Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [54]

5. ITALIA[1]

5.1. Las comunidades monásticas en Italia

5.2. Las Reglas monásticas italianas

5.3. La Regla de san Benito (hacia 555)

5.4. Casiodoro (+ 585)

5.5. Gregorio el Grande (+ 604)

 

5.1. Las comunidades monásticas en Italia[2]

En Occidente existió un movimiento monástico que, si bien no tuvo la difusión del monacato oriental ni su proyección literaria, estuvo presente desde mediados del siglo IV. Una obra reciente ha puesto de relieve algunas características del monacato latino en esa época: promovido por santos obispos, solícitos del bien de sus fieles, se implantó a menudo en las ciudades, con una participación intensa en las celebraciones litúrgicas (al estilo de cuanto nos refiere Egeria de los monjes y monjas de Jerusalén). Sin embargo, es un verdadero monacato, que no reniega de su parentesco con los Padres de Egipto y de Siria, llevando -en el silencio y la oración- su vocación de unión con Dios[3].

Entre los pastores que están en el origen de esta forma monástica en Italia, uno de los primeros cronológicamente fue Eusebio de Vercelli.

San Jerónimo escribe de él en el De viris illustribus:

“Eusebio, de nacionalidad sardo, fue elegido obispo de Vercelli cuando era lector de la Iglesia romana. Por la confesión de la fe fue relegado por Constancio a Escitópolis y después a Capadocia, y regresó a su Iglesia bajo el emperador Juliano. Editó el Comentario de los Salmos, de Eusebio de Cesarea, que tradujo del griego al latín. Murió durante el reinado de Valentiniano y Valente”[4].

Consagrado obispo, según la tradición, el 15 de diciembre de 345, siendo entonces un desconocido para su clero y fieles, como señala Ambrosio, que veía en su elección un signo de la voluntad divina, se dedicó a la predicación y a difundir la Palabra de Dios, incluso en una nueva versión latina de los Evangelios. Defendió la fe de Nicea, y después del sínodo de Milán (355) fue exiliado, para regresar a su sede solamente en 363. Fue una de las figuras relevantes de la resistencia antiarriana, junto con Padres de la talla de Atanasio y Osio, confesando la fe en las asambleas de obispos y ante el emperador, escribiendo y propagando los argumentos en favor de la doctrina de Nicea. Exiliado en Oriente, torturado, se lo consideró un mártir, semejante a los que vertieron su sangre por Cristo.

Durante su estancia en Roma, antes de su episcopado, pudo haberse relacionado con Atanasio y los monjes que lo acompañaban, y por ellos, conocer la vida monástica que entonces florecía en Oriente. Pero las características de su fundación no requieren un conocimiento previo del monacato egipcio; es sabido que de manera más o menos simultánea, la vida monástica surgió en diferentes Iglesias y culturas, canalizando en una estructura exterior, visible, las corrientes ascéticas que, antes del fin de las persecuciones, no podían manifestarse o no suscitaban la atención. En todo caso, los autores discuten si la fundación de Eusebio fue hecha antes del exilio en Oriente (355), o después de su regreso, con la experiencia adquirida en aquellas regiones que contaban ya con una fuerte presencia monástica[5].

 

El testimonio de san Ambrosio de Milán

Pero San Ambrosio en su carta 63 afirma que la paciencia con que sobrellevó Eusebio las pruebas del exilio se formó “con la vida del monasterio, y con la costumbre de una rígida observancia consiguió tolerar los sufrimientos...”[6].

Eusebio murió hacia el 371, y dejó al desaparecer una Iglesia floreciente y con un clero renombrado, al que, como dice también Ambrosio de Milán, acudían las comunidades para pedir que les enviaran los prelados que las rigieran. Lo sucedió Limenio, y a su muerte se produjo la grave disidencia que dio motivo a la carta ya mencionada del obispo de Milán. En ella, escrita hacia 396/397, Ambrosio exhorta a la Iglesia de Vercelli a evitar la discordia y la división, haciendo cesar la vacancia de la sede. La disputa se debe a la presencia de algunos sujetos indignos que, apartándose del ideal ascético y de la fe recta, impugnan ahora la continencia, y promueven seguramente la elección de un pastor que no pertenezca a las filas monásticas:

“Nuestra amonestación se dirige no sin razón a este tema. Oigo decir que llegaron hasta ustedes Sarmación y Barbaciano, hombres de vano hablar, que niegan el mérito de la abstinencia, la gracia de la frugalidad y de la virginidad, como si todos tuvieran el mismo valor, y estuvieran insanos los que castigan con ayunos su carne para someterla al espíritu. El apóstol Pablo nunca lo hubiera practicado, ni hubiese escrito para recomendarlo si creyese que era locura. Más bien, se gloría diciendo: Pero golpeo mi cuerpo y lo hago esclavo, no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado (1 Co 9,27). Entonces, los que no castigan su cuerpo, y quieren predicar a los demás, son tenidos por réprobos”[7].

Hay que relacionar la intervención de Ambrosio con las polémicas contemporáneas sobre el sentido de la virginidad consagrada a Dios, acerca de la cual escribió el mismo santo obispo páginas tan hermosas en los tratados que le dedicó, así como en esta carta 63.

