Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [82]

6.3. Los Padres del Jura

Vida de los Padres del Jura

(I.16). Otros milagros realizados por los monjes del monasterio de Condat

51. Y el Santo Román no era el único que brillaba en el monasterio con estos poderosos milagros. En efecto, bajo la forma de una caridad perfecta todos los hermanos eran, en la realización de los milagros, tales cual él mismo se mostraba a todos ellos como ejemplo. Y así, con frecuencia en aquel monasterio era sacado el veneno de las serpientes y eran expulsados catervas de demonios. Por ello incluso, el viejo enemigo tendía en aquel monasterio al rebaño del Señor tantas trampas y andaba, aguijoneado por la envidia, alrededor del aprisco del rebaño del Señor tan desenfrenado y rabioso, que, renunciando incluso al repertorio de las tentaciones, intentaba echar de la comunidad a los monjes empujándolos con las apariciones corpóreas, hostiles y monstruosas, de fantasmas. Contaré como entabló allí combate el enemigo con uno de los hermanos, para que quede clara para todos los que quieran saberlo la constancia de los demás hermanos en aquel momento.

 

(I.17). Milagros de Sabiniano

52. Había allí, entre otros varones, como dije, milagrosos, un diácono llamado Sabiniano, el cual, por su santidad de mente y de cuerpo, siguió a Esteban (cf. Hch 6—7), el que fue el primero en este orden sagrado, en pureza como colega en el diaconado, pero públicamente le convirtió en discípulo por el milagro que protagonizó. En efecto, éste, era activamente útil regentando, para servicio de los hermanos, un molino y una moledora en el río cercano al propio monasterio de Condat; y desde el fondo del valle saltaba rápidamente a las reuniones conventuales no solo diurnas sino también nocturnas y llegaba antes que casi todos los hermanos a la asamblea litúrgica.

53. A éste, el diablo le atormentaba todas las noches y en todo momento con tal desenfreno que no le dejaba ni el más pequeño instante de tranquilidad. En efecto, además de constantes golpes en las paredes, agujereaba el pobre techo del mismo con tal estrépito de piedras que aquel hermano apenas podía recuperarse por el día del cansancio nocturno. Pero cuando el maligno comprobó la inutilidad de su maldad practicada desde fuera, entró una noche en la celda estando en ella el diácono, tomó del fuego un tizón y, corriendo de un lado a otro en rápidos movimientos, intentaba incendiar la celda, lo cual hubiera conseguido, si no hubiera sido porque el santo diácono, sospechando lo que pretendía, se mantuvo vigilante con el estímulo de su amor al Señor.

[El diablo se le aparece a Sabiniano en una forma camuflada]

54. Y, como logró expulsarle invocando el nombre de Cristo, la siguiente noche, el mismo diablo, abandonado su apariencia de varón, se presentó ante el casto siervo de Dios bajo la forma de dos doncellas para tenderle acechanzas y así entró el duro tentador, forzando la puerta con suave presión, mientras el monje estaba despierto al lado del fuego. Pero como, a pesar de ser provocado con muchas risas de una y otra forma, el monje rechazaba mover sus ojos hacia aquellas apariciones abominables, el maligno enemigo imagina o, mejor, añade algo más detestable que lo que hasta entonces había hecho. Subiéndose los vestidos de vaporosa tela pone delante del rostro del siervo de Cristo, a donde quiera que este volvía su pública mirada, hasta entonces había hecho.

55. Subiéndose los vestidos de vaporosa tela pone pones delante del rostro del siervo de Cristo, adonde quiera que éste volvía su pública mirada, las partes pudendas femeninas para así, si bien no podía dominar su ánimo de varón, al menos poder hábilmente manchar con tal sociedad su mirada y vista castísima. Y como, no podía dominar su ánimo de varón, al menos poder hábilmente manchar con tal suciedad su mirada y vista castísima. Y como, a pesar de la doble presencia, reconoció que se trataba de un solo monstruo, dijo: “Hagas, enemigo, lo que hagas, a mí, ayudado por el nombre de Cristo, no podrás moverme de mi sitio, porque a mi corazón, armado de la bandera de la pasión de Cristo, no podrás corromperlo ni dominarlo ni con seducción ni con terror. ¿Por qué me asaltas bajo apariencias diversas? Sin duda, insensato como eres, lo único que consigues es sonrojarte, porque a mí, que soy solo uno, aunque ayudado por Dios, nunca me verás diferente a como me has visto hasta ahora”.

56. Entonces el diablo, enloquecido, abandonando la apariencia de muchacha malvada, le golpeó, extendiendo el brazo, un durísimo guantazo, hasta el punto de que dejó la mejilla no solo hinchada del golpe, sino también sucia, rota y torcida; luego, como era su costumbre, volatilizándose desapareció por los aires. Y por la mañana, cuando los hermanos, atónitos, le preguntaron por las circunstancias de la tumefacción y de la herida y él les dijo que el culpable era el asiduo acechador, untando inmediatamente su mejilla con el líquido del óleo santo, se retiró a su celda. Y a partir de entonces, el tentador, frustrado, no volvió a intentar atacarle en vano.

