Inicio » Content » INTRODUCCIÓN A LA LECTURA DE LOS TEXTOS DEL MONACATO CRISTIANO PRIMITIVO (siglos IV-VI) [96]

7.2. Las comunidades monásticas agustinianas (continuación)

La Regla de san Agustín

Traducción de la Regla de san Agustín[1]

Presentamos una versión lo más fiel posible al texto latino editado por L. Verheijen, mas tomando en consideración algunas interesantes sugerencias aportadas por la edición, con versión italiana, del P. A. Trapè[2]. Sobre todo, en lo que respecta a mantener un par de pasajes, convenientemente señalados en nuestra traducción, que, si bien carecen de un adecuado soporte en la tradición manuscrita, se los admite en las ediciones “comunes” de la Regla.

La presente traducción, no desconociendo otras versiones en nuestra lengua[3], no depende de ellas, pretendiendo además ser sólo un instrumento de trabajo, susceptible de numerosas mejoras.

Para evitar sobrecargar el texto con las citas bíblicas, las damos al final. Son numerosas, y en gran medida se las debemos a L. Verheijen[4]. Pero hemos controlado una a una esas referencias, que por cierto facilitan mucho la comprensión del texto agustiniano.

 

Texto

(Ante todo, hermanos queridísimos, amemos a Dios, luego al prójimo, porque éstos son los principales preceptos que se nos han dado)[5].

 

I. Un solo corazón y una sola alma

1. Estas son las cosas que les prescribimos para que las observen los que viven en el monasterio.

2. En primer lugar, porque están congregados en uno, habiten de perfecto acuerdo en la casa, y tengan una sola alma y un solo corazón en Dios.

3. Y no digan que alguna cosa es suya, sino sean todas las cosas comunes entre ustedes. El prepósito[6] distribuirá a cada uno el alimento y el abrigo, no a todos en la misma medida porque no tienen todos la misma salud, sino a cada uno según su necesidad, como leen en los Hechos de los Apóstoles: “Tenían todo en común, y era distribuido entre ellos según la necesidad de cada uno”.

4. Que, al ingresar en el monasterio, los que algo poseían en el mundo, quieran gustosamente ponerlo en propiedad común.

5. Pero los que nada tenían, que no busquen en el monasterio lo que ni afuera poseyeron. Subvéngase, sin embargo, a los tales en sus enfermedades, aun cuando, por causa de su pobreza, no podían procurarse lo que les era necesario cuando estaban afuera. Solamente, que no se tengan por felices porque encontraron tal sustento y abrigo cual no los pudieron hallar afuera.

6. Ni se engrían por frecuentar la compañía de aquellos a quienes afuera no osaban acercarse; antes bien, tengan el corazón levantado y no busquen las vanidades terrenas, no sea que los monasterios comiencen a ser útiles sólo para los ricos y no para los pobres, si allí aquellos se vuelven humildes y los pobres se inflan.

7. Que el que gozaba de cierta consideración en el mundo no sienta fastidio por aquellos hermanos suyos venidos de la pobreza a la santa sociedad. Por el contrario, que pongan todo su empeño en gloriarse de la compañía de los hermanos pobres y no del rango de sus parientes ricos; que no se envanezcan por los bienes que aportaron a la vida común, ni se vuelvan más soberbios a causa de las riquezas que dieron para compartir en el monasterio, como si las estuvieran gozando en el siglo. Pues los otros vicios se cultivan en el mal para producirlo, mientras que la soberbia se filtra en el bien para destruirlo. ¿Y de qué serviría distribuir lo propio en favor de los pobres y hacerse pobre, si el alma mísera se hace más soberbia al despreciar las riquezas que al poseerlas?

8. Así, pues, vivan todos unánimes y honren mutuamente en ustedes a Dios, de quien han sido hechos templos.

 

II. La oración

1. Sean asiduos a la oración en las horas y tiempos establecidos.

2. En el oratorio nadie haga otra cosa sino aquello para lo cual se construyó y de donde recibió el nombre que lleva, para que si alguien, estando desocupado, quiere alguna vez rezar fuera de las horas fijadas, no se lo impida aquel hermano que crea poder hacer allí cualquier otra cosa.

