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Capítulo quincuagésimo tercero: La recepción de los huéspedes

Esta amplia exposición sobre la hospitalidad reúne anotaciones dispersas en cuatro capítulos del Maestro (RM 65; 71-72; 79). Este no había elaborado ningún tratado orgánico sobre la acogida, pero se ocupó en diversas ocasiones, a propósito de otras cuestiones, de las relaciones con los visitantes, las personas encontradas durante un viaje y los extranjeros residentes en el monasterio. Benito articuló ese material en una síntesis que tiene por tema la “recepción de los huéspedes”.

Recíbanse a todos los huéspedes que llegan como a Cristo, pues Él mismo ha de decir: “Huésped fui y me recibieron”. A todos dése el honor que corresponde, pero sobre todo a los hermanos en la fe y a los peregrinos.

Cuando se anuncie un huésped, el superior o los hermanos salgan a su encuentro con la más solícita caridad. Oren primero juntos y dense luego la paz. No den este beso de paz antes de la oración, sino después de ella, a causa de las ilusiones diabólicas.

Muestren la mayor humildad al saludar a todos los huéspedes que llegan o se van, inclinando la cabeza o postrando todo el cuerpo en tierra, adorando en ellos a Cristo, que es a quien se recibe.

Lleven a orar a los huéspedes que reciben, y luego el superior, o quien éste mandare, siéntese con ellos. Léanle al huésped la Ley divina para que se edifique, y trátenlo luego con toda cortesía.

En atención al huésped, el superior no ayunará (a no ser que sea un día de ayuno importante que no pueda quebrantarse), pero los hermanos continúen ayunando como de costumbre. El abad vierta el agua para lavar las manos de los huéspedes, y tanto el abad como toda la comunidad laven los pies a los huéspedes. Después de lavarlos, digan este verso: “Hemos recibido, Señor, tu misericordia en medio de tu templo”.

Al recibir a pobres y peregrinos se tendrá el máximo de cuidado y solicitud, porque en ellos se recibe especialmente a Cristo, pues cuando se recibe a ricos, el mismo temor que inspiran, induce a respetarlos (Capítulo 53, versículos 1-15).

El final de este fragmento responde al comienzo. Los dos hablan de la recepción de Cristo en la persona del huésped. En el medio, esta presencia de Cristo en aquellos que se recibe es recordada (v. 7). Es imposible acentuar con mayor claridad el designio religioso de honrar a Cristo, que impregna toda la exposición.

La entrada en materia, con su cita evangélica (Mt 25,35), recuerda el capítulo sobre los enfermos, que comienza saludando a Cristo en estos enfermos sufrientes (RB 36,2-3; cf. Mt 25,36 y 40). Benito insistió en la obligación de cuidarlos “ante todo y por encima de todo”. Aquí repite el mismo término, prescribiendo acoger a todos los huéspedes como a Cristo y honrarlos a todos como conviene. Su preocupación mayor es en efecto “honrar a todos los hombres”, como lo ha dicho al comienzo de la Regla (RB 4,8), sin hacer diferencias sugeridas por la escala social. Al contrario, ya que es a Cristo a quien se recibe, los más grandes honores deben ser para aquellos que más le pertenecen: los “hermanos en la fe” (domesticis fidei; Ga 6,10) que creen en él, los pobres y los extranjeros con quienes ha compartido la indigencia.

Concebida como un homenaje a Cristo, la hospitalidad es descripta con un fervor que recuerda, más todavía que la Regla del Maestro, la Historia monachorum in Aegypto. Su primera manifestación consiste en orar con el huésped, antes de darle el beso de la paz. Esta prioridad dada a la oración es justificada por el temor a las “ilusiones diabólicas”: de hecho, en el desierto de Egipto, se temía las apariciones de los demonios disfrazados de visitantes humanos. Pero, más allá de esta motivación, la secuencia oración-paz obedece a una ley litúrgica fundamental: en la asamblea cristiana, el intercambio con Dios precede y funda la comunión fraterna, el beso mutuo, “sella” la oración.

Este orden, que es el de los dos mandamientos mayores, se impone aquí para que la relación de los monjes y de su huésped se funde en Dios, y no a nivel de los cambios mundanos. Aunque no sea un siervo de Satán, como se temía en Egipto, el hombre que viene al monasterio continúa siendo un sujeto del Príncipe de este mundo. Pecador como él, debe cuidarse de establecer con él una relación que no sea según Dios. Pues eso sería una verdadera “ilusión del diablo”. El mundo no debe entrar en el monasterio con el huésped, sino que el monasterio debe dar a Dios al huésped.

Así purificada por la oración, la hospitalidad es una verdadera acogida de Cristo. Después de haberlo seguido fuera del mundo, se lo reconoce en aquellos que vienen del mundo. Un gesto de adoración expresa esta fe viva.

Igual que la oración precede a la paz, la lectura de la Sagrada Escritura precede a la comida. Se hace al huésped el honor de tratarlo como un hombre espiritual, interesado ante todo por la palabra de Dios. Romper el ayuno a causa de él, equivale implícitamente a afirmar que él representa al Esposo, en compañía del cual no se puede ayunar (Mt 9,15). Sólo el recuerdo de la Pasión, en los “días mayores”, es decir, miércoles y viernes, supera esta conciencia de que Cristo está allí.

Es también en el Señor, en quien se piensa en el lavado de los pies, signo de hospitalidad muy caro a la Iglesia primitiva (1 Tm 5,10; cf. Lc 7,44-45). San Martín, que lo usa con sus visitantes, agrega además el lavado de las manos, como lo quiere Benito (Sulpicio Severo, Vida de san Martín 25,3). El versículo sálmico que le sigue (Sal 47 [48],10) afirma una vez más que es a Dios a quien se recibe en el huésped. Es necesario haber visto al abad y a todos los hermanos arrodillarse a los pies de un postulante en el momento de la toma de hábito, para medir la grandeza de ese rito del Jueves Santo.