Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [91]

6.6. Gregorio de Tours[1]

Pastor y político

A Gregorio de Tours se le ha designado repetidamente desde el siglo XVII como “père de l’histoire de France” [padre de la historia de Francia], un título que Martin Heinzelmann rebatió recientemente (Heinzelmann 1994) y que descansa, desde luego, en una denominación anacrónica del espacio que más le preocupa al autor, la Galia de los reinos francos (llamada Francie, no France). Nacido en 538 en Clermont y muerto en su sede episcopal de Tours en 594, Gregorio es, efectivamente, conocido ante todo por su obra histórica, sus Historias, a las que durante siglos se llamó impropiamente Historia de los francos y se malinterpretaron como historia “nacional”, a la manera de la Historia de los godos de Isidoro de Sevilla (Goffart 1988). No obstante, su obra hagiográfica, igualmente voluminosa, despierta cada vez más interés entre los investigadores (Van Dam 1993). Si se puede situar el repunte del interés historiográfico por Gregorio de Tours en los años 80, el aniversario de su muerte en 1994 marcó un hito y estimuló considerablemente la producción científica en torno al turonense. En todo caso, es imposible entender la obra de Gregorio sin aproximarse a su figura histórica. Personaje clave de la segunda mitad del siglo VI, obispo durante veintiún años de una sede metropolitana situada en la encrucijada de los distintos reinos merovingios y en contacto muy estrecho con reyes enfrentados entre sí, Gregorio no es un simple testigo de su tiempo. En los últimos decenios, la historiografía ha resaltado que también es un actor, cargo eclesiástico a la vez que figura política de primer plano. Gregorio de Tours pone asimismo su pluma al servicio del papel que él cree le incumbe, un papel que no se ciñe a nuestras categorías de hoy, nacidas al calor de la separación postgregoriana entre Iglesia y Estado.

 

Hacia el episcopado

Nuestras informaciones biográficas sobre Gregorio son escasas, apenas unas noticias salpicadas a lo largo de sus Historias de forma alusiva y a veces voluntariamente truncada por razones probablemente políticas (Wood 2002), o supeditadas a una verdad espiritual (Heinzelmann 2016: 8). Gregorio nace en Clermont, capital de Auvernia, el 30 de noviembre 538. Miembro de una familia senatorial, ostenta los tria nomina (tres nombres: Georgius Florentius Gregorius) que para entonces se han convertido en un marcador más social que étnico. Se le conoce un parentesco con el emperador Avito, auvernés como él, que reinó durante unos meses en 456. Gregorio también reivindica un vínculo familiar con algunos de los mártires de Lyon del siglo II, además de con varios obispos santos de su época. Una lectura atenta de las Historias revela que uno de sus antepasados fue conde de Autun a finales del siglo V, y tuvo por tanto un papel relevante en la construcción del reino burgundio. Finalmente, merece mención el nombre germánico de uno de sus tíos abuelos (el dux Gundulfo), posible indicio de que esta estirpe senatorial no veía con malos ojos alianzas matrimoniales con francos o burgundios. No se sabe nada más de su familia directa, excepto la muerte de Pedro, su hermano diácono, en una faida (serie de venganzas encadenadas entre grupos familiares), y la existencia de una hermana cuyo nombre se desconoce.

Gregorio quedó huérfano hacia 548 y fue educado sucesivamente en Clermont y Lyon, en casa de dos obispos de su familia: su tío Galo de Clermont (muerto en 551) y su tío abuelo Niceto de Lyon. Es probable que el grupo familiar tuviese intención de que el joven clérigo fuese sucesor de uno u otro, pero por lo que fuese no se logró (Van Dam 1993). En todo caso, Gregorio recibió una educación puramente eclesiástica cuyo propósito era permitirle alcanzar un cargo elevado en el seno de la Iglesia. El hecho de que este tipo de formación se encuentre bastante alejado de la clásica no debe inducirnos a tomar muy en serio sus alegaciones de pobreza cultural, tanto para sí mismo como, en general, para los tiempos en los que le ha tocado vivir (texto 1). Más que una incapacidad por su parte, se puede argumentar que mediante un lenguaje poco alejado del hablado (sermo rusticus), buscaba ser legible por las élites francas tanto eclesiásticas como laicas (¡y ciertamente no los mismos rustici!). Desde luego, la protestación de ignorancia que abre el In gloria confessorum no es otra cosa que una pieza retórica destinada a captar el interés del lector. Podemos apuntar además a que no se limita a citar las Escrituras, sino que es también buen conocedor de Virgilio y Salustio (Meyers 1994), a pesar de reivindicar una saludable distancia con los autores clásicos y afirmar que su lectura pone en peligro el alma del lector (aunque fuese el mismo Jerónimo) y la Iglesia en general (texto 2).

