Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [79]

6.3. Los Padres del Jura

Vida de los Padres del Jura

(I.7). El trabajo en los campos

22. El lugar del cenobio de Condat[1], lleno de admirable y extraordinario número de monjes, apenas podía proporcionar alimentos, no ya a las multitudes que llegaban, sino ni siquiera a los propios hermanos. Y es que, no solo los cultivos propios de aquel lugar, que tenían que hacerse en las pendientes en las colinas y pegados a rocas o montículos escarpados, y que eran arrastrados por las frecuentes lluvias que corrían desde los escarpes del terreno, eran unos cultivos escasos y difíciles por el terreno, sino que incluso la propia producción de frutos era poco abundante por sus cosechas desiguales.

23. En efecto, si durante los rigores del invierno aquellos lugares están no solo cubiertos, sino sepultados por las nieves, en la primavera, verano y otoño o bien los abraza el calor debido al vapor caluroso que desprenden las muchas rocas juntas que se calientan mutuamente, o bien las lluvias pertinaces arrastran en sus torrentes no solo la tierra levantada por el arado, sino la propia tierra erial y dura con sus yerbas, árboles y matas, y hasta la propia tierra de las rocas, barridas éstas por la lluvia, era quitada los monjes y entregada a las aguas.

 

(I.8). Condat y Laucone

24. Para evitar en cierta medida esto, los santos padres, tras cortar y arrancar abetos en las selvas vecinas que por su terreno más llano y por su fecundidad eran más productivas, las convirtieron o bien en prados con la hoz o bien en campos llanos con el arado, de manera que aquellos terrenos, preparados, aliviaron con sus cultivos la escasez de los habitantes de Condat. Los dos abades gobernaban en los dos monasterios[2]. Sin embargo, en Laucone[3] -así se llama este lugar- era el padre Lupicino el que se movía de una forma particular y libre, hasta el punto de que, tras la muerte del santo Román, Lupicino había dejado allí, imbuidos de su propia disciplina, hasta ciento cincuenta monjes.

 

(I.9). Fundación de un monasterio de monjas

25. Por otro lado, el lugar no lejos de allí en una cima muy elevada, sobre la que se levanta una peña natural y sobre la que sobresale un círculo montañoso que escondía en su interior amplias cuevas, dicen que estos padres, por medio de una madre de monjas que nombraron llevados por su amor fraternal[4], dirigieron, con el timón de la religión a ciento quince monjas. Aquel lugar, por el lado de la roca cortada, era inaccesible desde arriba, y por el lado de la roca arrancada en abundancia por debajo del círculo, no ofrecía ninguna salida fuera del círculo, pero, por la parte de Oriente, a través de un pequeño desfiladero, permitía una rápida salida al terreno abierto y llano. Fue allí, en la propia boca del desfiladero, donde los santos padres construyeron una basílica, que no solo recogió los despojos mortales de las vírgenes, sino que mereció abrazar, en su sepultura, también al propio héroe de Cristo, Román.

26. Tanto era, en efecto, en aquellos tiempos el rigor en aquel monasterio que cualquier monja que entrara allí tras renunciar no volvía a ser vista hasta que era llevada al cementerio para su último viaje. Y aunque una madre tuviese quizás un hijo o una hermana o un hermano en el vecino monasterio de Laucone, ni uno ni otro sabía, por haberlo visto o por haberle oído, si la otra o el otro estaba todavía vivo, para que así, creyendo cada uno de ellos que el otro estaba muerto, no tuviera la tentación, arrastrado poco a poco por el recuerdo de la familia y por una especie de dejadez, romper las ataduras de su voto. Pero voy a volver al santo Román o sea, al Monasterio de Condat.

 

(I.10). El demonio critica a Román por medio de un monje

27. Mientras sucedían las cosas anteriores en medio de una forma de vida admirable, el enemigo del nombre de Cristo, el diablo, no soportando que brotaran todos los días muchas vidas con nuevas renuncias, se atrevió a atacar al santo Román, bajo la apariencia de consejo saludable, con el dardo de la vieja envidia, y agitando a uno de los monjes ancianos, inflamado por el ardor del celo, le convence para que le diga al abad esto: “Santo padre, hace ya tiempo que pretendo sugerirte ciertas cosas que serían beneficiosas para tu salud y para tu gobierno y, puesto que la oportunidad deseada nos ofrece la posibilidad de hablar a solas, te ruego me permitas que te diga las palabras beneficiosas que hace ya tiempo tengo encerradas en mi ánimo”.

