Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [62]

5.5. Gregorio el Grande (+ 604)

Libro segundo de los Diálogos[1]

Prólogo

1. Hubo un hombre de vida venerable, bendito por gracia y por nombre Benito, que desde su más tierna infancia tuvo la prudencia de un anciano. Adelantándose a su edad por sus costumbres, no entregó su espíritu a ningún placer sensual, sino que en esta tierra en la que por un tiempo hubiera podido gozar libremente, despreció, como ya marchito, el mundo con sus atractivos.

Nacido de una familia libre de la región de Nursia, fue enviado a Roma para estudiar las ciencias liberales. Pero al ver que en este estudio muchos se dejaban arrastrar por la pendiente de los vicios, retiró el pie que casi había puesto en el umbral del mundo, temiendo que, al adquirir un poco de su ciencia, también él fuera a caer por completo en un precipicio sin fondo. Abandonó por eso los estudios de las letras y dejó la casa y los bienes de su padre y deseando agradar sólo a Dios, buscó la observancia de una vida santa. Así se retiró, ignorante a sabiendas y sabiamente indocto.

2. No pude averiguar todos los detalles de su vida, pero lo poco que voy a narrar, lo sé por referencia de cuatro de sus discípulos: Constantino, un hombre del todo respetable que le sucedió en el gobierno del monasterio; Valentiniano, que durante muchos años dirigió el monasterio de Letrán; Simplicio, que fue el tercer superior de su comunidad; y Honorato, que aún actualmente gobierna el monasterio en el que había ingresado.

 

Capítulo 1

1. Cuando, después de haber abandonado los estudios de las letras, decidió retirarse al desierto, le siguió sólo su nodriza que lo amaba entrañablemente. Llegaron a un lugar llamado Enfide donde se detuvieron, invitados por la caridad de muchas personas honradas, y se establecieron junto a la iglesia de san Pedro. La nodriza de Benito pidió prestado a las vecinas un tamiz para limpiar trigo; lo dejó incautamente sobre una mesa, y por accidente se cayó y se partió en dos. En cuanto la nodriza volvió y lo encontró así, empezó a llorar desconsoladamente al ver roto el utensilio que había pedido prestado.

2. Pero Benito, joven piadoso y compasivo, viendo a su nodriza anegada en lágrimas, se compadeció de su dolor. Llevó consigo los dos pedazos del tamiz roto y se entregó a la oración con lágrimas. Al levantarse de la oración, encontró a su lado el tamiz tan intacto que hubiera sido imposible notar en él la menor señal de rotura. En seguida consoló cariñosamente a su nodriza y le devolvió entero el tamiz que se había llevado roto.

Toda la gente del lugar se enteró del hecho, y fue tan grande su admiración que los habitantes del pueblo colgaron el tamiz en el pórtico de la iglesia, para que todos los presentes y sus descendientes pudieran conocer con cuánta perfección el joven Benito había comenzado su vida religiosa. El tamiz quedó expuesto allí a la vista de todos durante muchos años, y hasta estos tiempos de los Longobardos estuvo colgado sobre la puerta de la iglesia.

3. Pero Benito prefería sufrir las injurias del mundo a recibir sus alabanzas, y agobiarse de trabajos por Dios antes que envanecerse por los halagos de esta vida. Huyó pues a escondidas de su nodriza y se dirigió hacia la soledad de un lugar desierto.

Benito se dirigió hacia la soledad de un lugar desierto llamado Subiaco, que dista de la ciudad de Roma unas cuarenta millas. Allí manan aguas frescas y trasparentes en tal abundancia, que primero se juntan en un extenso lago y luego se deslizan formando un río.

4. De camino, el fugitivo fue descubierto por un monje llamado Román quien le preguntó adónde iba. Al enterarse de sus aspiraciones, guardó su secreto y le prestó su ayuda; le dio el hábito de la vida monástica y lo asistió en la medida de lo posible.

Al llegar al lugar deseado, el hombre de Dios se retiró a una cueva estrechísima, en la que permaneció durante tres años, ignorado de los hombres con excepción del monje Román.

5. Román vivía no lejos de allí, en un monasterio bajo la regla del abad Adeodato; piadosamente sustraía algunas horas a la vigilancia de su abad, y en días convenidos llevaba a Benito el pan que podía quitar furtivamente de su comida. Pero desde el monasterio de Román no había ningún camino hacia la cueva, porque encima de ella, en lo alto, sobresalía una enorme roca. Por eso Román, desde la misma roca, hacía bajar el pan atado a una cuerda larguísima, a la que había sujetado también una campanilla para que, a su sonido, el hombre de Dios se diera cuenta cuándo Román le pasaba el pan, y saliera a recogerlo. Mas el antiguo enemigo, envidioso de la caridad del uno y de la refección del otro, al observar un día el pan que bajaba, arrojó una piedra y rompió la campanilla. Sin embargo, Román no dejó de ayudar a Benito con medios adecuados.

6. Pero Dios omnipotente quiso que Román descansara ya de su tarea, y que la vida de Benito se diera a conocer como ejemplo a los hombres, a fin de que la luz puesta sobre el candelero resplandeciera e iluminara a todos los que están en la casa. Cierto presbítero que vivía lejos de allí, había preparado su comida para la fiesta de Pascua. El Señor se le apareció en una visión y le dijo: “Tú te estás preparando manjares deliciosos, y en tal lugar mi siervo se ve atormentado por el hambre”. En seguida el presbítero se levantó, y en la misma solemnidad de Pascua, se puso en marcha hacia aquel lugar con los alimentos que se había preparado. Buscando al hombre de Dios a través de montañas escarpadas, valles profundos y de las hondonadas de aquellas tierras, lo encontró escondido en la cueva.

7. Rezaron juntos y bendijeron al Señor omnipotente, se sentaron y después de agradables coloquios sobre la vida eterna, el presbítero que había ido le dijo: “Levántate y comamos, porque hoy es Pascua”. El hombre de Dios le respondió: “Sé que es Pascua, porque he merecido verte”. Es que, viviendo alejado de los hombres, ignoraba que aquel día era la solemnidad de la Pascua. El venerable presbítero siguió insistiendo: “Ciertamente, hoy es el día pascual de la resurrección del Señor. De ninguna manera te conviene seguir ayunando, ya que he sido enviado con el fin de que juntos comamos los dones del Señor omnipotente”. Bendiciendo entonces a Dios, tomaron el alimento. Y así, terminada la comida y la conversación, el presbítero regresó a su iglesia.

8. Por aquel entonces, unos pastores también lo encontraron escondido en la cueva. Viéndolo por entre los arbustos y vestido con pieles, creyeron que era algún animal. Pero al conocer más de cerca al servidor de Dios, los instintos feroces de muchos de ellos se convirtieron a la virtud de la piedad. Así, su nombre se difundió por los alrededores y él, ya desde entonces, empezó a ser frecuentado por muchos. Ellos le llevaban el sustento del cuerpo, y de su boca recibían en su corazón alimentos de vida.

 


[1] Traducción castellana publicada por Ediciones ECUAM, Florida (Pcia. de Buenos Aires), 2010, pp. 21 ss.