Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (85)

Capítulo quincuagésimo quinto: El vestido y calzado de los monjes

En dos capítulos consecutivos, el Maestro se refirió a la vestimenta de los hermanos y su entera desapropiación (RM 81-82). La relación entre las dos cuestiones es obvia: la vestimenta es el principal objeto de que dispone un monje y corre el riesgo de apropiársela. Benito resume en un solo capítulo los dos del Maestro. En su Regla el pasaje de una cuestión a otra se hace a través de las prescripciones concernientes a las camas y sus complementos, siendo estos un anexo de la vestimenta y un escondite para los monjes propietarios.

Dése a los hermanos la ropa que necesiten según el tipo de las regiones en que viven o el clima de ellas, pues en las regiones frías se necesita más, y en las cálidas menos. Esta apreciación le corresponde al abad.

Por nuestra parte, sin embargo, creemos que en lugares templados a cada monje le basta tener cogulla y túnica (la cogulla velluda en invierno, y ligera y usada en verano), un escapulario para el trabajo, y medias y zapatos para los pies. No se quejen los monjes del color o de la tosquedad de estas prendas, sino acéptenlas tales cuales se puedan conseguir en la provincia donde vivan, o que puedan comprarse más baratas. Preocúpese el abad de la medida de estos mismos vestidos, para que no les queden cortos a los que los usan, sino a su medida.

Cuando reciban vestidos nuevos, devuelvan siempre al mismo tiempo los viejos, que han de guardarse en la ropería para los pobres. Pues al monje le bastan dos túnicas y dos cogullas, para poder cambiarse de noche y para lavarlas; tener más que esto es superfluo y debe suprimirse. Devuelvan también las medias y todo lo viejo, cuando reciban lo nuevo.

Los que salen de viaje, reciban ropa interior de la ropería, y al volver devuélvanla lavada. Haya también cogullas y túnicas un poco mejores que las de diario; recíbanlas de la ropería los que salen de viaje, y devuélvanlas al regresar.

Como ropa de cama es suficiente una estera, una manta, un cobertor y una almohada (Capítulo 55, versículos 1-15).

Esta primera parte se refiere a la vestimenta, calzado y la ropa de cama, y corresponde al primer capítulo de la RM. Al comienzo, el enfoque de Benito recuerda lo que dijo sobre la comida y la bebida: lo mismo que éstas son necesariamente diferentes según los individuos, la vestimenta debe variar según los climas. Tanto en un caso como en el otro la Regla sólo indica un promedio, debiendo el superior adaptarlo a las personas o a los lugares.

Además, las estaciones imponen variaciones. Se debe también tener en cuenta las necesidades diversas del día y de la noche, de la vida en el monasterio y de las salidas. Sin embargo, esos motivos de diferenciación no han sido siempre admitidos. Al comienzo de la reflexión monástica sobre esta materia, las rechazaba formalmente. Un solo hábito debe bastar noche y día, dentro del monasterio y fuera de él (Regla [versión latina de Rufino] 11; Grandes Reglas 22-23). Tal radicalismo puede parecer excesivo, pero expresa un ideal de simplicidad total que hace reflexionar: el monje -o más bien el “cristiano”, como dice Basilio- tiende a ser siempre y en todas partes el mismo. No tiene muchos rostros ni muchos trajes.

Justamente a la Regla basiliana Benito debe su principio concerniente a la calidad de los tejidos: tomar lo que se encuentre en la región donde se habita, al más bajo precio posible. Esta máxima enunciada por Basilio, a propósito de los alimentos (Regla [versión latina de Rufino] 9,21), fue luego aplicada a la vestimenta y al calzado (Regla [versión latina de Rufino] 11,1 y 31). Igual que Benito, Basilio se preocupó también de la medida de las vestimentas, deseando que fueran de la talla de quien las use (Regla [versión latina de Rufino] 95,1).

Ya que la Regla benedictina utiliza en este dominio a la de Basilio, es interesante interrogarse sobre las características esenciales del hábito, sobre el cual Benito se contenta con enumerar las partes. De hecho, el gran Capadocio es el primero y último que ha trazado normas globales para la vestimenta de sus “cristianos”, basándose en la Sagrada Escritura y en la línea del ascetismo de los primeros siglos. Después de él, no se hará otra cosa más que considerar uno por uno los elementos del hábito de los monjes, no sin atribuirles a veces una significación simbólica, bella pero sobreañadida (ver en particular Casiano, Instituciones 1).

