Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [66]

6.1. San Martín de Tours (+ 397)

Traducción de la Vida de San Martín de Tours escrita por Sulpicio Severo (continuación)

 

III. Discípulo de Hilario

(De la conversión al obispado)

1. De Poitiers a Milán

5,1. Cuando dejó el ejército fue a encontrarse con san Hilario, obispo de Poitiers, cuya creencia, en lo que respecta a las cosas de Dios, era respetada y conocida en ese tiempo, y se quedó con él. 5,2. Hilario intentó, confiriéndole el diaconado, vincularlo más estrechamente a sí, y a la vez ligarlo al servicio divino, pero Martín rehusó repetidas veces clamando que era indigno. Entonces el obispo, hombre de espíritu profundo, se percató de que sólo sería posible retenerlo si le confiaba un oficio que pudiera tener algo de humillante. Le propuso entonces ser exorcista, Martín no rechazó esta ordenación para que no se pensara que la rehusaba por ser demasiado humilde. 5,3. Poco después le fue comunicado en sueños que debía visitar con religiosa solicitud a su patria y a sus padres, que eran todavía paganos. Partió pues con el consentimiento de san Hilario, quien le rogó encarecidamente con muchas lágrimas que regresara. Cuentan que emprendió este viaje lleno de tristeza, anunciándoles a los hermanos que debía padecer mucho, lo que en efecto se comprobó con los hechos.

5,4. Para comenzar, se perdió en los Alpes, y cayó en manos de ladrones. Cuando uno de ellos levantaba el hacha para asestar un golpe a su cabeza, otro detuvo la diestra del que iba a herirlo. Le ataron las manos a la espalda y encomendaron a uno de ellos que se hiciera cargo de él y lo despojara. Este lo llevó aparte y le preguntó quién era. Respondió Martín que era cristiano. 5,5. El ladrón le preguntó si tenía miedo, a lo que respondió Martín con gran firmeza que nunca se había sentido tan seguro porque la misericordia de Dios lo asistía especialmente en las pruebas, pero en cambio le apenaba mucho que su interlocutor fuera indigno de la misericordia de Cristo, puesto que vivía como ladrón. 5,6. Comenzó pues a exponer la doctrina evangélica y a predicar la palabra de Dios al ladrón. ¿Para qué detenerme más? El ladrón creyó, y acompañando a Martín lo puso en camino, pidiéndole que orara por él al Señor. En lo sucesivo también al ladrón se lo vio llevar una vida piadosa, hasta tal punto que según se cuenta, la anécdota que acabamos de referir se la oyeron a él mismo.

 

2. Martín en Italia y en el Ilírico

6,1. Martín prosiguió su camino. Ya había pasado Milán cuando el diablo, tomando apariencia humana, se le presentó y le preguntó a dónde iba- Martín te respondió que iba a donde Dios lo llamaba, a lo que el otro repuso: 6,2. “A donde vayas, y en cualquier cosa que intentes, el diablo se te opondrá”. Entonces Martín le contestó con las palabras del Profeta: El Señor es mi auxilio, no temo lo que pueda hacerme el hombre (Sal 117,6; Hb 13,6). Y al momento el enemigo desapareció de su vista.

6,3. Tal como lo había concebido en su interior, Martín consiguió liberar a su madre del error del paganismo, pero su padre perseveró en el mal. En cambio, salvó a muchos con su ejemplo.

6.4. La herejía arriana pululaba por todo el mundo, y especialmente en el Ilírico. Allí Martín fue casi el único en oponerse enérgicamente a la fe corrupta de los sacerdotes, lo que le valió sufrir muchos malos tratos, pues fue azotado públicamente con varas y finalmente expulsado de la ciudad. Volvió a Italia. Allí se enteró de que en las Gallas los herejes también habían obligado a san Hilario a partir al exilio, lo que había conmovido a la Iglesia. Entonces se instaló en Milán, en una ermita. Allí también Auxencio, el principal fautor de los amaños, lo persiguió encarnizadamente y lo expulsó de la ciudad cubriéndolo de injurias.

6,5. Pensando que debía ceder a las circunstancias, se retiró a una isla llamada Gallinaria en compañía de un presbítero, hombre de gran virtud. Allí vivió un tiempo alimentándose con las raíces de las plantas. Fue por entonces cuando comió eléboro, planta que según dicen es venenosa. 6,6. Al sentir el efecto del veneno, y que se aproximaba la muerte, alejó el inminente peligro con la oración, y al instante desapareció todo dolor. 6,7. No mucho después supo que el rey, arrepentido, había dado autorización a san Hilario para volver. Trató entonces de encontrarse con él en Roma, y partió para esa ciudad.

