Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [55]

5.1. Las comunidades monásticas en Italia (continuación)

Dos sermones en honor de san Eusebio[1]

J. H. Lienhard analizó en un interesante artículo[2], ocho sermones dedicados a honrar a san Eusebio de Vercelli y que mencionan su condición de monje y de fundador de un cenobio. Son todos ellos anónimos, atribuidos a Ambrosio de Milán, a Máximo de Turín, etc., entre cuyas obras han sido publicados. Hemos traducido dos de ellos, identificados por Lienhard como A y E, que coinciden al referirse a la vida monástica de Eusebio, a su confesión-martirio, al paralelismo con los santos Macabeos, y que fueron pronunciados en un ambiente cercano en el tiempo, de afecto vivo hacia la memoria aún reciente del santo obispo, incluso en presencia de quienes le habían tratado.

 

1. Ad sancti martyris Eusebii laudem

Este sermón es casi contemporáneo de la Ep. 63 de san Ambrosio, es decir de fines del siglo IV[3]. En él se menciona al obispo Exuperancio, presente en la ocasión, que fue uno de los acompañantes de Eusebio: minister in sacerdotio, comes in martyrio, particeps in labore. Predicado en Vercelli, hace mención de su “martirio” y también de la vida común que instituyó para su clero. La referencia a los Macabeos es debida al hecho de que ambas memorias se celebraban el mismo día. Para el autor del sermón, Eusebio sostiene a Dionisio de Milán, vacilante acerca de la fe, apartándolo del peligro de apostasía. Si esta es la tradición de Vercelli, Ambrosio da cuenta de otra diferente, que no desmerece a su predecesor en la sede lombarda: Dionisio merece la alabanza, pues murió en el exilio[4].

El texto del sermón se halla entre las obras de San Máximo de Turín, como sermón VII espurio, ed. A. Mutzenbecher (Turnhout, Brepols, 1962, pp. 23-26; CCL 23), de donde lo hemos traducido. Se encuentra también en PL 17,743-745, como sermón 56, apéndice a las obras de san Ambrosio, y PL 57,885-888, sermón 20, apéndice a las obras de san Máximo. Hemos adoptado los subtítulos de la edición de Mutzenbecher.

El sermón atribuye a Eusebio la institución de las vírgenes en su ciudad, así como la introducción del servicio monástico (al que llama “fuerte”). La singularidad de su obra consiste en que dispuso que los clérigos fueran monjes, es decir, vivieran en la castidad y el desprecio de las cosas creadas, en humildad y pobreza, “según el modelo de la tradición oriental” y “la observancia de la vida angélica”.

 

2. Quamquam dilectissimi fratres, beati patris nostri

De este texto no conocemos edición reciente, posterior a la que reproduce Migne, PL 57,891-894, de donde la traducimos. Se encuentra en el apéndice a las obras de san Máximo de Turín, como sermón 23. Se lo data del siglo V, pronunciado en Vercelli[5], por un discípulo suyo, aunque lejano ya en el tiempo, y empleando un escrito o memoria dejada por el Santo, que podría ser su epístola 2 (relatio paterna; ipsius scripta)[6].

También en este sermón se dice claramente que “reunió a todos (los miembros del clero) en una misma morada”, y expresa a continuación la razón para ello, con imagen agustiniana: “para que los que tenían un propósito único e indiviso de la religión, compartieran la vida y el alimento”. Agrega otro motivo: la recíproca custodia en el camino de la virtud y el estímulo en la humildad, la continencia y castidad, la paciencia y la misericordia. En la estrechez de la ascesis “todos aprendían de los demás aquello de que carece cada uno en particular”. La conclusión del párrafo encierra otra bella imagen: “aquella casa era mas bien una reunión de virtudes (¿ángeles?) que de hombres”.

