Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (88)

Capítulo quincuagésimo octavo: El modo de recibir a los hermanos (primera parte)

Este capítulo, largo y singularmente importante, reemplaza cuatro del Maestro, que regulaban sucesivamente la llegada de los postulantes y la liquidación de sus bienes, los dos meses de reflexión que se les concedía, su participación en la ceremonia de profesión y, finalmente, el año de espera que se les imponía a los laicos antes de la ceremonia de vestición (RM 87-90). De este vasto conjunto, sin cohesión, Benito hizo una síntesis donde se encuentran la mayor parte de sus elementos, pero reordenados y completados con alguna nueva disposición.

No se reciba fácilmente al que recién llega para ingresar a la vida monástica, sino que, como dice el Apóstol, “prueben los espíritus para ver si son de Dios”.

Por lo tanto, si el que viene persevera llamando, y parece soportar con paciencia, durante cuatro o cinco días, las injurias que se le hacen y la dilación de su ingreso, y persiste en su petición, permítasele entrar, y esté en la hospedería unos pocos días. Después de esto, viva en la residencia de los novicios, donde éstos meditan, comen y duermen. Asígneseles a éstos un anciano que sea apto para ganar almas, para que vele sobre ellos con todo cuidado.

Debe estar atento para ver si el novicio busca verdaderamente a Dios, si es pronto para la Obra de Dios, para la obediencia y las humillaciones. Prevénganlo de todas las cosas duras y ásperas por las cuales se va a Dios. Si promete perseverar en la estabilidad, al cabo de dos meses léasele por orden esta Regla, y dígasele: He aquí la ley bajo la cual quieres militar. Si puedes observarla, entra; pero si no puedes, vete libremente.

Si todavía se mantiene firme, lléveselo a la sobredicha residencia de los novicios, y pruébeselo de nuevo en toda paciencia. Al cabo de seis meses, léasele la Regla para que sepa a qué entra. Y si sigue firme, después de cuatro meses reléasele de nuevo la misma Regla.

Y si después de haberlo deliberado consigo, promete guardar todos sus puntos, y cumplir cuanto se le mande, sea recibido en la comunidad, sabiendo que, según lo establecido por la ley de la Regla, desde aquel día no le será lícito irse del monasterio, ni sacudir el cuello del yugo de la Regla, que después de tan morosa deliberación pudo rehusar o aceptar (Capítulo 58, versículos 1-16).

Las dificultades presentadas a los futuros monjes son una tradición tan antigua como el monacato, tanto en ermitaños como en cenobitas. Se trata de “probar los espíritus” (1 Jn 4,1), para no admitir al servicio de Dios a los hombres que son movidos por otro espíritu. Esta “probación” se ejercía en la Iglesia primitiva, según el mensaje de los profetas, del cual se testimoniaba la autenticidad divina confrontándolo con la fe en Cristo, Verbo encarnado. En el monasterio, se practica con los hombres que solicitan ser monjes, es decir, seguir a Cristo, y en consecuencia se somete la voluntad al test de la paciencia. Es por la paciencia, en efecto, que se participa en la pasión de Cristo (Prol. 50). Perseverar hasta la muerte en la paciencia es la verdad última de la vida monástica. La aptitud para sobrellevarla, se reconoce debidamente en la perseverancia con la que se soporta durante un tiempo las dificultades del ingreso.

Este tiempo de espera y prueba ha variado. En Egipto, según Casiano, era de diez días o más (Instituciones 4,3). En Lérins, duraba una semana (Regla de los Cuatro Padres 2,25). Los “cuatro o cinco días” de Benito son la mitad de estos plazos, pero la prueba conserva la rudeza de antaño (“malos tratos”, literalmente “injurias”), que el Maestro parecía haber abandonado.

“Perseverar en golpear” es el caso del orante obstinado de quien Dios escucha la oración (Lc 11,8). En la casa de Dios, no se entra de otro modo que a través de su corazón de Padre. Él ama este pedido perseverante, Él mismo lo provoca al tardar en satisfacerlo.

Después de “algunos días” pasados en la hospedería, el candidato emigra a un lugar distinto. Esta la “residencia de los novicios” es una innovación de Benito, al igual que el anciano encargado de velar por ellos. El novicio ya no estará en la puerta del monasterio bajo el cuidado del portero, como en los monasterios de Egipto descritos por Casiano, o en el locutorio, como en el monasterio arlesiano de Cesáreo, sino en una habitación particular, con un instructor que se ocupa especialmente de él y de sus compañeros. El rol de maestro de novicios, que la Regla del Maestro atribuía al abad en persona, exige según Benito la aptitud para “ganar almas”, expresión que hace pensar en el Evangelio (Mt 18,15) y sobre todo en san Pablo (1 Co 9,19-22). Como este se metamorfoseaba para ser todo en todos, el anciano debe adaptarse a cada uno para ganarlo, imitando al abad que se esfuerza por dirigir las almas y plegarse a las múltiples diferencias de caracteres (RB 2,31).

