Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [92]

7. África

7.1. San Agustín (+ 430)

7.2. Las comunidades monásticas agustinianas

7.3. Los monasterios del norte de África

7.4. Fulgencio de Ruspe (+ 1/1/532)

 

Introducción

En el período que nos ocupa con el vocablo África se designaban las regiones de ese continente próximas al Mediterráneo. Pero ni siquiera a todas ellas, sino que, en su más amplia acepción, según la reforma de Diocleciano (284-305), esta Diocesis Africae comprendía las siguientes provincias:

1) Tripolitana (capital Leptis Magna);

2) Byzacena (capital Hadrumetum);

3) Africa Proconsular o Zeugitana (capital Cartago);

4) Numidia (capital Constantina);

5) Mauritania Sitifensis (capital Sitifi);

6) Mauritania Caesariensis (capital Caesarea).

África “romana” se identificaba entonces con el oeste de Libia, Túnez y Argelia. Con la reforma de Diocleciano la Mauritania Tingitana (capital Tingis) fue unida a la provincia Baetica (capital Hispalis, la actual Córdoba) de España (diócesis de Hispania), porque las comunicaciones resultaban así más fáciles.

Las jurisdicciones eclesiásticas coincidían solamente en parte con las civiles recién enumeradas. A pesar de ello se adoptaron los nombres de las seis provincias civiles.

Difícilmente puede reivindicarse un origen apostólico para el cristianismo africano. Lo confirma el silencio total a este respecto por parte de Tertuliano, Cipriano y Agustín.

El primer testimonio seguro de esta Iglesia de África se remonta al año 180. Son las actas de los mártires escilitanos, condenados a muerte por el procónsul Saturnino y decapitados en Cartago el 17 de julio del año 180. Según Tertuliano esta fue la primera persecución (ver Ad Scapulam 3,4) que padecieron los cristianos en África. A ella siguieron otras a fines del siglo II y comienzos del III. Una de las más célebres confesiones de su fe la dieron Perpetua, Felicidad y compañeros, en Cartago el 7 de marzo del año 203.

A comienzos del siglo III nos hallamos ante una comunidad cristiana bien organizada, con una jerarquía local a su frente, en la que sobresale nítidamente la figura del obispo.

Desde mediados del siglo III, especialmente durante el episcopado de Cipriano (248/49-258), son numerosos los datos que poseemos sobre esta Iglesia. Sabemos que se reunieron siete concilios, convocados por el mismo Cipriano: año 251, se trató el tema de los lapsos; año 252, de nuevo se abordó el tema de los lapsos; año 253, se trató el tema del bautismo de los niños y el caso del obispo Terapio, que había concedido la reconciliación al presbítero Víctor antes de que éste cumpliese plenamente con la penitencia; año 254, el tema central fue la situación de los dos obispos españoles Basílides y Marcial; año 255, tuvo como tema el bautismo de los herejes; año 256, hubo dos reuniones (primavera y la reunión del 1º de septiembre), también se trató el tema del bautismo de los herejes.

En el año 257 se reiniciaron las persecuciones. El 14 de septiembre del 258, bajo Valeriano, padeció el martirio el obispo Cipriano de Cartago.

El edicto de tolerancia de Galieno (hacia el 260) brindó un período de paz, que es un período oscuro en la vida de esta Iglesia, durante el cual, según parece, no hubo acontecimientos de relieve. Es posible que se trate de un período de reorganización eclesial, en el que se crearon las nuevas provincias eclesiásticas. De tal forma que en el 305 ya podemos ver, en la reunión de Cirta, cómo el episcopado de Numidia forma una circunscripción eclesiástica con un primado a su cabeza (Secundus de Tigisi).

La gran persecución afectó profundamente a la Iglesia africana. Hubo numerosas víctimas, y también varias deserciones incluso entre los mismos obispos. La reunión recién mencionada de Cirta (año 305) ofrece a este respecto un ejemplo poco brillante. Finalmente, al llegar la paz de Constantino un cisma conmoverá a la Iglesia de África: el donatismo. Ya a raíz de la elección de Cipriano se había producido un cisma. Al neoelecto se le oponían dos bandos: los confesores con Fortunato, y los novacianistas con Máximo. El cisma de los seguidores de Novaciano duró más allá del año 446, en que es mencionado por León el Grande. Las medidas tomadas por Constantino para conjurar este nuevo cisma se mostraron ineficaces. Se reunieron dos concilios, uno en Roma (el año 313) y otro en Arlés (al año siguiente); en ambos se consideró válida la elección de Ceciliano para la sede de Cartago. Sin embargo, habrá que esperar hasta la intervención de Agustín de Hipona para que se logre la pacificación y reunificación de la Iglesia del África.