[Otro milagro de Sabiniano]

57. Después de esto, cuanto cierto día el santo Sabiniano, ayudado por los hermanos, tratando con gran esfuerzo de elevar el lecho de la corriente por el que era llevada el agua al molino a fin de activar el curso de la rueda, plantando una doble fila de estacas y trenzándolas, como era costumbre, con mimbres, poniendo en medio una mezcla de paja y piedras, y mientras apretaban fuertemente los materiales, de entre los zarzales salió de pronto de entre el pasto una enorme serpiente, la cual, en cuanto apareció, desapareció. Entonces, los hermanos, temiendo el veneno de la serpiente, pierden todo el día buscándola por si estaba oculta entre las frías aguas, sin conseguir encontrarla.

 

(I.18). Sabiniano: verdadero diácono del Señor

58. Luego, el Santo diácono dijo a los hermanos: “¿Por qué, asustados y aprensivos, tenemos miedo durante tanto tiempo de lo que es simplemente la envoltura del viejo insidiador? Ven, dijo a uno de los hermanos, coloca mis manos y mis pies en la forma de la cruz del Señor”. Y una vez que el compañero, rezando previamente, hizo esto, el diácono entró entre las cañas del canal, diciendo: “Venga, tú que nos has hechas, hazme daño y muérdeme, si puedes, mientras te pisoteo. Entonces los hermanos que estaban de pie en la orilla se decían entre sí: «Verdaderamente este es uno de los diáconos de los que el Salvador hizo estas promesas: “Les he dado la facultad de pisar sobre las serpientes y escorpiones Y sobre todo el poder enemigo y nada les hará daño” (Lc 10,19)».

 

(I.19). Anuncio de la conclusión de la vida de san Román

59. Pues bien, si hemos dicho muy poco sobre cosas que son de extraordinaria importancia, mi discurso tiende ya al final de este pequeño libro, para que así el lector interesado se vea encerrado más por la presión de lo que echa de menos que por el sopor de lo prolijo. Les pido, por tanto, y les suplico, hermanos a los que me dirigí en el prólogo, que teniendo en cuenta más la credibilidad que la forma de mis palabras, no se sientan ofendidos por mi locuacidad, de la misma forma que el señor no despreció la ignorancia de nuestros santos padres. Me queda, sin embargo, advertirles una cosa: puesto que prometí que iba a exponer paralelamente la regla de estos padres, sepan que dicha exposición la reservo para el tercer libro, ya que la misma va mejor en la vida del santo Eugendo, puesto que fue él el que recopiló cuidadosamente dichas instituciones con la ayuda del señor.

[Muerte de Román]

60. Por el momento terminado este primer opúsculo, el discurso del segundo trata del santo padre Lupicino. Y cuando a nuestro héroe de Cristo, cercano ya el tránsito y muy avanzada ya la larga vejez, le apremiaba la debilidad de su cuerpo, mandó llamar, seguro ya del tránsito por inspiración divina, a su hermana para despedirse de ella, a la cual habían puesto al frente del monasterio femenino en ese círculo de las montañas o en ese Balma[1], así lo dicen, creo, en la lengua gálica. Y entonces también, aquejado ya de fuerte desequilibrio corporal, llamando a su lado a los hermanos, dándoles a todos un beso, dio a todos generosamente la paz de Cristo, paz que él siempre había tenido gracias a la pureza y mansedumbre de su alma.

61. Besando en último lugar, con una oración, a su hermano Lupicino, le recomendó que gobernara atentamente a toda la comunidad con amor fraternal; y estando puro de culpa, como libre de crimen, mirando alegre a la muerte, expiró. Los hijos de uno y otro monasterio, tomando su pequeño cuerpo, lo guardaron en la basílica que, como ya hemos dicho a lo largo del relato[2], estaba sobre la cima de la colina. Este venerable lugar, en testimonio de sus méritos, y también en una brillante sucesión de señales milagrosas, se ve cada día y cada hora que pasa brillantemente adornado con los hechos gloriosos de los hijos de aquel.

 


[1] Cf. § 25. Pero en este párrafo no se dice sino solo implícitamente que la madre de las monjas era la hermana de Román. Y tampoco se decía que el lugar era una Balma. El autor subraya que este vocablo es el equivalente de cingulum (cinturón, cíngulo); cf. SCh 142, pp. 304-305, nota 3.

[2] Cf. ibid. La basílica se hallaba en la boca del desfiladero por el cual se accedía al monasterio de las monjas, que estaba encerrado en un círculo de montañas.