 

Sermón en el aniversario de san Eusebio, obispo de Vercelli (Ad sancti martyris Eusebii laudem)[7]

1. Querer añadir algo al elogio del santo mártir Eusebio es disminuirlo, pues, como a un maestro de doctrinas inefables, es más fácil conocer sus méritos por sus obras que describirlos con palabras. Sus hechos no deben ser adornados con palabras, sino encerrados en sentencias, sobre todo porque sabemos que no hemos de embellecer oralmente lo que vemos hermoso por las virtudes, ya que el Apóstol dice que el Reino de Dios no está en las palabras sino en el poder (cf. 1 Co 4,20). Es disminuirlo querer añadir algo a sus méritos, especialmente yo, que ignoro los sucesos, soy ineducado en las letras sagradas y rudo para las funciones sacerdotales. Tales cosas podrían predicarlas estos santos superiores míos, con mayor facilidad por la costumbre, con más autenticidad por la experiencia, con más gloria por la doctrina, y me refiero en particular al bienaventurado Señor y Padre Exuperancio, que fue su ministro en el sacerdocio, compañero en el martirio y partícipe en sus trabajos, en cuya persona creemos ver al mismo san Eusebio, y en quien contemplamos la imagen de la bondad de este como en un espejo. Es fácil conocer qué clase de maestro fue al ver a semejante discípulo suyo. Pero como la gloria de la confesión del santo acompaña también al testigo, prefirió callar la alabanza paterna para no parecer que hace jactanciosamente su propio elogio.

Los méritos de Eusebio

2. ¿Qué diré de la gloria del mártir Eusebio, de quien este pueblo es la gloria? La Escritura dice: La gloria del padre es el hijo sabio (Pr 10,1). ¡Cuán grande es su gloria, que se alegra con la sabiduría y la devoción de tantos hijos! Por el Evangelio, nos engendró él mismo en Cristo Jesús. Cuanto hay en este pueblo santo de virtudes y de gracia, se encuentra en el magisterio de san Eusebio. De él, como de un manantial luminosísimo de virtudes, derivó la pureza de los riachuelos que vemos. Porque tenía el vigor de la caridad, instituyó el propósito de las vírgenes; como se gloriaba en las estrecheces de la abstinencia, introdujo el fuerte servicio de los monjes; adornado con la suavidad de la mansedumbre, provocó el amor de Dios en todos los ciudadanos; resplandecía en el gobierno pastoral, y dejó a muchos discípulos herederos de su sacerdocio. Muchos hombres legan a sus hijos tesoros de oro y plata, pero nadie los dejó tan ricos como san Eusebio, de modo tal que fueron todos sacerdotes o mártires. Callo lo demás, pero es digno de admiración que estableciera en esta santa Iglesia que fueran monjes los mismos clérigos, y se confiaran los oficios sacerdotales a aquellos corazones que conservan una castidad singular; para que en esos varones se encontrara el desprecio de las cosas y la dedicación de los levitas; para que al ver los lechos del monasterio, los hallaras según el modelo de la tradición oriental, y si mirases la devoción del clero, te alegraras con la observancia de la vida angélica.

Eusebio libró a Dionisio de manos de los arrianos

3. Mas considero que no debe callarse que, cuando la detestable perfidia de los arrianos perturbaba a toda Italia y al mundo entero, y los sacerdotes de esta corrupción engañaron la simplicidad del mártir San Dionisio y lo retenían con el lazo de su suscripción, lo libró con sabiduría de sus manos. Como dice el santo Apóstol: Me hice judío con los judíos, para ganar a los judíos (1 Co 9,20), así San Eusebio, para librar al hijo de la herejía, simuló ser hereje con los herejes. Dijo que consentía a su perfidia, que sentía lo mismo que ellos, pero que le molestaba mucho el que hubiesen puesto antes que él a su hijo Dionisio, cuando este suscribió. “Ustedes, dijo, que afirman que el Hijo de Dios no puede ser igual a Dios Padre ¿por qué han puesto a mi hijo antes que yo?”. Convencidos por esa razón, borraron inmediatamente la firma de san Dionisio, y acudieron al bienaventurado Eusebio rogándole que firmase en el primer lugar. Él les dijo entonces, increpándolos y burlándose de ellos: “Ni yo me mancho con sus crímenes, ni permito que mi hijo tenga parte con ustedes”. Dice el Evangelio que, en esta generación, los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz, pero aquí el hijo de la luz fue hallado más astuto que las mismas tinieblas.

