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6.5. Las Reglas Monásticas de Cesáreo y Aureliano de Arlés

Aureliano de Arlés[1]

Aureliano fue obispo de Arlés entre el año 546 y su muerte, el año 551. En el 547 fundó un monasterio para monjes y más tarde, desconocemos la fecha exacta, otro para mujeres. Escribió dos reglas, una para cada comunidad. Siendo en este caso la más importante la dirigida al monasterio de varones, mientras que la destinada a las vírgenes es solo una copia de aquella con muy escasas modificaciones.

 

La celebración de la Liturgia de las Horas en la Regula ad monachos (= R Aur M)

Al igual que Cesáreo, Aureliano presenta un ordo para la celebración del oficio divino al final de su Regla, en una suerte de apéndice, mientras que en el “cuerpo” de la Regla da instrucciones sobre el modo de celebrar las horas y la actitud que deben observar los monjes.

Cuando se da la señal todos deben abandonar sus trabajos y se apresurarán a cumplir con el servicio de la oración comunitaria, como abejas que vuelan a sus colmenas (apes prudentissimae ad alvearium, R Aur M 30). Luego, durante la salmodia, las almas no deben vagabundear en espíritu (non vagari animo), ni hablar, ni trabajar, sino salmodiar con sabiduría: “Salmodiaré y comprenderé” (Sal 100 [101],2; ver Sal 46 [47],8). Y también: “Salmodiaré en espíritu, pero con la inteligencia” (1 Co 14,15). Temiendo la amenaza: “Maldito sea el hombre que cumple la obra de Dios con negligencia” (Jr 48,10; R Aur M 31). Sin embargo, durante las vigilias, mientras se lee una lectura, se podrá hacer trabajo manual para evitar el sueño, excepto el domingo y los días de fiesta. En estos días si alguno se adormece que reciba la orden de ponerse de pie, mientras el resto de la comunidad permanece en sus lugares (R Aur M 29). En cada servicio, comprendida la tarea de salmodiar y leer, los hermanos se sucederán por turno (vicibus sibi succedant), excepto el abad, los ancianos, los niños pequeños y los enfermos (R Aur M 22).

Después del oficio nocturno nadie será autorizado a volver a dormir, sino que se debe decir prima, y luego todos se dedicarán a la lectura hasta la hora tercera (R Aur M 28).

Para servicio de la comunidad serán ordenados sacerdotes, diáconos y subdiáconos, pero sólo aquellos que el abad indique. Si algún hermano recibe el episcopado deberá dejar el monasterio (R Aur M 46).

La tarea propia del monje es la oración y la lectura, a esto debe aplicarse incesantemente. El monje debe vacar solo en Dios (soli Deo vacare, R Aur M 48). Por tanto, durante el trabajo y en las comidas se recitarán o escucharán textos de la Sagrada Escritura. Así en el trabajo se seguirá el mandamiento del Apóstol: “La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantad agradecidos a Dios en vuestros corazones con salmos, himnos y cánticos inspirados” (Col 3,16). Y en las comidas será restaurado el hombre exterior y también el hombre interior (R Aur M 24 y 49), con las Escrituras.

La llave de la puerta del oratorio estará en manos de personas de confianza (probatae sint personae). Recibirán las llaves sobre el altar o sobre el evangelio, sabiendo que deberán dar cuenta a Dios del ministerio que se les ha confiado (R Aur M 21). El oratorio no estará adornado con telas preciosas, por eso no se comprarán telas de seda o adornadas con oro y piedras preciosas. Si alguien las regalase se deben vender, según el criterio del abad (R Aur M 27).

Al igual que la Regla para las vírgenes de Cesáreo (RCV caps. 66. 68-69), como apéndice, la R Aur M trae un ordo para la celebración del oficio divino, que en muchos aspectos completa y aclara aquel. Sin duda, también tiene su origen en el ordo del monasterio de Lérins.

Una novedad importante en el ordo del Oficio divino es la repetición del Kyrie, que se dice tres veces al inicio, tres veces después de los salmos, y otras tres al final. Esta novedad procede del concilio de Vaison, sud-este de Francia, celebrado el año 529 (canon tercero).

Para la fiesta de Navidad los monjes se levantan a la tercera hora de la noche, recitan un nocturno, y leen seis series de lecturas del profeta Isaías; luego celebran el segundo nocturno, y otras seis series de lecturas del evangelio (R Aur M 57,1-2). Mientras que para Epifanía después del primer nocturno se leen seis series de lecturas del profeta Daniel, y a continuación del segundo nocturno: seis series de lecturas del evangelio (R Aur M 57,3). En tanto que para las fiestas de mártires se lee una serie de lecturas del evangelio y las otras lecciones se toman de las pasiones de los mártires, hasta completar tres o cuatro series de lecturas (R Aur M 57,5).

