Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [87]

6.4. Juan Casiano (+ 435)

“La exhortación de abba Pinufio a un hermano cuando lo recibió en el cenobio” (Instituciones 4,33 ss.) [continuación]

 

Capítulo 37. La tentación de la inconstancia

“La astuta serpiente observa siempre nuestro talón[1], es decir que tiende sus trampas junto a nuestra puerta y hasta el fin de nuestra vida trata de derribarnos. Por eso de nada te servirá haber comenzado bien o haber abrazado con gran fervor los comienzos del renunciamiento, si estas cosas no fueran valorizadas y concluidas por un fin correspondiente, y si no guardares hasta el término de tu vida la humildad y la pobreza de Cristo, que ahora has profesado en su presencia, tal como la comenzaste. Para que puedas cumplir esto, observa siempre la cabeza de esta serpiente, es decir, el comienzo de los pensamientos que te sugiere y manifiéstalos enseguida a tu anciano. Así aprenderás a aplastar sus perniciosas insinuaciones, si no te avergüenza revelárselos enteramente a tu anciano.

 

Capítulo 38. Los grados de humildad. (caps. 38-39)

“Por lo cual, según la sentencia de la Escritura, una vez que has salido para servir al Señor, permanece en el temor de Dios y prepara tu alma para las tentaciones (Si 2,1) y las angustias, no para el descanso, no para la seguridad, no para las delicias. Es necesario entrar en el reino de Dios por muchas tribulaciones (Hch 14,22). Angosta es la puerta y estrecho el camino que lleva a la vida y son pocos los que lo encuentran (Mt 7,14). Considera que formas parte de los pocos y elegidos: no te enfríes por el ejemplo y la tibieza de la multitud, sino vive como los pocos, a fin de que merezcas ser encontrado con los pocos en el reino. Muchos son los llamados y pocos los elegidos (Mt 22,14; cf. Mt 20,16), y es pequeña la grey a quien el Padre tuvo a bien darle la heredad (cf. Lc 12,32; no es una cita “literal”). No creas que es pecado leve haber profesado una vez la perfección y seguir después lo que es imperfecto.

He aquí los grados y el orden por los que se llega al estado de perfección.

 

Capítulo 39

1. “El principio de nuestra salvación y su conservación es el temor del Señor (Pr 9,10), puesto que por medio de él los que se ejercitan en el camino de la perfección adquieren el comienzo de la conversión, la purificación de sus vicios y la guarda de las virtudes. Cuando ese temor ha penetrado el espíritu de un hombre da a luz el desprecio de todas las cosas y engendra el olvido de los parientes e incluso el horror del mundo. Y aquel desprecio y privación de todos los bienes lleva a adquirir la humildad.

2. Ahora bien, la humildad se reconoce por los siguientes indicios:

primero, si uno ha mortificado toda voluntad propia;

segundo, si no ha ocultado nada a su anciano, no sólo de sus acciones sino incluso de los pensamientos;

tercero, si no apoyándose en su propio criterio, sino entregando todo al juicio del anciano, escuche sediento y con agrado sus avisos;

cuarto, si en todas las cosas mantiene la mansedumbre de la obediencia y la constancia de la paciencia;

quinto, si no sólo se abstiene de injuriar a nadie, sino que además no se duele ni entristece de las que los otros le infieren a él;

sexto, si no hace ni presume nada sino lo que recomienda la regla común o el ejemplo de los mayores;

séptimo, si está contento con todo lo más vil y si en todo lo que se le ofreciere se considera como un obrero malo e indigno;

octavo, si uno se siente inferior a todos y eso no sólo en la superficie de los labios sino también en el afecto más íntimo de su corazón;

noveno, si refrena su lengua y no levanta demasiado su voz;

décimo, si no es fácil y pronto para la risa.

3. La verdadera humildad se reconoce, pues, por medio de tales indicios y otros parecidos. Una vez poseída de verdad, ella te conducirá de inmediato, como a un grado superior, a la caridad exenta de temor[2], gracias a la cual comenzarás a hacer sin trabajo y como naturalmente lo que al principio no cumplías sino con miedo del castigo y actuarás no ya por consideración del suplicio o de un temor cualquiera, sino por amor del mismo bien y el deleite de las virtudes.