“Meditar, comer, dormir”: la mayor parte de la existencia del novicio se desarrolla alejado de los hermanos, a quienes ve solo en el oficio o, tal vez, en el trabajo manual. Esta separación tiene por objeto hacer más considerable y deseable el paso de la profesión, verdadera entrada en comunidad. Hasta entonces, el novicio debe sentirse todavía ajeno y libre, no admitido ni comprometido. Es monje quien ha decidido serlo para siempre. En este sentido, no hay ni puede haber un monje a prueba. Si la experiencia previa a la profesión es bastante limitada, el alcance decisivo del compromiso será más claro: es él y solo él quien abre el acceso a la vida monástica.

Así como la existencia del novicio acaba de ser resumida en tres verbos, también la aplicación del novicio se refiere a tres aspectos: la obra de Dios, la obediencia y las prácticas de humildad (literalmente: “oprobios”). Este triple programa tiene sus analogías con la escala de la humildad, donde el primer grado consiste en la atención a Dios y los siguientes en diversas formas de obediencia. Sólo los últimos grados, relativos al comportamiento exterior, faltan aquí, puede ser que para no superar el número de tres, medida perfecta que condiciona varias prescripciones de este capítulo.

Al describir así al novicio ideal, Benito parece recordar también la regla basiliana, que quería que se examine si los candidatos “tienen un vehemente deseo de la obra de Dios” y si están dispuestos a hacer todo lo que se les mande, incluso las cosas consideradas en el mundo como “oprobios” (Regla [versión latina de Rufino] 6-7). Al pasar de Basilio a Benito, la expresión “obra de Dios” cambia de sentido: para el primero, como para san Pablo (1 Co 18, 58), se trata del servicio divino en toda su amplitud, para el segundo, se trata sin duda, aquí como en el resto de la Regla, del acto religioso por excelencia que es el oficio, sin excluir la oración secreta que debe prolongarlo sin cesar.

En cuanto a los “oprobios”, al contrario, nada indica que Benito piense distinto de Basilio. Este tenía simplemente en vista los trabajos poco relevantes que exige la vida cotidiana de una comunidad. Más que humillaciones artificiales, el objeto último de la solicitud del novicio está hecho de humildes tareas, encargadas por los superiores.

Oración, obediencia, humildad: estos tres criterios principales del buen novicio son los signos de un solo y mismo querer de quien “busca a Dios”. Esta expresión, muy común en el Antiguo Testamento, se encuentra al menos una vez en el Nuevo, a propósito del dinamismo oscuro e irreprensible que mueve la historia entera de la humanidad (Hch 17,27). Para cada monje “buscar a Dios” es también el motivo profundo y unificante que anima toda su actividad. Sin este deseo, toda práctica virtuosa se seca y degenera. Con él, ningún esfuerzo es pesado, ninguna dificultad es insuperable.

Por Dios, se está dispuesto a sufrir “todo lo que es duro y penoso”. Y de hecho, es así que se “va a Dios”. La cruz está sobre la espalda de todo el que busque a Cristo, y Pablo, instruido por la experiencia, habló de las “múltiples tribulaciones por las cuales debemos entrar en el Reino de Dios” (Hch 14,22). En su ejemplo, los superiores del monasterio -el abad en el Maestro, el anciano en Benito- predicen las pruebas de este itinerario, no sin dejar entrever la plenitud de la felicidad y esperanza a la que él conduce (Prol. 49).

Estas predicciones realistas, se apoyan en la lectura de la Regla, que descubre las exigencias y asperidades de la vida monástica. Se la debe leer tres veces, en intervalos dispares: dos, seis y cuatro meses. Propio de San Benito, este recorte irregular del año tiene su origen en el Maestro quien ubicó el compromiso de la profesión después de un plazo de dos meses. Sin tener el mismo carácter solemne y definitivo, la “promesa de mantenerse firme y perseverar” (de stabilitate sua perseverantia) que Benito hace prestar al novicio es una verdadera anticipación de la profesión, donde la primera promesa será precisamente de “estabilidad” (RB 58,17).

La stabilitas del soldado consiste en “permanecer de pie” (stare) a pesar del enemigo que quiere abatirlo, y en “mantenerse” en el lugar en vez de huir. Este vocabulario guerrero, abundantemente empleado por san Cipriano en sus exhortaciones a los mártires, aparece cada vez que Benito muestra al novicio confrontado con las exigencias de la Regla y “manteniéndose”. Estas decisiones sucesivas de “mantenerse” prefiguran y preparan el gran compromiso de sostener durante toda la vida aquello que va a ser tomado en la profesión.

La segunda lectura de la Regla, no da lugar a un compromiso particular. Al contrario, la tercera es seguida por una “promesa” en dos aspectos: observar todo lo que prescribe la Regla y obedecer a todo mandato de los superiores. Este doble compromiso, tomado en privado, será renovado públicamente en el acta de profesión: serán las promesas de “buena vida y costumbres” y de “obediencia”.