Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [67]

6.1. San Martín de Tours (+ 397)

Traducción de la Vida de San Martín de Tours escrita por Sulpicio Severo

 

V. Conversión de los paganos

(Duelo taumatúrgico con el paganismo de las campiñas galo-romanas)

1. Entierro pagano detenido

12,1. Tiempo después sucedió que yendo por un camino se encontró con un funeral supersticioso que conducía el cuerpo de un pagano a su sepultura. Viendo de lejos el gentío que venía, y no sabiendo qué era, se detuvo un poco, pues estaba a unos quinientos pasos y le era difícil darse cuenta de qué era lo que se acercaba. 12,2. Pero cuando distinguió a un grupo de campesinos, y vio los paños que estaban sobre el cadáver y que el viento hacía tremolar, creyó que se trataba de un rito de sacrificios paganos, porque los campesinos galos tenían la triste costumbre de llevar en procesión por los campos los ídolos de los demonios cubiertos de paños blancos. 12,3. Hizo entonces sobre ellos la señal de la cruz, y ordenó al gentío no moverse del sitio donde estaban y dejar lo que llevaban. Y, cosa extraordinaria, se vio que los desgraciados primero se quedaban rígidos como roca, 12,4. y luego, intentando con gran esfuerzo avanzar sin conseguirlo, giraban ridículamente sobre sí mismos, hasta que vencidos dejaban caer el cuerpo. Atónitos, mirándose entre sí, discurrían en silencio sobre lo que les sucedía. 12,5. Pero cuando el santo varón se dio cuenta de que esa agrupación no era una procesión idolátrica sino un entierro, levantó de nuevo la mano y les permitió seguir y llevar el cuerpo. Así pues, cuando quiso los detuvo, y cuando le pareció bien los dejó seguir.

 

2. El desafío del pino volteado

13,1. En cierta ocasión Martín había destruido un templo pagano. Pero cuando luego quiso cortar un pino que estaba cerca de aquel, el sacerdote y la gente pagana del lugar se opusieron. 13,2. Por voluntad del Señor no habían hecho resistencia cuando se destruyó el templo, pero no toleraban ahora que cortaran el árbol. Martín les explicaba con insistencia que ese árbol no tenía nada de sagrado, que tenían que seguir al Dios que él servía, y que había que cortar el árbol porque había sido dedicado al demonio.

13,3. Entonces el más audaz de ellos le dijo: “Si tienes algo de confianza en el Dios que tú dices que adoras, nosotros mismos cortaremos el árbol con tal que tú lo recibas cuando caiga. Si tu Dios está contigo, no te pasará nada”. 13,4. Entonces Martín, confiando intrépidamente en el Señor, prometió hacerlo. Todo el gentío pagano aceptó este desafío, resignándose a sacrificar el árbol con tal que éste aplastara en su caída al enemigo de sus ritos.

13,5. Como el pino estaba inclinado hacía un lado, y era seguro que al cortarlo caería hacia allí, se lo puso a Martín atado, como querían los paisanos, en el lugar donde nadie dudaba que caería el árbol.

13,6. Se pusieron enseguida a cortar el árbol con gran gozo y alegría. Una turba de espectadores se mantenía a distancia. El pino comenzó poco a poco a oscilar, y ya amenazaba desplomarse. 13,7. Los monjes, desde lejos, palidecían y estaban aterrados por el peligro inminente que corría Martín. Ya habían perdido toda esperanza y fe, y sólo aguardaban su muerte. 13,8. Pero él. confiando en el Señor, esperaba intrépido.

El pino dejó oír un crujido y comenzó a derrumbarse. Ya caía y se desplomaba sobre Martín cuando éste, levantando la mano hacia él, trazó la señal de la cruz. Entonces, rechazado hada atrás como por un huracán cayó hacía el lado opuesto, de tal modo que casi aplastó a los campesinos que se habían ubicado en lugar seguro. 13,9. Entonces se elevó al cielo un gran clamor: los campesinos se admiraban del milagro y los monjes lloraban de alegría, y todos alababan el nombre de Cristo. Claramente se comprobó aquel día que la salvación había llegado a esa región[1]. No hubo casi nadie de esa multitud que no creyera en el Señor Jesús y pidiera la imposición de las manos, abandonando el error de la impiedad.

Antes de que llegara Martín a esas regiones, pocos o casi nadie habían recibido el nombre de Cristo. Pero tanto fue el poder de las virtudes y el ejemplo de Martín que ya no se encuentra lugar donde no haya numerosas iglesias o ermitas, pues cuando destruía los templos paganos, enseguida los reemplazaba construyendo iglesias o ermitas.

 

3. Incendio y destrucción de templos paganos

14,1. Por ese tiempo demostró Martín poseer una gran virtud para realizar esa clase de obras. En cierto pueblo le había prendido fuego a un antiguo y célebre templo pagano. El viento había comenzado a llevar torbellinos de llamas a una casa vecina que estaba prácticamente unida al edificio del templo. 14,2. Cuando Martín lo advirtió, corrió rápidamente, se subió al techo de la casa y salió al encuentro de las llamas que llegaban. Entonces, de modo maravilloso, se pudo ver cómo el fuego se volvía contra la fuerza del viento y se entablaba como una lucha entre los dos elementos que combatían entre sí. De este modo, por el poder de Martín, el fuego actuó solamente donde él lo mandó.

