Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [8]

Las Cartas de san Antonio

“Siete Cartas atribuidas a Antonio nos son conocidas en versiones latinas, georgiana y siríaca, como así también en fragmentos coptos[1]. Ellas son citadas por Shenute de Atripa, que tenía diez años al morir Antonio. Son con mucha probabilidad las cartas que san Jerónimo leyó en griego[2]. ¿Son realmente de Antonio? Un buen número de historiadores las dejan de lado, a menudo demasiado rápidamente[3]. Su acceso es dificultoso. Sin embargo, críticos cada vez más numerosos las aceptan, y la tesis de Rubenson ha demostrado su importancia… Su oscuridad se adapta bien a lo que se esperaría de un hombre no formado en la retórica griega; su origenismo es sorprendente; uno y otro aspecto explican su débil difusión: fue necesario el nombre de Antonio ara que esos textos se difundieran. Pero las Cartas, en una cierta medida, pueden armonizarse con la imagen de Antonio que nos transmiten la Vida y los apotegmas”[4].

 

Carta primera

Tres tipos de vocaciones

1. Saludo a vuestra caridad en el Señor. Hermanos, juzgo que hay tres clases de personas entre aquellas a quienes llama el amor de Dios, hombres o mujeres. Algunos son llamados por la ley del amor depositada en su naturaleza y por la bondad original que forma parte de ésta en su primer estado y su primera creación. Cuando oyen la palabra de Dios no hay ninguna vacilación; la siguen prontamente. Así ocurrió con Abraham, el Patriarca. Dios vio que sabía amarlo, no a consecuencia de una enseñanza humana, sino siguiendo la ley natural inscrita en él, según la cual Él mismo lo había modelado al principio. Y revelándose a él le dijo: “Sal de tu tierra y de tu parentela y ve a la tierra que Yo te mostraré” (Gn 12,1). Sin vacilar, se fue impulsado por su vocación. Esto es un ejemplo para los principiantes: si sufren y buscan el temor de Dios en la paciencia y la tranquilidad reciben en herencia una conducta gloriosa porque son apremiados a seguir el amor del Señor. Tal es el primer tipo de vocación.

He aquí el segundo. Algunos oyen la Ley escrita, que da testimonio acerca de los sufrimientos y suplicios preparados para los impíos y de las promesas reservadas a quienes dan fruto en el temor de Dios. Estos testimonios despiertan en ellos el pensamiento y el deseo de obedecer a su vocación. David lo atestigua diciendo: “La ley del Señor es perfecta y vivifica del alma” (Sal 18 [19],8); y en otro lugar dice: “La revelación de las palabras ilumina e instruye al ignorante” (Sal 118 [119],130). Así como en otros muchos pasajes que podríamos citar.

Y he aquí el tercer tipo de vocación. Algunos, cuando aún están en los comienzos, tienen el corazón duro y permanecen en las obras de pecado. Pero Dios, que es todo misericordia, trae sobre ellos pruebas para corregirlos hasta que se desanimen y, conmovidos, vuelvan a Él. En adelante lo conocen y su corazón se convierte. También ellos obtienen el don de una conducta gloriosa como los que pertenecen a las dos categorías anteriores.

Estas son las tres formas de comenzar en la conversión, antes de llegar en ella a la gracia y la vocación de hijos de Dios.

La acción del Espíritu Santo

2. Los hay que comienzan con todas sus fuerzas, dispuestos a despreciar todas las tribulaciones, a resistir y mantenerse en todos los combates que les aguardan y a triunfar en ellos. Creo que el Espíritu se adelanta a ellos para hacerles el combate ligero, y dulce la obra de su conversión. Les muestra los caminos de la ascesis, corporal e interior, cómo convertirse y permanecer en Dios, su Creador, que hace perfectas sus obras. Les enseña cómo hacer violencia, a la vez, al alma y al cuerpo para que ambos se purifiquen y juntos reciban la herencia. Primero se purifica el cuerpo por los ayunos y vigilias prolongadas; y después el corazón mediante la vigilancia y la oración, así como por toda práctica que debilita el cuerpo y corta los deseos de la carne.

