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Capítulo sexagésimo tercero: El orden de la comunidad (segunda parte)

Los jóvenes honren a sus mayores, y los mayores amen a los más jóvenes. Al dirigirse a alguien, nadie llame a otro por su solo nombre, sino que los mayores digan hermanos a los más jóvenes, y los jóvenes díganles nonos a sus mayores, que es expresión que denota reverencia paternal.

Al abad, puesto que se considera que hace las veces de Cristo, llámeselo señor y abad, no para que se engría, sino por el honor y el amor de Cristo. Por eso piense en esto, y muéstrese digno de tal honor.

Dondequiera que se encuentren los hermanos, el menor pida la bendición al mayor. Al pasar un mayor, levántese el más joven y cédale el asiento, sin atreverse a sentarse junto a él, si su anciano no se lo manda, cumpliendo así lo que está escrito: Adelántense para honrarse unos a otros.

Los niños y los adolescentes guarden sus puestos ordenadamente en el oratorio y en la mesa. Fuera de allí y dondequiera que sea, estén sujetos a vigilancia y a disciplina, hasta que lleguen a la edad de la reflexión (Capítulo 63, versículos 10-19).

Sobre la base del orden de ancianidad, Benito establece una carta de relaciones fraternas, que completará en los últimos capítulos de la Regla. Nada semejante se lee en la Regla del Maestro. Es una preocupación completamente personal la que mueve a Benito a completar la estructura exclusivamente jerárquica de la comunidad del Maestro, en la cual únicamente importaba la relación del monje con Dios por intermedio de los superiores, con relaciones que se pueden llamar “horizontales” entre los hermanos. Sin embargo, estas también están jerarquizadas, aunque se hable de “honrarse mutuamente”, los deberes de los ancianos y de los más jóvenes no son idénticos, sino condicionados por el rango de cada uno.

Respeto de parte de los jóvenes, amor de parte de los ancianos: estas dos actitudes fundamentales ya han sido objeto de un par de versículos en el capítulo sobre los instrumentos de las buenas obras (RB 4,70-71). Actitudes que conducen a pensar en las obligaciones recíprocas de los hombres y las mujeres, en las exhortaciones de las Epístolas de la cautividad (Ef 5,22-23 y 6,1-4; Col 3,18-21). Con todo, ni el honor ni el amor es unilateral. Cuando los ancianos dan a los más jóvenes el nombre de hermanos” -y no de “hijos”, que correspondería a su título de “padres”-, el afecto se mezcla con la “reverencia”. Esto se advierte claramente en la nota sobre el abad, llamado “señor” en honor de Cristo y “abad”, es decir “padre”, por amor de Jesucristo.

A pesar de estos aspectos de reciprocidad, que justifican en cierta medida el término de honores “mutuos”, el acento está puesto por la Regla sobre el respeto de los inferiores hacia sus superiores. Además de los apelativos, dos señales de consideraciones se prescriben: pedir la bendición (por medio de una sencilla palabra: benedic, a lo que el anciano responde invocando a Dios: Deus), y levantarse de su asiento cediendo el lugar. Antiguo como la Biblia, la primera supone que se ve en todo hombre, incluidos los laicos (RB 53,24), un ser bendito, portador de la gracia divina. La segunda es también una costumbre bíblica (Lv 19,32), retomada por el cristianismo antiguo: a “las canas” del Levítico le suceden “el obispo y el sacerdote” en san Cipriano (Testimonia ad Quirinum 3,85), mientras que el concilio de Agde (canon 65) invita a cada categoría de clérigos a honrar así al orden superior.

Además de estas fuentes lejanas, el código de las relaciones fraternas se refiere explícitamente a la palabra de san Pablo: Adelántense para honrarse unos a otros (Rm 12,10). La cortesía religiosa del monacato es una herencia de la Iglesia primitiva. Los primeros cristianos se llamaban “hermanos”, como Cristo mismo se los había sugerido (Mt 23,8), y al final de la era de las persecuciones, Lactancio podía explicar a los paganos, quienes se asombraban por esa costumbre: “La única causa por la que nos damos mutuamente el nombre de hermanos es porque creemos que somos iguales” (Instituciones divinas 5,15,2). Un poco más tarde, con la paz constantiniana, este apelativo característico se perdió, pero fue recogido y fielmente conservado por los monjes. Él proclama que todos somos hijos de Dios.