Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [7]

1.1. Antonio el Grande (hacia 250-356)

En su lecho de muerte, acompañado por dos de sus discípulos[1], san Antonio hace su testamento espiritual, diciéndoles:

“Yo ciertamente, como está escrito, me voy por el camino de los Padres (cf. Jos 23,14; 1 R 2,2), porque veo que el Señor me llama. Pero ustedes velen y no se dejen robar su larga ascesis, sino que, como si comenzaran ahora, tengan cuidado de conservar su ardor. Conocen las trampas de los demonios, saben qué feroces son, pero qué débil (es) su fuerza. Por tanto, no les teman, sino más bien respiren siempre a Cristo[2] y crean en Él. Y vivan como si debieran morir cada día (cf. 1 Co 15,31), estén atentos a ustedes mismos (cf. Dt 4,9) y acuérdense de las exhortaciones que oyeron de mí”[3].

San Antonio amonesta a sus discípulos para que no teman a los demonios y crean en el Señor Jesús, y en medio de estas dos recomendaciones hallamos esa hermosa sentencia: Respirar siempre a Cristo[4].

Se trata ante todo de una llamada a la confianza, a vivir en la firmeza y la certeza de que Jesucristo nos salva. Pero cabe preguntarse qué entiende más exactamente Antonio por “respirar a Cristo”. Y para ello también tratar de determinar si esa expresión es del mismo abba Antonio, o de su biógrafo.

De hecho, la encontramos ya, aunque con en una forma distinta, en Clemente de Alejandría:

“... Pensar y ser sobrio con moderación, buscar sólo a Dios, respirar a Dios y ser conciudadano de Dios...”[5].

Y después más exactamente en Orígenes:

“Los amigos de Dios respiran continuamente a Cristo, teniéndolo ante sus ojos”[6].

San Atanasio la utiliza asimismo en una carta a los obispos africanos del 338, para subrayar cómo los padres de Nicea “exhalan [spirano] las Escrituras”[7].

«Por tanto, Clemente, Orígenes, Atanasio, se colocan en una tradición que presenta sucesivamente a Dios, a Cristo, a las Escrituras, como objeto, si se puede decir así, de “mística inspiración”...»[8].

Sin embargo, aunque la expresión, en la forma en que aparece en la Vita Antonii, proceda de la tradición alejandrina, no puede excluirse que responda igualmente a un aspecto importante de la vida y enseñanzas de san Antonio.

Así nos lo confirma, a mi entender, el siguiente texto de la VA, que también hallamos reproducido en los apotegmas atribuidos al santo abba:

“Como los peces mueren cuando pasan (mucho) tiempo sobre la tierra seca, igualmente los monjes al entretenerse con ustedes (los seculares) y demorarse con ustedes se relajan. Por tanto, es necesario que, como el pez hacia el mar, también nosotros nos apresuremos hacia la montaña, para no olvidar, al pasar el tiempo, las cosas interiores”[9].

En la VA “respirar siempre a Cristo” es vivir permanentemente “de su aire”. El monje no puede subsistir si no está continuamente respirando Cristo: su palabra -principalmente el Evangelio-, el ejemplo de su vida -imitando sobre todo su lucha con el Maligno-, no olvidándolo en ningún momento -la memoria Christi o memoria Dei-.

Baste aquí con recordar dos momentos de la VA que ilustran esta afirmación: ante todo el de su conversión, al escuchar justamente al Señor que lo invita a dejar todo para seguirlo, y esto por dos veces[10]; y luego aquel otro en que exhausto por sus combates contra el demonio, Antonio se siente tentado de dudar de la presencia de Cristo en su vida:

«“¿Dónde estabas? ¿Por qué no te manifestaste desde el comienzo para poner fin a mis dolores?”. Y una voz llegó hasta él: “Antonio, yo estaba ahí, pero esperaba, para ver tu combate. Porque te has mantenido y no has sido vencido, seré siempre tu defensor y te haré renombrado por todas partes”»[11].

Respirar siempre a Cristo es, por tanto, escuchar su palabra y confiar, creer, en Él. Éste es el fundamento de la vida cristiana, sentido de modo muy fuerte en el monacato cristiano, ya desde sus inicios, como no podía ser de otra manera.

 


[1] Paladio de Helenópolis (+ hacia 431), Historia Lausíaca, 21,1 (PG 34,1073A), nos dice que sus nombres eran Macario y Amatas.

[2] Ton Christon aei anapneete.

[3] Atanasio de Alejandría (+ 373), Vida de san Antonio (= VA), 93,2-3; SCh 400, Paris 1994, pp. 368-369.

[4] En la versión latina de Evagrio de Antioquía el mismo pasaje es traducido por: Christum suspirate.

[5] ¿Qué rico se salva? 26,6; Fuentes Patrísticas, n. 24, Madrid, Ed. Ciudad Nueva, 2010, p. 278.

[6] Comentario a las Lamentaciones (4,20), Fr. 116; Die griechischen christlichen Schriftsteller der ernsten drei Jahrhunderte, 6, Leipzig, J. C. Hinrichs, 1901, p. 276.

[7] 4; PG 26,1036A.

[8] Carlo Nardi, «“Respirare Dio, respirare Cristo”: patristica ed hesicasmo fra oriente e occidente», en Rivista di ascetica e mistica 17 nº 3-4 (1992), p. 304.

[9] VA 85,3-4; SCh 400, p. 354. El texto de la serie alfabética de los Apotegmas dice: “Como los peces mueren si permanecen mucho tiempo fuera del agua, de la misma manera los monjes que se demoran fuera de la celda o se entretienen con seculares, se relaja la intensidad de su tranquilidad interior (hesyquía). Es necesario que, como los peces del mar, nos apresuremos nosotros a ir a nuestra celda, para evitar que, por demorarnos en el exterior, olvidemos la custodia interior” (Antonio 10; PG 65,77BC).

[10] VA 2,3 y 3,1; SCh 400, pp. 132. 134.

[11] VA 10,2-3; SCh 400, p. 164.