Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [61]

5.5. Gregorio el Grande (+ 604)[1]

«Este cargo, después de sacarme del monasterio, como a punta de espada, con sus ocupaciones ha exterminado en mí la vida apacible de otros tiempos» (Epístola dedicatoria de los Morales 1)[2].

Gregorio nació hacia el 540 en el seno de una familia romana patricia (de senatoribus primis). Entre sus antepasados se contaba el papa Félix III (483-492; ver Diálogos 4,16) y el clericus Gordiano (padre del papa Agapito I: 535-536). Fue educado en el ambiente de renovación que se promoviera en la península durante su juventud. Sobresalió en el estudio de la gramática, la dialéctica y la retórica.

Hacia el año 572 fue nombrado prefecto de la urbe romana, desempeñándose como un hábil administrador. Entre el 574 y el 575 se convirtió a la vida monástica, luego de madura reflexión y no sin superar antes ciertas dudas. Transformó entonces su casa paterna del Clivus Scauri (Celio) en monasterio, colocándolo bajo la advocación de san Andrés. Contemporáneamente instituyó y proveyó otros seis cenobios en las tierras que poseía en Sicilia. No es seguro que él haya dirigido la comunidad de Roma, ni tampoco que en ella se siguiera la RB; aunque no se puede dudar de la consonancia de ideales entre san Benito y Gregorio.

En el 579 el papa Pelagio II (579-590) lo ordena de diácono y lo envía como apocrisario (representante del papa ante el emperador) a Constantinopla. En esta ciudad permanecerá varios años (hasta el 585 ó 586). Se llevó consigo un grupo de hermanos del monasterio de san Andrés con los que formó una pequeña comunidad monástica en el palacio de Galla Placidia. De las conversaciones que con ellos mantiene surge su obra: Expositio in Iob (Morales sobre el libro de Job). En la capital del imperio de Oriente se ocupó de diversas cuestiones teológicas, y también abordó las difíciles cuestiones políticas de la época. Gregorio deseaba que el emperador tomase conciencia de los problemas que suscitaban las invasiones de los bárbaros; no consideraba imposible una convivencia pacífica entre romanos y bárbaros, por eso le alarmaba el camino escogido por Bizancio: el del oportunismo político, que costaba vidas y sembraba la miseria en la península itálica.

A su regreso a Roma desempeñó el encargo de secretario y consejero de Pelagio, a quien sucedió en la cátedra de Pedro (año 590). Intentó sustraerse a la pesada carga, pero sin éxito. Su actitud no era fingida: siempre conservará fuerte y sincero el lamento por la vida recogida y de oración del monje.

Desde el 590 hasta su muerte, acaecida en el 604, desarrollará una enorme actividad a pesar de sus precarias condiciones físicas, no solamente en el ámbito religioso sino también político y social.

La evangelización de los bárbaros que promovió, en particular de los pueblos anglosajones, fue importantísima. Con todo, su visión de la decadencia –que él sentía introducían en la cultura antigua estos pueblos–, le impidió una valoración positiva, que encuadrase su presencia en el imperio dentro de un contexto histórico o teológico. Gregorio siente más bien que la evangelización debe promoverla en razón de las exigencias pastorales de su ministerio. Debe preocupar- se por ampliar el número de los que se puedan salvar en el momento del juicio final. El santo papa está convencido que vive en «tiempos turbados en los que el mundo está muy cerca de su fin y los males se multiplican» (Epístola dedicatoria de los Morales sobre el libro de Job, 1: Sch 32, p. 115).

Gregorio experimenta una fuerte tensión entre una cultura, la pagana, en la que no confía pero que sin duda lo marca en su expresión, y una nueva realidad que no llega a ver cómo pueda congeniarse en la práctica con las exigencias del Evangelio. No puede mirar el futuro en clave de cultura de los pueblos bárbaros, si bien sabe que su realidad no puede ignorarse, y tampoco logra resolver completamente la oposición entre las obligaciones del cristianismo y el condicionamiento que impone la herencia recibida de la cultura pagana.

Es san Gregorio un hombre de su tiempo, no podía escapar a las tensiones y complejidades propias de toda época de transición. Él no lo hizo, aun sabiendo cuánto sufrimiento le aguardaba, y por ello la posteridad lo recuerda con gran cariño. Su nombre ha quedado en la memoria de la Iglesia junto al de otros grandes Padres: Ambrosio, Jerónimo, Agustín. Junto a ellos, y a Orígenes y Casiano, ejerció una notable influencia en la vida y espiritualidad monástica occidental.

