Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [93]

7.1. San Agustín

1. Vida de San Agustín. Momentos de una evolución interior[1]

a. Los primeros años (354-373): Tagaste, Madura, Cartago

Agustín[2] nació en Tagaste el 13 de noviembre del año 354. La etapa de la juventud es fundamental en su vida pues marca la posterior evolución intelectual y moral del santo, siendo también la llave para interpretar su pensamiento y su acción pastoral en años subsiguientes. Agustín fue siempre cristiano, tuvo siempre en el corazón el nombre de Jesús; no fue nunca un pagano y se hizo maniqueo porque éstos profesaban la fe en Cristo. Por eso cuando deja a los maniqueos no adhiere a ninguna escuela filosófica, porque no tenían el nombre de Cristo. Y además creyó siempre en la providencia divina que conduce al hombre y al universo, como también en la vida futura y en el juicio de Dios (ver Contra Academicos, I,2,5; Confessiones, I,9,14; I,11.17; III,4,5; VI,11,5).

Luego de estudiar, entre los años 365-366, en la escuela del gramático Máximo, en la ciudad de Madura (Madaurus), ciudad muy próxima a la de Tagaste (Thagaste), se trasladó a Cartago. Allí llegó, en el año 370 y también allí se producirá su “nacimiento” a la filosofía, a los diecinueve años de edad: el año 373. El hecho se produce a raíz de la lectura del Hortensio de Cicerón. En esta obra encuentra una exhortación a la sabiduría, la idea de que la sabiduría es inmortal y que lo es igualmente el alma del hombre. Comprende que sólo a través de la rectitud y honestidad se puede encontrar la sabiduría: es necesario querer lo que se debe, deviene un lema de vida. Sin embargo, Agustín lee el libro en clave cristiana, olvidando que Cicerón era ecléctico y escéptico. La influencia de Cicerón sobre Agustín es decisiva. Cicerón era el mediador entre la cultura latina y la griega, y en él halla Agustín el paganismo que más tarde introducirá en ambiente cristiano. En el De Civitate Dei, por ejemplo, Agustín va a recuperar lo válido del paganismo, sublimarlo en una visión superior y afirmar netamente la doctrina cristiana en oposición a la pagana. La influencia de Cicerón tuvo también su parte negativa sobre Agustín: lo arroja en el racionalismo. Después de leer el Hortensio se encuentra con una superstición pueril: la oposición, que él convierte en dilema, entre fe y razón. Intenta entonces leer las Sagradas Escrituras, pero topa con dos inconvenientes: demasiados misterios y cuestiones difíciles, y una lengua miserable. Las deja a un lado y se encuentra con los maniqueos (ver De beata vita, 4; Confessiones, III,4,7-8; III,5,9; Sermo 51,5-6).

b. Agustín maniqueo (374-383): Cartago

Pasó nueve años entre los maniqueos, por lo que es necesario preguntarse: ¿por qué adhirió al maniqueísmo? ¿qué aceptó del maniqueísmo? ¿hasta qué punto fue maniqueo?

¿Por qué?, por cuatro motivos: porque los maniqueos se presentaban como los que conducían a la luz, a la verdad, al conocimiento (racionalismo); porque tenían varios elementos del cristianismo y se consideraban cristianos: eran los fieles puros y espirituales. No aceptaban el Antiguo Testamento por las barbaridades que en él se dicen. Y lo que de éste aparecía en el Nuevo Testamento, lo consideraban como interpolaciones. A Agustín lo atrajo un cristianismo puro y espiritual (cristianismo). Tercer motivo, el problema del mal, cuestión que lo atormentaba ya antes de encontrar a los maniqueos. Para éstos Bien y Mal son emanaciones de principios opuestos, y veían la historia de la salvación como una guerra. Tal concepción libera al hombre del pecado: es el principio eterno del mal el que peca en el hombre (problema del mal). Cuarto motivo, la organización eclesial de los maniqueos, que en parte estaba copiada del cristianismo: clero, maestro supremo, doce obispos, diáconos; existía asimismo una división entre elegidos y oyentes. Los primeros renunciaban al matrimonio. También tenían los maniqueos una liturgia muy sentida y profunda; amén de una fuerte familiaridad (la organización eclesial).

