Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [73]

5.2.2. El monasterio de Lérins

Euquerio de Lyón: Alabanza del desierto

[David]

17. Por otra parte, recordemos que el mismo David sólo pudo escapar de las insidias del rey atormentado, cuando se internó en el desierto[1]. Viviendo en las arideces de Idumea, deseaba al Señor con todo su corazón. Tenía tanta sed del Señor en un desierto sin caminos y sin agua, que se presentó a Dios en el santuario, y ya santo, pudo ver su virtud juntamente con su gloria[2].

 

[Elías]

18. Elías, el mayor cultor de los lugares solitarios, detuvo las lluvias del cielo y liberó el fuego[3], recibió el alimento servido por un pájaro[4], revocó los derechos inmutables de la muerte[5], pasó el Jordán, al que dividió interrumpiendo su curso[6], y subió al cielo arrebatado por un carro de fuego[7].

 

[Eliseo]

19. ¿Y qué decir de Eliseo que lo sucedió en su modo de vivir y en su virtud? Preclaro por los milagros divinos que realizó, lo declaran insigne, hechos tales como la división del torrente[8], el hierro que sobrenada[9], el muerto que vuelve a la vida[10], el incremento del aceite[11]. Dejando de lado otros prodigios, se comprueba finalmente que poseía la virtud del maestro duplicada, porque si aquél, durante su vida, resucitó un difunto, éste, aún después de su muerte, resucitó a un muerto[12].

 

[La comunidad de los profetas]

20. Los hijos de los profetas también dejaban la ciudad en busca de la región donde desemboca el Jordán por un doble cauce, y levantaban sus tiendas en lugares apartados, junto al remoto torrente[13]. La santa milicia acampaba a las orillas del oculto río, esparcida en tiendas y viviendas apropiadas. La egregia prole guardaba el espíritu de sus padres.

 

[Juan Bautista]

21. Y aquél, de quien se dijo que no había surgido uno mayor de entre los nacidos de mujer[14] ¿no vivía acaso clamando en el desierto[15]? En el desierto es donde bautiza[16], en el desierto predica la penitencia[17], en el desierto hace la primer mención del reino de los cielos[18]. Él fue el primero que habló de esto a sus oyentes, en este lugar, donde alguien que andaba por las inmediaciones, muy pronto lo haría efectivo[19]. No sin razón este rudo habitante del desierto sería como un ángel enviado delante del Señor, para abrir el camino del reino celestial[20]. Digno precursor y testigo de Cristo, oyó hablar al Padre desde el cielo, mientras bautizaba al Hijo y veía al Espíritu Santo que descendía[21].

 

[Jesucristo]

22. La Escritura nos dice que nuestro mismo Señor y Salvador, en cuanto fue bautizado, fue conducido al desierto por el espíritu[22]. ¿Quién es este espíritu? Sin duda, el Espíritu Santo. Y si es el Espíritu Santo el que lo lleva al desierto, es sin duda porque es aquél quien lo sugiere, quien calladamente lo inspira. De este modo el desierto, por inspiración del Espíritu Santo, se convierte en una santa atracción. El Señor, que se baña en aquel río místico, considera que no debe hacer nada, antes de entrar en aquel lugar secreto. Y sin embargo era él quien entonces santificaba las aguas que luego iban siempre a santificar. No tenía que purificarse para limpiar al hombre del pecado, pues no tenía pecado, ni lo temía. Pero sin embargo, amaba ardientemente el desierto, porque quería ser en todo, ejemplo saludable, deseando, por nosotros, lo que no era digno de Él. Y si su amor por el desierto era agradable a Dios, aunque estaba exento de todo error ¿cuánto más le será necesario desearlo al hombre envuelto en errores?

23. Allí también, lejos de las turbas clamorosas, el secreto ministerio de la fuerza divina sirve al Señor. Cuando está en el desierto, como en el cielo, es servido por los ángeles que van a su encuentro[23]. Allí fue también donde rechazó a aquel enemigo de tiempos antiguos, que pretendió tentarlo con las insidias de su conocida habilidad, pero el que había sometido al viejo Adán fue derrotado por el nuevo Adán. ¡Oh gran gloria del yermo! ¡El diablo, que había vencido en el paraíso fue vencido en el desierto!

24. Desierto era también aquel paraje donde nuestro Salvador alimentó, sació y hartó a cinco mil personas con sólo cinco panes y dos peces[24]. Jesús siempre les da pan a los suyos en el desierto. En otro tiempo les había dado a los suyos el maná como prueba de la munificencia divina. Ahora, por un milagro semejante, hasta le devuelven lo que les sobraba, pues la comida que antes descendió sobre los que tenían hambre, ahora se multiplicó para los comensales. El banquete fue tanto más abundante que en las grandes comidas, cuanto más numerosos fueron los convidados[25]. Los desiertos, digo, sólo los desiertos fueron los que motivaron estos milagros, pues ¿hubiera podido un lugar donde reinara la abundancia mostrar el poder de la virtud?

