Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [71]

5.2.2. El monasterio de Lérins

El Monacato de Lérins. Desde Honorato hasta Cesáreo de Arlés (400-543). Lectura de algunos textos

 

VIII. El Oficio lerinense

Hacia el final de su Regla de Vírgenes, Cesáreo de Arlés anuncia:

“Con la ayuda de Dios, «salmodien sabiamente». Además, hemos juzgado conveniente introducir en este librito, inspirándonos principalmente en la regla del monasterio de Lérins, la manera como deben salmodiar”.

Y Cesáreo describe un oficio que comprende «nocturnos» de dieciocho salmos (aumentados en invierno por Cesáreo); seis salmos cada vez en tercia, sexta y nona; dieciocho salmos a la hora «decimosegunda», al comienzo de la noche; y un «lucernario», al caer la noche, que es de origen eclesiástico y no lerinense[1]. Ese cursus, que Cesáreo hará más pesado todavía, se confirma con las indicaciones dadas por Casiano en sus Instituciones (II,2,1).

 

IX. ¿Reglas lerinenses?

El Padre de Vogüé ha propuesto identificar con dos estadios de la Regla de Lérins la Regla de los IV Padres y la Secunda Regula Patrum, como también la Regula Macharii.

La identificación de esas Reglas con la de Lérins, declarado imposible por S.Pricoco (antes de la edición de las Regulae Patrum por A. de Vogüé), ha sido llevada a un más amplio examen por M. Carrias[2], y vuelto a poner en duda por P.-A. Février[3]. En respuesta, el P. de Vogüé ha reafirmado el ambiente egipcio de Lérins y de esas Reglas[4].

No pudiendo hablar de todo aquí y bastándose por sí solos la edición perfecta y el abundante comentario del editor-traductor, simplemente anotaré algunas semejanzas y diferencias entre la primera de esas reglas y los otros textos lerinenses mencionados.

Así, el título del superior es abbas en los textos biográficos, una vez abbas, y las más frecuentes praepositus (sobre todo en plural) en las homilías de Fausto, y is qui praeest en la Regla de los IV Padres.

El carácter anacorético o cenobítico queda por precisar.

El trabajo y el servicio mutuo no juegan casi ningún papel perceptible en los textos lerinenses seguros[5] (como en el monacato martiniano); Casiano lo deplora en todo el monacato galo y quiere remediarlo, mientras que son enérgicamente recomendados por la Regla de los IV Padres.

Esas tres reglas entran en numerosos detalles de la vida conventual, que el cuadro retórico de los tratados, cartas, elogios y predicaciones ignora totalmente.

El estilo simple, defecto de esas reglas, condice mal con el buen nivel cultural del cual dan prueba los escritores lerinenses y que se puede suponer en Honorato.

 

La espiritualidad de las Homilías de Fausto de Riez

La Collectio gallicana es un conjunto de homilías que recorre el año litúrgico. El panegírico de Honorato (Homilía 72), seguramente también el de Máximo (35) y los diez sermones a los monjes (36-45), parecen tener a Fausto por autor. Ellos habrían sido pronunciados, aproximadamente, entre los años 445 y 460. La homilía 40,3 menciona el orgullo que sentían los hermanos de su vida en una isla[6] y, por lo tanto, parece ser lerinense, pues los únicos establecimientos monásticos de Provenza conocidos por nosotros son el monasterio fundado por Cástor de Apt, el del hermano Heladio y las ermitas de las Stoechades o Islas de Hyères [las dos islas de Lérins].

1. Las observancias del medio monástico al cual se dirige esta predicación, así como las virtudes que constituyen su ascesis, están bien resumidas en el siguiente texto:

“Traten entonces, hermanos muy queridos, de luchar en lo sucesivo entre ustedes con loable rivalidad y mejor emulación: alguno de entre ustedes estará más pronto para la obra de Dios, otro será más ferviente en la oración, más atento en la lectura; otro será más puro en la castidad, más abstinente en la sobriedad, más pródigo en lágrimas, más virtuoso en su cuerpo, más sincero en su corazón; otro será más suave en la cólera, más moderado en la mansedumbre, más reservado en la risa, más ferviente en la compunción, más consolidado en la gravedad, más amable en la caridad.