 

3. Martín en Poitou

7,1. Como Hilario ya se había ido, siguió sus pasos hasta Poitiers, donde fue acogido por aquél con gran regocijo. Allí, no lejos de la ciudad, instaló su ermita. Por aquel tiempo fue a vivir con él un catecúmeno que deseaba ser instruido en el modo de vida del santo varón. Pero sucedió que a los pocos días cayó enfermo con mucha fiebre, 7,2. justamente cuando Martín estaba ausente. Cuando a los tres días volvió, halló su cuerpo exánime, y tan repentina había sido la muerte que había fallecido sin el bautismo. Los hermanos, rodeando el cuerpo, le prodigaban los últimos cuidados, en el momento en que, llorando y gimiendo, llegó Martín. 7,3. Entonces, llena el alma del Espíritu Santo, mandó salir a todos de la celda donde yacía el cuerpo, echó cerrojo a las puertas, y se extendió sobre los miembros inanimados del hermano difunto. Después de entregarse un tiempo a la oración, el Espíritu le hizo sentir la presencia de la virtud del Señor. Se levantó entonces un momento, y mirando el rostro del difunto esperaba confiadamente ver el efecto de su oración y de la misericordia de Dios. Después de casi dos horas, vio que el difunto movía poco a poco todos sus miembros, y que parpadeando abría los ojos para ver. 7,4. Entonces dirigiéndose al Señor en alta voz llenó la celda con un gran clamor de acción de gracias. Al oír esto, los que estaban a la puerta entraron inmediatamente y vieron vivo, ¡oh maravilloso espectáculo!, al que habían dejado muerto.

7,5. Así pudo recibir el bautismo aquel que había vuelto a la vida. Después de esto vivió muchos años más, y él fue el primero que nos proporcionó argumento y testimonio de las virtudes de Martín. 7,6. Acostumbraba contar que cuando dejó el cuerpo fue conducido al tribunal del Juez, donde recibió una penosa sentencia que lo relegaba a vivir en regiones sombrías con gente villana. En ese momento, dos ángeles le hicieron observar al Juez que ese hombre era aquel por quien Martín oraba. Entonces se mandó a los mismos ángeles que lo condujeran y que lo devolvieran a Martín con la vida que tenía antes. 7,7. A partir de este hecho comenzó a refulgir el nombre de este santo varón de modo tal que, si antes lo tenían-por santo, ahora lo consideraban como un poderoso y verdadero apóstol.

8,1. No mucho después, al pasar por el campo de un tal Lupicino, un notable de este mundo, fue recibido por el clamor y el llanto de un gentío que se lamentaba. 8,2. Aproximándose presuroso preguntó qué era aquel llanto, y le dijeron que un pequeño esclavo de ¡a casa se había quitado la vida ahorcándose con una soga. Al saberlo, fue a la habitación donde yacía el cuerpo, y haciendo salir a toda la gente, se extendió sobre él y oró unos momentos. 8,3. Enseguida el difunto se incorporó mirándolo con el semblante reanimado, pero con ojos desfallecientes. Con un penoso esfuerzo trató de levantarse y se puso de pie apoyándose en la diestra del santo varón; y así avanzó con él hasta el vestíbulo de la casa, ante la mirada atenta de la gente.

 

IV. Obispo de Tours

(Un pastor monje y taumaturgo)

1. Una elección agitada

9,1. Aproximadamente por ese tiempo ya se lo postulaba para el obispado de la Iglesia de Tours, pero no era nada fácil arrancarlo de su monasterio. Entonces un tal Rústico, ciudadano de Tours, fingió que su mujer estaba enferma, y rogándole postrado que fuera a verla, consiguió hacerlo salir. 9,2. La gente de la ciudad, que ya se había apostado en el camino, lo condujo custodiado a la ciudad. Fue extraordinario: una multitud increíble de personas, no sólo de la ciudad sino también de los pueblos vecinos, había venido a volar. 9,3. Todos querían lo mismo, y unánime fue su parecer y su deseo: que Martín era el más digno del episcopado, que sería feliz la Iglesia que tuviera un obispo semejante.

Un pequeño grupo de obispos de los que habían sido llamados para instalar al prelado, se oponían impíamente alegando que Martín era una persona ordinaria, que era indigno del episcopado un hombre con un exterior despreciable, con los vestidos sucios y los cabellos desgreñados. 9,4. Pero el pueblo, juzgando más sanamente, pensó que era ridícula la demencia de aquellos que al querer vituperar al ilustre varón lo ensalzaban. En consecuencia, no pudieron hacer otra cosa sino lo que el pueblo quería inspirado por la voluntad del Señor.