 

Su obra

«(La palabra divina) es, por así decirlo, como un río playo y profundo, en el cual un cordero camina y un elefante nada» (Epístola dedicatoria de los Morales sobre el libro de Job, 4: Sch 32, p. 121).

En estas palabras se muestra todo el amor y el cariño, no exentos de fértil imaginación, con que san Gregorio leía, meditaba y explicaba las Escrituras. Fue verdaderamente un gran intérprete de la palabra de Dios.

Ya antes de acceder a la sede episcopal había comenzado a elaborar un proyecto de lo que luego sería su Regula pastoralis (Regla pastoral). Lo suspende por las obligaciones que le impone el nuevo servicio, pero, empujado por Juan de Ravena, en el año 391 publica el texto definitivo. Está dividida en cuatro partes «a fin de llegar gradualmente, por medio de razones ordenadas, como por pasos contados, al ánimo del lector; porque cuando la necesidad lo requiere es muy de pensar: con qué cualidades debe uno llegar a la dignidad de la prelatura, y cómo debe vivir el que a ella ha llegado debidamente, y cómo debe enseñar el que vive bien; y el que enseña bien reconozca de continuo, con la mayor reflexión posible, su flaqueza; para que ni la humildad rehúya el acceso, ni la vida impida el arribo, ni la enseñanza contradiga la vida, ni la presunción ensoberbezca la enseñanza» (Regla pastoral pr. 1: BAC 170, p. 107).

Le preocupa a Gregorio el que muchos pastores «gozándose en verse urgidos por las agitaciones humanas, se olvidan de las cosas interiores que debieran enseñar a otros» (Regla pastoral 2,7,24: BAC 170, p. 135). Es, pues, tarea primera del pastor el darse a la predicación; a ella debe entregarse con todo su esfuerzo. Una gran parte de la Regla pastoral, sobre todo las partes tercera y cuarta, ofrecen una serie de directivas para la predicación. El predicador además nunca ha olvidar que debe no solamente adaptarse al auditorio, sino también conservar su interioridad y, en la medida de lo posible, conducir a ella a sus oyentes. Si el prelado no cuida su vida interior, y esta preocupación aparece una y otra vez en los escritos del santo, «también resulta que la vida de los súbditos, claro está, se debilita, porque, al querer adelantar espiritualmente, halla en su camino el obstáculo que ofrece el ejemplo de su prelado» (Regla pastoral 2,7,24: BAC 170, p. 135). Todo buen pastor debe aspirar a ese equilibrio interior que le permita atender las necesidades de sus fieles sin olvidar por ello las suyas propias:

«Los cabellos exteriores en la cabeza significan los pensamientos de la mente, los cuales, porque nacen sin sentir sobre el cerebro, expresan los cuidados de la vida presente y que, brotando a veces importunos por negligencia del sentido, como que proceden de nosotros sin darnos cuenta. Por consiguiente, ya que todos los que presiden deben tener, es cierto, cuidados exteriores y, no obstante, no deben ocuparse de ellos con ardor, atinadamente se prohíbe a los sacerdotes raer la cabeza y dejarse crecer el cabello, para que ni alejen de sí totalmente los pensamientos carnales de la vida de los súbditos ni tampoco los dejen crecer con demasiado abandono; por eso se dice bien allí: Cortarán su cabello cortándolo con tijeras (ver Nm 6,5; Jr 13,5; 16,17-30), esto es, que provean con toda la solicitud necesaria a los cuidados temporales y, no obstante, se corten con frecuencia para que no crezcan demasiado» (Regla pastoral 2,7,27: BAC 170, pp. 138-139).

Todos los elementos más característicos de la exégesis gregoriana los hallamos en sus Moralia in Iob, comentario sobre el libro bíblico iniciado hacia el 579 en Constantinopla, y concluido en Roma, no sin una adecuada revisión para dar unidad a las diversas partes, en el año 595. Consta de 35 libros. El mismo Gregorio nos explica su método, el que ha seguido en su comentario:

«Establecemos primero los fundamentos del sentido literal (historiae); enseguida, por el sentido típico erigimos la construcción (fabricam) del alma en una fortaleza de la fe; final- mente, por la gracia del sentido moral vestimos, en cierto modo, con una capa de color el edificio» (Epístola dedicatoria de los Morales sobre el libro de Job, 3: SCh 32, p. 118).