¿Qué aceptó? Ante todo, las promesas que le hicieron de llevarlo al Saber, a la Sabiduría. Luego, sus prácticas religiosas. Y, por último, el fondo metafísico de su pensamiento: el dualismo, el materialismo con lo que Agustín pasa del racionalismo al materialismo de los maniqueos y al panteísmo (o “emanacionismo”).

¿Hasta qué punto? Agustín dejó la Iglesia católica de modo total, pleno y consciente; consideró el catolicismo como una religión para “viejas”, no adaptada para pecadores y hombres espirituales. Pero nunca adhirió completamente al maniqueísmo: fue un maniqueo de “estacionamiento”, razón por la cual nunca pasó al grado de elegido. Sin embargo, su adhesión provisoria no le impidió practicar la religión y hacer programas de propaganda.

El momento maniqueo de Agustín es importante en su vida: le permitió conocer bien esa secta y dejarnos valiosa información sobre ella. Muestra también hasta qué punto eran importantes para Agustín los problemas metafísicos, como es el caso del problema del mal. Además, los nueve años pasados en el maniqueísmo explican su insistencia en algunos puntos en el período posterior. Ellos son: fe, unidad entre Antiguo y Nuevo Testamento, espiritualidad del ser –contra el materialismo–, unidad de Dios –contra el dualismo–, creación –contra el panteísmo–, la distinción entre conocimiento sensible y espiritual (ver De beata vita, 1,4; De moribus Ecclesiae catholicae et de moribus Manichaeorum, 8,2 y 11; Confessiones, III,7,12; V,5,8-9; VI,11,21; VIII,7,17; V, 3,6-7; De utilitate credendi, 1,2; 2,4; 8,20; De duabus animabus, 1,1).

c. Se toca fondo (383-384): Cartago, Roma, Milán

Cuando se desilusiona del maniqueísmo, Agustín se torna escéptico pues no halla solución a sus dificultades. Estas son de diversa índole. Científicas: no encuentra concordancia entre las soluciones que le proponen los maniqueos y las de los filósofos; inicialmente pensó que tales problemas no entran dentro del terreno de la fe, pero luego consideró que un hombre que es voz del Espíritu Santo no puede equivocarse en esos asuntos científicos. Bíblicas: Elpidio sostenía que los textos del Nuevo Testamento habían sido interpolados, mas semejante afirmación debía ser demostrada “críticamente”. Finalmente, metafísicas: no era clara la teoría de una guerra entre un dios bueno y otro malo: ¿qué pasa si el dios bueno no quiere combatir con el dios malo? Y no podía decirse que el dios malo lo obligaba porque en tal caso debe afirmarse que el dios bueno no es perfecto.

Desilusionado del maniqueísmo no torna, sin embargo, a la Iglesia católica, pues sigue pensando que enseña tonterías. Tampoco adhiere a ninguna escuela filosófica por no hallar en ellas el nombre de Cristo, y por tanto no podían curar las heridas (ver Confessiones, V, 14,25). Le resta, en consecuencia, una única salida: el escepticismo. Se cuenta entre el número de los filósofos, llamados de la “Academia”, que tienen como principio fundamental la duda. Pero Agustín no podía permanecer mucho tiempo en la etapa escéptica; era un hombre agudo y sediento de certeza. Llegado al fondo, retorna hacia arriba (ver De beata vita, 1,4; Contra Academicos, II,9,23; De moribus Ecclesiae catholicae et de moribus Manichaeorum, 20,74; De utilitate credendi, 8,20; Confessiones, V,10,19;V,14,25; VI,4,6).