25. El Señor Jesús, en cierta ocasión se retiró a lo más alto de un monte, acompañado sólo de tres escogidos. Allí su rostro se encendió con una claridad insólita[26]. Quien se mostraba abiertamente como un hombre, creyó que era en la soledad donde debía manifestar un indicio de su majestad. Allí fue donde dijo el mayor de los apóstoles: Era bueno estarnos aquí (Mt 17,4), admirado de la inmensidad del milagro en lo apartado del desierto.

26. También está escrito que el Señor Jesús iba a lugares desiertos para orar[27]. Aquel lugar debe llamarse entonces lugar de oración, pues Dios, su creador, mostró que era apto para orar a Dios. Nos enseñó que es allí donde la oración del que se humilla atraviesa más fácilmente las nubes, ayudada por el lugar, porque es ennoblecida por el secreto. Y Él mismo, al ir allí para orar, nos mostró dónde quiere que oremos.

 

[Los santos]

27. ¿Y para qué recordar ahora a Juan y a Macario[28], y a otros muchos, cuya vida en el desierto fue como una vida en el cielo[29]? Estuvieron tan cerca del Señor cuanto le es lícito a un hombre acercarse a Dios. Se les concedió realizar obras divinas, en cuanto es posible que esto sea concedido a seres de carne. Mantuvieron fijo su espíritu en las cosas de arriba, atentos a los secretos celestiales, y mostraron la gracia que habían recibido, con revelaciones reservadas o con milagros clamorosos. Con la ayuda del secreto llegaron a un punto tal que, aunque su cuerpo estaba en la tierra, ya poseían el cielo con el espíritu.

 


[1] Cf. 1 S 23,14-15. 25.

[2] Cf. Sal 62 (63),1-3; 1 S 22--24.

[3] Cf. 1 R 17,1; 18,38; Lc 4,25.

[4] Cf. 1 R 17,4-6.

[5] Cf. 1 R 17,20-24.

[6] Cf. 2 R 2,8.

[7] Cf. 2 R 2,11.

[8] Cf. 2 R 2,14.

[9] Cf. 2 R 6,5-7.

[10] Cf. 2 R 4,32-37.

[11] Cf. 2 R 4,1-7.

[12] Cf. 2 R 13,20-21; Si 48,13.

[13] Cf. 2 R 4,1-4.

[14] Cf. Mt 11,11.

[15] Cf. Mt 3,1; Is 40,3.

[16] Cf. Mt 3,5-6.

[17] Cf. Mc 1,4.

[18] Cf. Mt 3,2.

[19] Cf. Mt 3,11-12.

[20] Cf. Mt 11,10.

[21] Cf. Mt 3,13-17; Mc 1,9-11.

[22] Cf. Mt 4,1.

[23] Cf. Mt 4,11.

[24] Cf. Mt 14,13 ss.

[25] Cf. Mt 14,20-21.

[26] Cf. Mt 17,1-2.

[27] Cf. Lc 5,16; 6,12. “Para Euquerio el desierto monástico es la sede específicamente destinada a la oración (orationis locus), y el episodio evangélico de Jesús que se retiró a orar en un lugar solitario constituye la solemne confirmación” (L’isola..., p. 126).

[28] “Euquerio, sostiene S. Pricoco, recuerda los grandes paradigmas bíblicos para confirmar la legitimidad de la vida en el desierto, no para lamentar los símbolos de una condición perdida e irrecuperable. No carece, pues, de significado que en un escritor tan atento a la cuestión de la «fundación» de la vida monástica, no se mencionen las figuras canónicas de los grandes fundadores, como Antonio y Pacomio, y que los únicos ascetas recordados para representar al monacato de Oriente sean Macario (no sabemos si el Egipcio o el Alejandrino) y Juan Casiano, pertenecientes uno al pasado próximo de la historia monástica, y el otro a su presente”; L’isola..., p. 183; cf. p. 185, nota 212: “... Juan (probablemente) Casiano...”. Para el asunto de los dos Macarios, cf. G. Bunge, Evagre le Pontique et les deux Macaire, en Irénikon 56 (1983), pp. 215-228 y 323-360; y la recensión de Martín de Elizalde en Cuadernos Monásticos 20, nº 73-74 (1985), pp. 407-410.

[29] Cf. Flp 3,20: “nosotros somos ciudadanos del cielo”.