Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (92)

Capítulo sexágesimo primero: Cómo han de ser recibidos los monjes peregrinos (primera parte) 

Si un monje peregrino, venido de provincias lejanas, quiere habitar en el monasterio como huésped, y acepta con gusto el modo de vida que halla en el lugar, y no perturba al monasterio con sus exigencias, sino que sencillamente se contenta con lo que encuentra, recíbaselo todo el tiempo que quiera. Y si razonablemente, con humildad y caridad critica o advierte algo, considérelo prudentemente el abad, no sea que el Señor lo haya enviado precisamente para eso.

Si luego quiere fijar su estabilidad, no se opongan a tal deseo, sobre todo porque durante su estadía como huésped pudo conocerse su vida.

Pero si durante este tiempo de hospedaje, se descubre que es exigente y vicioso, no sólo no se le debe incorporar al monasterio, sino que hay que decirle cortésmente que se vaya, no sea que su mezquindad contagie a otros.

Pero si no fuere tal que merezca ser despedido, no sólo se lo ha de recibir como miembro de la comunidad, si él lo pide, sino aun persuádanlo que se quede, para que con su ejemplo instruya a los demás, puesto que en todo lugar se sirve al único Señor y se milita bajo el mismo Rey (Capítulo 61, versículos 1-10).

En dos capítulos consecutivos, el Maestro se ocupaba de los hermanos peregrinos que solicitaban hospitalidad. Siguiendo una máxima del cristianismo primitivo (Didajé 11-12), retomado por los monjes de Egipto (Vitae Patrum V,10,97), limitaba a dos días la duración de la hospitalidad propiamente dicha. Pasado este tiempo, el huésped debía partir o bien, al igual que los miembros de la comunidad, ganarse el pan trabajando, o en su defecto se le rogaba que se fuera (RM 78). Alojados en un local separado y constantemente vigilados por dos guardianes, los huéspedes podían solicitar su admisión en la comunidad -en este caso, seguían el procedimiento común- o bien prolongar su estadía a condición de ganar su pan (RM 79).

Como aquel del Maestro sobre los sacerdotes, estos capítulos sobre los monjes peregrinos se sitúan en la RM antes de la sección de reclutamiento y miran principalmente al tema de la hospitalidad. Por el contrario, Benito trata sobre estas dos categorías de personas después del capítulo sobre los novicios y en una perspectiva de integración a la comunidad. Además, renueva profundamente el tema suprimiendo ciertas precisiones: los dos días del Maestro dejan lugar a un tiempo indeterminado, la exigencia del trabajo manual y de la vigilancia desaparecen; y colocándose en un punto de vista más elevado, la cuestión es considerada de un modo más general y más espiritual. Lo que interesa por encima de todo es la influencia, buena o mala, que pueden ejercer uno sobre el otro el monasterio y el monje peregrino. La comunidad puede esperar del huésped, no solamente que no turbe la paz, sino también que le haga sugerencias ventajosas, y, finalmente, que se integre en ella para su mayor edificación. Por su parte, el monje peregrino encuentra al quedarse el bien de la estabilidad, y junto con ella una conciencia más clara de lo único necesario: el Señor y su servicio, independientemente del lugar donde se encuentre.

Esta última frase, tan bien formulada, recuerda evidentemente el inicio del Prólogo. Pero allí se trataba de “servir a Cristo Señor, verdadero rey” (RB Prol. 3), y el verbo empleado (militare) designaba el servicio público del soldado. En el caso presente, la imagen refleja el servicio privado del esclavo (servire), en tanto que el término que designa al Señor (Domino) evoca al dueño de casa, en contraste con el rey.

Otro eco de las primeras páginas de la Regla se percibe en la bella recomendación hecha al abad de examinar si las sugerencias del huésped no vienen del Señor. Ya, al tratar sobre el consejo, Benito prescribía que todos fueran admitidos a dar su parecer, “porque muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor” (RB 3,3). Pronto volveremos a encontrar, a propósito del orden de la comunidad, este espíritu de fe que sabe reconocer en todo ser humano, cualquiera sea su condición, un posible mensajero de Dios. Aquí, además, Benito advierte sobre una señal que permite pensar en una intervención divina: la forma razonable, humilde, caritativa, en que el huésped presenta sus sugerencias. De nuevo, se piensa en el capítulo sobre el consejo, en el que los hermanos son invitados a dar su parecer humildemente. La humildad es el sello del Señor.