Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [81]

6.3. Los Padres del Jura

Vida de los Padres del Jura

(I.15). Otros milagros obrados por san Román

44. Y ya que hemos mencionado al santo varón Paladio, en cuyo fiel solaz, como auténtico compañero en la caridad, se apoyaba el bienaventurado Román tanto en el monasterio como en los viajes, contaré también el milagro del que el mismo Paladio fue testigo y que no pudo ser ocultado por qué se hizo públicamente ante la gente de toda la ciudad. Llevado por el ardor de su fe decidió visitar, en Augone, la basílica de los santos[1], o, mejor, el campamento de los mártires, como atestigua el relato que se nos ha transmitido de la pasión de los mismos[2], según el cual no se pudo no digo ya recoger corporalmente los seis mil seiscientos mártires en una construcción, si no ni siquiera, pienso, se pudo juntarlos en un cercado allí en el propio campo.

 

[Dos leprosos curados de su enfermedad]

45. Y al apartarse hacia Ginebra, como no era reconocido por nadie, ya que iba vestido como un pobre -ciertamente el en absoluto quería ser señalado ni reconocido-, sucedió que, al llegar la tarde, entró en una cueva en la que, al borde del camino, vivían dos leprosos, un padre y un hijo. Pues bien, cuando aquellos infelices, luego felices porque la misericordia llegó a ellos, se alejaron un poco de la cueva con el fin de traer leña para sus necesidades, el santo Román, tras golpear y abrir la pequeña puerta, entró en la cueva.

46. Y cuando Román estaba acabando las oraciones en cumplimiento de sus obligaciones religiosas, llegan de pronto aquellos esforzados trayendo leña, y tirando los haces de leña en la entrada, miran a los nuevos e inesperados huéspedes no sin cierta reticencia[3]. Pero el santo Román, como hombre extraordinario que era por su singular bondad, saludándolos dulcemente y abrazándolos a la manera de Martín[4], besa a ambos con sagrado y confiado cariño. Y terminada la oración y el resto del rito, comen juntos, descansan juntos y se levantan también al mismo tiempo y, al despuntar el día, dando gracias a dios y a sus anfitriones, reemprende el camino.

 

[Los leprosos divulgan lo que había hecho Román]

47. Y, ¡oh maravilla de fe!, poco después de partir él, se hizo evidente en los hechos la semejanza de Román con aquel al que con constancia ya antes había imitado[5]. En efecto, aquellos leprosos, mientras hablaban y recordaban aquellos huéspedes, se miraban con mucho detenimiento uno a otro, Y elevando con gozo la voz, se dicen con alegría el uno al otro que están curados ambos; y corriendo a la ciudad con muchos nervios -y es que, por haber pedido de limosna, allí eran conocidos por muchos-, proclaman, con su propio y evidente testimonio, al obispo y al clero, al pueblo hombres y mujeres, la noticia de su curación y el gozo de que ella es producto de la virtud milagrosa.

 

[Salen en busca de Román]

48. Fue admirable entonces como todas las gentes se acercan en tropel a uno y otro, y buscan, atentamente con los ojos muy abiertos, al autor del milagro, por si estaba por allí. Y cuando se dan cuenta de que éste había salido con prisas al clarear el día, escogiendo de la Iglesia a unos clérigos duchos en la búsqueda de santos les mandan que salgan corriendo y que vigilen el rocoso desfiladero del monte Bret[6], para que no sucediera quizás que este conquistador del reino celestial, una vez escapado de este desfiladero estrecho y cerrado, no pudiera ya ser conquistado el por los de Ginebra.

 

[Román es recibido triunfalmente en la ciudad. Regreso a su monasterio]

49. Pues bien, cuando, una vez encontrado, dando la impresión de que se disponían a acompañarle como por casualidad, se ganaron con enorme precaución su confiado afecto, uno de aquellos clérigos se adelantó de pronto para dar la noticia ciudad. Los otros, para que no se sospechara, intiman con él en santa conversación, hasta que se encontró en las manos ya del obispo y de la muchedumbre que había salido a su encuentro fuera de las murallas. Y los propios leprosos que como dijimos, habían sido curados, acercándose con abundantes lágrimas, se vuelven a él arrojándose a sus pies. Y en medio del enorme gozo de éstos, toda la ciudad llorando con ellos purificó, ciertamente también ella, por medio de una fe interior, los pecados acumulados por contagio del mal, de la misma forma que los leprosos habían expulsado de sus cuerpos los despojos de la cruel enfermedad.

50. Pues bien, aquel siervo de Cristo, es, en un primer momento llevado o, mejor, arrebatado por el santo obispo; después es apretujado, en un gran círculo, por todo el clero y ciudadanos, y también por el populacho, hombres y mujeres mezclados en gran número, pidiendo todos ellos remedios para su salud. Él, por su parte, como siervo de Cristo que era, bendijo a todos, pero en verdad con las palabras apropiadas para cada grupo: primero animó a los que estaban los que estaban dando los primeros pasos en la práctica religiosa; a los que andaban lentos en esos pasos dio consejos, diciéndoles que podía suceder que, cuando quisieran convertirse una vida más santa, quizás fuera ya demasiado tarde, pues la duración de la vida es incierta; a los tristes los consoló con paterna bondad; a los enfermos, los restituyó, en la fe, a su antigua salud. Y se volvió con toda rapidez a su cenobio como era su costumbre, no fuera ser que, en medio de las seducciones de este mundo engañoso, debilitado en el contacto con la gente, contrajera alguna mancha, ya a través del oído, ya a través de la vista.

 


[1] Se trata del lugar, actualmente Saint-Maurice (Suiza), al cual el obispo Teodoro llevó, en el siglo IV, los restos de los mártires de la “legión tebana”.

[2] Según una tradición (passio) relatada en el siglo V por Euquerio de Lyon, una legión romana compuesta de soldados reclutados en la Tebaida (Egipto) y convertidos al cristianismo habrían sido martirizados cerca de Agauno alrededor del año 300. Estos legionarios tebanos se habrían negado a participar en las persecuciones contra los cristianos de la región y habrían rechazado practicar ritos paganos del ejército romano.

[3] Paladio estaba presente, acompañando a Román.

[4] Cf. Sulpicio Severo, Vida de san Martín, 18,3-4: “Entrando (Martín) en París acompañado de una gran multitud, al pasar por la puerta de esta ciudad besó y bendijo a un miserable leproso que tenía una cara que causaba horror a todos. Al instante el leproso quedó totalmente libre de su mal. Al día siguiente fue a la iglesia a dar gracias por la salud recobrada, y tenía la piel inmaculada”.

[5] Aunque la expresión es complicada, el Autor quiere poner de relieve que la caridad de Román era semejante a la de san Martín de Tours (cf. SCh 142, p. 291, nota 2).

[6] Ubicado en la ladera sudeste del lago Leman.