El Espíritu de conversión viene en ayuda del monje. Él es quien lo pone a prueba por miedo a que el adversario no le haga desandar el camino. El Espíritu-director abre en seguida los ojos del alma para que también ella, junto con el cuerpo, se convierta y se purifique. Entonces el corazón, desde el interior, discierne cuáles son las necesidades del cuerpo y del alma. Porque el Espíritu instruye al corazón y se hace guía de los trabajos ascéticos para purificar por la gracia todas las necesidades del cuerpo y del alma. El Espíritu es quien discierne los frutos de la carne, sobreañadidos a cada miembro del cuerpo desde la perturbación original. Es también el Espíritu quien, según la palabra de Pablo, conduce los miembros del cuerpo a su rectitud primera: “Someto mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre” (1 Co 9,27); rectitud que fue la del tiempo en que el espíritu de Satán no tenía parte alguna en ellos y el cuerpo se hallaba bajo la atracción del corazón, instruido, a su vez, por el Espíritu. El Espíritu es, en fin, quien purifica el corazón del alimento, de la bebida, del sueño y, como ya he dicho, de toda moción e incluso de toda actividad o imaginación sexual, gracias al discernimiento llevado a cabo por un alma pura.

Tres clases de mociones

3. Yo señalaría tres clases de mociones violentas. La primera reside en el cuerpo, está inserta en su naturaleza, formada al mismo tiempo que él en el primer instante de su creación. Sin embargo, no puede ser puesta en movimiento sin que el alma lo quiera. De ella solo se sabe esto: que está en el cuerpo. He aquí la segunda: cuando el hombre come y bebe con exceso sigue una efervescencia de la sangre que fomenta un combate en el cuerpo, cuyo movimiento natural es puesto en acción por la glotonería. Por eso dice el Apóstol: “No se emborrachen con vino, en él está la liviandad” (Ef 5,18). Del mismo modo, el Señor en el Evangelio prescribe a sus discípulos: “Que sus corazones no se emboten por la comida y bebida” (Lc 21,34) o las delicias. Más que nadie, quien guarda el celibato debe repetirse: “Someto mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre” (1 Co 9,27). En cuando a la tercera moción, proviene de los espíritus malos que nos tientan por envidia y buscan manchar a quienes se comprometen en el celibato.

Volvamos, hijos míos queridos, a cuanto se refiere más de cerca a estas tres clases de mociones. Quien permanece en la rectitud, persevera en el testimonio que el Espíritu da en lo más íntimo de su corazón y permanece vigilante, se purifica de esta triple enfermedad en su cuerpo y en su alma. Pero si no tiene en cuenta estas tres mociones, de las que da testimonio el Espíritu Santo, los espíritus malos invaden su corazón y siembran las pasiones en el movimiento natural del cuerpo. Lo turban y entablan con él un duro combate. El alma, enferma, se agota y se pregunta de dónde le vendrá el auxilio, hasta que se serene, se someta de nuevo al mandamiento del Espíritu y cure. Así aprende que sólo puede hallar su reposo en Dios, y que permanecer en Él es su paz.

La acción del Espíritu Santo: sanación de nuestra entera humanidad

4. Esto, queridos, para indicarles cómo el cuerpo y el alma han de ir unidos en la obra de conversión y purificación. Si el corazón sale vencedor del combate, ora en el Espíritu y aleja del cuerpo las pasiones del alma que proceden de la propia voluntad. El Espíritu, que viene a dar testimonio de sus propios mandamientos, se convierte en el amigo de su corazón y le ayuda a guardarlos. Le enseña cómo curar las heridas del alma, cómo discernir, una tras otra, las pasiones naturalmente insertas en los miembros, de la cabeza a los pies, y también las que, procedentes del exterior, han sido mezcladas al cuerpo por la voluntad propia.