Su pasión es comparada con el sueño de Jacob

4. Entonces ellos, grandemente indignados porque su maldad había sido burlada, lo vejaron, por medio del príncipe Constancio, con nuevas torturas. En efecto, después de muchas injurias, lo relegaron en exilio a Oriente, y allí tanto hubo de padecer, que recibió la gloria invicta del martirio. Se cuenta que, entre los demás géneros de tormentos, sufrió este penoso suplicio: mientras era interrogado por los ancianos y se negaba a compartir su perfidia, fue arrastrado por los pies hasta abajo, por unas escaleras empinadas, y llevado nuevamente a la parte superior, al ser interrogado otra vez y responder lo mismo, sufría idéntica pena, y así el mismo y repetido suplicio seguía a los frecuentes interrogatorios. El mártir San Eusebio, aunque tenía la cabeza quebrada, el cuerpo desgarrado, los miembros rotos, mantuvo invicto en semejante pasión el espíritu de su fe. Y cuanto más lo hería corporalmente la perfidia arriana, tanto más lo fortalecía espiritualmente la integridad católica. Sobre este subir y bajar las escaleras podemos decir lo mismo que Jacob profetizó en sueños: como él, vio la escala que desde lo bajo alcanzaba hasta el cielo, y así, por ella, Eusebio subió al cielo y los arrianos bajaron a los infiernos.

Vean, pues, hermanos, por qué creo que se ha de contar a san Eusebio junto al coro de los mártires Macabeos, pues como cada uno de ellos soportó el martirio en sus miembros, aquel en cambio con los sufrimientos de todo el cuerpo confesó al Señor, por lo que no difiere la gracia de los que, en un mismo día, congregó el martirio.

 

Sermón sobre san Eusebio (Quamquam, dilectissimi fratres, beati patris nostri)[8]

Exordio

1. Aunque soy un hijo indigno y el más pequeño de los servidores de nuestro santo Padre, el sumo sacerdote y confesor Eusebio, hermanos amadísimos, rindo el tributo de mi pobre servicio a sus insignes méritos y virtudes, en cuanto lo consienten mis fuerzas. Nosotros, al recordarlo, hacemos lo que es debido, si bien no necesita de ello porque ya se encuentra en la gloria, unido a la familia evangélica. A esto me animo con la mayor confianza, pues no dudo que él, aunque cuanto yo pueda decir sea humilde y pequeño, no ha de pesar como un juez las palabras de su servidor, criado por él, sino que las considerará con el afecto del amor. Así es como, con gran alegría, ofrecemos el homenaje al padre, el culto al sacerdote, el honor al confesor.

La vida monástica

2. Él, en efecto, cuando recibió, por la dispensación divina, el grado del sacerdocio supremo en esta ciudad, mostrándose para todo su clero como un espejo de las enseñanzas espirituales, los reunió a todos consigo en una misma morada, para que los que tenían el propósito único e indiviso de la religión, compartieran la vida y el alimento. De ese modo serían, en esa santísima sociedad en la que vivían junto con él, a la vez jueces y guardianes de su vida, y en ella se adelantasen con humildad el uno al otro, se maravillasen de la continencia, observaran la castidad, alabaran la paciencia, elogiaran la bondad del ánimo misericordioso, se admiraran de los ayunos y vigilias, y todos aprendieran de todos aquello de que carece cada uno. Eran así las cosas, y en los pechos de todos manaba la fuente de la plenitud de lo bienes del gran Eusebio. Sucedía lo que pasa cuando se dan aliento mutuamente con los ejemplos de los preceptos divinos: aquella casa era mas bien una reunión de ángeles que de hombres.

El martirio

3. Cuando la impiedad arriana perturbó la fe cristiana y la paz de la Iglesia en todo el mundo, y hechos rebeldes contra Dios, obligaron a los sacerdotes más simples con el terror que da la autoridad del imperio, con exilios y diversos tormentos, a consentir a su perfidia, nuestro Eusebio, constituyendo su cimiento sobre la piedra, sobresalió de tal manera que no fue contagiado por error alguno, ni atemorizado por la autoridad, en medio de la agitación de las tempestades del mundo. Como refiere el relato del Padre, fue encerrado en una cárcel tan miserable y estrecha que no podía dar a su cuerpo una postura cómoda, ni de pie ni acostado. En esa celda de castigo, en que se encontraba encerrado, no podía levantar la cabeza, y, sin embargo, por el mérito de su pasión, la elevaba hasta el cielo. Afligido por la estrechez de la cárcel, sin poder extender las piernas para descansar, subía él por el sendero de la verdad, dirigiendo sus pasos por el hermoso paraíso de la fe incontaminada. Se le quitó, como él mismo dice, el auxilio del alimento y de la bebida, pero no padeció por la falta del alimento carnal el que vivía del pan del Verbo celestial, confesando la eternidad de Cristo. No fue jamás doblegado por la fuerza de los impíos, ni cedió la intrepidez del alma fiel a causa de la necesidad del cuerpo. Y mientras el bienaventurado Eusebio, en semejante combate por la fe, superaba todo con la ayuda de Dios para quien militaba, soportaba las angustias de la postración y la escasez del hambre; más duro era el lecho, y más persistía en los ayunos con santo propósito[9]. De verdad dice y enseña con el apóstol Pablo: ¿Quién nos apartará de la caridad de Cristo? ¿la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre? (Rm 8,35). Con razón no fue separado de Cristo en las tribulaciones y angustias, el que no pudo ser obligado a separar el Hijo del Padre.