d. La conversión (384-387): Milán, Roma

En la fase de retorno “hacia arriba” fue fundamental la figura de san Ambrosio. Este nunca lo ayudó directamente en el plano espiritual de la conversión. Lo trató más bien con frialdad, al menos al comienzo, pero lo ayudó a “desbloquear” la situación. Agustín descubrió en la predicación de Ambrosio que aquello que los maniqueos decían sobre la Iglesia era falso. Sostenían que la Iglesia católica era “antropomorfista”, es decir que tomaba el libro del Génesis según la letra. Y Agustín descubre que el obispo de Milán explica el Génesis en sentido espiritual, con lo que Agustín entra en contacto con el método alegórico para la interpretación de la Sagrada Escritura.

En este período recupera Agustín la fe en la Iglesia católica, superando así el escepticismo y el racionalismo. Descubre que no es posible que la mente humana ignore la verdad, y si la ignora es porque ha errado el método: excluir la fe y pretender alcanzar la certeza con la sola razón es un camino equivocado. Comprende así la importancia de la fe en la vida humana. Razón y autoridad son dos caminos para llegar al conocimiento de la verdad. En el tiempo, primero la fe: credo ut intelligas. En importancia, primero la razón; de ella nace la ciencia. La mente humana no se puede detener en la fe; quiere, necesita, la ciencia, la certeza (ver De moribus Ecclesiae catholicae et de moribus Manichaeorum, 1,2-3). La fe es la primera vía para llegar a la verdad, pero no está separada de la razón: intelligas ut creas. La razón aclara a quién podemos confiarnos. Además, Agustín confirma su fe en Cristo, único maestro de todos los hombres. Cristo es la única autoridad. Las Sagradas Escrituras nos lo revelan (ver Contra Academicos, III, 20,43). Por último, acepta la autoridad de la Iglesia, desde el momento en que comprende que la Sagrada Escritura debe ser garantizada y rectamente interpretada por la autoridad de la Iglesia católica.

Aceptando la autoridad de la Iglesia y de la Sagrada Escritura, Agustín podía salir del escepticismo y del racionalismo, pero tenía que resolver todavía dos grandes problemas que lo inquietaban y le impedían la completa conversión: el materialismo y el mal. La solución a estas cuestiones la halló leyendo a los neoplatónicos. Alguien le procuró los libros de estos filósofos traducidos al latín por Mario Victorino (muerto antes del año 386, y que realizó dichas traducciones antes de convertirse al cristianismo, hacia el 355). ¿Qué neoplatónicos leyó Agustín? Sin duda, Plotino y Porfirio. Del primero: el De pulchro (sexta cuestión de la Primera Enéada); De las tres hypóstasis (octava cuestión de la Primera Enéada); El origen del alma. Del segundo: De reditu animae y Filosofía de los oráculos. ¿Qué fue lo que encontró Agustín en los neoplatónicos? Ante todo, el principio de interioridad: entra en ti mismo para conocerte mejor. La distinción entre conocimiento sensible e intelectual. Descubre la luz de la interioridad y la influencia de la afectividad en el conocimiento (ver Confessiones, VII,10,16). Consigue, pues, salir de la concepción materialista y opta por el principio de participación: las creaturas son participación del ser inmutable. En la creación, éste participa a las creaturas algo de su naturaleza. Acepta la creación “ex nihilo”.

En la lectura de los neoplatónicos descubrió también una verdadera noción del mal. Los maniqueos se preguntaban: ¿unde malum? Con lo que ubicaban mal el problema. Hay que preguntarse: ¿quid malum? ¿qué cosa es el mal? El mal debe ser concebido como privación.