28. Y cuando aquel anciano, respetable no tanto por su forma de vida o costumbres, sino solo por la edad por la que, vacía, se arrastraba sin motivación, le dio permiso para que le aconsejara, aquel dijo: “A mí me duele, padre querido, el hecho de que tú te alegres en vano todos los días por la multitud de conversiones y el hecho de que admitas indiscriminadamente en la profesión monástica a jóvenes y viejos, a buenos y malos, y, no elimines ni eches de este nuestro rebaño, separando primero y aislando con cuidado a los elegidos y probados, a todos los demás, como auténticos degenerados e indignos. ¡Mira! Si examinas bien mediante una inspección ocular, nuestras celdas, o el cuarto de la oración o el de la hospedería, verás que, por la indiscriminada, como dije, multitud de monjes, apenas queda lugar alguno para que ingrese otro”.

 

(I.11). La respuesta de Román

29. Entonces aquel santo padre, siguiendo la sugerencia de aquel otro padre que en el evangelio prometió: “Les daré boca sabia contra aquel al cual no han podido resistir sus adversarios” (Lc 21,15), tomó contra el espíritu de este viejo perseguidor la espada del apóstol de tal forma que seccionó, en rápido corte, la cabeza del enemigo de forma de serpiente con el filo agudo de la palabra salutífera, diciendo: «Dime, tú quieres que yo sea humilde, y que sin duda tienes un juicio saludable, si es que realmente tu consejo es un consejo piadoso, ¿a todos esos que ves en nuestra comunidad puedes tú separarlos o dividirlos con tal discernimiento que los buenos y los rebeldes, he igualmente los que se van a perder para siempre y los perfectos, puedan, tras haberlos examinado tú uno por uno, ser separados?, o ¿puedes, de acuerdo con ese examen tuyo, que ha de ser semejante al examen mediante el cual solo el Creador conoce los hechos ocultos de los hombres, ya pasados ya futuros, elegir a unos y condenar a otros sin daño y peligro para su salvación?

Ni siquiera el propio dios majestuoso, infatigablemente bueno con la debilidad de los hombres, se ha llevado, antes de la muerte, a nadie, haciendo uso de su facultad de presciencia, para hacerle feliz a su lado derecho, si exceptuamos la asunción de Henoc (cf. Gn 5,22-24; Hb 11,5) y de Elías (cf. 2 R 2,11), ni hasta ahora ha encerrado a nadie antes de la muerte para que pague sus pecados, ni en el abismo del infierno ni en la cárcel voraginosa. ¿Y tú, sin embargo, segado por el asedio errático del diablo, pretendes ya desde este mismo momento ser justo separando o condenando a hombres que sin duda son mejores que tú en la humildad de su conciencia? ¿No lees acaso que Saúl y Salomón, por callar otros, fueron elegidos por el Señor para gobernar al pueblo de Israel, antes de que cayeran en su propio pecado[5]? ¿Que Judas y Nicolás[6], tras haber sido promovidos con los demás a los más altos grados del ministerio sagrado, murieron después, uno colgado del lazo de herejía, otro del lazo de una cuerda suspendida (cf. Mt 27,3-10)?

31. ¿No recuerdas ni tienes en tu mente que Ananías y Safira (cf. Hch 5,1-11), arrastrados al mal por la cizaña (cf. Mt 13,24-30) que sofocaba en medio de la mies primitiva y pura de los apóstoles, fueron castigados, pero tras haber sido antes elegidos, con una severidad por parte de Dios antes no conocida? Y de igual manera, a la inversa, ¿no es para ti objeto de admiración, de veneración y de aceptación el hecho de que Saulo, el perseguidor, consiguiera de pronto el premio de ser el predicador Paulo (cf. Hch 9,1-25)? ¿Y de que Mateo, el publicano, consiguiera súbitamente el precio de ser discípulo de Cristo (cf. Mt 9,9. 13)? ¿Y de que el hijo pródigo consiguiera el de ser hijo de hombre libre (cf. Lc 15,1-3. 11-32)? ¿Y de que Zaqueo, el rico usurero, el de ser hijo del patriarca (cf. Lc 19,1-10)? ¿Y de aquel ladrón colgado y condenado por sus crímenes consiguiera de repente el premio de la compañía del Señor en la felicidad del Paraíso (cf. Lc 23,39-43)? ¡Cuántos además, si yo buscara, encontraría que, de una posición alta, caen en lo más bajo y de una posición pequeña y baja suben a lo más alto! ¡Cuántos, en fin, monjes han de ser llorados por haber caído en estupro! ¡Cuántas, en verdad, meretrices y cuántos truhanes hemos leído que, tras una repentina iluminación, han llegado incluso hasta el martirio!

