Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [60]

5.4. Casiodoro (+ hacia 585/590)

Iniciación a las Sagradas Escrituras (Institutiones divinarum litterarum)

«Dándome cuenta que las letras seculares eran deseadas ardientemente, hasta el punto de una gran parte de los hombres pensaba que a través de ellas se llega a alcanzar la prudencia, reconozco que me sentí removido por un gravísimo dolor al observar que faltaban maestros públicos de las Escrituras divinas, cuando resulta que gozan de una difusión muy amplia los autores profanos.

He intentado, junto con el beatísimo Agapito[1], Papa de la ciudad de Roma, que una vez recabados los fondos, las Escuelas Cristianas recibieran más doctores reconocidos en la Ciudad de Roma, así como se dice que en Alejandría hubo una escuela durante mucho tiempo y que también recientemente en Nisibi, ciudad siria, se ha refundado una en modo pacífico para los hebreos.

Pero, no pudiéndose cumplir mi deseo de ninguna manera por las ardientes guerras y las muy turbulentas luchas como hay en el reino de Italia -pues lo referente a la paz no tiene lugar en tiempos inquietos-, noto que la divina caridad me mueve a redactar estos libros introductorios para ustedes, con la ayuda del Señor, que suplan a un maestro. Estimo que mediante ellos se expone el tenor de las divinas Escrituras y un compendio de los conocimientos relativos a las letras seculares, por la magnanimidad del Señor. Acaso sean poco expresivos, pues en ellos no se encuentra una elocuencia afectada sino la información necesaria, mas se sabe que ellos contienen una gran utilidad, ya que a través de ellos se aprende dónde está de manifiesto la proveniencia de la salvación del alma y de la erudición secular.

En esta exposición no les propongo mi propia doctrina, sino los dichos de los antiguos: alabarlos es legítimo y difundirlos es glorioso, porque no se puede considerar jactancia odiosa nada de lo que se dice sobre los antiguos en alabanza del Señor.

A lo mencionado se añade que habrás de soportar a un maestro incomodado si le preguntas con frecuencia y, sin embargo, siempre que quieras volver a [consultar] los libros no habrás de sentir ninguna aspereza.

Por tanto, queridísimos hermanos, ascendamos sin dudar a la divina Escritura por las laudables exposiciones de los Padres -la escalera de la visión de Jacob[2]- y, enriquecidos con sus interpretaciones merezcamos llegar eficazmente a la contemplación del Señor.

Tal vez éstas sean la escalera de Jacob, por la que los ángeles suben y bajan, por la que el Señor se asoma, extendiendo su mano a los fatigados y sosteniendo, mediante la contemplación [del Señor], los pasos cansados de los que suben[3].

Por todo lo anterior, si parece bien, debemos ordenar el siguiente orden en la lectura: los aprendices de Cristo, después que hayan aprendido los salmos, en primer lugar han de meditar reiteradamente la Autoridad[4] divina en los códices que están corregidos, hasta que [la Autoridad] les resulte muy conocida, con la ayuda del Señor, para que los errores de los copistas no arraiguen en mentes no cultivadas y las contaminen[5]; difícilmente puede eliminarse lo que se mantiene firmemente grabado en los recovecos de la memoria.

Feliz el alma que ha escondido el secreto de tan alto don en lo más recóndito de la memoria, por la generosidad del Señor, pero mucho más feliz quien rechaza con diligencia los pensamientos mundanos, de modo que se ocupa saludablemente en las palabras divinas porque conoce los caminos de la intelección gracias a una investigación personal.

Recordamos haber visto a muchos que están dotados de una memoria firme y que, al ser interrogados sobre los pasajes más oscuros, ha resuelto las cuestiones que les proponían solo con ejemplos de la Autoridad divina, gracias a que en otro libro se expone más claramente lo que allí se decía con mayor oscuridad. Es testigo de esto el apóstol Pablo quien en la mayor parte de los casos dilucida las escrituras del Antiguo Testamento a la luz de la plenitud de los nuevos tiempos en su epístola a los Hebreos.

Por tanto, queridísimos hermanos, una vez que los soldados de Cristo (cf. 2 Tm 2,3) se hayan imbuido con la lectura divina y, confirmados con a frecuente meditación, hayan comenzado a conocer los pasajes de los libros oportunamente señalados, ninguno de ellos recorre en vano los principios de esta obra, donde en estos libros se indica con brevedad y perfección lo que se debe leer en cada lugar; de donde se sigue que los estudiosos conozcan qué escritores latinos han explicado cada uno de los puntos. Y si encuentran en estos [libros] algo dicho negligentemente, entonces, quienes conozcan la lengua, averigüen convenientemente lo que han dicho los expositores griegos, en cuanto en la escuela de Cristo se busca, con almas encendidas, un conocimiento vivo, superando la languidez de la negligencia.

Se dice que han explicado las Sagradas Escrituras en lengua griega de principio a fin Clemente de Alejandría -conocido como Stromateus-, Cirilo -obispo de la misma ciudad-, Juan Crisóstomo, Gregorio, Basilio, y otros sabios a los que la elocuente Grecia ensalza.

Sin embargo, nosotros, con la ayuda de Dios, seguiremos más bien a escritores latinos ya que, como escribimos a italianos, parece que resultará más conveniente presentar expositores romanos. Lo hacemos porque se recibe más dulcemente lo que se narra en lengua paterna, por lo que puede suceder que se trate mediante maestros antiguos lo que no pudo hacerse por medio de los nuevos. Por eso bastará que les indique [quiénes son] los tratadistas más doctos en aquellos casos en los que está comprobado que remitirse a ellos supone conseguir una adecuada plenitud de doctrina. Además, les resultará más provechoso saciarse en la fuente de los antiguos que dejarse imbuir por una presunta novedad.

En fin, queda claro que les enseñaré con calma y los instruiré sin culpable presunción; considero que este tipo de enseñanza es también provechoso para nosotros: enseñar a otros de tal manera que resulte patente que hemos evitado las insidias de los calumniadores del modo más pertinente…

Por lo tanto, mientras ruegan al Señor, de quien viene todo lo que interesa, les suplico que lean [la Sagrada Escritura] de modo asiduo y que la repasen cuidadosamente, pues la meditación atenta y frecuente es la madre del entendimiento»[6].

 


[1] Agapito I, papa entre 535-536.

[2] Cf. Gn 28,12.

[3] Cf. Is 40,29.

[4] Término utilizado por Casiodoro para referirse a la Sagrada Escritura.

[5] También san Jerónimo hace referencia a los errores de los copistas: “… La edición Koiné, es decir, la ‘común’, es la misma que la de los Setenta. La diferencia entre una y otra está en que la koiné es una edición antigua, corrompida según lugares y tiempos, y según el capricho de los copistas” (Epístola 106,2).

[6] Prefacio 1-4. 7; trad. de P. B. Santiago Amar en Casiodoro. Iniciación a las Sagradas Escrituras, Madrid, Ed. Ciudad Nueva, 1998, pp. 67-73. 74 (Biblioteca de patrística 43).