También nos dice el santo pontífice que en su comentario «el bienaventurado Job simboliza al Redentor que vendrá con su cuerpo (la Iglesia); su esposa (de Job), que lo induce a maldecir, designa la vida de los hombres carnales (vitam carnalium), los que dentro de la santa Iglesia llevan una vida incorrecta (incorrectis moribus positi), atormentando duramente a los buenos con su vida, a quienes les están próximos por la fe... En cuanto a los amigos de Job, que consolando hieren, son figura de los herejes, que bajo la vestidura del consuelo hacen el negocio de la seducción (de las almas)... En cuanto a Eliú, que habla según el recto sentido, pero se deja llevar por los tontos discursos del orgullo, simboliza las personas arrogantes» (Prefacio a los Morales sobre el libro de Job, 15 y 19: SCh 32, pp.137 y 140).

Las homilías sobre el libro del profeta Ezequiel (Homiliae in Hiezechielem prophetam) fueron pronunciadas entre los años 593 y 594, cuando Agilulfo marcha sobre Roma (multis curis irruentibus, Praef.). «Ocho años después, a solicitud de los hermanos (los monjes de san Andrés), me preocupé en buscar las hojas (schedas) de los notarios (notariorum), y recorriéndolas, con el favor de Dios, enmendé el texto en cuanto me lo permitieron las angustias y tribulaciones» (Prefacio). Estamos, pues, frente a las notas taquigráficas de las homilías, corregidas luego por el mismo Gregorio y publicadas a petición de los monjes del monasterio que él había fundado en el Celio. Es claro que un comentario tan amplio fue el fruto de una larga preparación. De hecho, varios pasajes de estas homilías resuenan en sus Morales o en sus Homilías sobre los Evangelios. En el Praefatio afirma que su comentario es como un alimento grosero (cibus grossior) que debe conducir a saborear platos más finos, que serían los que ofrecen los bienaventurados padres Ambrosio y Agustín. Sabemos así en qué dirección buscar las fuentes de su comentario, a las que sin duda se deben unir la meditación asidua y profunda, por parte de Gregorio, del texto del Profeta.

Las Homilías sobre Ezequiel no estaban dirigidas solo a los monjes, como era el caso de los Morales, ni tampoco un auditorio amplio como era el caso de las Homilías sobre los Evangelios. En esta ocasión estaban frente al pontífice monjes (ver III, 18), a los que les di- rige directamente ciertas enseñanzas; clérigos (ver XX, 22) a quienes les da consejos para su ministerio; y laicos (ver VII, 15), que se aproximan al lugar donde enseña su pastor con el deseo de perfeccionar su formación cristiana. Ante este público Gregorio desarrolla una exégesis que se detiene poco en la letra y sentido histórico del texto de Ezequiel. Le interesa más apoyarse en los versículos bíblicos para elevarse hacia las realidades espirituales. Se trata, por tanto, de un comentario espiritual. El interés de Gregorio está muy bien sintetizado en las palabras: «Haec nobis Scriptura in tenebris vitae praesentis facta est lumen itineris» (VII, 17): “En las tinieblas de la vida presente la Escritura se hace para nosotros la luz del camino”. Las homilías están divididas en dos libros que comprenden un total de 22 sermones sobre los primeros capítulos 1-4,3) y el capítulo 40 del profeta.

Las Homiliae XL in Evangelii (Homilías sobre los Evangelios) fueron pronunciadas entre los años 590-591, y revisadas para su publicación en el 593. En el prólogo, dirigido al obispo Segundo de Tauromenio (Sicilia), dice Gregorio:

«En las sagradas solemnidades de las misas hice la exposición de cuarenta pasajes del santo Evangelio, de los que, según costumbre, suelen leerse en esta Iglesia (la de Roma) en determinados días.

Por cierto que la exposición que escribí sobre algunas fue recitada por el notario al pueblo asistente (cuando por problemas de salud no podía pronunciarlas Gregorio mismo); pero la explicación de otras la hice yo mismo de palabra ante el pueblo; y tal como yo lo decía fue reproducido por escrito. Mas, antes de que yo corrigiera detenidamente, según era mi propósito, las que yo había pronunciado, las transcribieron algunos hermanos, deseosos de estudiar la palabra divina... Así, aquel pasaje en que está escrito: Jesús fue conducido del Espíritu al desierto para que fuese tentado del diablo, es verdad que lo expuse primero de un modo ambiguo; pero más tarde con una anotación corregí esa ambigüedad. También he cuidado de poner en dos tomos esas mismas homilías en el orden en que fueron dichas y de manera que las veinte primeras, que fueron dictadas, y las otras veinte restantes, que fueron las que yo pronuncié personalmente, quedaran separadas en cada uno de los tomos. Y si bien se han antepuesto algunas que en el Evangelio se leen después, y otras, que fueron escritas anteriormente por el evangelista, se hallan pospuestas, no debes, hermano cambiarlas en modo alguno, pues tal como yo las dicté en distintos tiempos, tal fueron también colocadas en los códices por los copistas.

