Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (82)

Capítulo quincuagésimo segundo: El oratorio del monasterio

Verdadero bloque errático, sin relación aparente con lo que precede y lo que sigue, este pequeño fragmento debe su lugar al Maestro, cuyo capítulo correspondiente (RM 68) trata del silencio a guardar a la salida del oficio, tema conexo al de la oración después del oficio para los hermanos que vuelven de un viaje (RM 67). Indirecta y oscuramente, el capítulo benedictino se refiere al tema de las salidas, que acaba de tratar.

Sea el oratorio lo que dice su nombre, y no se lo use para otra cosa, ni se guarde nada allí. Cuando terminen la Obra de Dios, salgan todos en perfecto silencio, guardando reverencia a Dios, de modo que si quizás un hermano quiere orar privadamente, no se lo impida la importunidad de otro.

Y si alguno, en otra ocasión, quiere orar por su cuenta con más recogimiento, que entre sencillamente y ore, pero no en alta voz, sino con lágrimas y con el corazón atento. Por lo tanto, al que no ora así, no se le permita quedarse en el oratorio al concluir la Obra de Dios, no sea que, como se dijo, moleste a otro (Capítulo 52, versículos 1-5).

Silencio a la salida del oratorio: esta consigna del Maestro apuntaba a impedir que se canten los salmos a la salida del oficio, lo que sería una falta de respeto a estos y a Dios mismo. A partir de aquí, Benito construye un pequeño tratado sobre el oratorio que rebasa en todo sentido el propósito muy limitado de su predecesor.

De Agustín toma el principio inicial: conservar el destino sagrado del oratorio, inscripto en su mismo nombre (cf. Mt 21,12-13). En la Regla agustiniana, esta exclusión de toda obra profana tenía por objeto proteger la oración privada, hecha en el oratorio entre las horas de oración comunitaria (Praeceptum II,2). En Benito, el motivo es el mismo, pero a la consideración de la oración entre los oficios (RB 52,4) se asocia, por influencia del Maestro, la de la oración que se hace después del oficio, cuando la comunidad sale del lugar santo.

Además -y es esto lo más interesante-, el obstáculo para la oración privada que él trata de eliminar no es solamente el trabajo hecho en el oratorio, sino también y sobre todo la oración ruidosa, hecha en voz alta. De esta no se trata ni en el Maestro ni en Agustín. Es Benito quien introduce esta prohibición de orar en voz alta, con la recomendación opuesta de las lágrimas y de la aplicación del corazón.

Se reconoce aquí el interés por la oración privada que se señalaba en los capítulos sobre la oración (RB 20) y la Cuaresma (RB 49). Entonces como ahora, Benito habla a este propósito de las lágrimas y del corazón. La verdadera oración, aquella en la que se debe “entrar” de verdad, es el oratorio interior del alma, el corazón regenerado donde el Espíritu Santo vierte su amor. La palabra que se debe emitir es el grito de ese mismo Espíritu que llama al Padre y confiesa al Señor Jesús, en el silencio y las lágrimas.

“No en voz alta” (non in clamosa voce): estas palabras aparecieron ya a propósito de las conversaciones humanas, en la descripción del monje humilde (RB 7,60). La misma discreción conviene cuando se habla a Dios. Es en este sentido que debe entenderse, en la Antigüedad, la prohibición evangélica de orar en forma ostentosa y la invitación a orar en lo más secreto de la habitación con las puertas cerradas (Mt 6,5-6). La habitación es el corazón, la puerta es la boca. Dios, que ve en lo secreto, escucha también en el silencio. Opuesto, entonces, al hábito común de orar en voz alta, la oración silenciosa rinde homenaje a la atención amorosa de Dios.

Esta interpretación del precepto evangélico se impuso, aunque el monje, en tiempos de Benito, no tenía celda donde orar en secreto. El oratorio, en esta época, se convirtió en el lugar necesario de la oración privada tanto como del oficio común. Para la comunidad entera y para cada uno de sus miembros, es espacialmente lo que el abad es humanamente: el signo del Señor, mediador entre el monje y Dios.