Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [57]

5.3. La Regla de san Benito (hacia 555)

Introducción a la lectura de la Regla de san Benito

La Regla de san Benito es un texto del siglo VI, y en cuanto tal, para ser correctamente entendido, debe leerse teniendo en cuenta algunas premisas. La primera es no olvidar su contexto histórico, la situación eclesial en que fue escrita y su estrecha relación con el monacato cristiano que la precede.

 

Contexto histórico

En el año 395 muere el emperador Teodosio, y sus hijos se reparten el Imperio. Oriente queda para Arcadio (395-408), y Occidente para Honorio (395-423). Pero mientras la parte oriental consigue mantenerse estable durante cerca de un milenio, hasta la caída de Constantinopla en manos de los turcos (1453), Occidente inicia muy pronto un proceso de desestabilización, en el que tuvo importancia decisiva la invasión de los pueblos bárbaros.

La penetración de los pueblos germánicos provocó cambios de notable importancia en la sociedad de finales del siglo V, si bien solamente de forma gradual tales modificaciones se hicieron sentir en toda su extensión. No debe pensarse que absolutamente todo se modificó de la noche a la mañana. Pasado el primer y lógico desconcierto que produjo la avalancha de las invasiones, pudo advertirse que no se había trastornado con excesiva hondura la estructura administrativa y económica del mundo romano. La vida al “modo romano” se prolongará aún por varios años, aunque ciertamente modificada y empobrecida en el dominio de las letras. Había comenzado un período de transición, que algunos han llamado la civilización tardo antigua hacia la edad media.

La dificultad para ofrecer una visión sintética del período en que fue escrita la RB ha sido muy bien captada por H. I. Marrou, quien señala esa notable superposición de situaciones contrastantes, como dos temas musicales de una estructura polifónica:

“Mientras que, bajo el efecto de las desgracias padecidas por el Occidente, saqueos de las invasiones bárbaras, hundimiento de la estructura política y social del Imperio romano, en Italia ruinas acumuladas en el curso de la larga resistencia gótica a la reconquista justiniana, después por causa de la invasión lombarda, se altera, declina, se agota el esplendor de la civilización tardo antigua..., muy lejos, allí arriba, en Irlanda, en Escocia, en esa Britannia que deviene Inglaterra, se inicia, con la conversión al cristianismo -religión oriental, y por lo tanto mediterránea-, y más precisamente a un cristianismo latino, la primera etapa de un desarrollo que dará nacimiento a la civilización cristiana de la edad media.

El hecho importante, en cierto modo providencial, es que estas dos evoluciones opuestas -la barbarización de las antiguas provincias del Imperio de occidente, la inculturación de los pueblos del Norte- se superpusieron en el tiempo y se distinguieron en el espacio. La nueva cultura medieval ya se había implantado sólidamente en las islas Británicas cuando la llama vacilante de la cultura antigua todavía resplandecía en Italia... Es el momento en que Boecio, con sus traducciones, sus comentarios, sus obras didácticas, aspira a realizar un programa ambicioso de estudios filosóficos que provoque una renovación de la cultura científica de expresión latina; esfuerzo, desgraciadamente, muy pronto interrumpido; es en prisión que Boecio (+524) compondrá su Consolación de la Filosofía, y recién muchos siglos después el pensamiento occidental se verá fecundado por el estudio de su obra... Llegará un día en que se encontrarán en la corte de Carlomagno, un irlandés como Dungal, con un anglo-sajón como Alcuino, con un español como Theodulfo y un lombardo como Pablo Diácono. Todos los personajes están en su lugar: puede levantarse el telón sobre Europa”[1].

 

Situación eclesial

El siglo VI señala el inicio de lo que ha dado en llamarse la cristiandad sacral, que recién se afianzará en los siglos venideros.

El vacío institucional dejado por la caída del Imperio romano obligó a la Iglesia a tomar el puesto de las instituciones temporales y relevarlas en su misión. Esto se aprecia sobre todo en el terreno educativo. Así, a comienzos del siglo VI, se crean las escuelas episcopales, que se unen a la labor que los monjes ya habían iniciado en los monasterios. Luego se sumará la escuela presbiteral. Entre las tres instituciones forjarán una síntesis educativa que ha perdurado casi hasta nuestros días.