En 563, Gregorio emprende una peregrinación votiva a Tours. A su vuelta a Auvernia o poco después, debió recibir el diaconato, tal vez en Brioude, no muy lejos de Clermont. El santuario de san Julián de Brioude había sido promocionado por Galo de Clermont, que instituyó una peregrinación anual desde su sede; allí había sido enterrado el emperador Avito, vinculado, como hemos dicho, a la familia de Gregorio. Diez años más tarde, en 573, fallece el obispo de Tours, Eufronio. Según afirma Gregorio en las Historias, Eufronio era pariente suyo, al igual que otros doce de los dieciocho obispos anteriores; y esta vez Gregorio logró sucederle. Eso sí, sabemos gracias a un poema de Venancio Fortunato que su elección no se hizo de forma canónica por el clero y el pueblo, sino mediante decisión del rey Sigeberto y su esposa Brunegilda. El origen familiar de Gregorio sin duda fue un argumento, y el interés manifestado por los reyes se explica por la importancia estratégica de la sede, situada en una zona de frontera. De todas formas, este procedimiento era probablemente habitual en los reinos francos desde Clodoveo, y tampoco parece especialmente original frente al sistema visigodo o imperial de la época. En todo caso, nos permite recordar que Gregorio, como prelado de Tours, debe ser considerado una figura política importante de la Galia franca.

 

El papel político de Gregorio en un mundo franco en guerra

Nombrado obispo por un rey, Gregorio permaneció el resto de su vida muy cercano a varios soberanos francos, sobre todo a los que mandaban sobre el reino de Reims, futura Austrasia, región nororiental de la Galia donde se habían asentado los Francos renanos.

En 573, cuando accede al episcopado, el reino de París, que incluía Tours, acaba de ser dividido entre los tres hijos supervivientes de Clotario I, Gontrán (rey de Borgoña), Sigeberto (rey de Austrasia) y Chilperico (titular del reino de Soissons, que en el siglo VII se llamará Neustria). Tours recae en Sigeberto, al que Gregorio sirve durante dos años: durante este periodo la sede episcopal se encuentra en una situación delicada, perteneciendo las ciudades vecinas a reinos diferentes. Sin embargo, después de la muerte de Sigeberto en 575, Tours pasa a manos de Chilperico hasta 584. Posiblemente éste haya intentado aprovechar las buenas relaciones de Gregorio con la corte austrasiana para acercarse a Brunegilda, viuda de Sigeberto, durante esos años (Wood 2002). Efectivamente, por muy hostil que se le exhiba Gregorio en las Historias (textos 3 y 5), él no deja de cumplir con Chilperico el papel de consejero privilegiado que había desempeñado con Sigeberto. En el último periodo de su vida, después de la muerte de Chilperico, el rey Gontrán toma el control de Tours, aunque en teoría reina su sobrino Childeberto II, hijo de Sigeberto y Brunegilda. Ocho años de colaboración política (Gontrán muere en 592) vienen así coronar la historia de las buenas relaciones entre ambos personajes.

Las últimas décadas del siglo VI, en las que Gregorio es activo, están marcadas por la guerra civil provocada por el asesinato de Galsuinta, hija del rey visigodo Atanagildo y esposa de Chilperico. A la vez que un conflicto familiar, su muerte a instancias de la concubina de éste, Fredegunda (texto 3), desencadena un enfrentamiento entre reyes y facciones aristocráticas en el que el turonense se ve implicado y que terminará veinte años después de su muerte, con la ejecución de Brunegilda en 613. Brunegilda es hermana de Galsuinta y busca venganza sobre Chilperico a través de su marido, de su hijo Childeberto II (mayor de edad en 585) y finalmente de su aliado Gontrán. Pero una guerra tan larga, a veces designada como “faida real” merovingia, tiene también una causa estructural: la aristocracia se encuentra en crisis, y compite furiosamente por unos recursos cuya limitación se está volviendo aparente, en un contexto de parón de la expansión franca (y por tanto de las larguezas reales) y de peste en el Mediterráneo. Es difícil penetrar el papel exacto de Gregorio a través de su propio relato, que no busca precisamente ser la crónica política de aquellos años. Sin embargo, un acontecimiento concreto referido por las Historias indica que no pudo ser meramente secundario: en 579 se le acusa de complotar para entregar Tours a Childeberto II y a su madre, y de acusar a Fredegunda de adulterio con el obispo Beltrán de Burdeos. Su condición de obispo le permite ser juzgado por una reunión conciliar, la cual le absuelve al año siguiente (Historias, V, 49), gracias, entre otras cosas, al apoyo de su amigo Venancio Fortunato, obispo de la vecina Poitiers.

