Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [6]

1. EL MONACATO CRISTIANO EN EGIPTO

 

1.1. Atanasio de Alejandría (+ 373); Antonio el Grande y la Vida de san Antonio

1.2. Pacomio (+ 346), sus monasterios y sus discípulos

1.3. Escete, Las Celdas y Nitria (315/330: se fundan estas colonias). Los Apotegmas

1.4. Evagrio Póntico (344-399)

1.5. Shenute (334-452) y el Monasterio Blanco.

Breve visión de conjunto

1. El surgimiento del monacato cristiano en Egipto y otras regiones de Oriente es, principalmente, una obra del Espíritu Santo, que actúa en la Iglesia a través de hombres y mujeres concretos, pertenecientes a pueblos y culturas diversos.

2. «El Evangelio crecía en toda la tierra, (pero) por permisión de Dios, para poner a prueba la fe en él, los emperadores paganos suscitaron por todas partes una gran persecución contra los cristianos. Y cuando muchos mártires fueron coronados con Pedro, arzobispo de Alejandría[1], pasando por tantas y (tan) diversas torturas hasta la muerte, creció mucho y se fortificó la fe en Cristo entre las Iglesias de toda región e isla. Desde entonces también empezó a haber monasterios y lugares de ascesis de hombres renombrados por la castidad y la renuncia a las riquezas.

Cuando vieron los combates y la constancia de los mártires, los que en otro tiempo se habían convertido del paganismo a la vida monástica, empezaron a reformar su vida. De ellos se ha dicho: Indigentes, atribulados, afligidos, vagabundos por los desiertos, las montañas, las grutas y las cuevas de la tierra (Hb 11,37-38). De modo que llegaron a tener ante los ojos noche y día, por una ascesis rigurosa y un temor de Dios conveniente, no solo a Cristo crucificado sino también a los mártires, a quienes vieron en tantos combates.

La vida del gran asceta y verdaderamente virtuoso, nuestro padre Antonio, fue como la del gran Elías, Eliseo y san Juan Bautista, según lo atestigua el muy santo arzobispo Atanasio, que escribió después de su muerte[2]; revelando también el mismo género de vida de nuestro santo padre Amún, “archimonje” de los hermanos de la montaña de Nitria[3], y de su compañero Teodoro. Sabemos que después que visitó la tierra y la embriagó[4], en vez de aflicción y gemidos ha sido derramada la gracia en los labios[5] del bendecido que a todos bendice[6], surgieron en toda la región padres admirables entre los monjes, como lo dijimos antes, cuyos nombres están inscritos en el libro de la vida[7].

En Egipto y en la Tebaida todavía no había muchos (monjes), pero después de la persecución de Diocleciano y Maximino[8], la conversión de los paganos se incrementó en la Iglesia; los obispos los conducían hacia Dios por la doctrina de los apóstoles, y la Iglesia empezó a dar abundantes frutos»[9].

3. Tres grandes personalidades, verdaderos hombres de Dios, destacan claramente en los comienzos de la vida monástica egipcia: Antonio el Grande, Atanasio de Alejandría y Pacomio abad; un ermitaño, un obispo, un superior de una comunidad monástica.

4. “Les suplico, (hermanos) muy queridos, por el Nombre de Jesucristo, que no descuiden la obra de su salvación. Que cada uno de ustedes desgarre no su vestidura sino su corazón. Que no sea en vano que llevemos esta vestidura exterior, preparándonos así a la condenación. En verdad, el tiempo está próximo, cuando aparecerán a la luz las obras de cada uno”[10].

5. “Ustedes me han preguntado por el modo de vida del bienaventurado Antonio, deseando saber cómo comenzó la ascesis, quién era antes de esto, cuál fue el final de su vida, y si es verdad lo que se dice sobre él, para poder ustedes mismos imitar su celo, he aceptado su orden con gran entusiasmo.

Puesto que es grande el beneficio que obtengo tan solo con recordar a Antonio. Sé bien que también ustedes, al oírme, no solamente sentirán admiración por este hombre, sino que también desearán imitar su propósito; porque para los monjes la vida de Antonio es modelo suficiente de ascesis”[11].

6. “Medita en todo momento las palabras de Dios, persevera en la fatiga, da gracias en todas las cosas (1 Ts 5,18), huye de la alabanza de los hombres, ama al que te corrige en el amor de Dios. Que todos te sean de provecho, para que tú seas de provecho a todos. Persevera en tu trabajo y en las palabras de bondad; no des un paso adelante y otro atrás, para que Dios no te aborrezca. La corona, en efecto, será de quien haya perseverado. Y obedece siempre más a Dios, y Él te salvará”[12].

7. Muchos otros monjes santos vivieron en los desiertos de Nitria, Escete y Las Celdas, en los siglos IV y principios del V. De ellos nos han quedado, cual preciosa herencia, los Apotegmas, o sentencias de los Padres del desierto, que fueron reunidas principalmente en los siglos V y VI. Constituyen un valioso testimonio de la guía espiritual que practicaban los grandes abbas del yermo.

8. “Un hermano interrogó al abad Pastor diciendo: «¿Cómo tienen que vivir los que están en comunidad?». El anciano le dijo: «Quien permanece en una comunidad debe ver a todos los hermanos como uno solo y cuidar su boca y sus ojos; entonces descansará, sin preocupación»”[13].

9. No sólo abbas habitaron en los desiertos egipcios, también hubo ammas, es decir, madres espirituales. Su ejemplo y enseñanza deben impulsarnos a apreciar siempre más la vida monástica femenina.