¿Qué fue lo que no encontró en los neoplatónicos? El misterio de la Encarnación, aunque creyó vislumbrar huellas de la primera parte del Prólogo del evangelio de san Juan. Tampoco encontró nada sobre la doctrina de la mediación: la doctrina de la gracia. Halló algo sobre la oración y la luz del Verbo, mas nada sobre otros aspectos del cristianismo. Por otra parte, pensó descubrir puntos que en realidad no estaban en los neoplatónicos: la divinidad del Verbo; la doctrina de la creación “ad aeterno”; la solución del problema de la felicidad eterna. A raíz de este punto topa con un nuevo obstáculo: ¿puede el hombre alcanzar la salvación con sus propias fuerzas? (ver De beata vita, 1,3-4; Contra Academicos, II,2,4-5 y III,19,42; De utilitate credendi, 8,20; De ordine, II,5,16; De quantitate animae, 34; Confessiones, V,13,23; V,14,24; VI,3,4; VI-VII).

En Confessiones, libro séptimo, nos relata Agustín su experiencia mística, los momentos finales de su largo camino de conversión. Partiendo de la belleza de los cuerpos –¿por qué una cosa es bella, o no bella, o menos bella?– enuncia ciertos juicios y se pregunta cuál es el fundamento de esos juicios. De allí pasa a la verdad inmutable: la verdad cuando enuncia un juicio. En el intelecto se da cuenta que éste acoge algunas verdades inmutables, y la mente llega así al ser substancial. Pero luego viene la caída: le fue imposible fijar la mirada, y al volver a la vida cotidiana sólo lleva un recuerdo amoroso. ¿Qué ha aprendido? El camino para ascender a Dios en grados: cuerpo, alma, razón, intelecto; de lo exterior a lo interior; de lo inferior a lo superior (ver Confessiones, VII,17,23). Esta vía la mantiene luego en su filosofía y en su espiritualidad. Sin embargo, “al caer” se halla ante un nuevo problema: el retorno del alma a Dios. El hombre no puede resolver el problema de la felicidad (ver Confessiones, VII,18,24). Una cosa es la patria, otra es tener el camino hacia la patria. Entonces soluciona la dificultad recurriendo a Cristo mediador. La solución se la ofrece san Pablo (ver Confessiones, VII,21,7).

Agustín ha crecido gradualmente en el conocimiento de Cristo (ver Confessiones, VII,19,25). Le resta todavía el vencer algunas dudas psicológicas y consagrarse totalmente a Cristo. En este camino le será de inestimable ayuda el descubrimiento de la vida monástica y la reflexión sobre el espíritu que lucha contra sí mismo. Siente que se le plantea un combate entre hábitos antiguos y la adhesión a las nuevas aspiraciones que le habían nacido en el alma. Se pregunta qué relación hay entre sabiduría pagana y revelación cristiana (ver Confessiones, VIII, 12,30). Llega entonces al fin de la lucha y le anuncia a su madre el deseo de dejarlo todo. No sólo ha conseguido liberarse del error, sino también de aquello que le impide ser plenamente libre. Ha encontrado la libertad por el amor. La gracia ha venido en su auxilio para hacerle amable lo que no era amable a sus ojos (ver Confessiones, VIII,12,30; ver también De beata vita, 1,4; Contra Academicos, I,10,17; II,1,5; I,1,3; II,2,4; II,3,9; Soliloquia, I,14,26; De ordine, I,2,5; I,10,29).

e. Desde el bautismo a la elección episcopal (387-396): Milán, Roma, Tagaste, Hipona

Decidido ya a renunciar el matrimonio y a la enseñanza, se retiró, a fines de octubre, a Casiciaco (¿Cassago, en Brianza?), para preparase al bautismo, volviendo a Milán a comienzos de marzo para inscribirse entre los catecúmenos. Siguió las catequesis de san Ambrosio y por él fue bautizado en la vigilia pascual del año 387 (noche del 24 al 25 de abril). Entonces, “huyó de nosotros toda ansiedad de la vida pasada” (Confessiones, IX,6,14). Luego, dejó Milán y, junto con su madre, se dirigió a Ostia para embarcarse de regreso al África. Pero Mónica murió después de una repentina y breve enfermedad (año 387). Agustín entonces volvió a Roma, donde permaneció hasta julio o agosto del 388, conociendo la vida monástica de esa ciudad y dedicado a la composición de sus escritos (De quantitate animae; De libero arbitrio). A continuación, embarcó para el África y se afincó en Tagaste llevando a la práctica, con sus amigos, un programa de vida ascética que se habían trazado (ver Possidio, Vita, 3,1-2).