Así es que tú, hermano, si hallares el antes citado pasaje ex- puesto ambiguamente o encontraras que las homilías no están ordenadas como antes he dicho, ten por cierto que ellas están sin corregir y corrígelas en conformidad con las que por el presente portador he procurado enviarte; y no permitas en modo alguno que continúen sin corrección. Las editadas se guardan en el archivo de nuestra santa Iglesia, de manera que, si tal vez algunos discrepan mucho de tu fraternidad, aquí pueden hallarlas para que se aseguren por medio de las que están corregidas» (Pr.: BAC 170, pp. 535-536).

En estas homilías la interpretación alegórica es, sobre todo, de carácter moral, con una permanente tendencia a actualizar los textos en relación con la situación que viven los oyentes. Hay una fuerte llamada de atención: el fin del mundo es inminente, es necesario hacer penitencia y estar atentos, vigilantes. Además, el hecho de que ellas hayan sido poco retocadas nos permite captar toda la elocuencia de Gregorio; el modo en que dice las cosas impresiona: por esa riqueza interior que lo anima, por su capacidad para unirse a los sentimientos del que lo escucha, haciendo suyos los problemas y alegrías del Pueblo de Dios (ver, por ejemplo, Homilía 19,7: BAC 170, pp. 620-622).

Las Expositiones in Canticum canticorum (sobre el Ct 1,1-8) e In librum primum Regum (sobre 1 S caps. 1-16) nos presentan el caso de un texto que no fue redactado directamente por Gregorio, sino escrito por el monje Claudio recordando lo que el pontífice había expuesto «de viva voz». Parece indudable el hecho que son textos en los que se reconoce el estilo y pensamiento de san Gregorio. Con todo, siempre deberán utilizarse con cuidado estas expositiones, ya que no sabemos si el santo obispo las pudo revisar, siendo que él mismo sostuviera que «el sentido de algunas palabras fue modificado (por el monje Claudio) de modo muy inútil» (valde inutilius: Ep. a Juan de Ravena, citada en SCh 314, p. 23). La fecha de ambos textos es todavía fruto de controversias.

Finalmente, el texto del Sacramentario gregoriano que ha llegado hasta nosotros es una copia del enviado por Adriano I, hacia el año 785/86, a Carlomagno. Está formado por la redacción gregoriana y las «añadiduras» que entre medio habían surgido por causa de las modificaciones en los usos de la liturgia romana. También se le atribuye a Gregorio un Antiphonarium.

Copiosa fue la correspondencia del pontífice (más de 800 cartas), en ellas se refleja su inmensa tarea al frente de la sede de Pedro y sus desvelos por el bien de la Iglesia toda. Bastante raras son aquellas en las que deja traslucir sus sentimientos íntimos (ver, por ejemplo, la Ep. 9,228).

 

Los Diálogos

«Voy a darte a conocer lo que yo mismo aprendí por lo que me contaron hombres venerables, basándome en el ejemplo de la Sagrada Escritura...» (Dial. I, Pr. 10: SCh 260, p. 16).

Esta obra, que mereció ser traducida al griego y motivó que el santo fuese conocido en Oriente como Gregorio «el de los Diálogos», fue escrita entre los años 593 y 594. Fue ocasión, para su composición, un deseo de los familiares del pontífice (sus amigos e íntimos), ávidos de relatos maravillosos sobre los santos italianos. Para satisfacerlos Gregorio se preparó largamente, como sabemos era su costumbre, antes de comenzar a escribir. Los aprontes inmediatos pueden situarse en los años 590-591.

En los Diálogos predomina la narración, pero sin que esté ausente el deseo de instruir y edificar al lector. La narración de milagros se presenta como un complemento natural y casi necesario de las obras exegéticas de Gregorio. Promueve además idénticos fines: la estima por la virtud, el desprecio de sí mismo (humildad), el deseo de la vida eterna.