Sus buenas relaciones con los actores del conflicto llevan finalmente Gregorio a intervenir en el marco de la revuelta del pretendiente Gundovaldo (585), y a tomar parte activamente en las negociaciones que llevarían al pacto de Andelot en 587. Gontrán, que carece de hijo y ha permanecido relativamente neutro hasta entonces en la guerra, se acerca al bando de Brunegilda y Childeberto; según el pacto, éste se convierte en su heredero, sin que en un futuro su otro sobrino de tan sólo tres años, Clotario II, hijo de Fredegunda, pueda reivindicar parte alguna del reino de Gontrán. La constancia de Gregorio en su hostilidad a Fredegunda se hace aparente al cuestionar, en dos pérfidas palabras (“que decían hijo de Chilperico”), que Clotario sea realmente hijo de Chilperico (Historias, VIII, 31; Wood 1993: 259). Su involucramiento político es real, pero este ejemplo (y otros cuantos) revela que usa diversas técnicas expositivas para encubrirlo cuando su propia posición peligra.

 

La defensa de la religión católica

Por mucho que participe en intrigas terrenales, a Gregorio le preocupa, y mucho, la ciudad celestial. En primer lugar, se ocupa de honrar a sus habitantes, los santos. Lo hace de forma práctica, a través de la promoción del culto a las reliquias y de la atención a sus santuarios, ante todo al de san Martín, del que resulta ser el máximo protector al situarse la basílica a las puertas de su ciudad episcopal. Su libro dedicado a los milagros de san Martín atestigua que atiende con especial ahínco las dos fiestas anuales del santo, el cuatro de julio y el once de noviembre. Según afirma en el “testamento espiritual” que cierra les Historias (texto 6), no despreció tampoco su catedral de Tours, de cuya restauración se encargó personalmente.

Posiblemente la relevancia de san Martín en la Galia del siglo VI no haya sido tan grande como Gregorio pretende, y le deba mucho a su propia labor de promoción (Van Dam 1993). Se sabe que en la antigüedad tardía la asociación de los obispos con santos les permitió aumentar su prestigio y su poder (Brown 1981); pero el caso de la asociación de Gregorio con san Martín es de doble filo, porque si le permite incrementar su peso político en un contexto muchas veces inestable, también le obliga a encontrar una salida cuando las personas que piden asilo al santo resultan políticamente incómodas. La situación de Tours, en una región limítrofe de los distintos reinos merovingios, hace de la basílica de san Martín el lugar elegido para refugiados de orígenes varios (Wood 2002). Gregorio no sólo presta atención a los lugares públicos del culto a los santos, sino que detenta una colección particular de reliquias heredada de su padre, que le protege del incendio y las tormentas y tiene recogida en un oratorio que construyó especialmente en Tours (Gloria de los mártires, 84).

También se dedica a honrar a los santos de forma literaria. La mitad de su obra total es de índole hagiográfica: Vida de los Padres, VII Libros de milagros (de los cuales uno dedicado a san Julián de Brioude y cuatro a san Martín), Gloria de los confesores, Gloria de los mártires. El libro de la Vida de los Padres manifiesta que la concepción de la santidad de Gregorio de Tours sigue siendo de tipo ascético, aun cuando manifiesta una constante desconfianza hacia los eremitas incontrolados de su tiempo; y de hecho, los santos hombres que presenta en la Vida de los Padres tienen poco en común, salvo su oportuna sumisión al obispo (Diem 2015). Los santos aristocráticos que florecerán en Francia en el siglo VII todavía no son de actualidad: para Gregorio la santidad se difunde, no a través de una estirpe, sino por concesión de la gracia divina (Brown 2000: 18). No es raro que entre los milagros que refiere, algunos le afecten personalmente (Heinzelmann 2016: 32-33): está convencido, por ejemplo, de que su curación de la disentería se debe a haber absorbido un poco de polvo de la tumba de san Martin diluida en agua (Milagros de san Martín, II, 1). Esta relación personal íntima con los milagros empieza desde la infancia: ya de niño tuvo visiones para curar a su padre, enfermo de gota, mediante remedios escriturarios (texto 4). No por ello habría que considerar a Gregorio, como ha sido el caso hasta hace poco, como un ingenuo contador de fábulas. Los milagros que relata tienen una función didáctica (Goffart 1988): demuestran de forma práctica que los buenos consiguen su recompensa, y los malos, su castigo, del mismo modo que lo demuestra la historia tal como la ve él, “una mezcla confusa de milagros y horrores” (Goffart 1988: 435).