Fue notable el desarrollo de la vida monástica, puesto de relieve en el gran número de reglas, obras de distintos legisladores, que surgieron en estos años. Importante tuvo que haber sido la contribución de los monasterios al incremento del culto a la Virgen María, a los mártires y a los santos.

A pesar de la difícil situación en que vivían los cristianos toda la Iglesia latina se va congregando, cada vez más, en torno a la sede de Roma. Se produce un proceso gradual del reconocimiento del primado romano, particularmente en los planos dogmático, disciplinar y jurídico. Esto es mérito principal de algunos notables obispos de Roma, muy lúcidos sobre el alcance de su autoridad, y deseosos de hacerla conocer y respetar. Atentos, como estaban, a todas las necesidades de la Iglesia no vacilaron en multiplicar sus intervenciones, incluso en cuestiones de detalle. A ellos, en gran medida, se debe la fijación de la parte central del Ordinario de la Misa, aunque todavía no estamos frente a una uniformidad rigurosa.

Conciencia de la primacía de la sede de Pedro y de la difícil situación que vive la ciudad de Roma, aparecen con fuerza en algunos pasajes de los sermones de san León Magno (+ 461). Citamos dos textos suyos que nos colocan en el ambiente que vivió y compuso su Regla san Benito:

Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto ates en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desates en la tierra será desatado en los cielos (Mt 16,19). Prolongó también en los demás apóstoles el derecho de esta potestad, pero no en vano se encomienda a uno lo que se otorga a todos. Puesto que de modo especial se confiere a Pedro, porque a todos los rectores de la Iglesia se impone la forma de Pedro. Permanece firme el privilegio de Pedro dondequiera que se lleve el juicio de su misma equidad; ni es demasiada la severidad o el perdón donde nada será atado ni desatado, sino lo que el bienaventurado Pedro ate o desate...

... El Señor cuida especialmente a Pedro y propiamente ruega por la fe de Pedro, como si el estado futuro de los demás sea cierto si la mente del príncipe no fuere vencida. Así, pues, en Pedro se robustece la fortaleza de todos, y de tal modo se ordena el auxilio de la gracia divina, que la firmeza que se confiere a Pedro por Cristo, se da a los demás apóstoles por Pedro”[2].

“Toque su corazón, amadísimos, aquella sentencia del divino salvador, que, cuando limpió a los diez leprosos por virtud de su misericordia, sólo uno de ellos se volvió para darle gracias (cf. Lc 17,15-16); significando con ello la ingratitud, puesto que, habiendo conseguido la salud corporal, no sin ánimo impío faltaron a este oficio de reconocimiento. Para que no pueda atribuirse también a ustedes, amadísimos, esta nota de ingratos, vuélvanse al Señor, reconociendo las maravillas que se ha dignado obrar en nosotros y pensando que nuestra liberación no ha sido efecto de las estrellas, como afirman los impíos, sino fruto de la inefable misericordia de Dios omnipotente, que se dignó mitigar el corazón de los furiosos bárbaros. Recuerden con el vigor de su fe tan grandes beneficios. Una grave negligencia se ha de reparar con mayor satisfacción. Usamos para nuestra enmienda la mansedumbre del que perdona, para que el bienaventurado Pedro y todos los santos que siempre nos asistieron en nuestras tribulaciones se dignen favorecer nuestras plegarias por ustedes ante Dios misericordioso. Por Cristo nuestro Señor. Amén”[3].

 

Contexto monástico[4]

La segunda premisa a tomar en consideración para una lectura de la RB es su contexto particular: autor y fecha de composición. Sólo así podemos ubicar el texto en su entorno y preparar el terreno para definir con mayor precisión las características que desea tener nuestro método de lectura.