Los santos Macabeos

4. Y aunque no hay peligro alguno de cansancio, al decir y oír la santidad de sus obras, no podemos dejar pasar en silencio la victoria de los santos Macabeos (2 M 7), pues este mismo día también a ellos, liberados del mundo, transportó al cielo con un gran triunfo. Y si bien ese coro fortísimo pasó de este mundo a su Dios en medio de los tormentos, Eusebio no les es incomparable, pues él después de refutar la perfidia, la venció y voló al mismo Dios tras sufrir los tormentos. Para que advirtamos más claramente que no fue inferior la victoria de nuestro Eusebio, consideremos que aquellos combatieron por la antigua ley, este por el nuevo Evangelio; aquellos se sometieron a los suplicios por los mandamientos de Dios, Eusebio, en cambio, luchó por la verdad misma de Dios; aquellos resistieron al rey Antíoco para no comer de las carnes prohibidas, este se opuso al diablo, para que el fermento de la doctrina herética no manchara el pan que el Señor nos dio. Alegrémonos, pues hermanos, dando gracias a nuestro Dios, pues en este día celebramos con devoción una doble fiesta: vemos el triunfo de Eusebio y admiramos los tormentos de los Macabeos, que resultaron vencedores. ¿O no son admirables los Macabeos, que por la comunidad del nacimiento y de la pasión fueron hermanos en este mundo, y los vemos también hermanados en el cielo, ellos, que mamaron de los pechos abundantes de su madre el alimento de la vida y recibieron la fuerza para vencer, también de ella? Hasta una perfección tan grande los llevó la leche y la palabra maternas, y fueron inseparables la sabiduría del corazón y la fuerza corporal. A estos jóvenes elegidos, constantes por su propia fe y por la exhortación materna, no los intimidó Antíoco con los suplicios feroces ni pudo doblegarlos con grandes promesas, para que se apartaran de la reverencia debida a la ley paterna. Era tanto el vigor de sus miembros, tanto el ánimo de su pecho, tanta la doctrina de sus respuestas, que despreciando las penas y refutando la perfidia del rey impío, vencieron al temor y al furor. La venerable madre, con una confesión igual y con la misma muerte, partió de este mundo a su premio más alegremente. No hay que admirar que soportara magnánimamente la ferocidad el rey contra ella misma, la que pudo resistirle tan vigorosamente en sus propios hijos.

 


[1] Continuación del el artículo de Mons. Martín de Elizalde, osb: San Eusebio de Vercelli y la vida monástica, publicado en Cuadernos Monásticos n. 106 (1993), pp. 419-432.

[2] J. T. Lienhard, op. cit., especialmente p. 169: Eusebius of Vercelli and Monasticism.

[3] I. Machielsen, Clavis patristica pseudepigraphorum Medii Aevi. Opera homiletica, vol. I, Turnhout, Brepols, 1990, p. 35.

[4] Cf. L. Dattrino, op. cit., p. 177.

[5] I. Machielsen, I., op. cit., vol. II, p. 895. Cf. H. J. Frede, Kirchenschriftsteller. Aktualisierungsheft 1984, Freiburg, Herder, 1984, p. 74.

[6] Las obras de san Eusebio de Vercelli se encuentran editadas por V. Bulhart, Turnhout, Brepols, 1957 (CCL 9). La ep. 2, pp. 104-109.

[7] Texto latino: ed. A. Mutzenbecher. Turnhout, Brepols, 1962, pp. 23-26 (CCL 23). Es difícil alabar dignamente a Eusebio.

[8] Texto latino: PL 57,891-894.

[9] Texto incierto.