Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [74]

5.2.2. El monasterio de Lérins

Euquerio de Lyón: Alabanza del desierto

[Alabanza del desierto]

28. A este lugar desierto llamaré, y no sin razón, sede de la fe, arca de la virtud, sagrario de la caridad, tesoro de la piedad, depósito de la justicia. Pues como en una casa las cosas muy preciosas se guardan en un lugar cerrado y alejado, así sucede con la grandeza aquella de los santos escondidos en el desierto. La naturaleza misma le puso sus defensas, estableciendo en la tierra como un recinto cerrado, el desierto, para que no se pierda este tesoro por el desgaste de las relaciones humanas. Muy acertadamente el Señor del mundo no solamente creó este objeto, más precioso que las riquezas, en esta parte de la casa de este mundo, sino que, cuando corresponde, lo revela también desde allí.

29. La Divina Providencia tuvo en otro tiempo una solicitud grandísima por el desierto, y ahora también la tiene, ¡y no pequeña! Pues ahora, cuando los habitantes del desierto reciben alimento de Dios con una largueza inesperada ¿qué otra cosa se puede pensar sino que cae del cielo? También estos reciben de la munificencia celestial su maná, y el Señor no es menos generoso con ellos cuando, por la acción secreta de su brazo, les da el sustento en la soledad. Y cuando al cavar la roca las aguas manan obedientes al mandato divino, ¿qué otra cosa hacen sino brotar como lo hicieron cuando Moisés golpeó la roca con su vara[1]? Además, tampoco carecen de vestidos los que viven en la inmensidad del desierto, pues Dios los provee siempre gratuitamente[2]. El Señor alimentó en otro tiempo a los suyos en el desierto, y ahora los sigue alimentando. A aquellos, durante cuarenta años; a éstos, todos los años de su vida[3].

30. Con razón el santo varón, encendido con el fuego divino, se decide a abandonar el lugar donde vive, y elige este paraje como propia sede. Con razón lo antepone a sus relaciones, a sus hijos, a sus padres, y lo adquiere al precio de todos los suyos. Con razón es llamado patria temporal por los que abandonaron la patria de sus padres. De él no los va a alejar ni el miedo, ni el deseo, ni la alegría, ni la pena. Con razón vale tanto como todos los afectos.

31. ¿Quién podría enumerar todos los beneficios que reporta el desierto y los frutos de virtud de sus moradores? Están en el mundo, pero en cierto modo ya se han ido del mundo, pues como dice el Apóstol, andan errando por despoblados,en montes y en cuevas, y en cavernas de la tierra (Hb 11,38). No sin razón el Apóstol afirma que el mundo no es digno de aquellos que se han hecho ajenos al tumulto de la sociedad humana[4], y se mantienen alejados, quietos y en silencio, tan distantes de la voluntad de pecar como de su posibilidad.

32. Entre los antiguos, los varones preclaros de su siglo, cansados de los trabajos de sus ocupaciones, se refugiaban en la filosofía como en su propia casa. ¡Cuánto más hermosamente se entregan éstos a las ocupaciones de la sabiduría manifiesta, y se retiran a la libertad de la soledad y al secreto del desierto para vacar sólo a la filosofía y ejercitarse en los caminos del yermo como en sus gimnasios[5]! Me pregunto dónde se guarda más celosamente la Pascua que en el recinto del desierto. ¡Pero con las virtudes y la frugalidad! Digo la frugalidad, porque es como el corazón del desierto. Efectivamente, Moisés ayunó durante cuarenta días seguidos en el desierto[6], y después de él lo hizo Elías[7]. Ambos prolongaron el ayuno más allá de las fuerzas humanas. Más tarde, el Señor ayunó un tiempo semejante[8]. Pero no leemos en ninguna parte que otros hayan hecho el mismo tiempo de ayuno, para suponer pensar que el Señor le haya concedido a alguien un vigor tal, aún en esos lugares.

33. ¿Dónde -me pregunto- se puede vacar mejor y ver qué dulce es el Señor? ¿Dónde se abre un camino más rápidamente a los que caminan hacia la perfección? ¿Dónde se abre un campo mayor a las virtudes? ¿Dónde se guarda más fácilmente el espíritu para poder reflexionar? ¿Dónde el corazón está más libre para tratar de adherirse a Dios que en aquellos lugares apartados, en los cuales no sólo es fácil hallar a Dios, sino también conservarlo[9]?

