Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [65]

6.1. San Martín de Tours (+ 397)

Traducción de la Vida de San Martín de Tours escrita por Sulpicio Severo[1]

 

I. Programa literario de la obra

1. Carta de dedicación Severo, a su carísimo hermano Desiderio.

1. Hermano de mi alma: Yo había decidido resueltamente guardarme los papeles del opúsculo que escribí sobre la vida de san Martín, y no dejarlos salir fuera de los muros de mi casa. Por naturaleza soy muy tímido, y quería evitar el juicio de la gente para que no me sucediera lo que temo que va a suceder: que mi lenguaje inculto desagrade a los lectores y me juzguen digno de reprensión por haberme puesto imprudentemente a escribir sobre una materia reservada con todo derecho a escritores de talento. Pero no pude negarme a lo que me pedías insistentemente. ¿Qué es lo que no haría por amor tuyo, aun a costa de mi modestia? 2. Por eso te entrego este trabajo confiando en que serás fiel a tu promesa de no pasarlo a nadie. Aunque temo que tú llegues a ser su puerta de salida, y una vez que salga- ya no se pueda traerlo de nuevo.

3. Si esto llegara a suceder, y ves que otros lo leen, pide a los lectores que sean indulgentes, que aprecien más el contenido que la expresión, y ya que el Reino de Dios no está en la elocuencia sino en la fe[2], sufran con paciencia un defectuoso lenguaje que quizás hiera sus oídos. 4. Recuerden también que no fueron oradores los que predicaron la salvación del mundo, lo que Dios bien podía haber dispuesto, sino pescadores.

5. Cuando me propuse en mi interior escribir la vida de san Martín pensando que era un crimen que no se conocieran las virtudes de semejante hombre, decidí no avergonzarme de los solecismos, pues nunca llegué a poseer gran ciencia literaria. Si en otro tiempo quizás algo estudié de esto. ya lo he olvidado por una prolongada falta de práctica. 6. Pero para evitar esta penosa defensa, publica si te parece esta obrita, sin poner el nombre del autor. Para esto bórralo del título del encabezamiento, dejando la página en blanco. Es suficiente que ésta diga el tema de la obra. y no el nombre del autor. Adiós, hermano venerable en Cristo, honor de todas las personas de bien y de todos los santos.

 

2. Prefacio

1,1. Muchos mortales, entregados vanamente al estudio y a la gloria del siglo, trataron de inmortalizar su propio nombre, ilustrando con su pluma vidas de hombres célebres. 1,2. Si esto no les procuraba, ciertamente, un recuerdo imperecedero, al menos conseguían algo de lo que esperaban, porque no sólo prolongaban su memoria (aunque vanamente), sino que también despertaban entre los lectores alguna emulación de los ejemplos de grandes hombres que proponían. Sin embargo, su preocupación no tenía ninguna relación con la vida eterna y bienaventurada.

1,3. En efecto, ¿de qué les sirvió la gloria que les procuraban sus escritos, y que debía perecer con el mundo? ¿O qué ganó la posteridad al leer los combates de Héctor, o la filosofía de Sócrates, puesto que no sólo es tontería imitarlos, sino una locura no combatirlos enérgicamente? Estos, que estimaban la vida humana sólo por las acciones presentes, entregaron su esperanza a las fábulas, y sus almas al sepulcro. 1,4. Creían que uno se perpetúa solamente en la memoria de los hombres, pero en realidad el deber del hombre consiste más en conseguir la vida perenne que un recuerdo perenne, y esto no escribiendo, peleando o filosofando, sino viviendo piadosa y religiosamente. 1,5. Este error humano, trasmitido por escritos, tuvo tal pujanza que consiguió hacer muchos émulos de una vana filosofía o de una estúpida fortaleza.

1,6. Me parece pues que haré una obra importante si escribo detalladamente la vida de un varón santísimo, para que esto sirva de ejemplo a otros y mueva a los lectores a la verdadera sabiduría, a la milicia celestial y a la virtud divina. Lo que nos importa no es el vano recuerdo de los hombres, sino el premio eterno de Dios. Por eso, sí acaso no vivimos de un modo tal que sirva de ejemplo a los demás, por lo menos empeñamos nuestro esfuerzo para que no quede oculto quien debería ser imitado.