Y, en consecuencia, corrijámonos a nosotros mismos cada día; rindámonos cuenta a nosotros mismos de nuestra conducta cotidiana. Que cada alma se dirija la palabra en lo secreto del corazón y diga: Veamos si pasé esta jornada sin pecado, sin envidiar, sin calumniar y sin murmurar; veamos si he realizado algo que concierne a mi progreso y a la edificación de los otros. Yo estimo que hoy eché a perder a este novicio, que he sido desobediente con mi anciano; que he mentido, que he perjurado, que he sido vencido por la cólera o la gula; hoy yo me he reído en exceso, he cedido al alimento y a la bebida, a la ociosidad y al sueño más de lo que convenía; he leído menos, he rezado menos de lo que debía. ¿Quién me devolverá este día que he perdido en las charlatanerías de mujeres ancianas? (1 Tm 4,7)”[7].

Las observancias son, por lo tanto, ante todo la obra de Dios, que vemos aparecer aquí no ya con el sentido más amplio de disponibilidad para Dios[8], o de oración en general, como en la Vita Martini 25, sino con el sentido probable de plegaria litúrgica, que se conservará en Cesáreo, el Maestro y San Benito. La oración es sin dudas aquí la oración privada, coloreada por las lágrimas y la compunción. Segunda gran observancia, la lectura: tiene el lugar de honor en la jornada de los monjes galos, durante las dos y a veces tres primeras horas libres de la jornada, particularmente en las Reglas de los Padres. El trabajo no aparece, a no ser por su contrario: la ociosidad, y como materia de la obediencia y de la disciplina del monasterio (cf. Hom. 38,3). La limitación del sueño indica la práctica de la vigilia; la recomendación de la abstinencia y de la sobriedad, la del ayuno. El silencio con sus corolarios: la gravedad y la proscripción de la risa, garantizan la oración continua. La ascesis del cuerpo va a la par con la del alma y del corazón. La obediencia es socavada por la murmuración.

Las virtudes sociales recomendadas aparecerán, en las reglas galas, positivamente o por la represión de los abusos contrarios. La sinceridad oponiéndose al perjurio; la caridad y la dulzura oponiéndose a la envidia, la calumnia y la cólera; el sentido de la responsabilidad hacia los otros, tratando de evitar el escándalo de los más jóvenes.

 

2. El lugar, la comunidad, el nombre. ¿Cenobitas o eremitas?

El lugar en donde viven los que oyen las Homilías tiene su importancia: es el desierto (eremus) donde Honorato, a ejemplo de Moisés, introduce a sus discípulos (72,13). Ellos vienen a este lugar para poder vacare Deo (41,1). Pero el lugar no garantizará por sí solo la salvación. «Estimamos que no es suficiente para nuestra perfecta salvación el que estemos incluidos entre los moradores de tal habitación, o que seamos contados, solo de nombre, entre los servidores de Dios» (40,3). «Nosotros, laudables habitantes del desierto (eremitae) que creemos estar fuera del mundo, por nuestros diversos vicios y pasiones tenemos al mundo encerrado en nosotros» (39,2). En tales condiciones, «venir al desierto es la suprema perfección; no vivir perfectamente en el desierto es la suprema condenación» (44,1). Lo que importa es permanecer «en el lugar de nuestra vocación» (40,3). Abandonarlo por rechazo de la disciplina es infligirse a sí mismo el peor de los castigos (38,2). «Que nadie se engañe en esto: no se huye del adversario de un lugar a otro, del vicio a la virtud, de la pasión a la enmienda: porque si tú huyes de él de esta manera, él te seguirá. Corrígete, y él huirá de ti» (38,2; cf. 39,2, 41,1). Recordar los comienzos de la propia vida religiosa puede incitar al progreso (43,4).

Los hermanos entran en el corpus congregationis (38,2) y, si viven bien, edificándose mutuamente, multiplican el bien (42,1). Ellos forman un rebaño del que Honorato es el pastor, el padre, el médico, el instructor (72,9). Estos hermanos son llamados eremita (39,2), servidor de Dios y monje (40,3), religiosus (39,3). ¿Son cenobitas? Ellos gozan del consuelo de una «sociedad fraternal» (38,4).

 

3. La obediencia a la regla y a los superiores. Es un punto por el que Honorato muestra particularísimo interés (72,7)

Ellos hacen «profesión» de observar la «santa regla» traída por Honorato e instituida por Cristo por su intermedio (72,4). Esta regla es violada muy frecuentemente (38,6; 40,6), se la transgrede (43,4).

Honorato, que unía la pietas y la severitas, que poseía una caritati admixta discretio (72,10), era un taumaturgo capaz de realizar el único verdadero milagro: resucitar las almas muertas en el interior de sus cuerpos (72,11). La confesión de una falta al presbítero es alentada (43,5).