14,3. Así también cuando quiso destruir un templo que la superstición pagana había cargado de riquezas, en un pueblo llamado El Leproso (Levroux), se le opuso una muchedumbre de paganos. Rechazado no sin violencia, 14,4. tuvo que retirarse a las afueras. Allí pasó tres días vestido de cilicio y cubierto de ceniza, ayunando y orando constantemente, y pidiéndole al Señor que la virtud divina derribara aquel templo que la mano del hombre no había podido destruir. 14,5. De pronto se le aparecieron dos ángeles armados de lanza y escudo como dos soldados del cielo, y le dijeron que los enviaba el Señor para poner en fuga a la multitud de paganos y defender a Martín, para que nadie le impidiera destruir el templo. El debía terminar fielmente la obra que había comenzado. 14,6. Fue así como volvió al pueblo, y ante una multitud de paganos que lo miraban inmóviles, destruyó hasta los cimientos el edificio profano, y redujo a polvo los altares y las imágenes. 14,7. Los campesinos, al darse cuenta de que era el poder de Dios el que los había hecho permanecer estupefactos sin oponerse al obispo, llenos de temor, creyeron casi todos en el Señor Jesús, y confesaron en alta voz y abiertamente que había que dar culto al Dios de Martín y desechar los ídolos, incapaces de socorrerse a sí mismos.

 

4. Los asesinos descubiertos

15,1. Voy a contar lo que sucedió en el pago de los eduos. Mientras Martín destruía otro templo, una multitud de campesinos paganos se arrojó furiosa sobre él. Cuando uno de ellos, más audaz que los otros, lo amenazaba con una espada, Martín, quitándose el manto, ofreció al golpe su cerviz descubierta. 15,2. El pagano no dudó en herirlo, pero al levantar demasiado la diestra, cayó hacia atrás. Entonces, consternado por el temor divino, pidió perdón.

15,3. Semejante al recién narrado es este otro hecho. Un día en que estaba destruyendo unos ídolos, un individuo intentó atacarlo con un cuchillo, mas al instante el cuchillo fue arrancado de tas manos del agresor y desapareció.

15,4. Pero lo más frecuente era que, cuando los campesinos se oponían a que destruyera sus templos, calmara los ánimos de los paganos con una santa predicación, y cuando les mostraba la luz de la verdad, eran ellos mismos los que destruían sus templos. 

 

VI. La gracia de hacer curaciones

(Lucha contra las enfermedades y la posesión)

1. Curación de la paralítica de Tréveris

16,1. La gracia que tenía para curar era tan poderosa que casi ningún enfermo acudía a él sin que recobrara al instante la salud. Esto se verá en el caso siguiente. 16,2. Una muchacha de Tréveris estaba enferma de parálisis. Hacía mucho tiempo que su cuerpo estaba impedido de cumplir con las funciones vitales, y como si estuviera medio muerta, apenas palpitaba en ella un soplo de vida. 16,3. Sus parientes cercanos la acompañaban con dolor, esperando solamente su muerte, cuando de pronto se anunció la llegada de Martín a aquella ciudad. Cuando el padre de la muchacha lo supo, corrió hasta quedar sin aliento, a rogarle por su hija. 16,4. Martín ya había entrado a la iglesia. Allí, ante la mirada del pueblo y de muchos otros obispos presentes. el anciano abrazó sus rodillas sollozando y le dijo: “Mi hija muere de una enfermedad terrible, más cruel que la misma muerte. Sólo tiene un hálito de vida, pues su carne está como muerta. Te ruego que vayas y la bendigas, pues creo que gracias a ti le será devuelta su salud”. 16,5. Ante estas palabras, Martín se sintió confundido y trató de excusarse diciendo que no estaba en su poder lo que le pedía, que el anciano no sabía lo que decía, que no era digno de que Dios mostrara su virtud por él. Pero el padre perseveraba llorando con más vehemencia y rogando que visitara a la moribunda, 16,6. Por fin, instado a ir por los obispos presentes, bajó a la casa de la muchacha. Una gran multitud estaba ante las puertas para ver qué iba a hacer el siervo de Dios. 16,7. El, recurriendo a las armas que le eran familiares en estas circunstancias, se postró en el suelo en oración. Después mirando a la joven pide que traigan aceite. Entonces lo bendijo y luego derramó la virtud de este santo brebaje en la boca de la niña, la cual recobró al instante la palabra. 16,8. Luego, progresivamente, a su contacto se fueron sanando sus miembros, hasta que se incorporó y se puso de píe en presencia del pueblo.