10. “Dijo amma Sinclética: «Al principio hay grandes luchas y penas para los que se acercan a Dios, pero después encuentran una alegría inefable. Como los que quieren encender el fuego primero absorben el humo y lagrimean, pero después obtienen lo que buscan -se ha dicho, en efecto: Nuestro Dios es un fuego ardiente (Hb 12,29)-, igualmente debemos encender en nosotros el fuego divino, con lágrimas y esfuerzos»”[14].

11. Entre los padres y las madres del desierto vivió un “teórico” -un verdadero teólogo- de la vida monástica: Evagrio Póntico. Su elaboración de las sencillas enseñanzas de otros espirituales, predecesores y contemporáneos suyos, tendrá gran influencia en la espiritualidad oriental y occidental.

12. “La fe es el inicio de la caridad, la culminación de la caridad es el conocimiento de Dios. El temor del Señor custodia el alma, la buena continencia la reconforta. La paciencia del hombre engendra la esperanza, la buena esperanza la glorificará...

Mejor habitar entre mil en caridad, que solo con odio en impenetrables cavernas...

Si el hermano está triste, consuélalo, y si sufre, compadécelo, obrando así alegras su corazón, y acumularás un gran tesoro en el cielo”[15].

13. Shenute de Atripé (localidad del Alto Egipto) representa, tal vez, el ejemplo más llamativo de la inculturación del monacato cristiano en el pueblo y la cultura egipcios. Shenute, que vivió aproximadamente entre el 350 y el 466, fue abad del así llamado Monasterio Blanco. Tuvo una gran influencia en la Iglesia egipcia de su tiempo. Baste decir que vivió bajo cuatro grandes patriarcas de Alejandría: Atanasio, Teófilo, Cirilo y Dióscoro.

14. “El santo apa Shenute después que recibió el hábito angélico, que le había venido del cielo, se entregó a la anacoresis con grandes y numerosas tribulaciones, y muchas noches de vigilias y ayunos sin número. En efecto, él permanecía siempre sin comer hasta la tarde, hasta la puesta del sol, y no comía, sino que sólo bebía (agua) y su alimento era únicamente pan y sal... Su vida y su comportamiento eran semejantes a los de Elías Tesbita, el conductor de Israel. Así llegó a ser el maestro de todos... Él se revestía siempre de Cristo en las meditaciones de las Escrituras, tanto que su fama y sus enseñanzas eran dulces en la boca de cada uno, como la miel en el corazón de aquellos que deseaban amar la vida eterna; y pronunciaba muchas exégesis y discursos llenos de santas reglas, y establecía cánones para los monjes, y cartas santas que inspiraban temor y consuelo para las almas de los hombres...”[16].

Leer:

El monacato, pp. 45-118.

La tradición, pp. 177-269.

Matrología I, pp. 131-216.

 


[1] Padeció el martirio el 24 de noviembre del 311.

[2] La Vita Antonii seguramente la escribió Atanasio durante su tercer exilio (356-362), que pasó oculto junto a los monjes egipcios.

[3] Cf. Paladio, Historia Lausíaca 8 (“Amún de Nitria”); trad. de L. E. Sansegundo Valls, Paladio. El mundo de los padres del desierto (La Historia Lausíaca), Madrid, Eds. Studium, 1970, pp. 68-70.

[4] Cf. Sal 64,9-10.

[5] Cf. Sal 44,2-3.

[6] Cf. Ef 1,3.

[7] Cf. Flp 4,3.

[8] La, así llamada, “gran persecución” se coloca entre los años 303/304 y 312; fue ciertamente desencadenada por Diocleciano (principalmente) y Maximiano, pero ambos abdicaron el 1º de mayo del 305.

[9] Prólogo de la Primera Vida Griega de san Pacomio 1.2; ed. F. Halkin, Sancti Pachomii Vitae Graecae, Bruxelles, Societé des Bollandistes, 1932, pp. 1-2 (Subsidia Hagiographica, 19). La fecha de la composición de la Vida es incierta (¿hacia fines del siglo IV?).

[10] Antonio el Grande (+ hacia el 356), Carta 2,4; traducida de Saint Antoine: Lettres, Begrolles en Mauges, Abbaye de Bellefontaine 1976, p. 56 (Col. Spiritualité Orientale, 19).

[11] Atanasio de Alejandría (+ 373), Vida de San Antonio, prólogo, 2-3.

[12] Pacomio abad (+ 346), Catequesis 1,14; traducción italiana en Pacomio e i suoi discepoli. Regoli e scritti, Comunità di Bose Magnano, Ed. Quiqajon, 1988, pp. 210-211.

[13] Pastor 195 (983); traducción francesa en Les Apophtegmas des Pères du désert. Serie alpahabtique (traducción de Jean-Claude Guy), Begrolles en Mauges, Abbaye de Bellefontaine, 1966, p. 254 (Col. Spiritualité Orientale, 1).

[14] Sinclética 892; traducción de Martin de Elizalde en Los Dichos de los Padres del desierto. Colección alfabética de los apotegmas, Florida (Buenos Aires), Eds. Paulinas, 1986, p. 248 (Colección Orígenes cristianos, 4). Tanto Pastor como Sinclética vivieron hacia fines del siglo IV y principios del V.

[15] Evagrio Póntico (+ 399), Sentencias para monjes 3-5; 9; 87; edición H. Gressmann, Leipzig 1931, pp. 153 ss. (Texte und Untersuchungen, 39).

[16] Archimandrita Besa (siglo V; fue el sucesor de Shenute). Vida de Shenute 10-11; traducción italiana en Vite di Monaci copti (a cura di Tito Orlandi), Roma, Città Nuova Editrice, 1984, p. 137 (Col. Testi patristici, 41).