Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [75]

5.2.2. El monasterio de Lérins

Euquerio de Lyón: Alabanza del desierto

 

[El “desierto” de la isla de Lérins]

42. Por mi parte, yo reverencio todos los lugares desiertos que son iluminados por el retiro de los hombres piadosos, pero honro especialmente a mi Lerins, que recibe con piísimos brazos abiertos a los que llegan a ella de los naufragios del mundo proceloso, e introduce suavemente en su sombra a los que se abrasan en el siglo, para que recobren el espíritu, bajo aquella sombra interior del Señor. En ella fluye el agua, verdean las hierbas, resplandecen las flores que agradan a la vista y al olfato. Es un paraíso para los que la poseen, y así se ofrece a los que la poseerán. Tiene el honor de haber sido fundada por Honorato[1] y de haber recibido de él doctrinas celestiales, mereciendo tener un padre como él, lleno de vigor apostólico y de rostro resplandeciente. Es digna de honor por haberlo recibido a él y por irradiar así su luz. Digna por sustentar monjes excelentes y por producir sacerdotes codiciados. Ahora tiene ella su sucesor, Máximo[2], preclaro por haber merecido ser llamado después de aquél. Ella tuvo entre sus habitantes a Lupo[3], cuyo nombre nos trae a la memoria la de aquel lobo de la tribu de Benjamín[4], y a su hermano Vicente[5], piedra preciosa notable por su esplendor interior. Ahora tiene al venerable Caprasio[6], semejante a los antiguos santos padres por su gravedad, y también tiene a aquellos santos ancianos egipcios que los padres trajeron a nuestras Galias, y que viven en celdas separadas[7].

43. ¡Qué agrupación y que conjunto de santos vive allí, oh buen Jesús! Allí ardían como suave ungüento en preciosos vasos de alabastro, y el perfume de vida se respiraba por doquier. Ellos muestran el rostro del hombre interior en el porte exterior. Unidos por la caridad, abajados por la humildad, ternísimos por su piedad, firmísimos en la esperanza, modestos en sus modales, prontos a la obediencia, callados al encontrarse, serenos en su aspecto, muestran claramente al instante, en la misma contemplación, ser un ejército de paz. Nada ansían, nada desean, sino sólo a Aquel a quien, deseándolo lo ansían. Para alcanzar la vida santa, viven santamente, y ya al buscarla la han obtenido. ¿Quieren alejarse de los pecadores? Ya lo han hecho. ¿Quieren poseer una vida casta? Ya la poseen. ¿Desean tener todo el tiempo para alabar a Dios? Lo tienen. ¿Desean tener la alegría de vivir con los santos? Ya la tienen. ¿Quieren gozar a Cristo? En Espíritu ya lo gozan. ¿Quieren alcanzar la vida del desierto? Ya la alcanzaron con su corazón. Así, por gracia grandísima de Cristo, muchas cosas que aspiran tener en el futuro, ya las tienen en el presente. Alcanzan ciertamente la realidad, mientras siguen lo que esperan. En el mismo trabajo ya tienen una no pequeña paga de su trabajo, porque ya casi está en la obra lo que será su merced.

 

[Epílogo]

44. Mi querido Hilario, tú has vuelto y has entrado en la compañía de éstos varones. Al hacerlo también le has dado mucho a ellos, que se alegran ahora de tu regreso con una exultación entusiasta. Te ruego que no te olvides, juntamente con ellos, de mis pecados. Con ellos, digo, con quienes no sé si tú les darás más alegría que la que tú recibirás. Tú, que desde ahora eres más auténticamente Israel, puesto que miras a Dios con el corazón ya libre de las tinieblas de Egipto, has pasado las aguas salvadoras, has sumergido al enemigo, y lo que antes era amargo, ahora lo experimentas dulce por el madero de la cruz. Ya sacas ahora las aguas de Cristo que brotan hasta la vida eterna[8], y alimentas al hombre interior con el pan de lo alto, y recibes la voz divina en el trueno[9] del Evangelio. Tú que te ocultas con Israel en el desierto, entrarás con Jesús en la tierra prometida. Salud, en Cristo Señor nuestro.