La obra de san Benito no es como una flor única aislada en medio de un desierto. Por el contrario, se ubica en una época de difusión del monacato y forma parte de una familia de reglas monásticas. La RB ocupa un lugar determinado en esa familia: pertenece a la tercera generación. La primera estaba compuesta por las llamadas “reglas madres”: las de Pacomio, Basilio y Agustín, a las cuales se puede añadir la obra de Casiano denominada “Instituciones” (libros I-IV). La segunda generación la formaban un buen número de reglas surgidas en Galia durante la primera mitad del siglo VI: Cesáreo de Arlés, Oriental y Macario; a las que se suma la regla italiana de Pablo y Esteban. La RB recibe el flujo vital de las generaciones precedentes y, a su vez, lo trasmite a las posteriores. Un lugar aparte, sin duda, ocupa la relación entre la RB y la Regla del Maestro. Entre ambas existe una proximidad del todo particular, como para pensar en la relación que se da entre madre e hija.

En modo admirable la RB combina y reúne las diversas corrientes monásticas que recibe de sus predecesoras: una más “individualista”, o mejor eremítica, proveniente de las colonias de los anacoretas egipcios, a través de Casiano y la Regla del Maestro; y otra más comunitaria o cenobítica, que tiene su fuente especialmente en la Regla de san Agustín.

Además, la misma RB se reconoce como formando parte de una familia monástica que es heredera y participa de la rica tradición patrística. Por eso no vacila en recomendar la lectura de los comentarios de los Padres a las Sagradas Escrituras: “Padres católicos, conocidos y ortodoxos” (RB 9,8). De esa forma se pone de relieve que la vida monástica pertenece a la Iglesia, y que el monacato nace y se desarrolla en el marco de la tradición patrística de los siglos IV-VI.

 

San Benito, la Regla y su mensaje

San Benito vivió entre los años 480 y 547, período fundamental de la historia de la Iglesia y de su relación con el imperio romano. El mismo papa san Gregorio Magno, que escribió su vida (594), pone de manifiesto el rechazo del joven Benito por la vida y las costumbres de la Roma de su época, como también los estragos causados por las invasiones de los godos, que profundizaron la crisis y exigieron un renovado esfuerzo de evangelización por parte de la Iglesia[5].

En medio de la gran desorientación que significaba la caída de un imperio milenario, la vida y la obra de San Benito se presentan como una guía para esa nueva civilización que comienza a nacer, fruto del encuentro de pueblos y mentalidades muy distintas.

La fundación de Montecasino hacia el 529, y la redacción de la Regla, son los dos pasos decisivos en la presentación del monasterio como una “escuela del servicio del Señor” (dominici schola servitii), donde Cristo es la única roca firme sobre la que el hombre puede edificar cualquier proyecto, tanto interior como exterior. Es con esa imagen que san Benito comienza su Regla (Prólogo) y Cristo pasa a ser verdaderamente la “piedra angular” que sostiene toda la edificación del monasterio y la clave para la comprensión de su escrito.

“Es Cristo quien ha llamado al cristiano a entrar en el monasterio. Es por amor de Cristo que el monje vive en él y persevera hasta la muerte. Es a Cristo a quien se entrega entera y totalmente. Es Cristo quien lo conduce, unido a sus hermanos, todos juntos, a la vida eterna”.

“La existencia del monje no se explica sino por esa relación personal con Cristo. No hay nada más preciado que Él. No prefiere nada absolutamente a su amor. Vive en comunión con Él a lo largo de sus días. Lo encuentra en el Oficio divino, en su oración privada, en sus lecturas. Lo encuentra en su abad, que tiene el lugar de Cristo en medio de la comunidad, en la que es el padre. Lo sirve en sus hermanos enfermos. Lo recibe en los huéspedes, que no dejan de venir al monasterio. Cristo es encontrado en los diversos sucesos de su existencia. Cristo está, en todas partes, presente en su vida, tanto privada como comunitaria. Es el alma de la vida del monje”[6].

Ésta es la verdadera clave de lectura de la Regla, pero también para el conocimiento de quién fue san Benito. Por eso dice san Gregorio: “Si alguien quiere conocer más profundamente su vida y sus costumbres, podrá encontrar en la misma enseñanza de la Regla todas las acciones de su magisterio, porque el santo varón en modo alguno pudo enseñar otra cosa que lo que él mismo vivió” (II Libro de los Diálogos, 36).