Aunque no se trata del aspecto más conocido de Gregorio de Tours, su defensa de la religión se realiza también a través de su papel pastoral. Obispo metropolitano de una provincia de extensión mediana a escala de la Galia, tiene que cuidar, vigilar y orientar a los feligreses y al clero de su diócesis, así como a sus obispos sufragáneos, que para mayor dificultad se encuentran a menudo integrados en reinos distintos al suyo. Esta preocupación se manifiesta por ejemplo en la redacción de un tratado Sobre el curso de las estrellas cuya función era ayudar a los sacerdotes a fijar las horas eclesiásticas nocturnas. Gregorio también es consciente de que le incumbe velar por la ortodoxia, no sólo dentro de su territorio, sino, en general, en la Iglesia, en la que, siendo obispo, tiene potestad para predicar. Aunque no conocemos su labor habitual en este ámbito, las Historias reflejan bien esta preocupación por la herejía arriana y por esos eremitas independientes de la jerarquía eclesiástica a los que considera impostores y herejes. En varias ocasiones Gregorio narra con detalle los debates mantenidos con los embajadores visigóticos arrianos enviados por Leovigildo a su paso por Tours, a los que, como a todos los arrianos, presenta como personajes muy negativos. Su vigilancia acerca del dogma le lleva incluso al enfrentamiento con su rey, Chilperico, que, en la línea de las concepciones tardo imperiales, se considera con derecho a opinar en la materia (texto 5).

Y es que un aporte historiográfico fundamental de los últimos años (Heinzelmann 1994) revisa el sentido que darle a los X Libros de Historia: conviene entenderlos como una historia eclesiástica cuyo principal referente es las Historias contra los paganos de Orosio, a la vez que como una serie de retratos de reyes que sirven tanto de modelo como de contramodelo. Gregorio juzga a los monarcas a los que presenta en función de su relación con los representantes de Dios, obispos y santos. Entre los modelos figura Clodoveo, nuevo Constantino al que dedica el libro II; Teodeberto, “amigo de las iglesias”, eje del libro III; también Gontrán en una mayoría de ocasiones (libros VII- IX), aunque a veces aparece bajo una luz más bien negativa, al igual que Sigeberto, positivo y negativo por turnos en el libro IV. Este último tiene como principal fallo oponerse a uno de los mayores santos de Francia (y obispo, para más escándalo), san Germán de Auxerre. Por su parte, en los libros siguientes Chilperico ofrece un semblante de una sola pieza de rey malvado, “Nerón y Herodes de nuestro tiempo”: al contrario de Teodeberto o de Gontrán, Chilperico gobierna sin el consenso de su obispado. Aunque el retrato sea el de un contramodelo sin matices, sabemos que las relaciones de Gregorio con Chilperico, al que aconsejó durante años, no fueron tan unívocas; pero una vez más, tenemos que cuidarnos de considerar la obra histórica de Gregorio como un simple relato de acontecimientos. Gran parte de su narración está enfocada a un objetivo teológico, y las Historias cumplen además cierta función de espejo de príncipes, orientado, según Heinzelmann, por un programa de Bischofsherrschaft, de dominación de los obispos. Se puede rebatir “la sistematización” de Heinzelmann, que no deja resquicio para la subjetividad, la torpeza, ni para el hecho de que Gregorio esperaba que le fuesen a leer los propios actores de sus Historias o gente cercana a ellos, lo cual con bastante verosimilitud influiría en su enfoque (Wood 1993, sobre su relación compleja con Chilperico); el aspecto ideológico de las mismas sigue siendo un aspecto fundamental para su comprensión. También se ha querido ver en ellas una deliberada dimensión satírica (Goffart 1988); tal vez convendría debatir hasta qué punto, en el siglo VI, el sentido del humor resultaba compatible con la defensa de la ortodoxia y la averiguación de los designios divinos.