 

2. Liberación de tres posesos

17,1. En ese tiempo un esclavo de un tal Tetradio, personaje proconsular, estaba poseído por un demonio que lo atormentaba con dolores terribles. Pidieron a Martín que le impusiera las manos, y éste mandó llamarlo. Pero fue imposible sacar de la celda al espíritu maligno, que atacaba a dentelladas furiosas a los que se acercaban. 17,2. Tetradio cae entonces de rodillas ante el santo varón pidiéndole que baje a la casa donde tenían al endemoniado. Martín responde que no puede ir a casa de un infiel y pagano 17,3. (porque es de saber que Tetradio. en ese tiempo, estaba todavía envuelto en el error del paganismo). Pero éste prometió que si su esclavo era librado del demonio, se haría cristiano. 17,4. Martín impuso entonces las manos al esclavo y arrojó de él al espíritu inmundo. Al ver esto Tetradio creyó en el Señor Jesús, y al instante se hizo catecúmeno, y no mucho después fue bautizado. Y siempre guardó hacia Martín un gran afecto, considerándolo como el autor de su salvación.

17,5. Por ese mismo tiempo y en el mismo pueblo, un día Martín iba a entrar en la casa de un padre de familia, cuando al llegar al umbral de la puerta se detuvo diciendo que veía un horrible demonio en el atrio de la casa. Le ordenó entonces que se fuera, pero el demonio tomó posesión del cocinero del padre de familia, que se hallaba en el interior de la casa. El miserable comenzó a agredir con los dientes y a herir a los que encontraba. La casa se estremeció, los esclavos se asustaron, la gente se escapó. 17,6. Martín se presenta al furioso y le ordena inmediatamente que se detenga, pero el otro rechinando los dientes y abriendo la boca amenazaba morderlo. Entonces Martín le metió los dedos en la boca y le dijo: “Si tienes algún poder, devóralos”. 17,7. El poseso, como si le hubieran metido en la boca un hierro candente, apartaba sus dientes de los dedos del santo varón para no tocarlos. Y como el demonio se viera forzado a abandonar el cuerpo del poseso por estos castigos y torturas, y no podía salir por la boca, fue expulsado por el flujo del vientre, dejando tras sí restos repugnantes.

18,1. Entre tanto había cundido repentinamente la noticia de que se acercaba una invasión de los bárbaros, y la ciudad estaba alarmada. Martín mandó llamar a su presencia a un endemoniado y le ordenó que confesara si esa noticia era verdadera. 18,2. Entonces el demonio confesó que él Junto con otros diez demonios que estaban con él habían hecho correr ese rumor entre la gente para que Martín se asustara y se fuera del pueblo, pero que en realidad los bárbaros ni pensaban hacer una invasión. Como el espíritu inmundo hizo esta confesión en plena iglesia, la ciudad se vio libre de este temor y esta zozobra.

 

3. Cuatro curaciones notables

18,3. Entrando en París acompañado de una gran multitud, al pasar por la puerta de esta ciudad besó y bendijo a un miserable leproso que tenía una cara que causaba horror a todos. Al instante el leproso quedó totalmente libre de su mal. 18,4. Al día siguiente fue a la iglesia a dar gracias por la salud recobrada, y tenía la piel inmaculada. No debemos dejar de contar que a menudo trocitos del vestido o cilicio de Martín obraron curaciones. 18,5, Atados a los dedos o aplicados al cuello de los enfermos, curaban frecuentemente la enfermedad que padecían.

19,1. Así fue como un antiguo prefecto llamado Arborio, alma santa y fiel, que tenía una hija gravemente enferma de fiebre cuartana, como le llegara a sus manos una carta de Martín, la aplicó al pecho de la muchacha cuando estaba en pleno acceso de fiebre, y ésta al instante desapareció. 19,2. Ello impresionó tanto a Arborio que al momento ofreció la niña a Dios y la consagró a perpetua virginidad. Fue a ver a Martín y le presentó a la joven que aquel había curado estando aún ausente, como testimonio viviente de su virtud, y no consintió que nadie sino Martín le impusiera el hábito de las vírgenes y la consagrara.

19,3. Paulino, aquel varón que debía ser luego un ejemplo tan preclaro, comenzó a padecer gravemente de un ojo, y una nube muy compacta cubría enteramente la pupila. Martín le tocó el ojo con un pequeño pincel y le restituyó la prístina salud, quitándole todo dolor. 19,4. El mismo en cierta ocasión se cayó de una pieza alta al rodar por los peldaños irregulares de la escalera, y recibió muchas heridas. Yacía en la celda postrado, en medio de grandes dolores, cuando por la noche un ángel pareció lavarle las heridas y ungir con un bálsamo saludable las contusiones de su cuerpo magullado. Al día siguiente estaba tan sano, que nadie hubiera creído que había sufrido accidente alguno.

19,5. Pero sería largo relatar todos los casos. Baste haber citado estos pocos ejemplos elegidos entre muchos. Séanos pues suficiente no ocultar la verdad de los más notables, y evitar el cansancio que causaríamos con su multiplicación.

 


[1] Cf. Lc 19,9.