3. Cuando oren con salmos e himnos a Dios, mediten en el corazón lo que prefieren con la voz.

4. Y no canten sino lo que leen que debe ser cantado, pero lo que no esté escrito para ser cantado, no lo canten.

 

III. El ayuno y la pureza de corazón

1. Domen su carne por medio de ayunos y abstinencia en el comer y beber, en cuanto que lo permita su salud. Cuando alguien no puede ayunar, que se abstenga de tomar algún alimento fuera de la hora de la comida, a no ser que esté enfermo.

2. Cuando se sienten a la mesa hasta que se levanten, oigan, evitando ruido y desorden, lo que es costumbre leer entre ustedes, para que no solamente las bocas coman alimentos, sino que también sus oídos se sacien con la palabra de Dios.

3. Los que están enfermos por causa de las antiguas costumbres, si en el alimento fueran tratados de otro modo, que no se sientan los demás molestos ni lo vean como una injusticia, los que mediante otras costumbres se han hecho más fuertes; ni estimen a los primeros como más felices porque comen lo que ellos no comen; felicítense más bien por tener una salud de la que los otros no gozan.

4. Y si a los que vinieren al monasterio de una vida más delicada se les dieren otros alimentos, vestidos, lechos y abrigos, que los que no se dan a los más fuertes, y por tanto más felices, deberán considerar a los que no se les da cuánto se han humillado aquellos al pasar de la vida que llevaban en el siglo a la presente, no rehusando alcanzar la frugalidad de aquellos que son de cuerpo más robusto. No vayan todos a aspirar recibir lo que a algunos se les da demás, no para honrarlos sino por tolerancia, no sea que se llegue en el monasterio a tal detestable perversidad que mientras los ricos, en la medida que pueden, se den al trabajo de la ascesis, los pobres se vuelvan delicados.

5. En cuanto a los enfermos establecemos que, como la enfermedad los forzó a recibir menos para que no se agravaran, sean tratados de tal manera que se apresure su restablecimiento, aunque en el mundo hayan carecido de todo recurso natural, por cuanto la reciente enfermedad ha equiparado sus necesidades a las que se atienden en los ricos, por razón de su antiguo régimen de vida. Pero en cuanto hayan recuperado su vigor anterior, vuelvan a aquella su más feliz costumbre: el tener pocas necesidades, la cual tanto más conviene a los servidores de Dios. Que después de restablecidos no los demore la molicie en cuidados propios de enfermos. Que se estimen como más ricos si tienen fortaleza como para contentarse con poco, ya que es mejor necesitar menos que tener más cosas.

 

 


[1] Cuadernos Monásticos n. 80 (1987), pp. 127-134.

[2] La Règle de Saint Augustin, vol. 1, Paris 1967, pp. 417-437: es la obra de Verheijen. Sant’Agostino: La Regola, Milano 1971 (trad. cast. Madrid 1978), pp. 238 ss.: es la obra de TRAPÈ.

[3] Además de la ya señalada en la anterior nota, ver A. Manrique, Teología agustiniana de la vida religiosa, El Escorial 1964, pp. 359-361.

[4] Nouvelle... pp. 18-27 (donde se puede hallar una trad. francesa de la Regla, bastante menos literal que la nuestra).

[5] Este primer párrafo no es retenido por Verheijen en su edición, pero se trata de un trozo comúnmente admitido en las ediciones de la Regla, motivo por el que lo colocamos entre paréntesis.

[6] Para Agustín el praepositus es el superior de la comunidad, aunque subordinado a un presbítero en virtud de su condición de laico; el presbítero sería el encargado de dar la palabra final en las cuestiones difíciles. Pero el verdadero superior de la casa es el prepósito.