El oído

Así es como el Espíritu conducirá la mirada a la rectitud y pureza, y la retirará de cuanto le es extraño. El inclinará el oído solo a palabras decorosas; y el oído, no cediendo al deseo de oír hablar de caída y debilidades humanas, pondrá su gozo en conocer el bien y la perseverancia de cada uno, y la gracia dada a las criaturas; cosas de las que, estando enfermo, se había desinteresado hasta entonces.

La lengua

El Espíritu enseñará a la lengua a purificarse, porque ella es la que puso al alma gravemente enferma. Por medio de la lengua expresa el alma la enfermedad que padece; incluso la atribuye a la lengua, pues ésta es su órgano. En efecto, por la lengua le han sido infligidas graves enfermedades y heridas; por la lengua ha sido herida. Lo atestigua el apóstol Santiago cuando dice: “Si alguien pretende conocer a Dios y no frena su lengua se engaña en su corazón, su culto es vano” (St 1,26). En otro lugar afirma: “La lengua es un miembro pequeño, pero mancha todo el cuerpo” (St 3,5).

El corazón

Cuando el corazón está, entonces, fortificado con el poder que recibe del Espíritu, él mismo queda primero purificado, santificado, enderezado, y las palabras que confía a la lengua están exentas del deseo de agradar, así como de toda voluntad propia. En él se cumple lo que dice Salomón: “Mis palabras son de Dios; no hay en ellas dureza o perversión” (Pr 8,8); y en otro lugar dice: “La lengua del justo cura las heridas” (Pr 12,18).

Las manos

Viene después la curación de las manos, que en otro tiempo se movían de forma desordenada, a gusto de la voluntad propia. El Espíritu dará al corazón la pureza que conviene en el ejercicio de la limosna y la oración. Así se cumplirá la palabra: “El alzar de mis manos es como una ofrenda de la tarde” (Sal 140 [141],2), y esta otra: “Las manos de los diligentes distribuyen riquezas” (Pr 10,4).

El estómago

Después de las manos el Espíritu purifica el vientre en cuanto a comida y bebida. David decía sobre esto: “Con el de ojos engreídos y corazón arrogante no comeré” (Sal 100 [101],5). Pero si el deseo y la gula en cuestión de comida y bebida toman preponderancia, y las voluntades propias que lo trabajan lo hacen insaciable; a todo esto, vendrá a añadirse todavía la actividad del diablo. Al contrario, el Espíritu se hace cargo de quienes buscan una cantidad conforme a la pureza, y les señala una cantidad suficiente para sostener su cuerpo sin conocer el atractivo de la concupiscencia. Entonces se realiza en ellos la palabra de Pablo: “Ya coman, ya beban o hagan cualquier cosa, háganlo todo para gloria de Dios” (1 Co 10,31).

La genitalidad

Si los órganos genitales producen pensamientos de fornicación, el corazón, instruido por el Espíritu, discierne la triple moción de que he hablado antes. Gracias al Espíritu que le ayuda y fortifica, se hace dueño de esas mociones. Las apaga con la fuerza del Espíritu, que da la paz al cuerpo entero, e interrumpe su curso. Como dijo Pablo: “Mortifiquen sus miembros terrenos: fornicación, impureza, pasiones y malos deseos” (Col 3,5).

Los pies

A continuación, el Espíritu se entrega a la purificación de los pies, que antes no caminaban en la rectitud y perfección de Dios. Pero una vez colocados bajo el impulso del Espíritu, éste realiza su purificación y los hace caminar según su voluntad. Avanzan en la práctica de las buenas obras.

El cuerpo entero renovado

Todo el cuerpo es así transformado, renovado, entregado al poder del Espíritu. Ese cuerpo, totalmente purificado, a mi modo de ver ya ha recibido una parte (o) del cuerpo espiritual que deberíamos recibir en el momento de la resurrección de los justos (15).