Para Gregorio y probablemente la mayoría de los obispos de su tiempo, no tiene sentido separar política y religión, porque el regimiento del mundo terrestre debe quedar supeditado a la ordenación celestial. Por esta razón, un responsable eclesiástico necesariamente cumple una misión política, y esto explica lo que a nosotros nos parece la doble cara de Gregorio de Tours, su implicación en la guerra civil franca y su preocupación constante por la pureza del dogma y el enaltecimiento de los santos. En cualquier caso, los reproches de credulidad o de superficialidad otrora vertidos sobre él definitivamente deben ser revisados por anacrónicos. Sus anécdotas, por irrisorias que nos parezcan (véase el milagro de la lámpara, texto 3), son demostrativas y cumplen una función de edificación. Otra razón, aparte de la discutible denominación de “Francia”, por la que Gregorio no es “el padre de la historia de Francia”, es que su propósito no es histórico en el sentido moderno de la palabra: aparte de cierta indiferencia hacia la cronología, los criterios que maneja para incorporar acontecimientos a su relato no son los de un historiador. En definitiva, tal como alegó Walter Goffart (Goffart 1988), no conviene separar su obra histórica de su obra hagiográfica, sino contemplar el conjunto como fruto de una visión totalizadora de la acción de Dios entre los hombres.

 

Bibliografía

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Selección de fuentes

Texto 1. Prefacio a las Historias

Aquí empieza el primer prefacio de Gregorio

«Dado que la cultura de las letras liberales decaía, o mejor dicho perecía en las ciudades galas, cuando algunas cosas se producían, tanto buenas como malas, y la ferocidad de los paganos se desencadenaba, el furor de los reyes aumentaba, las iglesias se veían atacadas por los herejes y protegidas por los católicos, la mayoría ardía en la fe de Cristo y algunos se enfriaban, las mismas iglesias eran dotadas por devotos y saqueadas por pérfidos; no había forma de encontrar ningún gramático experto en dialéctica que pudiese describir todo esto en prosa o verso. Muchos se lamentaban a menudo, diciendo: “Ay de nuestros tiempos, en los que el estudio de las letras ha perecido entre nosotros y no se puede encontrar en todo el pueblo un orador que publique por escrito los acontecimientos presentes”. Oyendo constantemente estos lamentos y otros semejantes, en pro de la conmemoración de las cosas pasadas decidí que éstas llegasen al conocimiento de las personas venideras, y a pesar de mi expresión poco culta, no me he resignado a ocultar ni los embates de los infames ni la vida de los rectos; impulsado además por aquello que dicen los nuestros y me maravilla mucho, que “Al orador filósofo pocos le entienden, al que habla llano, muchos”. También he decidido que, para computar los años, el libro primo empezaría desde el principio mismo de este mundo, y he dado relación de sus capítulos abajo».

X Libros de Historia, I,1

Texto 2. Rechazo de la cultura clásica

«El sacerdote Jerónimo, mejor doctor de la Iglesia después del apóstol Pablo, cuenta que fue traído ante el tribunal del Juez eterno y, tumbado en la cama de tormento, severamente fustigado por leer a menudo las argucias de Cicerón y las mentiras de Virgilio; que confesó, en presencia de los santos ángeles, al mismo Soberano de todas las cosas que en adelante no los leería nunca ni se ocuparía más de ellos, sino únicamente, en el futuro, de los escritos considerados dignos de Dios y aptos para la edificación de la Iglesia. El apóstol Pablo dijo: “Procuremos las cosas que contribuyen a la paz, y observemos las que pueden servir a nuestra mutua edificación”. Y en otra parte: “No salga de la  boca de ustedes palabra dañosa, sino la que sea conveniente para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que los escuchen”. Por ello nosotros también tenemos que seguir, escribir y predicar lo que edifique la Iglesia de Dios y lleve las mentes débiles al conocimiento de la fe perfecta por medio de la santa instrucción. Pues no deberíamos recordar fábulas mentirosas ni seguir la sabiduría de los filósofos, hostil a Dios, por no incurrir en sentencia de muerte eterna por juicio del Señor».

