Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (91)

Capítulo sexágesimo: Los sacerdotes que quieren vivir en el monasterio

Si algún sacerdote pide ser admitido en el monasterio, no se lo acepte demasiado pronto. Pero si insiste firmemente en este pedido, sepa que tendrá que observar toda la disciplina de esta Regla, y que no se le mitigará nada, para que se cumpla lo que está escrito: “Amigo, ¿a qué has venido?”.

Permítasele, sin embargo, colocarse después del abad, y si éste se lo concede, puede bendecir y recitar las oraciones conclusivas. En caso contrario, de ningún modo se atreva a hacerlo, sabiendo que está sometido a la disciplina regular; antes bien, dé a todos ejemplos de humildad.

Si se trata de ocupar un cargo en el monasterio, o de cualquier otra cosa, ocupe el lugar que le corresponde por su entrada al monasterio, y no el que se le concedió en atención al sacerdocio.

Si algún clérigo, animado del mismo deseo, quiere incorporarse al monasterio, colóqueselo en un lugar intermedio, con tal que prometa también observar la Regla y la propia estabilidad (Capítulo 60, versículos 1-9).

Prosiguiendo su revisión de los casos de vocaciones particulares, Benito se ocupa aquí de los sacerdotes y los clérigos, en el capítulo siguiente de los monjes extranjeros. La permanencia de sacerdotes en el monasterio ya estaba prevista por el Maestro, pero la trataba en otro lugar y con diferente espíritu: en vez de seguir a los capítulos sobre el reclutamiento, el de los sacerdotes los precedía (RM 83), y más bien se relacionaba con las indicaciones concernientes a la hospitalidad. De hecho, no se recibía a los sacerdotes más que en cualidad de huéspedes, siendo la principal preocupación del legislador tenerlos separados del gobierno de la comunidad y dedicados al trabajo manual.

A diferencia de su predecesor, Benito admite a los sacerdotes como miembros de la comunidad y les aplica, aunque con modificaciones, el método de probación expuesto a propósito de las vocaciones comunes. Para ellos, no hay espera en la puerta ni injurias, ni año de noviciado ni advertencias sobre las diversas opciones de elección, pero deben superar una acogida lenta, renovar la petición con insistencia, aceptar someterse a la Regla en todo. Más precisamente, como está dicho al final a propósito de los clérigos, se les hace prometer la observancia de la Regla y la estabilidad. Se reconocen aquí las promesas de stabilitas y de conversatio morum (RB 58,17); en tanto que la obediencia a los superiores está evidentemente comprendida en esta última.

Tres veces mencionada, la observancia de la Regla va unida a otra condición de entrada: la aceptación de un orden en la comunidad que está fundamentalmente determinado por la fecha de entrada, incluso si se concede al sacerdote o al clérigo un lugar de honor más o menos elevado. Estas indicaciones sobre el orden, que alternan con los llamados a observar la Reglas, anuncian el capítulo que casi de inmediato Benito consagrará al orden de la comunidad (RB 63).

El sacerdote puede, por consiguiente, ser colocado en un lugar de elección para cumplir las funciones sagradas que corresponden al superior: bendecir, concluir las oraciones (missas tenere, una expresión que también puede significar: celebrar la Misa). Pero como el Maestro, Benito también le niega toda autoridad particular, indepediente de la del abad. Situación singular: entrando en una sociedad en la que única ley es la de Cristo, ese ministro pierde todo poder y se ve sometido a un superior que puede estar no revestido del sacerdocio.

Nada pone mejor en evidencia la naturaleza misteriosa del monasterio y de su relación con la Iglesia. “Escuela de Cristo”, es a la vez porción de la Iglesia universal y una entidad distinta de la Iglesia secular, subordinada a aquella y superior a esta. Si ella recibe de la Iglesia y de su jerarquía la palabra de Dios y los sacramentos, a los bautizados que vienen al monasterio y el reconocimiento que autentifica sus jefes, no es menos cierto que tiene la tarea de enseñar e instaurar una vida perfecta que no pueden llevar en el mundo los cristianos y sus pastores. En esta “escuela” de perfección evangélica, la autoridad pertenece por entero a un representante de Cristo cuya misión es enseñar, vivir y hacer vivir el Evangelio en todo su vigor, de forma que haga resucitar en torno suyo el grupo de los Doce que rodeaba a Jesús, la Iglesia de Jerusalén circundada por los Apóstoles.

Después de haber predicado la fe, inculcado las bases de la vida cristiana, dirigido la asamblea de los fieles, el sacerdote que se hace monje deviene discípulo de Cristo con un nuevo título, aprendiendo la vida cristiana perfecta entre quienes se esfuerzan en llevarla. De aquí, el ocultamiento que se le exige en la “escuela de Cristo”. Ya llamado, como todo ministro del Señor, a hacerse tanto más pequeño en cuanto que es más grande, ahora es presionado por Benito para que dé ejemplo de humildad. Es para vivir esta característica de Cristo y del cristiano que vino al monasterio. Cooperador del orden apostólico, oye la pregunta que Jesús dirigió, al entrar en su Passión, a uno de los que había elegido: “Amigo, ¿para qué has venido?” (Mt 26,50).