 

Capítulo 40. Los ejemplos de los hermanos

“Para que puedas llegar a esto más fácilmente, tú que vives en comunidad, busca ejemplos imitables y de vida perfecta, no los de muchos, sino de pocos, incluso de uno o dos. Porque, fuera del hecho de que una vida probada y purificada se encuentra en pocos, también se puede sacar de esto la siguiente ventaja: que uno, para tender a la perfección de este propósito, es decir, el de la vida cenobítica, es más diligentemente educado y formado por el ejemplo de uno solo.

 

Capítulo 41. Normas para la vida comunitaria

1. “Para que puedas alcanzar todo esto y perseverar hasta el fin, bajo esta regla espiritual hay tres cosas que debes guardar, como necesarias en la vida de comunidad según la sentencia del Salmista: Yo entretanto, como sordo, no escucho y soy como mudo que no abre sus labios. Me he hecho semejante a un hombre que no oye y que no tiene respuesta en su boca (Sal 37 [38],14-15). Compórtate tú también como sordo, mudo y ciego, de forma que fuera de la mirada atenta sobre aquél que has elegido para imitar por el mérito de su perfección, todas las cosas que vieres menos edificantes, como ciego no las veas, no sea que estimulado por la autoridad y conducta de aquellos que hacen estas cosas, te deslices hacia lo peor y que antes condenabas.

2. Si oyeres hablar de un desobediente, contumaz o detractor o de alguien que se conduce de manera diferente a lo que te ha sido enseñado, no te escandalices ni te dejes arruinar imitando tal ejemplo. Pasa a través de todo, como un sordo que no oye nada de eso.

Si a ti o a algún otro se le hacen ultrajes o se le han inferido injurias, permanece inmóvil y como un mudo escucha sin responder según la ley del talión, cantando siempre en tu corazón este versículo del Salmista: Yo me dije “Atenderé a mis caminos, para no pecar con mi lengua; pondré un freno a mi boca mientras el impío esté frente a mí”. Y quedé silencioso, mudo; callé aún el bien (Sal 38 [39],2-3).

3. Pero tú, cultiva este cuarto principio más que todos porque corona y da valor a las tres cosas de que hablamos antes. Es decir: hazte necio en este mundo, según el precepto del Apóstol, para llegar a ser sabio (cf. 1 Co 3,18). No disciernas ni juzgues nada de las cosas que te fueren mandadas, sino que, con toda simplicidad y fe muestres siempre la obediencia, teniendo sólo por santo, por útil, por sabio lo que te indicare la ley del Señor y el parecer del anciano. Fundado sobre tales principios puedes permanecer siempre bajo esta disciplina y no serás echado del cenobio por ninguna tentación del enemigo ni por ninguna maquinación.

 

Capítulo 42. La paciencia

“Por lo tanto no debes esperar tu paciencia de la virtud de los otros, es decir, pensando que sólo la poseerás cuando nadie te ofenda, pues no depende de tu voluntad que eso ocurra. Pero debes esperarla más bien de tu humildad y longanimidad, que están en tu poder.

 

Capítulo 43. Conclusión: los grados para ascender a la perfección

“Para que todo lo que hasta ahora se ha desarrollado largamente se inculque más fácilmente en tu corazón y pueda impregnarse firmemente en tus sentidos, haré de ello un resumen que te permitirá, en razón de su brevedad y compendio, guardar en tu memoria el conjunto de los preceptos.

Escucha, pues, en pocas palabras por qué grados podrás ascender sin ningún trabajo ni dificultad a la misma perfección.

El principio de nuestra salvación y de nuestra sabiduría es, según la Escritura, el temor del Señor (Pr 9,10). Del temor del Señor nace una compunción saludable. De la compunción del corazón nace la renuncia, es decir, el despojamiento y el desprecio de toda riqueza. Del despojamiento es procreada la humildad. De la humildad viene la mortificación de las voluntades. Por la mortificación de las voluntades son extirpados y se marchitan todos los vicios. Con la expulsión de los vicios las virtudes pueden crecer y dar fruto. Por la fecundidad de las virtudes se adquiere la pureza del corazón. Por la pureza de corazón se posee la perfección de la caridad apostólica.

 


[1]  Cf. Gn 3,15; Sal 55 (56),7.

[2] Cf. 1 Jn 4,18.