En resumen, Basilio quiso que el hábito sea humilde y pobre, porque el cristiano debe verse como el último de todos, distinto y reconocible,  a fin de poner aparte visiblemente lo consagrado; y común como a los hermanos, para que no haya entre ellos ninguna diferencia mundana. El atuendo refleja las dos características fundamentales de la vida en fraternidad, a la vez separada del mundo por amor a Dios y comunitaria por amor al prójimo. Además de pobre, el hábito debe ser práctico, apto para el trabajo manual y las demás buenas obras. En cuanto a su aspecto distintivo, Basilio le reconoce con razón una importante función pedagógica: recordar sin cesar a quien lo lleva y a quienes lo ven, la vida santa que significa. Revestirse de él es comprometerse, ante los ojos de todos y de sí mismo, a llevar una cierta conducta, absteniéndose de todo lo que se oponga a dicha santidad.

Al final del presente pasaje, Benito insiste muchas veces en que se entregue a la ropería todo aquello de lo cual no se tenga necesidad: lo viejo cuando se recibe lo nuevo, la ropa de viaje al volver. Como en materia de alimentación, tiende a que el monje tenga lo justo, lo suficiente. En uno y otro aspecto, se muestra menos amplio que el Maestro.

Entre estas recomendaciones, un detalle atrae la atención: después de reemplazadas, las vestimentas usadas son depositadas en la ropería “para los pobres”. Se ha concluido, a veces, que los monjes no se vestían de modo distinto de los seculares. Pero, en realidad los documentos prueban con unanimidad que la ropa de los monjes siempre ha diferido claramente de la de los laicos. Pero, si bien distinguía a los consagrados a primera vista, el “santo hábito” no estaba tan alejado de las vestimentas ordinarias, como para que alguna de sus partes no pudiera ser donada a un indigente.

El abad ha de revisar frecuentemente las camas, para evitar que se guarde allí algo en propiedad. Y si se descubre que alguien tiene alguna cosa que el abad no le haya concedido, sométaselo a gravísimo castigo.

Para cortar de raíz este vicio de la propiedad, provea el abad todas las cosas que son necesarias, esto es: cogulla, túnica, medias, zapatos, cinturón, cuchillo, pluma, aguja, pañuelo y tablillas para escribir, para eliminar así todo pretexto de necesidad.

Sin embargo, tenga siempre presente el abad aquella sentencia de los Hechos de los Apóstoles: “Se daba a cada uno lo que necesitaba”. Así, pues, atienda el abad a las flaquezas de los necesitados y no a la mala voluntad de los envidiosos. Y en todas sus decisiones piense en la retribución de Dios (Capítulo 55, versículos 16-22).

Pasando al segundo capítulo del Maestro, Benito deja de lado una larga exposición espiritual sobre la desapropiación y se detiene solamente en las disposiciones prácticas del fin (RM 82,26-28). En su predecesor, los jefes de grupo debían examinar a los monjes; en la RB, es el abad quien debe inspeccionar las camas. Estas son, en efecto, después de la supresión de las celdas particulares, el último refugio del espíritu de apropiación. Se ve este tema tanto en Galia (Cesáreo de Arlés, Regla de las Vírgenes 30; Vidas de los Padres del Jura 79) como en Palestina (Doroteo, Instrucciones 11,121) y en Italia.

No solo se encuentra aquí una condena al vicio de la propiedad y las normas de la distribución de lo necesario, que fueron el objeto de los capítulos 33 y 34. Benito se dirige explícitamente y exclusivamente al abad, insistiendo de forma nueva para que todas las necesidades de los hermanos sean satisfechas. En el capítulo 34, alertaba a los miembros de la comunidad sobre el descontento que podrían producir las necesarias desigualdades. Aquí, es el abad quien advierte de no ceder a la “envidia” de algunos. El superior debe cuidarse tanto del igualitarismo como del favoritismo, para hacer reinar la caridad de la Iglesia primitiva (Hch 4,35).