Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [86]

6.4. Juan Casiano (+ 435)

“La exhortación de abba Pinufio a un hermano cuando lo recibió en el cenobio” (Instituciones 4,33 ss.)

Es muy probable que estemos ante una exhortación-discurso ya existente, pero es igualmente posible que Casiano la haya retocado (¿o más que eso?) para adaptarla a sus propias necesidades.

El plan que de esta extensa exhortación puede resumirse en los puntos que se exponen a continuación:

1. Introducción (caps. 32-33). Explicación de la causa, del motivo, de la prueba a la que fue sometido el candidato; la importancia de la vida que desea profesar (la vida monástica): “... Tememos que si te recibiéramos precipitadamente nosotros nos haríamos reos ante Dios de ligereza y tú de castigos más graves, si admitido aquí con facilidad y sin haber comprendido bien la importancia de la vida que deseas profesar, (tú) pudieras abandonarla más tarde o caer en la tibieza. Por eso debes conocer, en primer lugar, la causa de tu renuncia, a fin de estar mejor instruido sobre lo que te conviene hacer” (Inst. 4,33).

2. La renuncia (abrenuntiatio) [caps. 34-35], es signo (indicium) de la cruz de Cristo y de la mortificación. Es un tema pascual (cf. Ga 2,20; 6,14; Mt 10,38): seguir a Cristo, renunciando a sí mismo; la cruz del monje es el temor del Señor: “El que está clavado en el patíbulo de la cruz ya no mira las cosas presentes, ni piensa en sus afectos; no se inquieta ni se preocupa por el día de mañana; no es agitado por el deseo de tener; no se deja conmover por ninguna altanería, ninguna rivalidad, ningún celo; no se duele de las injurias del presente ni recuerda las pasadas” (Inst. 4,35).

3. La perseverancia (cap. 36), que consiste en no abandonar el campo evangélico (¿el cenobio?) para volver a la vida anterior.

4. Atención (caps. 37-38) a la cabeza de la serpiente; vigilancia y apertura de corazón al anciano. No hay salvación sin pruebas. Las dificultades deberían favorecer el crecimiento espiritual del monje.

5. Los grados por los que se arriba a la humildad (cap. 39), que es la puerta de “la caridad exenta de temor”. Se comienza, valga la paradoja, por “el temor del Señor”, que engendra el desprecio y la privación de los bienes que impiden llegar “a adquirir la humildad”; se logra, alcanzando la caridad, actuar “por amor del mismo bien y (por) el deleite de las virtudes”.

6. Para vivir en comunidad (caps. 40-42), hay que poner en práctica la sentencia del salmista: ser como mudo, sordo y ciego (Sal 37 [38],14-15). Esta “regla espiritual” exige del cenobita que:

- todas las cosas que viere menos edificantes, como ciego no las vea;

- si oye hablar de un desobediente, contumaz o detractor o de alguien que se conduce de manera diferente a lo que le ha sido enseñado, no se escandalice; que pase a través de todo, como un sordo que no oye nada de eso;

- y si a él o a algún otro se le hacen ultrajes o se le han inferido injurias, permanece inmóvil y como un mudo escucha sin responder.

Además, es necesario que se haga necio en este mundo, es decir, que con toda simplicidad y fe muestre siempre la obediencia, teniendo sólo por santo, por útil, por sabio lo que indicare la ley del Señor y el parecer del anciano.

Finalmente, el monje que vive en comunidad debe recordar permanentemente que no debe esperar su paciencia de la virtud de los otros, pensando que la poseerá cuando nadie le ofenda, ya que no depende de su voluntad que eso ocurra. Por el contrario, debe esperarla más bien de su humildad y longanimidad.

7. Conclusión - resumen (cap. 43): el camino hacia la perfección parte del temor del Señor y tiene por meta la pureza del corazón y la caridad apostólica. El itinerario que nos propone Casiano consiste en pasar del temor del Señor a la compunción del corazón, de ésta a la renuncia, es decir, al despojamiento y al desprecio de toda riqueza; del despojamiento a la humildad. De la humildad a la mortificación de las voluntades; y de aquí, merced a la expulsión de los vicios, que procura esta última, y el consecuente arraigo de las virtudes, se llega a la pureza del corazón, por la cual se alcanza la perfección de la caridad apostólica.

 

Texto

Introducción

32. … «Ya ves -le dijo el anciano- cuántos días has permanecido durmiendo a las puertas del monasterio, antes de ser recibido en este día. Debes conocer en primer lugar la causa de esta dificultad. Pues podría serte muy útil en el camino que deseas comenzar si, conocida esta razón, llegares al servicio de Cristo de manera consecuente y tal como conviene.

La renuncia

Capítulo 33

“Dios, en efecto, tiene prometida una gloria inmensa en el futuro para quienes le sirven fielmente y están unidos a él por la observancia de esta regla. Así también tiene aparejadas gravísimas penas para los que fuesen tibios y negligentes en su ejecución, y no se preocuparan de manifestar los frutos de santidad congruentes con la vida que han profesado o con la estima que los hombres les tienen.