Las pasiones incorporales

He hablado de las enfermedades del alma que se han infiltrado en los miembros naturales del cuerpo; las que lo hacen tambalearse y lo ponen en movimiento. Porque el alma sirve de lugar de paso a los espíritus malos que actúan en el cuerpo por medio de ella. He indicado también la existencia de otras pasiones que no vienen del cuerpo y que ahora tenemos que enumerar: a esas pasiones pertenecen los pensamientos de orgullo, la jactancia, la envidia, el odio, la cólera, el desprecio, la relajación y todas sus consecuencias.

Conclusión: la misericordia de Dios nos salva

Si alguien se entrega a Dios de todo corazón, Dios tiene piedad de él y le concede el Espíritu de conversión. Este Espíritu da testimonio ante él de cada uno de sus pecados para que ya no vuelva a caer en ellos. A continuación, le revela los adversarios que se levantan ante él y le impiden librarse de ellos, luchando vigorosamente con él para que no persevere en su conversión. Si a pesar de todo conserva el ánimo y obedece al Espíritu, que le exhorta a convertirse, el Creador se apresurará a tener piedad del trabajo de su conversión. Y viendo las aflicciones que impone a su cuerpo: oración incesante, ayunos, súplicas, estudio de la Palabra de Dios, alejamiento del mal, huida del mundo y de sus obras, humildad y pobreza de corazón, lágrimas y perseverancia en la vida monástica, -viendo, digo- su trabajo y su paciencia, el Dios de misericordia tendrá piedad de él y lo salvará.

 

Fuentes:

Antonio el Grande, Cartas; traducción de M. Reyes Ordoñez en San Antonio, Cartas, Burgos, Monasterio de Las Huelgas, 1981 (Col. Espiritualidad Monástica, 8).

http://www.documentacatholicaomnia.eu/03d/0250-0356,_Antonius._Abba,_Cartas_de_San_Antonio_Abad,_ES.pdf

Atanasio de Alejandría, Vida de San Antonio traducción de P. Rupérez Granados, en Atanasio. Vida de Antonio, Madrid, Ed. Ciudad Nueva, 1994 (Col. Biblioteca patrística 27).

https://sites.google.com/site/parroquiaborriol/home/secciones/santos-beatos-y-devociones/san-antonio-abad/vida-de-san-antonio-por-san-atanasio-de-alejandria/1-parte

 

Estudios

El monacato, pp. 57-64.

La tradición, pp. 178-194

Louis Bouyer, La vida de san Antonio. Ensayo sobre la espiritualidad del monacato primitivo, Monasterio de las Huelgas (Burgos), Monasterio de Sta. María La real, 1989 (Col. Espiritualidad monástica, 21)[5].

 


[1] Clavis Patrum Graecorum n° 2330. Versiones latinas del griego y del árabe: PG 40,977-1019. Version georgiana, ed. G. Garitte, Lettres de S. Antoine, Version géorgienne et fragments coptes (Corpus Scriptorum Christianorum Orientalium 148 y 149), Louvain, 1955, con un excelente índice. Versión siríaca de la 1ª Carta: ed. F. Nau, Revue de l’Orient chrétien 14 (1909), pp. 282-297. Traducción al francés teniendo en cuenta todas las versiones, con introducción par A. Louf (Spiritualité Orientale 19), Begrolles en Mauges, Abbaye de Bellefontaine, 1976.

[2] De viris inlustribus 88; PL 23,602 s.

[3] Así H. Dörries, considera como improbable en boca de un copto la expresión: “Espíritu que ve a Dios” (Carta VI,1). Así también J. Roldanus (1968) et M. Tetz (1983), no toman en cuenta las Cartas.

[4] Citamos parcialmente a: Vincent Desprez, Le monachisme primitif. Des origines jusqu’au concile d’Éphèse, Begrolles en Mauges, Abbaye de Bellefontaine, 1998 (Spiritualité Orientale 72).

[5] Trad. de la segunda edición francesa que data de 1977.