Inicio » Content » LO QUE DICE SAN BENITO. UNA LECTURA DE LA REGLA (95)

Capítulo sexagésimo tercero: El orden de la comunidad (primera parte)

Guarde cada uno su puesto en el monasterio según su antigüedad en la vida monástica, o de acuerdo al mérito de su vida, o según lo disponga el abad. Éste no debe perturbar la grey que le ha sido confiada, disponiendo algo injustamente, como si tuviera un poder arbitrario, sino que debe pensar siempre que ha de rendir cuenta a Dios de todos sus juicios y acciones.

Por lo tanto, mantengan el orden que él haya dispuesto, o el que tengan los mismos hermanos, para acercarse a la paz y a la Comunión, para entonar salmos, y para colocarse en el coro.

En ningún lugar, absolutamente, sea la edad la que determine el orden o dé preeminencia, porque Samuel y Daniel siendo niños, juzgaron a los ancianos. Así, excepto los que, como dijimos, el abad haya promovido por motivos superiores, o degradado por alguna causa, todos los demás guarden el orden de su ingreso a la vida monástica. Por ejemplo, el que llegó al monasterio a la segunda hora del día, sepa que es menor que el que llegó a la primera, cualquiera sea su edad o dignidad. Pero con los niños, mantengan todos la disciplina en todas las cosas (Capítulo 62, versículos 1-9).

Por causa de las raíces que tiene en la Regla del Maestro, este capítulo se relaciona con el siguiente, en el cual se reglamentará la sucesión abacial. En efecto, el Maestro unía estrechamente la cuestión del orden comunitario (RM 92) con aquella de la designación del nuevo abad (RM 93). A excepción de los lugares ocupados por los hermanos al interior de las decanías, prescribía no establecer ningún orden fijo entre ellos, para evitar que alguno de entre sus jefes fuera el segundo después del abad, lo que haría aparecer como su sucesor designado.

A diferencia de su antecesor, Benito trata de los lugares por sí mismos, y lejos de mezclar a los hermanos, los dispone con un orden bien definido, fundado sobre la fecha de su entrada en la comunidad. Esta organización no tiene nada de original, se la encuentra ya desde los orígenes del cenobitismo en la Congregación pacomiana, y en la época de Benito en Fulgencio der Ruspe, pero muestra una reacción contra los principios del Maestro. Mientras que el sistema de decanías, muy apreciado por la RM, tiene menor importancia en la Regla benedictina, en cambio, el orden de la comunidad es cuidadosamente reglamentado y puesto en práctica. Para Benito la comunidad monástica no es una multitud confusa, ni una tropa encuadrada en un sistema militar, sino una familia espiritual, en la que cada uno tiene su edad reconocida y su lugar asignado.

Esa edad se cuenta a partir del nacimiento religioso, sin tomar en consideración sus años anteriores. Para justificar semejante anulación de la ancianidad natural, Benito cita los casos de Samuel (1 R 3,11-18) y de Daniel (Dn 13,44-62). Pero la edad según la carne no es la única abolida. La condición social es igualmente borrada. A este propósito, Benito podría citar aquí, como lo hizo en el capítulo sobre el abad (RB 2,20), la palabra de san Pablo que declara que todos los bautizados son uno en Cristo: no hay más ni esclavo ni hombre libre (Ga 3,28; Col 3,11).

Por esta negación de las distinciones sociales, cuya raíz es la renuncia a la propiedad, la “escuela” monástica hace operativo y tangible lo que, en la Iglesia, permanece virtual y místico. Después del bautismo, que suprime en principio las categorías anteriores, los cristianos siguen ordenados en adultos y niños, ricos y pobres, señores y servidores. Después de la profesión, los monjes son efectivamente liberados de estas clasificaciones, naturales o artificiales, y reagrupados siguiendo criterios propiamente sobrenaturales: el tiempo de entrada en religión y el mérito de vida, siendo este último apreciado por el representante de Cristo que es el abad.

Fundado sobre una fe intensa, que considera sin valor cualquier otra cualificación que no sea la pertenencia a Cristo, este orden nuevo no es, sin embargo, una negación ciega de las realidades visibles instituidas por la Providencia. Según las últimas palabras del texto, disposiciones especiales, que serán precisadas más adelante, se prevén para el cuidado de los niños. En varias ocasiones, la Regla también provee a las necesidades especiales de los niños y ancianos, como a las de aquellos cuya condición anterior los hace más delicados. Este realismo atempera la constitución ideal de una sociedad en la que todo se define simplemente en relación al servicio del Señor.