 

“Sentencias” del abad Porcario[10]

1. Considera a tu espíritu como huésped en el cuerpo que te han prestado por breve tiempo. Ten horror por todo aquello que encumbra. Dirige todas tus acciones y proyectos a preparar el lugar de acogida hacia el cual vas a emigrar dentro de muy poco. Piensa que todo el mundo se encamina rápidamente hacia este fin. Esfuérzate en entrar -te lo está diciendo el mismo Señor-, por la puerta estrecha, ya que es ancha y espaciosa la senda que conduce a la muerte (cf. Mt 7,13).

2. Observa siempre la cabeza de la serpiente, es decir, la raíz de donde nacen tus pensamientos[11]. Antes de cualquier otra cosa, pon todo tu celo en agradar a Cristo, el Hijo único, quien te ayuda y sostiene siempre, y como padre bondadoso, tiene compasión de ti, te protege y te ama. Si fuera posible, habla siempre con el Señor[12]. No prefieras nada a la oración durante todo el día[13]; de modo particular, trata de unirte al Señor en las horas de la mañana y de la tarde.

3. Evita las palabras innecesarias, sé serio y observa la gravedad. Pon una guarda a tu boca (cf. Sal 140 [141],3), pues el hombre locuaz no camina rectamente en la tierra (cf. Sal 37 [38],13); y cuando la cólera te venza, repréndete y enmiéndate al instante, temiendo que te invada un furor excesivo, y que, separado ya de Cristo, te precipites en el abismo de la disputa. Con total abnegación reprime tus caprichos, a fin de no turbar a aquellos gracias a los cuales te libras de los múltiples cuidados, ya que se esfuerzan en satisfacer tus necesidades. No seas pronto en proferir injurias, y contén tus palabras cuando te invada la amargura. A fin de obrar con prudencia, espera un poco, así evitarás el pecado y podrás conducirte por una norma de vida. Lo que debes hacer, hazlo con toda el alma, en silencio, con paciencia y oración.

4. Ten presente que la cólera y las riñas son un engaño del diablo. No dudes que los aguijones imprevistos de la cólera y de los pensamientos impuros son flechas envenenadas del diablo. Mantente continuamente atento a los malos pensamientos, para poder escapar de ellos. Acuérdate de tus últimos momentos y no pecarás (cf. Si 7,40). Proponte a ti mismo no obedecer nunca más en adelante a los demonios. Considera que hemos entablado una lucha contra los adversarios invisibles (cf. Ef 6,12). Esfuérzate sin cesar en la oración.

5. Guarda tu corazón fielmente, porque de él procede la vida (cf. Pr 4,23). Cada vez que te sobrevenga una amarga tribulación, que tu corazón goce y exulte (cf. Lc 6,23), así tu paciencia obtendrá fruto, el demonio será aniquilado y vencido, y merecerás ante Dios, pues los sufrimientos de este tiempo presente no guardan proporción con la gloria futura que se revelará en nosotros (cf. Rm 8,18). Fortalece tu corazón como una piedra contra el demonio de la tristeza[14]. Contempla al que se autodenominó “Piedra” (cf. Sal 117 [118]; Lc 20,17-18).

6. ¿Por qué no comprendes que el demonio te asedia y te engaña por un exceso de confianza? Piensa en aquella confusión suprema cuando aparecerás delante de esos grandes sacerdotes que has conocido, lámparas ardientes (cf. Lc 12,35) y llamas rutilantes de Cristo. Trata de imitar a aquellos que, por un duelo sin fin y una oración continua, han alcanzado el espléndido descanso de los bienaventurados y la mansión del Paraíso. Pon en Dios toda tu confianza y Él te alimentará (cf. Sal 54 [55],23).

7. Apaga y detesta la cólera, el orgullo, la terquedad y la maledicencia. Extingue y aborrece la detracción, la envidia, la amargura, la blasfemia. Extirpa y aléjate de toda avaricia, odio, vanidad y toda palabra mala (cf. Ef 5,4). Arroja de ti las bromas, chanzas y palabrerías, principios de malos pensamientos y del espíritu de fornicación: son estas acciones las que te convierten en enemigo de Dios, cubren de úlceras tu alma y la corrompen. Cuida de ti y de tu alma.