El reciente editor de las cartas ambrosianas agrega en nota al pasaje que comentamos, la siguiente cita de la Explanatio in Ps. XXXV, que aporta nuevas luces sobre el enfrentamiento entre los partidarios de la virginidad y sus detractores:

“Mira a quien durante algunos años sostuvo el esfuerzo de la honestidad, la guarda de la castidad, la preocupación por una vida más vigilante, el propósito de un piadoso servicio, la costumbre de una observancia perseverante, y de repente, cambia: se aleja del monasterio, se despide de los ayunos, renuncia a la continencia, consiente a las delicias, cultiva la lujuria. Apenas han salido del monasterio y ya son maestros de la sensualidad, propagadores de la incontinencia, agitadores de la petulancia, detractores del pudor”[8].

Los dos agitadores eran conocidos de Ambrosio:

“Estuvieron con nosotros, pero no eran de los nuestros (1 Jn 2,19), no nos avergüenza decir lo que antes dijo el evangelista Juan. Pero cuando estaban aquí antes, ayunaban, en el monasterio eran continentes, no daban ocasión a la lujuria, estaba prohibida cualquier disputa insolente. Pero por su fragilidad no pudieron soportarlo, y se marcharon. Quisieron después volver, pero no se los recibió. Oí, en efecto, muchas cosas que hubiese debido prever; los amonesté, pero nada resultó de ello. Alborotados, esos miserables, comenzaron a difundir cosas tales que se convirtieron en promotores de todos los vicios. Perdieron lo que ayunaron, perdieron aquello de que por un tiempo se habían privado. Ahora, con celo diabólico, tienen envidia de las buenas obras de los demás, cuyo fruto ellos mismos han perdido”[9].

El intento de los ex-monjes, devueltos al siglo y enemigos de la continencia, no puede triunfar. El ejemplo de Eusebio y su santidad garantizan que las nobles iniciativas que él tomó en su tiempo sigan observándose.

Eusebio, primero en Occidente, unió el episcopado con la profesión monástica, y tal precedente debe ser tenido en cuenta cuando se trata de la ordenación del obispo de Vercelli:

“Si en las demás Iglesias se mira con tanta consideración la ordenación de un obispo, cuánto cuidado no se ha de pedir en la Iglesia de Vercelli, donde parecen exigirse por igual del obispo dos cosas, la continencia del monasterio y la disciplina de la Iglesia. Fue en efecto, Eusebio, de santa memoria, el que unió en Occidente lo que es diferente, de modo que, residiendo en la ciudad, mantuviese el modo de vida de los monjes, y gobernase la Iglesia con la sobriedad y el ayuno. Pues es de gran ayuda para la gracia episcopal, que restrinja su juventud con el esfuerzo de la abstinencia y la regla de la integridad, y mientras habita en la ciudad, renuncia a los usos y a los modos de la ciudad”[10].

“Eusebio imitó a los modelos famosos de toda vida monástica: Elías, Eliseo, Juan Bautista, ellos que no reuhían las burlas humanas, esperando los premios celestiales; no se espantaban de las tinieblas de la cárcel, aquellos para quienes refulgía la gracia de la luz eterna. A imitación suya, san Eusebio salió de su tierra y de su parentela, prefirió la peregrinación al ocio de su casa”[11].

La salida más significativa es sin duda el exilio; en él no fue vencido, sino que triunfó en la defensa de la fe, por la paciencia. Fue esta paciencia de Eusebio la que Ambrosio atribuye a la vida monástica y a la disciplina:

“Pues ¿quién podrá dudar que estos dos elementos son muy importantes en la vida cristiana llevada con devoción: los servicios del sacerdote y las instituciones monásticas? Aquellas enseñan lo que hace al equilibrio y a la conducta, estas acostumbran a la abstinencia y a la paciencia; aquellas, como en un escenario, estas en secreto, se admiran las unas, las otras se esconden. Dice, pues, el atleta fiel: Somos un espectáculo para el mundo (1 Co 4,9). Era digno de ser contemplado por los ángeles, cuando luchaba para alcanzar el premio de Cristo, cuando combatía para establecer en la tierra la vida angélica y repeler en el cielo la maldad de los demonios. En efecto, peleaba con los espíritus del mal. Con toda justicia, el mundo lo miraba para imitarlo...”[12].

Hay que notar en este pasaje las referencias al ideal monástico, con términos que ya son tradicionales desde la Vita Antonii: el combate con los demonios, la imagen angélica.

La vida en el monasterio de Eusebio, según Ambrosio, correspondía a lo que practicó el mismo santo obispo. Al elogiar a este, se describe aquella:

“Creo haber dicho bastante acerca del maestro, ocupémonos ahora de la vida de los discípulos que se revistieron de tal alabanza y cantan himnos día y noche. Es este un ejército de ángeles: siempre en la alabanza divina, con frecuentes oraciones hacerse propicio al Señor y suplicarle; se aplican a la lectura y ocupan su espíritu con continuos trabajos, separados del contacto con las mujeres, son entre sí recíproca defensa. ¿Qué es esta vida en la que no hay nada que temer y sí mucho para imitar? El peso del ayuno lo compensa con la paz del espíritu, se hace liviano con la costumbre, es facilitado con el ocio santo o lo distrae con las ocupaciones; no está oprimido con la solicitud mundana, no se entretiene con molestias ajenas, no es limitado con las visitas a la ciudad”[13].