Después de él, los superiores son los praepositi que según las Homilías son el blanco de injurias (43,5) y de robo; aquellos de quienes hay que ocultarse para hacer el mal (40,6), a quienes se contradice (43,5 y sobre todo 38). Están también los seniores a los cuales se debe obedecer (42,10), pero que a su vez están bajo obediencia para progresar hacia la perfección (38,5).

La indisciplina parece haber sido, generalmente, más propia de los monjes de origen social elevado, como fue el caso en Poitiers con la revuelta llevada a cabo por la princesa real Crodielda, de la cual nos habla Gregorio de Tours[9]:

«Aquel que, corregido por una negligencia y castigado para mantener el orden de la disciplina, no se adviene a enmendarse y a dar satisfacción sino más bien a la insolencia, al punto de decir: “Abandono y me voy; no puedo soportar esto; yo soy un hombre libre...”. Ante todo, aquel que frente al prepósito o al abad se jacta de ser libre, pienso que aún ignora que ha sido rescatado; el que, esclavo del servicio militar (militiae) cristiano, tiene la audacia de decirse libre, es casi como si negara que ha sido rescatado por Cristo; ¿qué otra cosa es, sino gritar al mismo Señor: “¡Yo soy libre! ¡Yo no te debo nada!”.

“Yo prefiero irme antes que enmendarme o dar satisfacción o cumplir lo que mandas”. -Estas personas- ignoran lo que han prometido; han olvidado a qué han venido[10].

Las fanfarronadas del rebelde nos dejaron esta bella máxima:

“La humildad y la obediencia son necesidad en los jóvenes, y dignidad en los ancianos; aquel progresa bien, éste acaba bien; obra cada día como si comenzara siempre”[11].

 

4. Ascesis del cuerpo y del alma

Es el punto fuerte de estas homilías bastante moralizantes. La antropología subyacente es dualista, pero los dos aspectos del hombre marchan a la par. Hay un hombre interior y un hombre exterior: utrumque hominem (43,4; 45,3); menos frecuentemente un hombre nuevo (45,3). El cuerpo se opone al alma (36,7; 37,3); es como su prisión (42,10). Los vicios nacen del corazón (praecordia, 44,4). Los hermanos parecen más prontos a las renuncias físicas que a la atención espiritual.

“Es necesario que el fruto espiritual, es decir la enmienda de las costumbres, siga a la labor corporal. Los vicios que asedian a uno y otro hombre deben ser vencidos por la labor de la una y del otro; para tomarlos por asalto, quebrantar la carne es poco provechoso si no se empeña la solicitud del corazón y la atención del espíritu.

Si el cuerpo trabaja solo y el espíritu (spiritu) no resiste, ¿de qué sirve que las pasiones sean atacadas por la sirvienta, si ellas se encuentran en paz con la dueña de casa? Es menos grave que, de vez en cuando, la carne sola sea importunada por los ataques de la gula (gulae) y los aguijones de la lujuria; porque puede suceder que el peligro no llegue hasta el alma, si el intelecto (mens) rechaza la voluptuosidad.

Si la concupiscencia del pecado alcanza la ciudadela del intelecto: ¿de qué me sirve que el hombre exterior no parezca todavía manchado, si su mejor parte está viciada? Si el hombre interior es vencido, uno y otro están ya cautivos. ¿De qué sirve combatir fuera de la ciudad, si dentro sufrimos la devastación?” (43,4).

Es necesario, por lo tanto, combatir las pasiones (38,2.6; 39,2), las perturbationes (37,3); por la penitencia (43,5), la ascesis del cuerpo procura enmienda de las costumbres y pureza del corazón (43,1). La “abstinencia de la cruz” es doble, corporal y espiritual (37,2). Se debe “mantener en cierto modo una lucha con el hombre interior” (37,3).

“No pensemos que nos basta con domar la tierra de nuestro cuerpo con los ejercicios de las vigilias y agotarlo con ayunos, sino esforcémonos por purificarlo extirpando los vicios, circuncidando nuestras costumbres, cercenando las pasiones: erradicar el orgullo, plantar la humildad; excavar la cólera, cimentar la paciencia; amputar la envidia, injertar la benevolencia; y fecundar así el campo del corazón con las simientes de las buenas relaciones” (43,1).

El autor denuncia los vicios del cuerpo, gula, lujuria (36,7), recomienda la pobreza (39,2; 40,6). Veremos más adelante las lesiones a la caridad. La vanagloria es el primero de los vicios espirituales por perseguir. La humildad es una virtud fundamental del monje (36,7; 38,5; 41,2; 43,1.5; 72,7). “Cuanto más humildes y obedientes somos, más ligero y suave se vuelve el yugo de Cristo sobre nosotros” (38,5).