Según la sentencia de la Escritura es mejor no prometer que dejar de cumplir lo prometido (Qo 5,4 [LXX]), y maldito el que realiza con negligencia la obra de Dios (Jr 48,10 [LXX]). Por esta razón es que te hemos estado rechazando tanto tiempo. No es que nosotros no deseemos con todo anhelo hacer nuestra tanto tu salvación como la de todo el mundo, y no aspiremos a salir lejos al encuentro de los que quisieran convertirse a Cristo. Pero tememos que si te recibiéramos precipitadamente nosotros nos haríamos reos ante Dios de ligereza y tú de castigos más graves, si admitido aquí con facilidad y sin haber comprendido bien la importancia de la vida que deseas profesar, (tú) pudieras abandonarla más tarde o caer en la tibieza[1]. Por eso debes conocer, en primer lugar, la causa de tu renuncia, a fin de estar mejor instruido sobre lo que te conviene hacer.

Capítulo 34

“La renuncia no es otra cosa que el signo de la Cruz y de la mortificación. Por ende, debes saber que en este día tú has muerto a este mundo, a sus obras y deseos, y que, según el Apóstol, estás crucificado para el mundo y el mundo para ti[2].

Considera entonces lo que implica la Cruz bajo cuyo misterio debes vivir desde ahora, a la luz de esta vida: porque ya no eres tú el que vive, sino que vive en ti aquél que fue crucificado por ti[3].

Debemos pasar esta vida con aquella actitud y disposición en la que Él fue suspendido en el patíbulo por nosotros, a fin de que, según la palabra de David, marcando con el temor del Señor nuestra carne[4], no sirviendo a todas nuestras voluntades y deseos de nuestra concupiscencia, las clavamos más bien a la mortificación de Cristo. Así cumpliremos el precepto del Señor que dice: El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí (Mt 10,38).

Pero quizás digas: ‘¿Cómo puede el hombre llevar siempre su cruz o cómo estando en vida puede alguien estar crucificado?’. Escucha brevemente la explicación:

 

La perseverancia

Capítulo 35

“Nuestra cruz es el temor del Señor. Así como el que está crucificado no tiene más la posibilidad de mover sus miembros o de volverse hacia donde le parece mejor, de la misma manera debemos ajustar nuestras voluntades y deseos no de acuerdo con lo que nos es grato y nos deleita en el presente, sino de acuerdo con la ley del Señor, allí donde ella nos ha sujetado. El que está clavado en el patíbulo de la cruz ya no mira las cosas presentes, ni piensa en sus afectos; no se inquieta ni se preocupa por el día de mañana; no es agitado por el deseo de tener; no se deja conmover por ninguna altanería, ninguna rivalidad, ningún celo; no se duele de las injurias del presente ni recuerda las pasadas. Aunque todavía vive en el cuerpo, se considera ya muerto a todas las cosas y dirige la mirada de su corazón al lugar adonde sabe que muy pronto va a pasar. Del mismo modo a nosotros los crucificados por el temor del Señor nos conviene estar muertos a todas aquellas cosas, esto es, no sólo a los vicios carnales sino también a los elementos del mundo, teniendo fijos los ojos del alma en el lugar al cual debemos emigrar en cualquier momento. De este modo podremos tener mortificados todas las concupiscencias y los afectos carnales.

Capítulo 36

1. “Ten cuidado, pues, de que no vayas a retomar jamás a las cosas que una vez abandonaste por tu renuncia y, en contra de la prohibición del Señor, no vayas a retornar del campo evangélico donde trabajas para volver a vestir la túnica de la que te habías despojado[5]. No vayas a recaer en las concupiscencias y preocupaciones bajas y terrenas de este mundo, ni vayas a bajar, en contra del mandamiento de Cristo, del techo de la perfección para tomar algunas de esas cosas a las que habías renunciado[6].

Procura no recordar a tus parientes, ni tus afectos antiguos, no sea que vuelto a las preocupaciones y solicitudes del siglo y, según la sentencia del Salvador, poniendo la mano en el arado y mirando hacia atrás (Lc 9,62), vayas a ser inepto para el reino de los cielos.

2. Pon atención a que cuando comiences a tener un conocimiento sabroso de los Salmos o de tu profesión, no vayas a resucitar poco a poco el orgullo que ahora, al comenzar, aplastaste con el ardor de la fe y con entera humildad. Según la palabra del Apóstol, si vuelves a edificar lo que habías demolido te conviertes a ti mismo en un prevaricador[7]. En cambio, permanece más bien hasta el fin en este despojamiento que has profesado ante Dios y sus ángeles. Y no sólo persistas en aquella humildad y paciencia que te ha hecho orar durante diez días con tantas lágrimas a la puerta del monasterio, a fin de ser admitido en él, sino que progresa en aquella virtud y hazla crecer más y más. Porque sería una desgracia muy grande si en lugar de avanzar a partir de los rudimentos y comienzos, tendiendo a la perfección, empezaras a bajar de ese punto a algo inferior. No el que comienza estas cosas, sino el que perseverare hasta el fin se salvará (Mt 24,13).

 


[1] Esta frase no es de fácil traducción, en el latín se lee: “sed ne temere recipientes et nos apud Deum leuitatis et te reum grauioris supplicii faceremus, si ad praesens facile susceptus nec pondus professionis huius intellegens uel destitutor post haec uel tepidus extitisses”.

[2] Cf. Ga 6,14.

[3] Cf. Ga 2,20.

[4] Cf. Sal 118 (119),120.

[5] Cf. Mt 24,18.

[6] Cf. Mt 24,17.

[7] Cf. Ga 2,18.