La elocuente descripción de Ambrosio, que da argumentos a su intervención en favor de la elección de un pastor digno de ser sucesor de Eusebio, fue un elemento decisivo para el éxito final, pues fue finalmente designado Honorato, que había acompañado a Eusebio en el exilio. El elogio del santo obispo de Vercelli, con la exposición de sus metas al organizar un monasterio en su ciudad, nos trasmite un testimonio valiosísimo de los inicios de un monacato latino, casi contemporáneo con el florecimiento monástico en Oriente. La institución de un monacato auténticamente tal, en un cuadro urbano, vinculado directamente al obispo, hará fortuna durante este primer siglo de la libertad de la Iglesia, en un ambiente convulsionado por las querellas doctrinales y los abusos de los emperadores[14].

 


[1] La numeración de las diversas secciones mantiene la continuidad con los apartados dedicados al monacato de Oriente.

[2] Reproducimos la primera parte del artículo de Mons. Martín de Elizalde, osb: San Eusebio de Vercelli y la vida monástica, publicado en Cuadernos Monásticos n. 106 (1993), pp. 419-432.

[3] J. M. Garrigues - J. Legrez, Moines dans l’assemblée des fidèles. À l’époque des Pères. IVe-VIIIe siècle, Paris, Beauchesne, 1992.

[4] PL 23,735.

[5] La fundación fue hecha antes de su exilio, según J. M. Garrigues – J. Legrez, op. cit.; M. Capellino, art. “Eusebio di Vercelli”, en: Dizionario degli Istituti di Perfezione, vol.3, Roma, Ed. Paoline, 1973, pp. 1343-1346. Después del exilio, en cambio, para: J. Fontaine, Vie de S.Martin, Comentario, Paris, Éds.du Cerf, 1968, p. 547, n. 2 (SCh.134); G. Penco, “La vita monastica in Italia all’epoca di S. Martino di Tours”, en: Saint Martin et son temps. Mémorial du XVIe centenaire des débuts du monachisme en Gaule, 361-1961, Roma, Ed. Anselmiana, 1961, pp. 67-83 (Studia Anselmiana, 46); J. T. Lienhard, “Patristic sermons on Eusebius of Vercelli and their relation to his monasticism”, en: Revue Bénédictine 87 (1977), 164-172.

[6] Ep. 63,71 (= ep. 14), ed. G. Banterle: Ambrosio de Milán.  Discorsi e lettere, II / III, Milano-Roma, Bibl. Ambrosiana-Città Nuova Ed., 1988 (S.Ambrosii, opera, 21). Por su parte, san Jerónimo en su ep. 1,14-15 se refiere a una comunidad de vírgenes en Vercelli, cf. A. de Vogüé, Histoire littéraire du mouvement monastique dans l’antiquité. Première partie (356-385), Paris, Éd. du Cerf, 1991, pp.144-150. Cf. L. Dattrino, “S. Eusebio de Vercelli: vescovo “martire”? vescovo “monaco”?, en: Augustinianum 24, 1984, 167-187. En el vol. 2 de su obra, que cubre los años 384-396, el P. de Vogüé estudia en las pp. 331-346 esta carta ambrosiana y el sermón 7 (espurio) atribuido a san Máximo, que traducimos más abajo. No hemos podido tener en cuenta en nuestro trabajo el análisis detallado que hace el distinguido A., pues el volumen llegó a nuestras manos cuando ya el artículo había sido entregado a la imprenta: A. de Vogüé, Histoire littéraire II. De l’Itinéraire d’Égérie à l’éloge funèbre de Népotien (384-396), Paris, Éd. du Cerf, 1993.

[7] Ep. 63,7.

[8] Cf. G. Banterle (ed.), op. cit., p. 263.

[9] Ep. 63,8‑9.

[10] Ep. 63,66.

[11] Ep. 63,67‑68.

[12] Ep. 63,71.

[13] Ep. 63,82.

[14] J. M. Garrigues - J. Legrez, op. cit., insisten en el carácter monástico de la experiencia iniciada por Eusebio. El primero escribe (p. 216): “Apoyándose sobre ese testimonio de san Ambrosio, G. Penco puede decir justamente que en Vercelli ‘no se trata de un género de vida canonical, sino de una vida propiamente monástica’, que comporta incluso un aspecto de vida solitaria en los montes Oropa a los que se retiraba san Eusebio con sus monjes. No nos encontramos, pues, frente a una vida en común de clérigos, motivada por su ministerio común, sino de un cenobio episcopal, fundado sobre la ascesis bautismal, de un monasterio en el que los monjes son además ministros de la Iglesia: ‘dos cosas diferentes’, como dice Ambrosio”. La cita de G. Penco, op .cit. p. 69.