglo IV) y Baquiario, un monje erudito que vivió en Galicia, y murió en el año 425. La vida monástica de esta región conocerá su hora de consolidación y desarrollo, especialmente, desde el siglo VII en adelante.

24. “A los monjes que salen fuera de su monasterio les queda prohibido el ejercicio de cualquier ministerio eclesiástico, a no ser por mandato de su abad. Del mismo modo, ninguno de ellos, es decir de los monjes, se convertirá en procurador o apoderado de un negocio judicial, fuera de aquellos que reclama el interés del monasterio”[15].

25. “En cuanto a aquello que dice: Mientras un profundo silencio envolvía todas las cosas (Sb 18,14), creo que quisiese decir que todas las cosas eran mudas antes de conocer y escuchar al Verbo de Dios. La llegada de este misterio se cumplió, por tanto, en el décimo mes, es decir en el día 300, en el que nosotros debemos imitar los gemidos de santa María, mientras está dando a luz; de modo que, como sucede en la vulva oculta en el útero, así en la celda secreta del monasterio, se forme algo dentro de nosotros que pueda ser útil a la salvación; y en el décimo mes aparezca de nuestros frutos una obra nueva que el mundo pueda admirar. Pero recuerda que santa María, cuando realizó esta obra, buscó un lugar muy secreto y solitario; no está escrito que estuviese presente algún siervo o algún amigo; y si el beato José compartía su misión, sin embargo, en medio de los gemidos de la parturienta, ¿qué otra cosa se puede pensar, sino que estuvo ausente? Conforme a esto, considera qué ambiente tranquilo y oculto deba elegir aquel que desea dar a luz a Cristo, puesto que incluso el que fue precursor de su venida, anunció estas cosas en el desierto...”[16].

26. La Regla de san Benito ocupa ciertamente un lugar central en el desarrollo y afianzamiento del monacato occidental. Escrita en Italia, no lejos de Roma, a mediados del siglo VI, es el mejor testimonio de la madurez, alcanzada por la vida monástica en Occidente.

27. “No se reciba fácilmente al que recién llega para ingresar a la vida monástica, sino que, como dice el Apóstol, prueben los espíritus para ver si son de Dios (1 Jn 4,1).

                  “Por lo tanto, si el que viene persevera llamando, y parece soportar con paciencia durante cuatro o cinco días las injurias que se le hacen y la dilación de su ingreso, y persiste en su petición, permítasele entrar, y esté en la hospedería unos pocos días. Después de esto, viva en la residencia de los novicios, donde éstos meditan, comen y duermen. Asígneseles a éstos un anciano que sea apto para ganar almas, para que vele sobre ellos con todo cuidado.

                  “Debe estar atento para ver si el novicio busca verdaderamente a Dios, si es pronto para la Obra de Dios, para la obediencia y las humillaciones. Prevéngalo de todas las cosas duras y ásperas por las cuales se va a Dios. Si promete perseverar en la estabilidad, al cabo de dos meses léasele por orden esta Regla, y dígasele: «He aquí la ley bajo la cual quieres militar. Si puedes observarla, entra; pero si no puedes, vete libremente». Si todavía se mantiene firme, lléveselo a la sobredicha residencia de los novicios, y pruébeselo de nuevo en toda paciencia. Al cabo de seis meses, léasele la Regla para que sepa a qué entra. Y si sigue firme, después de cuatro meses reléasele de nuevo la misma Regla. Y si después de haberlo deliberado consigo, promete guardar todos sus puntos, y cumplir cuanto se le mande, sea recibido en la comunidad, sabiendo que, según lo establecido por la ley de la Regla, desde aquel día no le será lícito irse del monasterio, ni sacudir el cuello del yugo de la Regla que después de tan morosa deliberación pudo rehusar o aceptar. El que va a ser recibido prometa en el oratorio, en presencia de todos, su estabilidad, vida monástica y obediencia, delante de Dios y de sus santos, para que sepa que si alguna vez obra de otro modo, va a ser condenado por Aquel de quien se burla. De esta promesa suya hará una petición a nombre de los santos cuyas reliquias están allí, y del abad presente. Escriba esta petición con su mano, pero si no sabe hacerlo, escríbala otro a ruego suyo, y el novicio trace en ella una señal y deposítela sobre el altar con sus propias manos. Una vez que la haya depositado empiece enseguida el mismo novicio este verso: Recíbeme, Señor, según tu palabra y viviré; y no me confundas en mi esperanza (Sal 118 [119],116). Toda la comunidad responda tres veces a este verso, agregando Gloria al Padre. Si tiene bienes, distribúyalos antes a los pobres, o bien cédalos al monasterio por una donación solemne. Y no guarde nada de todos esos bienes para sí, ya que sabe que desde aquel día no ha de tener dominio ni siquiera sobre su propio cuerpo”[17].

