Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [85]

6.4. Juan Casiano (+ 435)

Prefacio a las Instituciones 1-4[1]

En este prefacio Casiano presenta la descripción del método y las finalidades de su primer escrito[2]:

 

El sabio Salomón y el artesano Hiram (cf. 1 R 7,13‑14)

«1. Narra la historia del Antiguo Testamento que el sapientísimo Salomón, recibió de Dios sabiduría y prudencia sin medida, y amplitud de corazón como la arena incontable del mar (1 R 4,29 [5,9 LXX]), hasta tal punto que, según el testimonio del Señor, se dice que no existió nadie semejante a él en los siglos precedentes, ni lo habrá después[3]. Deseando construir aquel magnífico templo para el Señor, pidió ayuda a un extranjero, el rey de Tiro[4]. Le fue enviado Hiram, hijo de una viuda; y todo lo espléndido que la divina sabiduría le sugería realizar en el templo del Señor o en los vasos sagrados, lo ejecutó bajo su dirección[5].

 

El obispo Castor (o: Cástor) y Casiano

2. Si aquella dignidad real más sublime que todos los reinos de la tierra, aquel descendiente tan noble y eminente de la raza de Israel y aquella sabiduría divinamente inspirada que superaba las disciplinas y enseñanzas de todos los Orientales y Egipcios, no despreció en absoluto el consejo de un hombre pobre y extranjero, del mismo modo también tú, instruido por estos ejemplos, beatísimo papa Castor, te has dignado llamarme a mí, carente de todo y desde todo punto de vista paupérrimo, para participar de una obra tan grande. Te dispones de este modo a edificar para Dios un templo verdadero y racional, no con piedras insensibles, sino con la reunión de varones santos; no temporal y corruptible, sino eterno e inexpugnable. Y también deseas consagrar al Señor vasos preciosísimos fundidos no con metales mudos de oro y plata, que después de robados, el rey de Babilonia los entregó al placer de sus concubinas y príncipes[6], sino con almas santas, resplandecientes por la integridad de su inocencia, justicia y castidad, que llevan en sí mismas a Cristo Rey que mora en ellas y lo difunden por todas partes.

 

Castor le pide a Casiano que exponga las instituciones de los monasterios de Egipto y Palestina

3. En una provincia que no tiene cenobios deseas que sea organizada la manera de vivir de los Orientales, y sobre todo la de los Egipcios. Aunque tú mismo seas perfecto en todas las virtudes y en la sabiduría, de tal modo lleno de todas las riquezas espirituales, que no sólo tu palabra sino tu vida, por sí sola, sería más que suficiente como ejemplo para los que buscan la perfección; sin embargo, me pides a mí, que no soy elocuente y soy pobre en sabiduría, que contribuya a la realización de tu deseo con la pobreza de mi entendimiento; y me mandas que explique, aunque sea en un estilo carente de pericia, las costumbres de los monasterios que vimos observadas en Egipto y Palestina, tal como allí nos fueron trasmitidas por nuestros padres. No buscas palabras llenas de elegancia, en las que eres perfectamente versado, sino que deseas que sea explicada la vida simple de los santos con palabras sencillas a los hermanos de tu nuevo monasterio.

 

Casiano expone sus límites: es un pecador; hace ya mucho tiempo que ha dejado aquellas regiones (Egipto y Palestina)

4. Para realizar esto, tanto me incita a obedecer el piadoso ardor de tu deseo, cuanto me disuade, aun queriéndolo hacer, las múltiples barreras de mis escrúpulos. Primero, porque los méritos de mi vida no alcanzan como para confiar en que podré abarcar dignamente con mi espíritu y entendimiento cosas tan difíciles, oscuras y santas. Segundo, porque aquellas cosas que, viviendo desde nuestra adolescencia entre aquellos monjes tratamos de poner por obra, ya estimulados por sus cotidianas exhortaciones y ejemplos, o bien lo que aprendimos y vimos con nuestros ojos, de ningún modo podemos todavía retenerlo, apartados totalmente tantos años de la convivencia e imitación de sus vidas. Máxime que era absolutamente imposible transmitir, comprender o recordar el sentido de esas realidades por una meditación abstracta o una enseñanza verbal.

 

Importancia de la experiencia. Otros límites de Casiano: un discurso poco hábil; además, los santos Padres han escrito numerosas obras sobre las instituciones monásticas

5. En efecto, todo consiste únicamente en la experiencia y en la práctica. Del mismo modo que estas realidades no pueden ser transmitidas sino por alguien que las ha experimentado, tampoco pueden ser percibidas ni comprendidas, sino por aquel que uniendo la dedicación al esfuerzo haya trabajado para captarlas. Estas cosas si no fueran frecuentemente discutidas y pulidas en la conversación asidua con varones espirituales, pronto se desvanecerían nuevamente por la negligencia del espíritu. En tercer lugar, porque esto mismo no lo puede explicar adecuadamente un discurso inexperto, no por causa de la cosa en sí, sino porque en virtud de nuestra situación actual nosotros no lo podemos recordar. A esto se agrega que varones ilustres por su vida y preclaros por su palabra y enseñanza, ya elaboraron muchos opúsculos sobre esta materia. Me refiero a Basilio, Jerónimo y algunos otros. De éstos, el primero respondió a los hermanos que lo interrogaban sobre diversas instituciones y cuestiones, no solamente con palabra elocuente sino con abundantes testimonios de las divinas Escrituras. El segundo, no sólo editó libros elaborados por su ingenio, sino que tradujo al latín libros escritos en griego.