En el prólogo (lib. I) se señala con claridad cuál es el objeto de los Diálogos: mostrar que en Italia existieron, y existen todavía en tiempos del santo pontífice, hombres y mujeres de santa vida capaces además de realizar grandes milagros. Para ello se traen a colación ejemplos que edifican y se prueba que esos ejemplos son motivo de ánimo para los momentos de prueba que le tocaba vivir al pueblo de la península.

El diácono Pedro, con quien dialoga Gregorio, al interrumpir los relatos con sus exclamaciones de asombro, expresa una de las intenciones profundas de la obra: suscitar alegría y admiración en el lector. Esa especie de alegría contemplativa se prolonga luego en algunas reflexiones teológicas, lo que explica esas digresiones en las que ambos interlocutores se interrogan acerca del por qué y el cómo de los hechos.

El pensamiento de la muerte y los novissima se presentan al final de la serie de vidas, que son los libros primero a tercero. Corresponden así a los milagros realizados por los amigos de Dios aquí en la tierra, los que suceden en el momento de la muerte de los santos y que revelan su suerte en el «más allá».

Los Diálogos se dividen en cuatro libros: del 1 al 3 son relatos breves de las vidas de personajes santos; en cada uno de esos relatos suele narrarse alguna anécdota más o menos prodigiosa (visión, profecía, milagro); el libro 4 se dirige a quienes dudan de la vida futura y la resurrección de la carne; trata los temas doctrinales de la eternidad.

Debe decirse enseguida que el libro II está enteramente dedicado a un solo personaje: san Benito.

Casi siempre los «héroes» de la obra de Gregorio son los Patres italici (obispos, monjes, abades, sacerdotes y fieles cristianos), contemporáneos o no demasiado anteriores a la generación de Gregorio. La mayor parte de los hechos narrados pueden situarse en las provincias contiguas a Roma.

San Gregorio eligió para su obra el género del diálogo porque le permitía, a través de las interrupciones y preguntas del interlocutor (el diácono Pedro), realizar toda clase de digresiones y explicaciones de contenido doctrinal. No era propósito de Gregorio escribir una mera relación de hechos históricos, elaborada con cierto arte. Lo que hace el pontífice es aprovechar la atractiva fuerza propia del ejemplo para mover a sus lectores a la práctica generosa de la virtud. Él desea que los fieles cristianos encuentren en los Diálogos abundante materia para su edificación.

En el plan seguido por Gregorio en su obra es indudable que Benito, a quien se le dedica todo el libro II, es el héroe preferido del autor. Con el relato de su vida ha querido mostrar que el santo monje es el paradigma del cristiano. En Benito expresa Gregorio su propio ideal, y también su drama de monje cuando es llamado a la sede de Pedro. Benito es, pues un gigante entre las doce figuras que se presentan en el libro primero y las treinta y siete del tercero. Los tres primeros libros de los Diálogos forman así un tríptico dentro del cual Benito ocupa el lugar central entre los 49 personajes presentados. Es, además, el libro segundo, un relato de largo aliento, que contiene unos 40 hechos maravillosos.

El libro IV (62 caps.) es un amplio desarrollo consagrado a los temas escatológicos, es la conclusión a la que ya predisponían los finales de los otros tres libros. Puede decirse que los libros I y III son anecdóticos, mientras que los libros II y IV son sistemáticos. Y se advierte entonces con cuánto cuidado ha elaborado Gregorio esta obra. “Son cosas que he conocido por el testimonio de hombres virtuosos y dignos de confianza, cosas que he visto yo mismo” (Lib. I, Pr. 8: SCh 260, pp. 14. 16).

 


[1] Ver H. I. Marrou, Nueva historia de la Iglesia, I. Madrid 1964, pp. 446-495; M. Simonetti. La produzione letteraria latina fra romani e barbari (sec. V-VIII), Roma 1986, pp. 87-94. Cfr. asimismo la introducción a la traducción de algunas obras de Gregorio en BAC 170, Madrid 1958; H. R. Drobner, Manual de Patrología, Barcelona 1999, pp. 528 ss.; R. Trevijano Etchverría, Patrología, Madrid 1994, pp. 323 ss. (Sapientia fidei. Serie de manuales de teología, 5); A. Di Berardino (Dir.), Patrología IV. Del Concilio de Calcedonia (451) a Beda. Los Padres latinos, Madrid 2000, pp. 187 ss. (BAC 605).

[2] Ed. Sources Chrétiennes [= SCh] 32, pp. 115-116.