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Capítulo sexágesimo primero: Cómo han de ser recibidos los monjes peregrinos (segunda parte)

Si el abad viere que lo merece, podrá también colocarlo en un puesto algo más elevado. Y no sólo a un monje, sino también a los sacerdotes y clérigos que antes mencionamos, puede el abad colocarlos en un sitio superior al de su entrada, si ve que su vida lo merece.

Pero tenga cuidado el abad de no recibir nunca para quedarse, a un monje de otro monasterio conocido, sin el consentimiento de su abad o cartas de recomendación, porque escrito está: “No hagas a otro lo que no quieres que hagan contigo” (Capítulo 61, versículos 11-14).

Los monjes peregrinos que se incorporan al monasterio no están, según parece, sometidos al sistema ordinario de probación, descrito tres capítulos antes. Como los sacerdotes, entran en la comunidad sin formalidades especiales. Como los sacerdotes y también los clérigos, pueden ser ubicados en un lugar superior a su orden de entrada. Repitiendo lo ya dicho sobre el rango de los clérigos, Benito modifica el motivo de la promoción: en lugar de ser el respeto al sacerdocio (RB 60,7), en el caso presente se trata de la calidad de vida. Esta nueva motivación está perfectamente en la línea de un capítulo en que domina la preocupación por la influencia y el ejemplo.

Al no establecer ningún orden fijo entre los hermanos de la comunidad, el Maestro no se podía ocupar del lugar asignado al monje peregrino. Ignoraba asimismo la cuestión tratada por Benito en su nota final: las relaciones con el monasterio originario del huésped. En verdad, los muy numerosos monjes que pasaban por la hospedería del Maestro parecen haber sido, la mayor parte de las veces, giróvagos sin hogar ni lugar.

La Regla benedictina es, por tanto, la única en preocuparse por los vínculos que mantiene el huésped con la comunidad de la que procede. Sin embargo, esta preocupación no es algo nuevo. Luego de varios siglos, las Iglesias cuidaban las buenas relaciones mutuas exigiendo de los fieles y, sobre todo de los clérigos visitantes, una prueba escrita de que estaban en comunión con su obispo. Tomando en cuenta esta costumbre, los abades se preocupaban por procurar testimonios semejantes a sus monjes enviados en viaje. En 506, el concilio de Agde, hizo de esta práctica una obligación. Lo mismo, y más aún, que la Iglesia, el monasterio es una comunión de fe y amor. Entre los monasterios, como entre las Iglesias, debe reinar el orden de la caridad, que tiene por ley la Regla de oro de una y otra Alianza (Mt 7,12; Tb 4,16).