1,7. Voy a comenzar pues a escribir la vida de san Martín, contando lo que hizo antes de y durante su episcopado, aunque no pueda narrar todo. Aquello de lo cual él solo fue testigo no podrá nunca conocerse porque, como no buscaba la alabanza de los hombres, ocultó cuanto pudo todas sus virtudes. 1,8. Omitimos también muchos hechos que conocemos, por parecemos suficiente narrar sólo los más importantes, para no cansar al lector multiplicándolos excesivamente. 1,9. Ruego por tanto a los que me van a leer, que den fe a las cosas que narro, y que crean que sólo he escrito lo que me era bien conocido y probado, pues hubiera preferido no escribir nada antes que afirmar una falsedad.

 

II. La milicia de Martín

(De la infancia a la conversión)

1. De niño a soldado de guardia

2,1. Martín nació en Sabaria, ciudad de Panonia, pero pasó su infancia en Italia, en Pavía. Sus padres pertenecían a un rango social no muy bajo, pero eran paganos. 2,2. Su padre fue primero soldado, y luego tribuno militar, y él siguió también en su adolescencia la carrera militar. Sirvió primero en la caballería de la guardia del emperador Constancio, y luego en la del cesar Juliano. Esto no lo hizo por propio gusto, puesto que ya casi desde los primeros años la santa infancia de este noble niño se inclinaba al servicio divino.

2,3. Cuando tenía diez años. contra la voluntad de sus padres se escapó a la iglesia y pidió ser admitido como catecúmeno. 2,4. Pronto, y de un modo extraordinario, se entregó totalmente a la obra de Dios. A los doce años ya quería vivir en el desierto, y lo hubiera hecho si su poca edad no se lo hubiera impedido. Su pensamiento sin embargo estaba siempre vuelto hacia los monasterios o hacia la iglesia, y meditaba, siendo todavía niño. lo que luego realizaría devotamente.

2,5. Por aquel entonces los príncipes habían dado un edicto ordenando que los hijos de los soldados veteranos fueran enrolados en la milicia- Entonces su padre, que no veía con buenos ojos su santa conducta, lo entregó, cuando tenía quince años, para ser recluido, aherrojado, atado con los juramentos militares. Sólo tenia un servidor que lo acompañaba y al cual él, a pesar de ser su señor, invirtiendo los papeles le prestaba servicio. A menudo le quitaba su calzado y lo limpiaba, comía con él, y frecuentemente lo servía.

2,6. Durante los casi tres años que estuvo bajo las armas antes de su bautismo, no cayó en aquellos vicios en los que generalmente cae esta clase de gente. 2,7. Tenia una gran bondad con sus compañeros de armas, junto con una admirable caridad, y una paciencia y humildad sobrehumanas. En cuanto a su frugalidad, no es necesario decir nada en su alabanza, puesto que ya en ese tiempo más parecía ser un monje que un soldado. Esto le valió que sus compañeros de armas se sintieran muy unidos a él y lo veneraran con gran afecto. 2,8. Aun antes de ser regenerado por el bautismo, ya emprendía las buenas obras que hace uno que se prepara al bautismo, a saber: asistir a los enfermos, ayudar a los desgraciados, alimentar a los pobres y vestir a los desnudos. No guardaba para sí del sueldo militar sino lo necesario para el alimento diario, y no haciéndose sordo al evangelio, no pensaba en el día de mañana[3].

 

2. La caridad de san Martín

3,1. Cierto día, no llevando consigo nada más que sus armas y una sencilla capa militar (era entonces un invierno más riguroso que de costumbre, hasta el punto de que muchos morían de frío), encontró Martín, en la puerta de la ciudad de Amiens, a un pobre desnudo. Como la gente que pasaba a su lado no atendía a los ruegos que les hacía para que se apiadaran de él, el varón lleno de Dios, comprendió que sí los demás no tenían piedad, era porque el pobre le estaba reservado a él. 3,2. ¿Qué hacer? No tenía más que la capa militar. Lo demás ya lo había dado en ocasiones semejantes. Tomó pues la espada que ceñía, partió la capa por la mitad, dio una parte al pobre y se puso de nuevo el resto. Entre los que asistían al hecho, algunos se pusieron a reír al ver el aspecto ridículo que tenía con su capa partida, pero muchos en cambio, con mejor juicio, se dolieron profundamente de no haber hecho otro tanto, pues teniendo más hubieran podido vestir al pobre sin sufrir ellos la desnudez.