En el año 1964 Pablo VI proclamó a san Benito patrono de Europa. Con ello estaba señalando el papel central que tuvo la Regla y la vida monástica en la configuración del mundo de Occidente, no sólo en su dimensión espiritual, sino en sus mismas actividades e instituciones sociales, desde la familia hasta la organización civil[7].

Esta vitalidad que encierra la Regla es fruto de su doble enraizamiento en las Sagradas Escrituras y en la tradición de la Iglesia y por eso sigue ejerciendo su influjo vivificante en las sucesivas generaciones y en las diversas realidades en las que va penetrando. En efecto, la “escuela del servicio del Señor” que funda san Benito, tiene por modelo a la Iglesia, y su objetivo no es otro que el de llevar a su plena maduración la vida recibida en la fuente bautismal, gracias a la cual el hombre renació a la condición de hijo de Dios y quedó incorporado a la nueva sociedad que es la comunidad eclesial.

Por ello el monasterio pasa a ser un punto de referencia directo y concreto del Misterio y de la acción transformante de la Iglesia. Y en él, tanto el monje como los cristianos y el mundo, encuentran un sacramento de la presencia de Cristo y de su obra redentora.

En el monasterio se oye la voz del Señor que sigue hablando “a las Iglesias” por las Escrituras y por el Abad, que hace las veces de Cristo en la casa de Dios (Prólogo y caps. 2-7). En el monasterio se hace sentir la respuesta de la Iglesia alabando y rezando a su Creador (caps. 8-20). En la comunidad monástica se hace presente el Buen Pastor cuidando por la integridad de su rebaño y alentándolo con el perdón y la corrección fraterna (caps. 21-30). En el monasterio se continúa la primitiva Iglesia de los Hechos de los Apóstoles, donde todos ponen sus bienes en común y reciben según sus necesidades, en el servicio mutuo y en la Comunión fraterna (caps. 31-38). A continuación, la Regla revela lo que es la jornada concreta de un hombre bajo la mirada de Dios, donde hasta el más pequeño e insignificante elemento de la vida humana se une con lo divino “para que en todo sea Dios glorificado” (caps. 39-57).

Por último, san Benito contempla la vida y la formación de esa pequeña Iglesia doméstica –la familia monástica– escrutando las disposiciones íntimas que deben animar a cada uno de sus miembros y consolidándola con vínculos de fe y caridad que estrechan y hermanan a sus miembros con lazos más fuertes que los mismos vínculos de la sangre (58-72).

Y toda la Regla termina en un Epílogo (cap. 73) que apunta con toda su fuerza a la verdadera patria del monje, haciendo del monasterio una casa ubicada entre dos ciudades: la de la tierra y la del Cielo, y que por eso señala a cada generación la orientación última y definitiva de todas las cosas.

Esa es la sabiduría que se esconde en la Regla de san Benito: un conocimiento del hombre que tiene su origen en la misma mirada de Dios y que por eso es capaz de entrar en su corazón y a partir de allí invadir con su presencia todas las dimensiones de la vida humana.

 


[1] H. I. MARROU, Décadence romaine ou antiquité tardive? III-VI siècle, Paris, Eds. du Seuil, 1977, pp. 169-170.

[2] Sermón en la fiesta de San Pedro apóstol, 83,2-3; traducción castellana de M. GARRIDO BONAÑO, Madrid, 1969, p. 360 (BAC 291). La fecha de este sermón: 29 de junio del 443.

[3] Sermón para la octava de los apóstoles Pedro y Pablo, 84,2; trad. cit., pp. 362-363. Fecha del sermón: 30 de agosto o 6 de septiembre del 442.

[4] Apartado redactado por el Abad Fernando Rivas, osb.

[5] Cf. R. MOLINA PIÑEDO, San Benito. Fundador de Europa, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1980 (BAC popular, 23).

[6] A. BORIAS, Règle de Saint Benoît, Turnhout, Brepols, 1987, pp. xxxii-xxxiii