Entre los obispos presentes, el principal opositor se llamaba Defensor. Fue notable que éste recibiera una seria admonición en la lectura misma de un versículo del Profeta. 9,5. Pues sucedió accidentalmente que el lector que debía ejercer su oficio ese día no pudo acercarse a causa de la multitud. Los ministros estaban molestos esperando al que no llegaba. Entonces uno de los presentes tomó el salterio y arremetió con el primer versículo que encontró. 9,6. Era el salmo que dice: Por la boca de los niños y de los lactantes te hiciste una alabanza frente a tus enemigos, para destruir al enemigo y al defensor (Sal 8,3). Al oír esto, el pueblo alzó la voz, y la parte adversaria quedó confundida. 9,7. La gente pensó que si se había leído este salmo. había sido por designio divino, para que Defensor oyera un testimonio sobre sus obras. De la boca de los niños y de los lactantes el Señor había sacado una alabanza para la persona de Martín, y al mismo tiempo había descubierto y destruido al enemigo.

 

2. Martín fundador y abad de Marmoutier

10,1. No sabríamos decir cuan ejemplar fue la conducta de Martín después de su elevación al episcopado, ni cuánta grandeza reveló. En efecto, siguió siendo fidelísimamente el mismo de siempre, 10,2. Tenía la misma humildad de corazón, la misma pobreza en su modo de vestir. Desempeñaba su dignidad episcopal lleno de autoridad y de gracia, mas sin olvidar su profesión y sus virtudes monásticas.

10,3. Durante un tiempo vivió en una celda junto a la iglesia-pero luego, como no podía soportar la inquietud que le causaban los visitantes, se instaló en una ermita distante casi dos millas de la ciudad. 10,4. Este lugar era tan oculto y retirado que ya no añoraba la soledad del desierto. La roca escarpada de un alto monte lo protegía por un lado, y un pequeño meandro del río Loira rodeaba el resto del terreno dejando solo una angosta entrada. Martín mismo se había construido allí una celda de troncos, 10,5. como muchos de sus hermanos. La mayor parte, en cambio, se habían excavado un refugio en la roca del monte que dominaba sobre ellos.

Había cerca de ochenta discípulos que se formaban siguiendo el ejemplo del santo maestro. 10,6. Nadie tenía nada propio, sino que todo era puesto en común, y a nadie le era lícito comprar o vender, como algunos monjes hacen habitualmente. Allí no se ejercía arte alguna, salvo la de los copistas, que estaba a cargo de los monjes más jóvenes, pues los mayores se dedicaban a la oración. 10,7. Raramente salían de su celda, excepto para reunirse en el lugar de oración. Todos tomaban juntos su alimento después de la hora en que termina el ayuno. 10,8. Nadie tomaba vino sino aquel a quien la enfermedad lo obligaba. Muchos vestían con piel de camello; llevar un vestido más refinado era considerado falta grave. Lo más admirable era que había entre ellos muchos nobles, los cuales, aunque habían recibido una educación muy diferente, se habían plegado a esta vida de humildad y de paciencia. Hemos visto a muchos de ellos que luego fueron hechos obispos. 10,9. ¿Qué ciudad, en efecto, no deseaba tener un pontífice salido del monasterio de Martín?

 

3. Un falso mártir desenmascarado

11,1. Para ilustrar las otras virtudes que practicó durante su episcopado, narraré lo que sigue. No lejos de un pueblo cercano al monasterio había un lugar que la gente veneraba como sagrado, por suponer erróneamente que allí había mártires enterrados. 11,2. Se hallaba allí, efectivamente, un altar que se creía erigido por obispos de otro tiempo. Martín no aceptó esto a la ligera, e inquirió a los presbíteros y clérigos de más edad el nombre del mártir y la fecha de su pasión. Mucho se preocupó al saber que los mayores no recordaban nada seguro al respecto. 11,3. Por un tiempo se limitó a no concurrir a ese lugar, pero no prohibió su culto. Estaba indeciso y no quería convalidar con su autoridad la creencia popular, para que no creciera la superstición. Pero un día fue al lugar acompañado de unos pocos hermanos. 11,4. Allí, de pie sobre el mismo sepulcro, rogó al Señor que le mostrara quién era el que estaba allí sepultado. Al volverse luego hacia la izquierda, vio Junto a sí una sombra repugnante y terrible. Mandó entonces a ésta que le dijera su nombre y su pecado, y ella dijo su nombre y confesó su crimen. Había sido un ladrón ejecutado por sus fechorías, al que la gente veneraba por error. Nada tenia en común con los mártires, pues ellos gozaban de la gloria, y él pagaba su pena. 11,5. Cosa extraordinaria: los presentes oían la voz del que hablaba, pero no veían a nadie. Entonces Martín les contó lo que veía. Mandó luego retirar el altar de aquel lugar, y así libró al pueblo del error de esta superstición.