 


[1] El monacato, pp. 211-214.

[2] Agustín de Hipona, Sobre las costumbres de la Iglesia católica 1,33,70-71; traducción de Teófilo Prieto en Obras de San Agustín, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1948, T. IV, pp. 344-345 (BAC 30). Cf. Juan Casiano, Conferencias 8,6,14-15.

[3] Jerónimo, Epístola 52,7 (a Nepociano presbítero; año 394); ed. J. Labourt, Saint Jérôme. Lettres, Paris, Société d’Editions “Les Belles Lettres”, 1951, t. II, pp. 181-182 (Col. des Universités de France).

[4] Sulpicio Severo (+ hacia el 420/25), Diálogos III (II),10; traducción de C. Codoñer en: Sulpicio Severo. Obras Completas, Madrid, Ed. Tecnos, 1987, pp. 251-252 (Col. Clásicos del Pensamiento, 33). Los Diálogos fueron escritos entre los años 403-404.

[5] Agustín de Hipona, Epístola 48,3 (a Eudoxio abad; hacia 398); traducción de Lope Cilleruelo en Obras de San Agustín, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1986, T. VIII, pp. 314-315 (BAC 69).

[6] Agustín de Hipona, Sermón 350/A,4 (Mai 14); traducción de Pío de Luis en Obras de San Agustín, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1985, pp. 170-171 (BAC 461). La homilía fue pronunciada en torno al año 399.

[7] Regla de los Cuatro Padres 1,8-12.15-17; 2,3-4.7-9; traducción en Cuadernos Monásticos n. 19 (1984), pp. 262-263. Esta Regla fue compuesta, probablemente, a comienzos del siglo V.

[8] Juan Casiano, Instituciones 4,34. 35. 39. 43; ed. J. C. Guy en Jean Cassien. Institutions Cénobitiques, Paris, Eds. du Cerf, 1965, pp. 172-175. 178-179. 184-185 (SCh 109).

[9] Gregorio Penco, Il monachesimo nell passaggio dal mondo antico a quello medievale en Medioevo Monastico, Roma, Pontificio Ateneo S. Anselmo, 1988, pp. 23-25 (Studia Anselmiana, 96). Originalmente el artículo fue publicado en Benedictina 28 (1981), pp. 47-64.

[10] Cf. Adalbert de Vogüé, Les Règles monastiques anciennes (400-700), Turnhout, Brepols, 1985, pp. 53-60 (Typologie des Sources du Moyen Age Occidental, fasc. 46).

[11] Cesáreo de Arles, Sermón 75,2; ed. G. Morin, Sancti Caesarii Arelatensis Sermones. Pars Prima, Turnhout, Brepols, 1953, p. 314 (CCL 103).

[12] Fulgencio de Ruspe (+ 532), Sermón 3,6; traducción en Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1972, N 22.

[13] Fulgencio de Ruspe, Epístola 14,36; traducción en Lecturas cristianas para nuestro tiempo, Madrid, Ed. Apostolado de la Prensa, 1973, N 43.

[14] Elena Malaspina, art. Irlanda en DPAC 2 (1984), cols. 1819-1820.

[15] Concilio de Tarragona (año 516), canon XI; ed., con traducción, de José Vives, Concilios visigóticos e Hispano-romanos, Barcelona- Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Instituto Enrique Flórez, 1963, p. 37 (Col. España Cristiana. Textos, vol. I).

[16] Baquiario monje, Epístola 2; PLS 1,1040; traducción italiana en Testi Mariani del primo millenio. III. Padri e altri autori latini, Roma, Città Nuova Editrice, 1990, p. 298.

[17] Benito de Nursia (+ hacia el 555/60), Regla 58,1-25; traducción de Pablo Saenz, osb, en: San Benito. La Regla de los monjes, Victoria (Buenos Aires), ECUAM, 1990, pp. 164-169.