Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (84)

Capítulo quincuagésimo cuarto: Si el monje debe recibir cartas u otras cosas

Si el capítulo precedente terminaba con la prohibición de comunicarse con los huéspedes sin permiso; el siguiente va a recordar, a propósito de las vestimentas, la ley de la desapropiación. El presente fragmento está relacionado con ambos: como los diálogos en voz alta, las cartas y regalos son medios de comunicación con el exterior, y recibir un objeto ofrecido es una forma de apropiación. Benito ha extraído de los capítulos vecinos la idea de insertar aquí este pasaje, que reemplaza a las prescripciones del Maestro sobre un tema totalmente diferente (RM 80).

En modo alguno le es lícito al monje recibir cartas, eulogias o cualquier pequeño regalo de sus padres, de otra persona o de otros monjes, ni tampoco darlos a ellos, sin la autorización del abad.

Aunque fueran sus padres los que le envían algo, no se atreva a aceptarlo sin antes haber informado al abad. Y si éste manda recibirlo, queda en la potestad del mismo abad el disponer a quién se lo ha de dar. Y no se ponga triste el hermano a quien se lo enviaron, no sea que dé ocasión al diablo. Al que se atreva a obrar de otro modo, sométaselo a la disciplina regular (Capítulo 54, versículos 1-5).

Benito toma de la Regla de san Agustín lo esencial de sus disposiciones. En dos fragmentos separados, Agustín condena, bajo el vocablo común de “recepción oculta”, faltas muy distintas: recibir a escondidas cartas o pequeños presentes de una mujer (Praeceptum IV,11), y recibir objetos útiles enviados por la familia (Praeceptum V,3). En el primer caso, se trata de un atentado a la separación del mundo y a la castidad, en el segundo de una falta a la vida común y a la pobreza.

Relacionando estos dos pasajes de Agustín, Benito los fusiona en una única ley, cuyo único propósito es someter al control del abad toda circulación de objetos, ya sea entre el monasterio y el exterior, o en el interior mismo de la comunidad. Algunos detalles indican la influencia de Cesáreo de Arlés en la paráfrasis del primer texto agustiniano (Regla de las Vírgenes 25). Igual que él, Cesáreo agrega a las “cartas” y a los “pequeños regalos” de Agustín las “eulogias” (objetos benditos) que se enviaban los servidores de Dios. Un ejemplo célebre de este uso es el pan bendecido enviado a Benito por su vecino, el sacerdote Florencio (Diálogos II,8,2-3).

Solo el abad puede permitir recibir o dar, y solamente él distribuir los objetos: estas dos reglas no son más que un recuerdo de los capítulos 33 y 34. Como en este último, Benito advierte aquí contra la tristeza por no recibir lo que le es dado a otro. La frase escriturística que motiva esta advertencia (Ef 4,27; 1 Tm 5,14) ya fue empleada antes en  dos ocasiones (RB 38,8; 43,8).

Enteramente separado del mundo, el monje está de tal modo unido a sus hermanos, que lo que le envían les pertenece tanto a ellos como a él. Así se reproduce en el monasterio la imagen de la caridad primitiva, donde todo era común a todos y donde los Apóstoles, a los cuales sucede el Abad, distribuían a cada uno según sus necesidades (Hch 4,32. 35).