 

(I.12). Fin de la respuesta de Román y reacción del hermano que lo criticaba

32. Y para no hablar ya más del pasado, ¿no lo has visto en este monasterio nuestro que algunos abrazaron ardientemente lo que después, consumidos por una lenta tibieza, pisotearon? O ¡cuántas veces algunos monjes se han salido del monasterio movidos por el sentimiento contrario que les trajo aquí! Y ¡cuántas veces algunos de esos han vuelto del mundo dos o tres veces y, a pesar de ello, recuperada de la virtud, han llevado su profesión monástica, largo tiempo abandonada, hasta la palma de la victoria! Otros, de una manera irreprochable, volviendo, no al pecado, sino a sus lugares de origen, han observado con tanto celo amoroso esta nuestra forma de vida monástica, que terminaron por presidir, como muy dignos sacerdotes de Cristo, monasterios e Iglesias tras haber sido elegidos amorosamente por sus fieles.

33. Y para que conozcas solo un caso, pero en clarísimo ejemplo para ti, si es que no lo niegas, ¿acaso no has visto en este monasterio nuestro como Majencio, que había practicado una desnudez y una abstinencia impropias de la Galia, y también unas continuas vigilias y una infatigable aplicación a la lectura, que fue preso del demonio más inmundo al dejarse llevar por el pecado de la soberbia, que se volvió más loco y rabioso que aquellos endemoniados a los que él mismo, cuando todavía tenía poderes por sus méritos, había curado antes, y que fue atado con correas y sogas por aquellos mismos a los que él antes había curado con la ayuda del Señor, fue al fin ayer liberado del espíritu malvado mediante la unción del óleo santo?

34. Reconoce que tú, por instigación del diablo, estás siendo arrastrado por esa soberbia y que no estás muy lejos de ese Majencio: y de la misma forma que estás ardiendo con similar envidia y celos, así también merecerías el mismo castigo».

Oídas estas palabras, aquel hermano, consternado, casi cayó al suelo, pero pronto, gracias a la oración del santo varón, abandonando su soberbia, se enmendó y arrepintió, como suelen terminar siendo más puros y limpios los posesos tras haber sido pulsados de ellos los demonios por la intervención de los siervos de Cristo.

 


[1] Omitimos el inicio de este párrafo que se relaciona con el precedente, publicado en nuestra anterior entrega: “Pero eso, para otro momento. Nosotros, que marchamos a un puerto de camino recto, debemos apartar nuestro discurso de esa vía escabrosa. Y una vez que hemos decidido no hablar de eso, voy a intentar ahora añadir esto: que…”.

[2] Es decir, el primitivo de Condat, y el nuevo de que construían en los terrenos de labranza.

[3] El nuevo monasterio.

[4] Nombraron a su propia hermana (cf. SCh 142, p. 266, nota 1).

[5] Para las faltas de Saúl, ver: 1 S 13,11-14; 15,9. 30; y para las de Salomón: 1 R 11,1-11.

[6] Nicolás, uno de los siete diáconos instituidos por los Apóstoles (cf. Hch 6,5-6), parece ser considerado aquí como el iniciador de la herejía de los nicolaítas. Esta opinión, muy poco probable, se hizo corriente en la Iglesia de los primeros siglos. Casiano la comparte: “Acordémonos que hubo un Satanás en medio de los ángeles, un Judas entre los apóstoles, un Nicolás, autor de una herejía monstruosa, entre los diáconos. Y no nos sorprenderemos demasiado de descubrir en el rango de los santos hombres corrompidos por el mal. Sé que hay algunos que sostienen que este Nicolás no es aquel que los apóstoles escogieron para la obra del ministerio; pero no pueden negar que no fuera del número de aquellos discípulos cuya eminente perfección fue hasta tal punto evidente en aquel tiempo que ya hoy es muy raro encontrar monjes de semejante virtud en los cenobitas” (Conferencias 18,16).