Gloria de los mártires, prefacio

Texto 3. Asesinato de la reina Galsuinta

«Cuando Chilperico vio esto, y a pesar de que ya tenía varias mujeres, pidió la mano de su hermana Galsuinta, prometiendo a través de sus embajadores que abandonaría a las demás si sólo podía conseguir una esposa digna de él e hija de rey. Su padre aceptó estas promesas y le envió a su hija con grandes riquezas, tal como lo había hecho con la anterior. Pues Galsuinta era mayor que Brunegilda. Cuando ella llegó hasta el rey Chilperico, fue recibida con gran honra y unida a él por matrimonio. Él la quería con gran amor, pues había traído consigo muchos tesoros. Sin embargo, por culpa del amor de Fredegunda, a la que había tenido antes [como mujer], surgió entre ellos un gran escándalo. Galsuinta ya había sido convertida a la ley católica y había recibido la crismación. Como se quejaba al rey de sufrir vejaciones continuas y no compartir con él ninguna dignidad, pidió que se le permitiera volver a su patria, dejando atrás los tesoros que había traído. Él, disimulando, la tranquilizó con buenas palabras. Pero al final ordenó que un esclavo la estrangulara y la encontró muerta en su cama. Después de su muerte, Dios ostentó un gran milagro: la lámpara que ardía, colgada de una cuerda, frente al sepulcro, rompió la cuerda sin que nadie la tocara y se estrelló en el pavimento, el cual se hundió a pesar de su dureza, como convertido en un elemento blando, y la lámpara se quedó medio enterrada, pero sin sufrir ningún desperfecto. Lo cual pareció a todos los asistentes un gran milagro. En cuanto al rey, después de haber llorado su muerte, hizo de Fredegunda su esposa pocos días después; ante lo cual sus hermanos consideraron que dicha reina había sido asesinada a petición suya y le derrocaron. Entonces Chilperico tenía tres hijos de su anterior esposa Audovera, a saber, Teodoberto, mencionado antes, Meroveo y Clodoveo».

X Libros de Historia, IV,28

Texto 4. Sobre las visiones que tuve acerca de la enfermedad de mi padre

«Pero no hay que considerar como absurdo que el Señor se digne revelar mediante visiones seguras cómo honrar a los santos o conseguir remedios para un enfermo. Recuerdo lo ocurrido en mi infancia, cuando mi padre sufría de gota y yacía en su cama, debilitado por la fiebre y muchos dolores: entonces vi en sueños a una persona que me decía: “¿Has leído el libro de Jesús hijo de Nave [Josué]?”. Yo le contesté: “No he aprendido nada más que las letras del alfabeto, y las estoy estudiando todavía con gran esfuerzo. Por lo que no sé siquiera si existe ese libro”. Y dijo: “Ve, prepara una pequeña varilla de madera sobre la que se pueda escribir este nombre, y cuando se haya hecho con tinta, colócala debajo de la cabeza de la cama de tu padre. Será para él una protección, si haces lo que digo”. A la mañana siguiente, le conté la visión a mi madre, y ella manda cumplir lo que indicaba. Hecho esto, mi progenitor se repuso enseguida de la enfermedad. No obstante, transcurrido un año, este mal volvió a apoderarse de él. La fiebre sube, sus pies se hinchan, los nervios se le retuercen con un terrible dolor. Como reposaba en la cama con grandes gemidos, soportando estas cosas, volví a ver a esa persona en una visión, y me preguntó si conocía ahora el libro de Tobías. Respondí que no lo había leído. Y él dijo: “Que sepas que una vez el hijo de un hombre ciego, como viajaba en compañía de un ángel, tomó un pez en un río, por indicación del ángel le quitó el corazón y el hígado, y fumigó [con ellos] los ojos de su padre, el cual recobró la visión al instante, disipadas las tinieblas en las que se encontraba sumido. Ve tú y haz lo mismo, de forma que tu progenitor consiga el alivio de sus dolores”. Se lo conté a mi madre y ella se apresuró a enviar esclavos al río. Se tomaron peces, se les quitó las vísceras indicadas y se las aplicó a mi padre a los ojos. En cuanto le alcanzó el humo oloroso, al instante tumor y dolor retrocedieron».