34. Aunque en el desierto el suelo sea a menudo de un polvo fino, en ningún otro terreno los fundamentos de aquella casa evangélica se echan más firmemente. Si alguien quiere echar los cimientos sobre estas arenas, en modo alguno construye la casa sobre arena. En ningún otro lugar el edificio está fundado más firmemente sobre roca, y la solidez de su mole permanecerá estable y no será abatida cuando se desaten las tormentas, soplen los vientos y embistan los torrentes[10]. Así construyen los moradores del desierto sus edificios, pero los construyen en su corazón. Son ellos quienes aspiran a las cosas más altas haciendo las más bajas, quienes persiguen lo excelso en lo humilde, los que se olvidan de las cosas terrenas por la esperanza y el deseo de las celestiales, los que abandonan las riquezas y prefieren padecer necesidad, los que quieren sufrir penuria y desean ser ricos. Se esfuerzan día y noche en trabajos y vigilias para alcanzar el principio de aquella vida que no tiene fin. Es el desierto el que recibe en su seno maternal a aquellos santamante avaros de eternidad, pródigos de lo pasajero, despreocupados del presente y seguros del futuro, alcanzando así los siglos que no tienen fin[11], ellos, para quienes las postrimerías de los siglos ya pasaron.

35. Las leyes que están escritas en el hombre interior[12] irradian saludablemente, y los derechos del siglo eterno lo hacen más sutilmente. Allí las prescripciones humanas contra los crímenes y atrocidades no se oyen, ni aparecen los derechos de venganza por delitos gravísimos, ni el corazón purísimo se hace reo de una ley indigna. El mismo movimiento interior es contenido dentro de los límites de la justicia por el generoso esfuerzo del espíritu, el cual, siendo él mismo su propio juez, corrige, desde el comienzo, los más leves pensamientos. Entre los otros hombres, es malo el haber obrado mal, pero entre éstos, es malo el no haber obrado bien.

36. Pero ¿cómo podré elogiar dignamente la vida que se lleva en el interior del desierto? No puedo pasar aquí sin decir nada de la grandeza de la virtud de sus moradores, que, aunque escondida, es conocida por casi todos. Pues cuando se retiran a lugares remotos, pueden substraerse a la mirada, pero no pueden ocultar su mérito. Creo que cuanto más interior es su vida, en compensación tanto más se muestra exteriormente, para gloria de Dios, de modo que el habitante del desierto puede ocultarse al siglo, pero no puede ocultar su ejemplo. Es como una luz que brilla sobre todo el mundo, colocada sobre el candelabro del desierto. Desde allí difunde su brillante luminosidad por los oscuros meandros del mundo. Esta es la ciudad que no puede permanecer escondida, edificada sobre el monte del desierto, que, con su imagen, muestra a la tierra la Jerusalén celestial[13]. Por eso, quien esté en tinieblas acérquese a esta luz; quien esté en peligro vaya a esta ciudad para estar seguro.

37. ¡Oh qué alegres son, para los que tienen sed de Dios, aquellas perdidas soledades en aquellos bosques! ¡Qué amenos son para los que buscan a Cristo esos lugares secretos, guardados por la naturaleza, que se extienden a lo largo y a lo ancho! Todo calla. Es entonces cuando el espíritu se siente feliz, movido por cierto estímulo del silencio hacia su Dios. Es entonces cuando es impulsado por inefables excesos. No hay ningún sonido que cause algún ruido, nada, si no es quizás el de la voz que habla con Dios. Pero cuando el sonido sucede al silencio de la secreta mansión, es aquel sonido más dulce al oído que la quietud, el santo murmullo de la modestísima conversación. Entonces los coros fervorosos ejecutan cosas maravillosas suavemente, cantando himnos. Y uno se eleva al cielo, no menos con las voces que con las oraciones.

38. Aúlla vanamente el lobo enemigo rondando el redil donde se guarecen las ovejas[14], pues el desierto es como una defensa de muros. Es una defensa contra los enemigos, y para que no vigilen en vano los que guardan la ciudad[15], Cristo es su protector y defensor. Así, el pueblo que Dios adoptó, aunque expuesto a los espacios del desierto, está cerrado para sus enemigos. El coro de los ángeles se hace presente a la belleza del desierto, recorriendo la escala de Jacob[16], e ilumina el desierto con una frecuente visita escondida. En aquel mediodía, el esposo reposa, y los habitantes del desierto, heridos por la caridad, lo contemplan diciendo: Encontramos al Amado de nuestra alma. Lo hemos aprehendido y no lo soltaremos (Ct 3,4).