La guerra debe ser contra los hábitos. La “violencia del hábito” será destruida por la violencia del ayuno”. Es ésta la violencia evangélica (Mt 11,12; 37,2; 38,6, cf. 40,1; 42,8).

Se practicarán “ejercicios” santos (37,1), que para los laicos son los “ejercicios de la dura cruz que castigan las alegrías de una carne anteriormente engañada” (45,1), “ejercicios de buena voluntad, un celo por la justicia y la misericordia” (45,7; 36,7). Esta ascesis es ardiente: el fervor se opone a la tibieza (42) y a la negligencia. Pero aquellos que por la edad o la enfermedad no pueden ejercer los trabajos del cuerpo se darán al deseo de los bienes espirituales, al crecimiento de la compunción y de la caridad (38,8). “La gracia nace de la gracia, y los progresos sirven a los progresos” (38,7).

Este capítulo de antropología espiritual es casi el único que lleva la marca de la influencia de Casiano, me parece, pero limitándose a la segunda renuncia.

 

5. La oración

Los hermanos vienen aquí para vacare Deo (41,1). La “rumia” de la Palabra de Dios es el fundamento de su conducta (37,1). Ellos salmodian (40,3). Pero la asistencia física a las “preciosas” vigilias (de las cuales se sale muy fácilmente, 44,3) no sirve de nada, si saliendo del oficio se murmura, se calumnia (41,1; 43,4). La oración está impregnada de la compunción (38,7), es hecha con lágrimas (36,7).

Sin embargo, la oración, como todo servicio divino debe ser realizada con alegría, hilaritas, porque esto agrada a Dios; quien obrara con disgusto, de mala gana, por obligación (fastidiosus, inuitus, compulsus) ofendería a Dios como el murmurador (41,2). Se debe ejercer la pretiosam militiam con un pretioso affectu (42,8).

El fervor disminuía a veces en los largos oficios lerinenses:

“Tenemos la costumbre de jactarnos por la asiduidad en los ayunos corporales y en las vigilias visibles, nosotros que salimos después de las vigilias -e incluso durante las vigilias mismas- para calumniar, charlar, murmurar. Porque quien se sustrae al coro que salmodia, para ir a festines deshonestos y a borracheras todavía peores, no sólo por una transgresión condenable sino por una admirable villanía, sería mucho mejor que duerma derribado por la abstinencia”[12].

 

6. Caridad fraterna

Es recomendada entre las otras virtudes (38,7; 41,2; 43,3). En las listas de vicios, son frecuentemente denunciados los que van contra la caridad, como la envidia.

“Aquél que, ayunando, lleva a todas partes un corazón cargado por el rigor de la cólera o de la indignación; el que se abstiene del vino y es turbado en su espíritu por el virus de una muy amarga discordia; el que se macera por una saludable sobriedad en la bebida mientras que su hombre interior infectado en sus vísceras, eructa un virus mortal de odio, no comprende que son dirigidas contra él las voces proféticas: ‘Yo no he escogido tal ayuno’(...). Asimismo, cuando el diablo repara en un alma vaciada de fe y despojada del temor de Dios, embriaga su espíritu con pasiones variadas: así, cuando nosotros maldecimos, cuando nos encolerizamos, cuando calumniamos, cuando obramos mal, creemos perjudicar a los otros y no a nosotros mismos. Pero no es así (44,3-4, pp. 524 s.; cf. 43,5).

Así como es muy digno de admiración y de alabanza aquél cuya carrera suscita el progreso de un gran número, igualmente es deplorable aquél cuya vida es la ruina de un gran número (cf. Lc 2,34). Por eso, queridos hermanos, esforcémonos, si estamos en camino,  por obrar de manera edificante, temiendo que nuestros vicios perjudiquen las virtudes de los otros, que nuestra tibieza debilite el fervor de los otros, que nuestra irascibilidad viole la paciencia de los otros, que nuestro orgullo pervierta la humildad de los otros, que nuestra enfermedad corrompa la salud de los otros, que nuestra fealdad contamine la belleza de los otros, no sea que extingamos las lámparas encendidas de los otros a causa de no poder encender las nuestras” (42,3; p. 498).

Pero estos preceptos son sobre todo negativos o espirituales (la edificación). No se ve en ninguna parte la invitación a servir a los otros, ni al trabajo manual. La labor de la cual a veces se trata (41,1; 42,8; 43,3; 72,2) es más bien la de la ascesis, de la renuncia. Sólo Euquerio e Hilario de Arlés, lo hemos visto, han enseñado o practicado el trabajo manual.

