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Capítulo sexagésimo cuarto: La ordenación del abad (primera parte)

Cuando hay que ordenar un abad, téngase siempre como norma que se ha de establecer a aquel a quien toda la comunidad, guiada por el temor de Dios, esté de acuerdo en elegir, o al que elija sólo una parte de la comunidad, aunque pequeña, pero con más sano criterio.

El que ha de ser ordenado, debe ser elegido por el mérito de su vida y la doctrina de su sabiduría, aun cuando fuera el último de la comunidad.

Pero si toda la comunidad, lo que Dios no permita, elige de común acuerdo a uno que sea tolerante con sus vicios, y estos vicios de algún modo llegan al conocimiento del obispo a cuya diócesis pertenece el lugar en cuestión, o son conocidos por los abades o cristianos vecinos, impidan éstos la conspiración de los malos, y establezcan en la casa de Dios un administrador digno, sabiendo que han de ser bien recompensados, si obran con rectitud y por celo de Dios, y que, contrariamente, pecan si no lo hacen (Capítulo 64, versículos 1-6).

Condicionada en el Maestro a causa de la exclusión de todo rango en la comunidad, la designación del nuevo abad pertenece a su predecesor. Al momento de morir, este nombra ante los hermanos al que encuentra superior a todos los demás en las observancias y virtudes. En seguida el obispo es invitado a ir al monasterio y sancionar esa elección por medio de un rito litúrgico (RM 92-93).

Completamente diveros es el sistema sucesorio de Benito. El antiguo abad no tiene parte alguna. Es la comunidad la que designa a su superior por vía electiva. Pero esa elección queda sujeta al juicio del obispo que “ordena” litúrgicamente al elegido. Los abades vecinos pueden asimismo dar su opinión, y hasta los fieles mismos pueden intervenir. Al igual que la consagración episcopal, la bendición abacial es un acto de la Iglesia, que interesa a todo el pueblo de Dios.

Los sistemas opuestos del Maestro y de Benito corresponden a las prácticas contemporáneas de la Iglesia romana. Desde 498 a 530, ésta suspendió la regla tradicional de la elección, cuya aplicación daba pie a graves desórdenes. En dicho período cada papa designaba a su sucesor, lo cual se refleja en la legislación del Maestro; pero Benito se adapta al restablecimiento de la elección en Roma, a partir de 530-532.

Aún reconociendo a la comunidad el derecho de elegir a su pastor, Benito no concede sino un valor relativo a esta norma jurídica. Aunque sea por unanimidad, una elección manifiestamente mala debe ser desechada por medio de instancias exteriores, y entonces estas pueden imponer otro candidato. Además, la técnica electoral permanece completamente indeterminada. Absoluta o relativa, la mayoría no tiene condición de ley. La elección de una minoría puede ser preferida, por el obispo evidentemente, si aparece como mejor. En resumen, Benito no se atiene a ninguna norma absoluta, que designaría automáticamente al nuevo abad. Lo que le interesa no es fijar un criterio jurídico inmutable, sino obtener por el medio más conveniente la nominación de un auténtico vicario de Cristo.

El monasterio, en efecto, es una casa de Dios. Cuando Benito habla de “establecer un administrador” (o “ecónomo”), retoma los términos mismos del Evangelio: ¿Quién es el administrador fiel y prudente que el Señor establecerá al frente de su servidumbre? (Lc 12,42; cf. Sal 104 [105],21). La misma imagen evangélica retorna al final del capítulo. Servidor de Cristo, puesto al frente y al servicio de sus co-servidores, el abad cumple una misión sagrada, para la cual debe tener, como los decanos (RB 21,4), santidad de vida y capacidad de enseñar.

El orden la de la comunidad, por el que Benito tiene tanta consideración, no debe jugar en este tema ningún rol. Así como la edad natural no se toma en cuenta para el establecimiento de los rangos, la ancianidad religiosa no cualifica para el primer lugar. En los capítulos precedentes, la Regla reservaba al superior el poder de modificar el rango de tal o cual en consideración a una vida santa. Aquí toda libertad es dejada a solo Dios.