39. Este suelo del desierto no es infructuoso, ni estéril, como cree la gente; ni las rocas del desierto ardiente son infecundas. Él produce abundante semilla y el ciento por uno de los frutos, para el que lo cultiva. Allí las semillas que se siembran no caen fácilmente junto al camino, donde los pájaros las comen; ni fácilmente se pierden entre las piedras, donde la tierra no es profunda, y cuando sale el sol se secan; ni fácilmente caen entre espinas, donde las altas malezas las ahogan[17]. Allí el cultivador cosecha con provecho una mies ubérrima, pues se da en estas rocas una cosecha tal que hasta los huesos reverdecen. Allí también se encuentra el pan vivo que desciende del cielo (Jn 6,51). Y brotan de esas rocas, fuentes de agua viva[18] que no sólo abrevan el suelo, sino que pueden dar la salvación[19]. Este es el lugar donde halla placer el hombre interior, este desierto inculto que es feliz y ameno, pues el mismo lugar que es desierto para el cuerpo, es paraíso para el alma.

40. Ningún terreno, por fértil que sea, se puede comparar con la tierra del desierto. ¿Existe acaso alguna tierra más rica en frutos? En ésta crece especialmente el trigo aquel que sacia a los hambrientos con su grosura[20]. ¿Hay otra tierra que produzca viñedos más cargados de fruto? En ella especialmente se produce el vino aquel que alegra el corazón del hombre (Sal 103 [104],15). ¿Hay otra que tenga más ganado? En ella pacen con lozanía aquellas ovejas de las que se dice: “Apacienta mis ovejas” (Jn 21,7). ¿Hay otra más policromada con flores de primavera? En ella resplandece especialmente la verdadera flor del campo y el lirio de los valles (Ct 2,1). Finalmente, ¿hay alguna tan rica en metales preciosos, tan resplandeciente por su verdadero oro? En ella brilla con luces vibrantes el fulgor de distintas piedras. Así es esta tierra, superior a todas las tierras, excediéndolas a todas en todos los bienes.

41. Justamente tú, tierra venerable, te ofreciste a los santos que viven en ti, y a los que están lejos de ti, como un lugar habitable y deseable, porque eres fértil en todos los bienes de Aquél en quien todo se contiene. Tú reprochas al cultivador que cultiva su propia tierra y no la tuya, tú que eres estéril en vicios de los que te habitan, pero fecunda en sus virtudes. Quien busca la amistad de tus santos, halla a Dios. Quien te cultiva, encuentra en ti a Cristo. El que te habita, se alegra con el Señor que te habita, que es quien te posee, y al mismo tiempo tu divina posesión. Quien no rehuye tu habitación, se hace él mismo, templo de Dios[21].

 


[1] Cf. Ex 17,5-6.

[2] Cf. Dt 8,4; 29,4-5; Ne 9,21.

[3] Cf. Dt 8,2-3; Ne 9,21; Hch 13,18.

[4] Cf. Hb 11,38a. S. Pricoco apunta que los §§ 31-36, son un buen ejemplo de la utilización de vocablos e imágenes tales como: relicta sede, genitalem deserentibus patriam, extra mundum recedunt, y otros, para expresar la separación del “mundo” (L’isola..., pp. 136-137, nota 26).

[5] “Es en la libertad y en el secreto del desierto que, como antes en los gimnasios, (el auténtico filósofo) se dedica únicamente a la filosofía, a la verdadera y manifiesta sabiduría cristiana” (L’isola..., p. 156; cf. la nota 115).

[6] Cf. Ex 24,18; 34,28; Dt 9,9. 18

[7] Cf. 1 R 19,8.

[8] Cf. Mt 4,2.

[9] El monje, según los autores lerinenses, “es un asceta que vive en profundidad la vocación a la soledad y a la renuncia, pero sin excesos ni ostentaciones; el ingreso en el desierto es (...) fundamentalmente un acto de liberación” (L’isola..., p. 182; cf. nota 205).

[10] Cf. Mt 7,24 ss.

[11] Cf. 1 Co 10,11.

[12] Cf. Rm 7,22; Ef 3,16. Para Euquerio “son los carismas concedidos al lugar mismo del secessus lo que le asegura al monje la santidad... Él celebra en el desierto el refugio feliz, al que los hombres corren desde el siglo para practicar, sometidos sólo a los imperativos de la conciencia, las leyes eternas de Dios” (L’isola..., p. 95).

[13] Cf. Mt 5,14-15; Hb 12,22.

[14] Cf. Virgilio, Eneida IX,59-64: “Cual lobo que en una noche borrascosa ronda en torno al aprisco y mientras los corderitos balan seguros bajo sus madres, él, fiero, acosado del hambre y sediento de sangre, aúlla de rabia y desesperación” (trad. cit., p. 192).

[15] Cf. Sal 126 (127),1.

[16] Cf. Gn 28,12.

[17] Cf. Mt 13,4-7.

[18] Cf. Jn 7,38.

[19] Cf. Jn 4,13-14.

[20] Cf. Sal 147,14.

[21] Cf. 1 Co 3,16; 2 Co 6,16.