8. Piensa con solicitud que está muy cerca el día de tu partida de esta tierra. No olvides que te esperan demonios horribles y repugnantes para acechar en tus últimos momentos. Despliega tu diligencia a fin de que no seas sumergido en los terrores del infierno y de la muerte eterna. Se prudente para que tu muerte no sea un motivo de duelo para los ángeles. Guárdate para no ser objeto de regocijo de tus enemigos. Piensa en aquella hora en la que tu alma será conducida a la vida o a la muerte, ya que es evidente que estás a sus puertas.

9. Se fiel en la humildad y en el temor de Dios, en la benevolencia y en la pureza de corazón. Se constante en la paciencia y en la mansedumbre, en la misericordia y en la caridad. Persevera en el silencio de la caridad, en la magnanimidad y en una oración incesante. Mantente fijo a la cruz para no hacer tus voluntades: prácticamente has muerto a este mundo, debes morar, desde ahora, en la perenne y bienaventurada eternidad.

10. ¡Vamos, Sansón consagrado a Dios! Libérate del seno de la prostituta, que es la carne, no sea que ella arranque los cabellos de tu alma, que son las santas acciones por las cuales tú contemplas a Dios. Y que la luz de tus ojos (cf. Sal 37 [38],11), que es la gracia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, permanezca contigo. Has crecer en ti los cabellos de las virtudes, y que los vicios mueran juntamente con los enemigos de tu carne.

11. Cuando hayas examinado con corazón atento todo lo que te he prescrito, y cuando te esfuerces en aceptarlos con todo el empeño de tu espíritu, merecerás obtener la armonía del Paraíso y la dulzura de la vida futura, en compañía de los ángeles.

 


[1] Honorato de Arlés, murió en 429/30. Fue el fundador (a comienzos del siglo V) del “asceterio” de Lérins, y más tarde, entre 427-428 (¿o 429?), ocupó la sede episcopal de aquella ciudad.

[2] Sucesor de Honorato en el abadiato del cenobio de Lérins (en 427/28), ocupó este cargo por siete años; hacia 434 fue designado para el obispado de Riez. Se ignora la fecha de su muerte (probablemente después del 451).

[3] Al parecer este personaje habría nacido en Toul (Civitas Leucorum) en Bélgica I; luego se habría casado con la hermana de Hilario de Arlés (una tal Pimeniola). Al cabo de siete años de matrimonio renunció a su familia y vivió por un año (426) en la isla de Lérins. En 427, se le designó para la sede de Troyes. Su muerte se coloca en el año 478.

[4] Cf. Gn 49,27.

[5] Seguramente se trata del célebre Vicente de Lérins, el autor -bajo el seudónimo de «El Peregrino»- del Commonitorium. Según Euquerio, era hermano de Lupo. Murió hacia 450.

[6] “De él sabemos sólo que vivió santamente en la isla y que, aunque ya era anciano cuando acompañó a Honorato (en la fundación del cenobio de Lérins), todavía le sobrevivió por algunos años” (L’isola..., p. 44; cf. nota 66: al parecer todavía estaba con vida en 434).

[7] “Euquerio atestigua que en Lérins existían habitaciones individuales. Su mención, aunque evasiva como de costumbre, con todo, permite creer que estas habitaciones de tipo anacorético -divisae cellulae- estaban reservadas solamente a una parte de los ascetas, es decir a los más ancianos, tenazmente ligados a las primitivas formas eremíticas, y que la isla no estaba organizada como una laura egipcia” (L’isola..., pp. 116-117).

[8] Cf. Jn 4,14.

[9] Cf. Sal 76 (77),19; 103 (104),7.

[10] Cuadernos Monásticos n. 114 (1995), pp. 403-405.

[11] Cf. Casiano Instituciones, 6,13,1; cf. Evagrio, Sentencias a los monjes, 58 ss.

[12] Cf. Jerónimo, Epístola 22; Cipriano, A Donato.

[13] Cf. Segunda Regla de los Padres.

[14] Cf. Casiano, Instituciones, 9,12.