Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (90)

Capítulo quincuagésimo nono: Los hijos de nobles o de pobres que son ofrecidos

Si quizás algún noble ofrece su hijo a Dios en el monasterio, y el niño es de poca edad, hagan los padres la petición que arriba dijimos, y ofrézcanlo junto con la oblación, envolviendo la misma petición y la mano del niño con el mantel del altar.

En cuanto a sus bienes, prometan bajo juramento en la mencionada petición que nunca le han de dar cosa alguna, ni le han de procurar ocasión de poseer, ni por sí mismos, ni por tercera persona, ni de cualquier otro modo. Pero si no quieren hacer esto, y quieren dar una limosna al monasterio en agradecimiento, hagan donación de las cosas que quieren dar al monasterio, y si quieren, resérvense el usufructo.

Ciérrense así todos los caminos, de modo que el niño no abrigue ninguna esperanza que lo ilusione y lo pueda hacer perecer, lo que Dios no permita, como lo hemos aprendido por experiencia.

Lo mismo harán los más pobres. Pero los que no tienen absolutamente nada, hagan sencillamente la petición y ofrezcan a su hijo delante de testigos, junto con la oblación (Capítulo 59, versículos 1-8).

A sus cuatro capítulos sobre la admisión de los postulantes, el Maestro agregó uno muy largo sobre el caso particular del hijo de familia noble, todavía no en posesión de los bienes considerables que heredará de sus padres. Dirigiéndose a estos, el predecesor de Benito los exhortaba a reglar el destino material de sus hijos, ya sea donando toda su parte a los pobres, o repartiéndola entre los pobres, la familia y el monasterio o bien, no dejándole nada en absoluto (cf. RM 91).

Casi diez veces más corto, el texto benedictino está dominado por la preocupación mayor del Maestro: desposeer por completo al joven noble, para quitarle la tentación de volver al mundo. Pero Benito innova de dos maneras: al pasar del caso del adolescente que se hace monje espontáneamente al del niño ofrecido por sus padres; luego, generalizando: a los nobles se agregan otros de diversas condiciones.

El primero de los cambios implica la creación de un rito para la ofrenda de los niños. Reaparece aquí el acta descrita en el capítulo precedente, pero en lugar de ser depositada sobre el altar por el profeso, esta “petición” es envuelta en el mantel del altar por los padres, con la mano del niño. Al precisar que documento y mano están unidos en la “oblación” eucarística, Benito indica el tiempo y el marco litúrgico del acta: el ofertorio de la Misa, siendo la persona del niño ritualmente asociada al pan y al vino, al cuerpo y sangre de Cristo.

Es posible que esta indicación valga también para la profesión de los adultos, cuyo tiempo no ha sido determinado en el capítulo precedente. En todo caso la conjunción del compromiso monástico y del sacrificio eucarístico es muy significativa, y se comprende fácilmente que ella se haya transformado en norma general. Hacerse monje es afirmar y profundizar la relación con Cristo muerto y resucitado que se ha establecido en el bautismo. Para expresar esta renovación, ¿qué mejor que insertarla en la eucaristía, anuncio de la muerte y resurrección del Señor?

La relación entre el compromiso monástico y el bautismo debe ser tenida en cuenta cuando se consideran los aspectos dificultosos de este capítulo: la consagración del niño por voluntad de los padres, que comprometen toda su existencia sin su consentimiento. Si bien la historia de los primeros siglos cristianos presenta numerosos ejemplos de actos similares, la Iglesia durante mucho tiempo, mantuvo el principio de que la ofrenda de los padres debía ser ratificada por el niño, joven o jovencita, entre los quince y los veinte años. Pero una evolución general, que se produjo en Roma, entre los siglos V (san León) y VIII (Gregorio II), ha visto cada vez más en el acto paternal una consagración irrevocable, a costa de la libertad del sujeto.

De esta tendencia, la Regla benedictina es uno de los testimonios más antiguos y más formales. Visiblemente, su rito de oblación instaura un estado definitivo, y las otras disposiciones apuntan a impedir una ruptura. Ninguna posibilidad de elección es dada al niño, contrariamente a lo que prescribía la Regla de san Basilio (cf. Grandes Reglas 15).

Chocante a nuestros ojos modernos, y a la mirada de la Iglesia primitiva, este desconocimiento de la libertad se torna más comprensible si se piensa en el bautismo de los niños, por el cual la mayoría de nosotros nos hemos convertido en cristianos sin haberlo escogido. Sin duda, la opción del celibato y de la ascesis no se impone de la misma forma que la de la fe, pero, ¿no es esta tanto como aquella, eminentemente personal? Tanto en uno como en otro caso, la suerte religiosa de la persona es decidida por otros, no teniendo el interesado más que ratificar el compromiso que se asumió por él, con la esperanza de recibir, con esta vocación por interposita persona, la gracia de la fe ofrecida a todos o el carisma particular de la virginidad.