Gloria de los Confesores, 39

Texto 5. Debate dogmático con Chilperico

«En la misma época el rey Chilperico escribió un pequeño tratado para que la santa Trinidad no fuese nombrada mediante la distinción de las personas, sino simplemente “Dios”, afirmando que sería indigno que Dios fuese llamado “persona” como un hombre de carne y hueso, y, además, que el Padre es lo mismo que el Hijo, y que el Espíritu Santo también es lo mismo que el Padre y el Hijo. “Así, decía, les pareció a los Profetas y los Patriarcas y así lo anunció la misma Ley”. Una vez mandado que me leyeran estas cosas, me dijo: “Así quiero que creas tú y los demás doctores de las iglesias”. Le respondí: “Buen rey, te conviene abandonar esta creencia y seguir lo que después del Apóstol nos trasmitieron los otros doctores de la Iglesia, lo que nos enseñaron Hilario y Eusebio y lo que confesaste en el bautismo”. Entonces el rey, enojado: “Manifiestamente, en esta causa Hilario y Eusebio son mis enemigos encarnizados”. A lo cual contesté: “Te será mejor cuidar de no ofender ni a Dios ni a sus santos. Pues quiero que sepas que en persona difieren el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No se hizo carne el Padre, ni el Espíritu Santo, sino el Hijo, de forma que el que era Hijo de Dios se convirtió también en hijo de una virgen, para redención de los hombres. No fue el Padre quien sufrió pasión, ni el Espíritu Santo, sino el Hijo, de forma que el que se hizo carne en el mundo, se ofreció a sí mismo por el mundo. Y lo que dices sobre personas debe entenderse en un sentido no material, sino espiritual. En esas tres personas, pues, reside una sola gloria, una sola eternidad, un solo poder”. Pero conmovido dijo: “Explicaré estas materias a más sabios que tú, y me darán su aprobación”. A lo cual repliqué: “Nunca será sabio, sino estúpido, el que siga lo que propones”. Entonces él se calló rechinando los dientes. Pocos días después el obispo Salvio de Albi le visitó y mandó leerle el tratado, pidiéndole aprobación. Pero al escucharlo Salvio lo rechazó hasta tal punto que si hubiese podido tocar el pergamino en el que venía escrito, lo habría hecho pedazos por fraudulento. Así que el rey abandonó su idea».

X Libros de Historia, V,44

Texto 6. Testamento espiritual de Gregorio de Tours

«El decimonono fui yo, Gregorio, obispo indigno. Encontré la iglesia de la ciudad de Tours, en la que san Martin y otros obispos del Señor fueron consagrados en el oficio pontifical, derruida y arruinada por el fuego. La reedifiqué más grande y más alta, y celebré su dedicación el año decimoséptimo después de mi ordenación sacerdotal. En ella, según me habían comunicado los sacerdotes más longevos, los antiguos habían colocado reliquias de los santos de Agaune. Encontré la mismísima arqueta en el tesoro de la basílica de san Martín, y en ella, las reliquias que por respeto hacia su poder habían sido allí llevadas, bastante deterioradas por la podredumbre. Y mientras se celebraban vigilias en su honor, se me antojó visitarlas otra vez a la luz de un cirio. Y como las estábamos examinando atentamente, el custodio nos dijo: “Hay aquí una piedra cerrada con cubierta; ignoro totalmente lo que hay dentro y no he podido averiguarlo por mis predecesores. Se las traeré para que miren con detenimiento qué es lo que contiene”. La tomé y reconozco que la abrí: en ella encontré una caja de plata con reliquias de los mártires de la Legión sagrada, así como de muchos santos mártires y confesores. También encontré más piedras huecas como ésta, con restos de los santos apóstoles y el resto de mártires. Así que maravillado y agradecido de este regalo divino, celebré vigilias, dije también misas, y las coloqué en la catedral. Dejé las reliquias de los mártires Cosme y Damián en la celda de san Martín contigua a la misma. Encontré las paredes de la santa basílica [de san Martín] quemadas por el fuego, y mandé a nuestros obreros pintarlos y adornarlos para devolverles su anterior esplendor. Hice adjuntar un baptisterio a la basílica, donde coloqué reliquias de los santos mártires Juan y Sergio, y en el anterior baptisterio deposité reliquias del mártir Benigno. En muchas localidades del territorio turonense celebré dedicaciones de iglesias y oratorios, y los ilustré con reliquias de santos, pero me parece cansino enumerarlos todos».

X Libros de Historia, X, 31

 


[1] Por la Prof. Céline Martin Université Bordeaux-Montaigne, Francia. Agradezco a la Autora el permiso concedido para publicar en nuestro sitio su contribución.