3,3. A la noche, cuando Martín se entregó al sueño, vio a Cristo vestido con el trozo de capa con que había cubierto al pobre. Se le dijo que mirara atentamente al Señor y la capa que le había dado. Luego oyó al Señor que decía con voz clara a una multitud de ángeles que lo rodeaban: “Martín, siendo todavía catecúmeno, me ha cubierto con este vestido”. 3,4. En verdad el Señor, recordando las palabras que él mismo dijera: Lo que hicieron a uno de estos pequeños, a mi me lo hicieron (Mt 25,40), proclamó haber recibido el vestido en la persona del pobre. Y para confirmar tan buena obra se dignó mostrarse llevando el vestido que recibiera el pobre.

3,5. Martín no se envaneció con gloria humana por esta visión, sino que reconoció la bondad de Dios en sus obras. Tenía entonces dieciocho años, y se apresuró a recibir el bautismo. Sin embargo, no renunció inmediatamente a la carrera de las armas, vencido por los ruegos de su tribuno, con quien lo ligaban lazos de amistad. Pues este prometía renunciar al mundo una vez concluido el tiempo de su tribunato. Martín, en suspenso ante esta expectativa, durante casi dos años después de su bautismo continuó en el ejército, aunque sólo de nombre.

 

3. Martín obtiene su retiro de Juliano

4,1. Por aquel tiempo los bárbaros invadían las Gallas. El cesar Juliano reunió al ejército en la ciudad de los Vangios, y comenzó allí a distribuir una gratificación a los soldados. Como era costumbre, los llamaba uno por uno. Cuando le tocó el turno a Martín 4,2. creyó éste que había llegado el momento oportuno de pedir su baja, pues pensaba que no era honesto recibir la gratificación ya que tenía la intención de no seguir en el ejército. Dijo entonces al César: 4,3. “Hasta este momento he estado a tu servicio, permíteme ahora que sirva a Dios. Que reciba tu gratificación aquel que va a pelear, pero yo soy soldado de Cristo, y no me es lícito combatir”. 4,4. El tirano se indignó al oír estas palabras, y le respondió que si no quería luchar no era a causa de su religión sino porque tenía miedo del combate que se iba a entablar al día siguiente. 4,5. Martín, intrépidamente, y con mayor firmeza aún porque lo querían atemorizar, contestó: “Si crees que obro así por cobardía y no a causa de mi fe, mañana me presentaré desarmado delante del ejército, y en el nombre del Señor, protegido, no por escudo o casco sino por el signo de la cruz, penetraré incólume en las líneas enemigas”. 4,6. Entonces se ordenó que lo pusieran bajo guardia para asegurarse de que iba a cumplir lo que había prometido, y que se presentaría desarmado ante los bárbaros. 4,7. Al día siguiente, los enemigos enviaron parlamentarios para negociar la paz, y se entregaron ellos con todo su bagaje. ¿Cómo dudar que esta fue una victoria del bienaventurado varón, a quien se le concedió el no tener que presentarse desarmado a la batalla? 4,8. Y si es cierto que el piadoso Señor hubiera podido salvar a su soldado aun entre las espadas y flechas del enemigo, sin embargo, para que ni siquiera la mirada del santo fuera ultrajada al ver la muerte de otros, lo eximió de asistir al combate. 4,9. Cristo, en efecto, le concedió la victoria de la sumisión incruenta del enemigo, sin que nadie muriera.

 


[1] Traducción del P. Pablo Saenz (+), osb, monje de la Abadía San Benito de Luján. La presente versión castellana fue realizada a partir del texto latino editado por J. FONTAINE en la colección Sources Chrétiennes, nº 133, Paris, 1967, pp. 248-316.

[2] Cf. 1 Co 4,20.

[3] Cfr. Mt 6,34.