La ruptura con los padres consiste en «declarar la guerra a la piedad filial» (43,3).

A los destinatarios de las homilías 36,7 y 45,5, sin duda laicos, se les recomienda la limosna y los “ejercicios de justicia y misericordia” (36,7); se les prohíbe despojar al pobre (45,8).

 

7. La apertura contemplativa

Es la delectación de la alabanza y la saciedad de los alimentos celestes, de Cristo (37,1), pero también la espera de la vida eterna (38,8; 41,2 s.), que compensa el más frecuente temor del castigo, porque no hay seguridad en el monasterio a menos que se viva conforme a la vocación (40,6).

La sobriedad de nuestros textos responde a la indigencia del medio galo sobre este punto, y que Casiano quería remediar importando a la Provenza la doctrina evagriana de la contemplación. Veinte o treinta años después de la publicación de las Conferencias y las Instituciones de Casiano, la intensificación de la contemplación era recomendada discretamente por el abad Fausto, pero sus monjes estaban cerrados a esta perspectiva. A pesar de las intenciones orientalizantes de sus fundadores y doctores, los monjes “de base” parecían seguir siendo bien galos, con los pies sobre la tierra.

 

Cuestiones anexas y conclusión

La influencia oriental es innegable en las Reglas de los Padres[13].

Los obispos salidos de Lérins siguieron siendo monjes y conservaron lo más posible su estilo de vida; se distinguieron, si se puede creer a sus biógrafos, por el sentido de la pobreza y de los pobres; por su independencia frente al poder político, cualquiera que sea, aunque perteneciesen a familias de la aristocracia senatorial (punto a precisar según Pricoco, Prinz...).

Quedaría por ver cómo los tratados teológicos surgidos de este medio -opúsculos exegéticos de Euquerio, Commonitorum de Vicente, frescos de Salviano, De Spiritu Sancto y De gratia Dei de Fausto- se articulan sobre la doctrina ascética común. Esta producción teológica -¿realizada allí mismo o en otra parte?- atestigua por lo tanto una dimensión intelectual ligada a ciertas personalidades, antes que una apertura contemplativa de todos los hermanos.

Esta espiritualidad, que tomamos con enfoques parciales y complementarios, es equilibrada, sana, de un verdadero espíritu monástico, dentro de la modestia de sus perspectivas. Es de gran provecho conocerla mejor.

 


[1] CÉSAIRE D’ARLES. Oeuvres monastiques, I. Oeuvres pour les moniales, ed. A. de Vogüé (SC 345, 1988), Règle des vierges 66-70. Un estudio de ese oficio en la Introducción, pp. 114-129.

[2] Revue d’histoire de l’Église de France 74, 1988, pp. 195-211.

[3] En Histoire religieuse de la France, I. Des dieux de la Gaule à la paupauté d’Avignon, dir. A. Vauchez y J. Le Goff, Paris 1993, p. 122.

[4] Aux origines de Lérins: la Règle de saint Basile?, en «Studia Monastica» 31, 1989, pp. 259-266.

[5] CARRIAS, pp. 204, 123, interpreta en este sentido el par labor-opus en el De laude eremi de Euquerio, 43, CSEL p. 193. Para Hilario ver supra A) IV.

[6] Collectio gallicana, Hom. 40,3, p. 476, 114. La lección insula (isla) es apoyada sobre dos testigos entre los más antiguos.

[7] Ibid., Homilía 44 (9º a los monjes), parágrafos 6-7, CCSL 101 A, pp. 528-529; PL 50,856 BC.

[8] Cf. 1 Co 15,58 («la obra del Señor»), objeto de una alusión posible en la Homilía 38,7 (pp. 447,217).

[9] Hist. Francorum IX, 39, PL 71,515-518. Cf. LABANDE-MAILFERT, pp. 62-69 de la Histoire de la abbaye Sainte-Croix de Poitiers (MSAO IV/19), Poitiers 1986: «Nosotras somos reinas»; «Yo soy reina, hija de rey y prima de otro rey», p. 63.

[10] Ibid., Homélie 38 (3ème. aux moines), CCSL 101 A, p. 437.

[11] Ibid., Homélie 38,5, p. 445. Posible influencia de la Vita Antonii 7 y de muchos apotegmas que invitan a un nuevo comienzo cada día, o aun a toda hora.

[12] Ibid., Homélie 44,3, pp. 523 ss.

[13] Cf. P. Courcelle, Les Lettres grecques en Occident de Macrobe à Cassiodore, Paris 1943, pp. 216-221, habla de una “hostilidad al helenismo” clásica, es verdad, y no reconoce las líneas de influencias que hemos evocado.