 

Casiano pide que su obra sea leída con benevolencia

6. Después de tan exuberantes ríos de elocuencia, podría ser calificado de presuntuoso en mi afán de agregar algunas gotas de agua, si no me animara la confianza de tu santidad y tu promesa de que estas simplezas, cualesquiera sean, serán aceptadas por ti y que las destinarás solamente a la comunidad de hermanos, que habitan el nuevo monasterio. Pero, si tal vez, les llegamos a exponer algo menos adecuado, que lo lean con bondad y que lo soporten con mayor indulgencia, buscando en mis palabras más bien la fe que la elegancia del lenguaje.

 

Método y primera finalidad de la obra

7. Por lo cual, beatísimo papa, modelo único de religión y de humildad, animado por tus ruegos, emprendo según la capacidad de mi inteligencia, la obra que tú me encargas; y lo que ha quedado sin tratar absolutamente por nuestros predecesores, ya que intentaron describir más bien lo oído que lo experimentado; y lo expondré como para un monasterio en sus comienzos, y para hombres sedientos en verdad. Aclaro que no trataré de componer una narración de las maravillas y de los milagros de Dios. Aunque no sólo oímos contar, sino que vimos con nuestros propios ojos muchas cosas grandes e increíbles, realizadas por nuestros ancianos; sin embargo, dejadas de lado cosas que, para los lectores, fuera de la admiración, no contribuyen con nada más para su aprovechamiento en la vida perfecta, me esforzaré por explicar fielmente, cuanto me sea posible con la ayuda del Señor, las instituciones y reglas de sus monasterios. Y, sobre todo, los orígenes y las causas de los vicios principales, que ellos consideran ser ocho, y la forma de curarlos, según la enseñanza que nos han transmitido.

 

Otras finalidades de la obra

8. Lo que me propongo, pues, es hablar no de las maravillas de Dios, sino de la corrección de nuestras costumbres y de la culminación de la vida perfecta, según aquello que recibimos de nuestros ancianos. En este punto, también trabajaré con empeño en satisfacer tus deseos. Si, tal vez, en estas regiones encontrara algo no bien fundado según el ejemplo de los ancianos en una antiquísima tradición, sino que hallara algo suprimido o agregado según el juicio de cada fundador de un monasterio, fielmente lo agregaré o suprimiré de acuerdo a aquella regla de los monasterios que vimos fundados antiguamente en Egipto y Palestina. Creo, pues, que, de ningún modo, una nueva fundación puede encontrar en la parte occidental de las Galias algo más razonable o más perfecto que aquellas instituciones según las cuales permanecen los monasterios fundados por los Padres santos y espirituales, desde el comienzo de la predicación apostólica hasta nuestros días.

 

Necesidad de adaptar al Occidente latino las instituciones de los egipcios

9. Trataré de introducir en este opúsculo una prudente moderación. Suavizaré, hasta cierto punto, recordando las costumbres de los monasterios que hay en Palestina y Mesopotamia, aquellas cosas que según la regla de los egipcios compruebe que son impracticables, duras y arduas en estas regiones, ya sea por el rigor del clima, ya sea por la dificultad y diversidad de costumbres. Porque si se practica una medida razonable en las cosas posibles, la perfección de la observancia es la misma con medios diferentes».

 


[1] En su versión al italiano de las Conferencias, el Prof. Alciati denomina “Normas” (Norme) a esta obra de Casiano, y explica los motivos de esta opción en las pp. 57-60 de su introducción (Giovanni Cassiano. Conversazioni con i padri. Testo latino a fronte [a cura di Roberto Alciati], Milano, Paoline Editoriale Libri, 2019 [Col. Letture cristiane del primo millennio, 59]); ver también pp. 114-115, nota 2. Rufino utilizó el mismo vocablo para referirse a las Cuestiones de san Basilio en su traducción latina de este texto (Prefacio, v. 4). Cf. Adalbert de Vogüé, osb, Histoire littérarire du mouvement monastique dans l’antiquité. T. 6. Première partie: le monachisme latin. Les derniers ècrits de Jérôme et l’oeuvre de Jean Cassien (414-428), Paris, Eds. du Cerf, 2002, p. 46 (Col. Patrimoines. Christianisme).

[2] Edición: Jean Cassien. Institutions cénobitiques; ed. J.-C. Guy, Paris, Eds. du Cerf, 1965, pp. 22-32; Cassianus, Opera (De institutis coenobiorum et de octo principalibus vitiis; De incarnatione contra Nestorium); ed. M. Petschenig; editio secunda supplementis aucta curante G. Kreuz, Wien, Verlag der Österreichische Akademie der Wissenschaften, 2004, pp. 3-7 (CSEL 17). Traducción: Juan Casiano. Instituciones cenobíticas, Zamora, Ediciones Monte Casino/ECUAM, 2000, pp. 29-32 (Colección de Espiritualidad Monástica, 50).

[3] Cf. 1 R 3,12-13.

[4] Cf. 1 R 5,15 ss.

[5] 1 R 7,13-14.

[6] Cf. Dn 5,2.