El año 391 viajó a Hipona para “buscar un lugar donde abrir un monasterio y vivir con mis hermanos” (Sermo 355,2; ver Ep. 21; Possidio, Vita, 4,2). Allí lo sorprende la ordenación sacerdotal que aceptó con bastante digusto. Entonces solicitó permiso a su obispo para fundar según su plan un monasterio. Este lo autorizó y Agustín empezó a vivir según la manera y regla establecida en tiempos de los santos apóstoles (Possidio, Vita, 5,1).

f. Desde la consagración episcopal hasta la muerte (396-430): Hipona (con diversos viajes por el interior del África romana)

Agustín fue consagrado obispo el año 395, o el 396, según otras opiniones. Primero sirvió como coadjutor y desde del 397 como obispo titular de Hipona. Dejó en ese momento el monasterio de laicos y se instaló en la casa episcopal, que transformó en un monasterio de clérigos (Sermo 355,2). Su actividad episcopal fue enorme, tanto en el gobierno ordinario de sus diócesis como también en la extraordinaria tarea que realizó al servicio de la iglesia de África y de la Iglesia universal.

Predicaba con mucha frecuencia: sábado y domingo, y a menudo varios días seguidos hasta dos veces al día. Atendía y juzgaba las causas que le presentaban; cuidaba de pobres y huérfanos; se preocupaba de la formación del clero; organizó monasterios masculinos y femeninos; visitaba a los enfermos e intervenía ante la autoridad civil en favor de sus fieles. Realizó asimismo varios viajes para estar presente en los frecuentes concilios africanos o atender a las peticiones de sus colegas[3]. Respondía a las cartas de quienes lo consultaban sobre los más variados temas; defendía sin desmayos la fe de la Iglesia. Así, intervino contra los maniqueos, los donatistas, los pelagianos, los arríanos y los paganos. Noventa y tres obras, alrededor de cuatro mil sermones, de los que sólo han llegado hasta nosotros unos quinientos, y algo más de doscientas cartas, dan buena fe de la grandeza de su trabajo[4]. Agustín fue, además, el alma de la conferencia de Cartago del año 411, entre obispos católicos y donatistas, contribuyendo de manera decisiva a la solución del cisma donatista.

Murió el 28 de agosto del año 430, durante el tercer mes del asedio de Hipona por los vándalos. Su último escrito fue una carta (Ep. 228), dictada en el lecho de muerte, y en la que trata el tema de los deberes de los presbíteros durante la invasión de los bárbaros.

 


[1] Cuadernos Monásticos n. 80 (1987), pp. 3-9.

[2] En esta síntesis seguimos a A. Trapè, Sant’Agostino: l’uomo, il pastore, il místico, Fossano (Italia) 1976 (trad. castellana: Agustín de Hipona, ed. Docencia, Bs. As., 1984); Idem, San Agustín: Patrología (dir. A. Di Berardino), vol. 3, Madrid 1981, pp. 405-420 (BAC 422). Citamos las obras de san Agustín con el título latino.

[3] Para los viajes de Agustín durante su episcopado ver F. van der Meer - C. Mohrmann, Atlas de l’Antiquité chrétienne, Paris-Bruxelles 1960, mapa Nº 33.

[4] Para el detalle de las obras de Agustín ver A. Trapè, San Agustín, pp. 420-481, con indicación de las techas de composición, contenido, ediciones, traducciones y estudios. En castellano la traducción más completa y de fácil consulta, que incluye además el texto latino, es la de Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1950 ss.