Para otras circunstancias la Regla prevé una variable cantidad de lecturas después del oficio nocturno: los viernes, en verano, hay dos series de lecturas, y en invierno tres (R Aur M 56,24 y 57,6). Los domingos, tanto en verano como en invierno, hay seis series de lecturas, siendo que nadie debe estar sentado durante la primera cuando se lee el relato de la resurrección (R Aur M 56,25 y 57,9-10). Durante el invierno, como las noches son más largas, después de los dos nocturnos se leen tres series de lecturas. Un hermano debe leer tres o cuatro páginas, según el formato del libro, después se hace una oración y así hasta la tercera o cuarta serie. Entonces todos se ponen de pie y se dice una antífona, un responsorio, otra antífona, y algún otro hermano debe proseguir la lectura. Cumplidas las series de lecturas se dicen los salmos canónicos de laudes (R Aur M 56,30-34). En el caso que los hermanos se levantasen tarde se lee aquello que el abad decida (R Aur M 56,26). El lector debe respetar inmediatamente la señal para asegurar el número canónico de lecturas (R Aur M 56,26).

La Misa se celebra cuando el abad lo juzga oportuno (R Aur M 57, 12).

Cuando un hermano muere un grupo de monjes debe velarlo en el oratorio hasta la medianoche, y se leerán dos series de lecturas del Apóstol. A medianoche se cambiarán quienes lo velaban. Debe ser informado el obispo para que dé la orden de traslado al sepulcro. Si el obispo no lo hace debe solicitarse a los clérigos (R Aur M 58).

Por lo que respecta al ayuno: no debe practicarse ni sábados, ni domingos, ni en las grandes fiestas, aunque se esté en el tiempo de Cuaresma (R Aur M 59,7-12).

 

Regula ad virgines (= R Aur V)

Esta regla es sustancialmente igual a la R Aur M, a excepción de algunas pocas variantes.

La R Aur V nada dice sobre el trabajo manual de las monjas durante las vigilias, por lo que es de suponer que lo elimina R Aur V 23 (cf. R Aur M 29).

Se afirma que la comunidad monástica recitará el cursus nocturno y diurno en la basílica de Santa María, en razón de que los fieles acuden a orar o a encontrar a la abadesa o a visitar a sus parientas. Pero si el invierno es muy riguroso solamente se dirán laudes, vísperas y el oficio de la duodécima hora (R Aur V 38; ver R Aur M 58). Mientras que prima, tercia, sexta y nona se celebran en el oratorio interior (R Aur V 38,1-4).

Las monjas, en los días feriales, dicen seis salmos, en vez de doce, en los oficios de prima (ver R Aur M 56,40), tercia, sexta y nona (R Aur V 41-42; ver R Aur M 56,47-50).

La R Aur M y la R Aur V difieren poco de las respectivas Reglas de Cesáreo de Arlés. Más bien reafirman lo dicho en estas y, en algunos casos, en lo referente al ordo del oficio divino lo explicitan y lo completan. El número de horas es el mismo: tercia, sexta, nona, vísperas, duodécima hora, completas, oficio nocturno, laudes y prima. Con la particularidad de que, según parece, prima se celebra todos los días, y no solamente los domingos como lo prescribía la RCV (cap. 69,13-14; ver R Aur M 56,40).

Las dos Reglas de Aureliano también nos ponen frente a un ordenamiento ya muy desarrollado, que incluso supera el número de las siete horas propuesto por Casiano, y que contiene una gran variedad de elementos. Es un oficio que supone la participación de los fieles en alguna de sus horas.

Pocas o casi ninguna referencia a los sacramentos es la constante de las cuatro Reglas de los obispos de Arlés; las únicas realmente importantes son: prohibición de asumir el padrinazgo de bautismo (ver RCV 11,1 y R Aur M 20), y la breve referencia a la eucaristía de la R Aur M, la misa se celebra cuando el abad lo juzga oportuno (R Aur M 57,12). A pesar de lo cual no puede ignorarse la presencia de monjes sacerdotes en el monasterio que aseguraban la celebración de la eucaristía, y es muy posible que la prescripción de la R Aur M apunte a evitar que los monjes ordenados prescindan del superior del monasterio en su ministerio sacramental (ver R Aur M 46).

El domingo, día de la resurrección del Señor, es invariablemente señalado y siempre es considerado como una jornada especialísima en la vida del monje.

 


[1] Cf. Cuadernos Monásticos n. 77 (1986), pp. 279-286.