Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [80]

6.3. Los Padres del Jura

Vida de los Padres del Jura

(I.13). Nueva artimaña del demonio. Sublevación de algunos monjes. Corrección impuesta por el abad Lupicino. Milagros de san Román

35. Pero como los planes del viejo enemigo llevados a cabo por medio de un siervo de Cristo se vinieron abajo, ese viejo enemigo dirigió su astucia hacia métodos más atractivos, y, haciendo surgir la adversidad de la prosperidad, hizo que los monjes se levantaron no solo Contra la regla, sino también casi contra el propio Abad. El punto de partida de este nuevo procedimiento fue la abundancia y fecundidad de las cosechas; como consecuencia, la propia abundancia hizo que los monjes, relajados todos los días, se inflaran hartos como estaban; luego, esa abundancia, junto con unos ciertos coturnos del saber[1], les hizo soberbios. Voy a contar, pues, este episodio que fue resuelto con admirable elegancia y con un remedio antes no conocido por su hermano Lupicino.

 

[Román recurre a su hermano Lupicino]

36. Sucedió, pues, un año que, como en la abundancia de la cosecha, según dijimos, sonrió al monasterio más de lo acostumbrado -y es que era un monasterio que estaba todavía en los primeros cultivos del campo-, y como algunos monjes, llevados por la fértil fecundidad, ninguneando y despreciando al abad, se dedicaron a dar a su vientre y a su boca, no lo que convenía a la regla y a la norma, sino lo que había proporcionado la abundancia, y dado que, increpados por ello frecuentemente por el santo Román, como varón bueno que era, se volvieron no solo más desvergonzados, sino, como consecuencia de la excesiva indolencia, más lascivos, el báculo suave y blando del abad tuvo que recurrir a la vara dura de su hermano.

 

[Lupicino corrige hábilmente a los monjes glotones]

37. Marchando, en efecto, al lado de su hermano Lupicino, le comunica que aquellos pecadores se habían levantado una y otra vez contra su humilde persona, y es que, entregados al placer y el lujo, rechazaban vivir como siervos de acuerdo con la regla. Pues bien, el abad Lupicino le manda a su hermano que regrese en secreto a su propio monasterio y le dice que él se presentará allí de improviso pasados seis días. Y cuando aquel varón de aguda inteligencia llegó[2], se dio cuenta de que la causa de toda aquella insolencia engordaba por la presión de la gula; y en los tres primeros días se mantuvo en silencio, hasta que, en el tercero, pretextando que estaba harto por el empacho de comida que había tomado tras su llegada, pide de alimento unas hierbas ácidas, para hacer así mejor la digestión, y, mientras el resto de los monjes estaba cenando, le ruega con rostro alegre al abad Román esto:

38. “Señor hermano, que sigamos vivos en estas condiciones: que mañana mandes prepararnos, en una ligera merienda, solo unas papillas de harina de cebada sin cribar, y que tu piedad me han de servirlas, porque así me apetece mucho, sin sal y sin aceite”. Y como ninguno de los monjes se atrevió a protestar ni a murmurar, al día siguiente es cambiada para todos la comida habitual, tanto para los pocos comilones como para los pecadores. Y mientras Lupicino y su hermano tomaron aquella comida sin preguntar, como se dice, la opinión al estómago[3], aquellos glotones se levantaron de la mesa totalmente en ayunas; el abad Lupicino, sonriendo disimuladamente al verlos, dijo:

 

[Abandonan el monasterio los rebeldes]

39. “Si quieres, querido hermano mío, darme gusto, te pido que, hasta que me marche de tu monasterio para ir al Laucone, ordenes saciarme todos los días con estos manjares. Pero te voy a hacer una confesión: estoy pensando pedirte casi suplicándote que te vayas tú de aquí para vivir en Laucone, mientras que yo me alimentaré aquí, juntamente con mis señores los monjes, de estos manjares”. Pues bien, tras haberse servido ya la tercera papilla, desapareció del monasterio, por la noche, toda ventosidad juntamente con sus autores, y no quedó en el monasterio ninguno de ellos, salvo aquel al que no había corrompido todavía el ansia de la glotona voracidad.

40. Y por la mañana, cuando el santo Lupicino vio que habían desaparecido del monasterio los vanos humos[4], dijo: “Ea, hermano Román, manda ya poner la comida normal, como es costumbre, y es que estos que se han ido habían decidido, como compruebo, servir, no a Cristo señor, sino a su vientre (cf. Rm 16,18). Ahora ya, una vez echada y aventada la paja, guarda el trigo; y, una vez que han volado los grajos y los cuervos, apacienta ya en paz a dulces palomas de Cristo”.

 

[Milagros obrados por san Román. Expulsión de los demonios]

41. Sobre los milagros relativos a la expulsión de demonios que se cuenta que protagonizó arropado por la gracia divina, yo, de alguna manera podría contar ahora algunos, si no sospechara que son mucho más extraordinarios los que él procuro hacer solo en presencia del Señor, para que nadie los conociera. Por ello, dado que la gracia debida sus méritos, constantemente renovada, no puede extinguirse, que cada lector concreto, en su curiosa religiosidad, busque estos dones de este santo varón ante su sepulcro, allí cada uno, en función de su fe o de sus méritos, sabe que tiene que pedir más lo que él mismo cree que lo que le, de lo cual probablemente tenga dudas.

42. Recuerdo, sin embargo, que Eugendo, santo varón y señor mío, solía contar que, entre los procesos que él había visto en su niñez atormentados de diferente forma, pero por la violencia de la misma potencia, vio como a uno de estos infelices le extendieron sobre la tumba de san Román boca abajo, en la postura en la que los criminales y facinerosos, separados sus manos y pies con cuerdas tirantes, suelen ser azotados por sentencia de los jueces, y que allí, levitando en el aire casi media hora a una altura de dos codos, hizo públicos, entre gritos y lamentos, los crímenes y maldades del demonio que le poseía.

43. Tanto procuró, en efecto, como ya dijimos, ocultar este santo padre los milagros que hizo que ni siquiera hubiera llegado hasta nosotros el que protagonizó en un viaje a la parroquia de Poncin al devolver a su salud juvenil a una paralítica que estaba inutilizada por una antigua parálisis, si no hubiera sido porque, al ir acompañado del santo hermano Paladio, no pudo en absoluto ocultarlo.

 


[1] El coturno era un calzado alto usado por los antiguos y por los que representaban tragedias. Coturno del saber es, por tanto, el lujo de la sabiduría.

[2] Al monasterio de Condat. Lupicino era abad de Laucone, y en este cenobio residía habitualmente.

[3] Absque ipsius ventris speculo: sin mirarse en el espejo del estómago.

[4] Turgidus fumus: puede referirse al ruido del estómago vacío, o a los monjes vanos y rebeldes.